[R-P] La palabra de la Iglesia sobre el caso Maccarone (2a Nota)

ana graciela real educba2003 en yahoo.com.ar
Jue Sep 1 14:28:24 MDT 2005


 De Panorama Católico Internacional

Algo Huele a Podrido en Dinamarca

El fariseísmo, esa lacra espiritual que ha carcomido a
tantos católicos, cuyo nombre arraiga en la secta de
los doctores de la ley del Antiguo Testamento a
quienes Nuestro Señor llama con notable insistencia
"hipócritas"… ese fariseísmo está presente en la
Iglesia desde siempre, en distintos grados, en la pre
y en la post conciliar. 
Solo que en la segunda suma al horror de la impostura
el error de la doctrina.

Escribe Ricardo Fraga

Corría el año 1987 cuando, en el estadio deportivo de
Vélez (Buenos Aires), el Papa Juan Pablo II convocaba
(o, más bien, desafiaba) a la Iglesia argentina con
aquellas palabras eficaces que Jesucristo dirigiera
una vez a un paralítico: "¡levántate y camina!".

El sucesor de Pedro (quizás con la gracia de estado
que le ha sido prometida) intuía el hondo mal que, a
lo largo de una centuria, ha recorrido el cuerpo moral
de la Iglesia en nuestra patria, particularmente de su
clero, de su jerarquía: la parálisis, la cual ha
conllevado a la inacción, a la infecundidad, a la
esterilidad y a la crónica inutilidad de todas las
empresas, así como (last but not least) a la ausencia
casi total de toda genuina contemplación mística e
intelectual, de toda producción literaria de
envergadura, de toda santidad institucional.

Alguna "rara avis" no modifica dicho cuadro y, antes
al contrario, emerge como la tremenda excepción que
confirma la regla.

Hay, con todo, una situación particular extraordinaria
que marca (como un carácter que se imprime en el alma)
la significación espiritual, no diría yo de la crisis
(porque la crisis es manifestación de vida), del
estado desértico en que se encuentra la Iglesia
nacional. 

Esa excepcionalidad es el Padre Leonardo Castellani. 

El describió, padeció y profetizó todas las purulentas
lacras que entonces, y ahora, la afectan. 
Fue el "mesías sufriente" de una causa (humanamente)
perdida.

Con ser el don más precioso que la Providencia nos
concediera (y, va sin decir, el mejor teólogo y
exégeta del país, sin hablar de sus dotes filosóficas
y de sus condiciones literarias) es todavía hoy casi
desconocido del gran público eclesiástico, cuando no
considerado "clandestino" o "sospechoso de
heterodoxia" por muchísimos núcleos clericales. 
(Puedo atestiguar bajo juramento que, cuanto menos, en
un seminario semivacío de una diócesis del gran Buenos
Aires de emérito y publicitado pastor, Castellani es
un perfecto desconocido de profesores y discípulos).

Y, sin embargo, en el dolor de Castellani o, mejor, en
la injusticia canónica con que sus pares lo trataron
está todo el meollo del espanto moral que hoy nos
asquea y que humilla, ante un mundo desbordado de
cinismo y vileza, a la "casta e inmaculada Esposa del
Cordero", salpicada por la hipócrita conducta de
algunas de sus miembros (jerarcas) más representativos
y que va más allá de la "santidad pecadora" a que
alude Joseph Ratzinger en su "Introducción al
cristianismo".

Es que, "una injusticia no reparada es una cosa
inmortal" y el daño causado en Castellani es el fruto
de un fariseísmo "conventual" cuyas perversiones
(incluso en el resbaladizo terreno de la castidad) el
insigne escritor denunció (y le fue en ello la vida) a
lo largo de todos sus escritos, algunos de los cuales
han sido milagrosamente rescatados y editados por sus
amigos en "Cristo y los fariseos", obra cuya lectura
(o relectura) se torna imperiosa en estos trágicos
momentos de perturbación.

La castidad es una plenitud y un equilibrio no fácil
de alcanzar. 
Está vinculada (como toda virtud) a la esfera
intelectual de los afectos y se manifiesta, no tanto
en una pura negatividad compulsiva (como quebranto de
la ley), sino en el "orden del amor" que es
contemplación gozosa y posesiva de la verdad, del bien
y de la belleza.

Por estas razones la castidad no está tan sólo
vinculada a la voluntad, cuanto a la inteligencia que
dirige e ilumina todos los actos de nuestra vida.

En esa dirección (y por estrictas razones
sobrenaturales) la Iglesia de Roma ha impuesto a su
clero la (dura) cruz del celibato, como ordenación
sacra de los propios impulsos, y aún de la misma
vocación humana, a un servicio mejor y más sublime: la
alabanza de Dios. 
Por este motivo no es de extrañar que, en medio de un
sacerdocio absolutamente secularizado, surjan
cuestionamientos severos a la vigencia de tan (fuera
de ese contexto) enojosa imposición.

