[R-P] INTERESANTE ANALISIS DE CARDOSO EN K-LARIN
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Sab Sep 3 03:23:23 MDT 2005
Sábado | 03.09.2005 Escríbanos
Clarín
PANORAMA INTERNACIONAL
EE.UU.: otra catástrofe varias veces anunciada
El desastre provocado por el huracán Katrina encuentra a la primera potencia
mundial expuesta a sus propias fragilidades.
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Oscar Raúl Cardoso.
ocardoso en clarin.com
Es asombrosa la impiedad de la naturaleza a la hora de desnudar los fallos
del hombre. Como en el caso del reciente tsunami en el Asia o de la aun
inconclusa devastación del huracán Katrina, ese efecto sincerador de las
fuerzas naturales cuando se vuelven incontenibles deja en evidencia mucho
más que las vistas desoladoras de escombros y cadáveres.
Denuncia los agujeros negros de la conciencia de una determinada época;
vuelve absolutamente visible la inexplicable capacidad autodestructiva que
solo la especie humana cultiva.
Katrina tuvo más que el poder de los vientos y de las aguas porque, ahora,
cuando éstos se agotan puede aún desnudar el vacío de una era, la que hoy
encarna mejor que nadie el presidente George W. Bush. El Estado nacional más
poderoso del planeta que viene desertando sin pausa del proceso social desde
los años 80, acaba de alcanzar bajo su liderazgo una cima de ausencia al
mostrarse incapaz de hacer llegar abrigo, alimento y medicinas a pobladores
rodeados por el agua, nada menos pero —convengamos— tampoco más que eso.
Es bueno observar algunos detalles. ¿Por qué no llegaron —no llegan aún—
esos elementos a ciudades como Nueva Orleans y Biloxi? Sencillamente por la
combinación de factores críticos, dicen los expertos: la desinversión de
fondos federales que el gobierno de Bush realizó en obras de infraestructura
y en el área de prevención y asistencia de desastres desde el 2000 y la
distracción de elementos críticos —por ejemplo algunas lanchas con gran
capacidad de maniobra y transporte en dotación de las Guardias estaduales y
nacional—, comprometidos hoy en el marasmo iraquí.
Es poco consuelo para las víctimas de Katrina que algunos centenares de
veteranos de la ocupación de Irak —recién regresados del frente— hayan sido
sumados a la fuera militarizada (las policías locales fueron superadas) que
intenta mantener alguna semblanza de paz social en los escenarios post
huracán.
Es el viejo pecado regresando para visitar a los pecadores: ¿quién puede
considerar la acción de esas tropas que la sociedad envió al Golfo Pérsico
como una protección, si su experiencia es la de disparar desaprensivamente
sobre los civiles iraquíes? Y, para destacar ese riesgo el comandante en
jefe, Bush, les ordenó disparar a matar a las víctimas de Katrina cuando lo
crean necesario.
En esta circunstancia la hiperpotencia del planeta pierde gran cantidad del
brillo que se le suele asignar. Es la repetición de "La Edad Dorada" que
Mark Twain y Charles Dudley Warner describieron en su novela homónima de
1873, que le dio nombre a la época: la de una sociedad absorbida por la
codicia, por el olvido pertinaz del menos favorecido, conducida por
políticos corruptos, que parecía irradiar progreso y prosperidad.
Nótese que los autores eligieron el término "dorada" como contraposición a
la mención del metal precioso, el oro. La pátina reluciente actual de
Estados Unidos y, sobre todo, del modelo que propone —quiere imponer, en
verdad— al resto del mundo se muestra de espesor apenas epidérmico sobre una
realidad social oscura. Y no hizo falta otra cosa que el agua y los vientos
para llamar la atención de una zona de Estados Unidos en la cual, hace ya
tiempo, las estadísticas dicen que tres de cada diez niños viven por debajo
de la línea de pobreza.
Pero aún más asombroso es que hasta esa exposición pudo haber sido evitada
en gran medida. Hace cuatro años un periodista estadounidense especializado
en temas científicos, Eric Berger, aseguró que el escenario de desastre más
temible para su país era el de un huracán poderoso y puso su gravedad
posible por sobre el de un gran terremoto en California o un ataque
terrorista con armas de destrucción masivas (nucleares, químicas o
biológicas).
Berger tomó lo suyo de los modelos de predicción elaborados por científicos.
"De cara a la proximidad de una tormenta" —escribió refiriéndose a Nueva
Orleans— los científicos dicen que la rutas de evacuación menos que
adecuadas de la ciudad deberían tolerar 250.000 refugiados o más y
probablemente uno de cada diez de los dejados atrás en el éxodo moriría
mientras la ciudad queda sepultada bajo seis o más metros de agua".
Ese texto fue, sabemos ahora, una suerte de recuerdo del futuro. Como
sucedió en los días que siguieron a los atentados contra las Torres Gemelas
en Nueva York y el Pentágono en Washington en el 2001, las autoridades son
renuentes a contar víctimas como si ello pudiera realmente limitar el
impacto sobre la conciencia colectiva. Y, para peor, Bush no tiene ahora el
comodín de la fantasmagórica figura de Osama bin Laden para desviar la
atención de todos, tocando las cuerdas del temor masivo. Lo que hay para
temer en esta hora es la impotencia en que su administración sumió al
Estado.
Y quizá esto no sea lo único. La región, en la que por lo menos una docena
de refinerías han sido fuertemente afectadas, produce una quinta parte del
petróleo y un cuarto del gas natural que consume el voraz mercado
estadounidense. Esto en un marco donde el valor del barril ya ha superado
los 70 dólares, nivel del que hay pocas esperanzas de que regrese.
Hay en el daño de Katrina una suerte de acusación múltiple retroactiva. No
hay, ahora, opinión científica sólida que no relacione fenómenos como el de
este huracán —o el tsunami asiático— al recalentamiento climático, suerte de
suicidio planetario que Washington está empeñado en mantener activo con su
rechazo del Protocolo de Kyoto, a pesar de que este cuenta con amplio
consenso mundial.
En la novela "Tiempo Tormentoso", escrita por Carl Hiaassen hace una década,
uno de los personajes, gobernador de Florida en la trama, se ata a un puente
en las horas previas a una gran tormenta en la esperanza de poder contemplar
cómo la naturaleza destruye las embarcaciones de lujo, las grandes
residencias y todos los símbolos de la codicia que olvida todo deber social.
¿Alguien ve a Bush emulándolo? No, por cierto; lo que da razón de más para
preocuparse por la marcha de las cosas.
Copyright Clarín, 2005.
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