Dicho más francamente: en una iglesia que renunció al
primado de la inteligencia y a la sacralizad
latréutica y sacrificial del culto, el celibato carece
de todo razonable sentido. 
Sólo engendra tedio, desdén y rechazo que aceleran y
multiplican las caídas, más allá de todas las
atendibles que (naturalmente) emerjan de la fragilidad
de nuestra naturaleza.

Pero el celibato (una vez aceptado) implica castidad
y, cuando ello no es posible, al menos el decoroso
cumplimiento de los deberes de estado. 
Y esto es una disciplina que a todos nos alcanza:
célibes o casados, hetero u homosexuales, hombres o
mujeres, laicos o clérigos.

Nadie está exento de una debilidad y todos cuando
caemos, con el auxilio de la gracia, nos debemos
levantar. 
Sin justificar ni disculpar jamás nuestro pecado,
librados tan sólo a la misericordiosa comprensión de
lo Alto, siempre y cuando no se hayan, con la torpeza
sexual, comprometido también las rigurosas exigencias
de la virtud de la justicia, punto que el Episcopado
argentino parece escandalosamente olvidar al enfocar
el "caso Maccarone" ya que de él, en definitiva,
estamos escribiendo.

Antes de "saltar a la luz" esa extraña relación con un
remisero (que, a estar a los periódicos, principió
cuando éste tenía 19 años y finalizó a los 23), algún
obispo, ¿se preocupó en indagar el tendal de víctimas
que pudo haber quedado a lo largo de un "cursus
honorum" que incluyó también la actividad en
seminarios? (y no es una presunción apresurada si se
tiene en cuenta el antecedente de "acoso" ventilado
hace ya un largo tiempo, cuando el nombrado era obispo
de Chascomús y ahora llamativamente olvidado por la
prensa que entonces lo publicitó).

Naturalmente que todo esto no implica justificar (si
los hubo) procedimientos extorsivos empleados y de los
cuales, dolorosamente, ninguna persona con tendencias
homosexuales está exenta (recuérdese el viejo film
inglés, con Dirk Bogarde, "Víctimas").

Aquí no cuestionamos dicha tendencia (si la hay) en
Mons. J.C.Maccarone. Desde el punto de vista del
derecho positivo vigente es su propia (e
incuestionable) opción. 
Mas, desde el ángulo de la teología moral debió
atenerse a las normas pastorales de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe (publicadas en
tiempo del cardenal Ratzinger), que intentan socorrer
con misericordia y discreción a todos los cristianos
que atraviesan por dicha conflictividad.

Y, siendo como es, un obispo de la Iglesia de Dios, al
ver sucumbidos todos sus esfuerzos (la relación de que
se trata duró cuatro años) tener el coraje espontáneo
de renunciar, y no hacerlo recién bajo la presión de
un estallido que amenaza y compromete la fe de los
sencillos.

No cabe duda de que si el involucrado hubiese sido un
representante de la denostada "derecha fascista"
(¿existe algo así?) hubiese sido catapultado al último
círculo del infierno mediático.

Empero, tratándose de un cofrade del "mismo palo" la
cuestión se deriva a la oprobiosa "conjura" de un
feudalismo provincial (que seguramente existe).

Ha quedado mal parado "el obispo del gobierno" (cf.
tedeum del 9 de julio de 2005 en Santiago del Estero)
y el malo de la película (Mons. Baseotto) ha pasado a
integrar el elenco de los personajes del Antiguo
Testamento (del vocero episcopal, "La Nación",
25/8/2005).

La conferencia episcopal no ha estado a la altura de
la circunstancias y sus vacuas exhortaciones a la
"conmiseración personal" (amén de su intolerable
tufillo clerical) ha dejado al descubierto su olímpico
desprecio por las repercusiones específicamente
morales del asunto, como si una presunta trayectoria
pastoral alcanzase para disimular una catástrofe.

Con todo, no nos engañemos, y menos con histéricos
grititos de "masculinidad": el problema homosexual (si
así cabe impropiamente llamarlo) existe (y existirá)
en todos los ambientes, sin que ninguno de ellos quede
exento (izquierdas y derechas, tradicionalistas,
nacionalistas y socialistas, "laica" o "libre") y por
ello no es conveniente (ni prudente) desgajar el árbol
que se tiene en pie o apagar la mecha que aún humea.

La Santa Sede lo sabe bien (y son de alabar sus
rápidos reflejos en este tema). La Iglesia Católica es
"experta en humanidad" (Pablo VI) y "nada de lo que es
humano le es ajeno".

El "caso Maccarone" no es, en definitiva, una
"cuestión sexual" sino ontológica: Castellani fue
suspendido "a divinis" (él, que por sus talentos,
estaba llamado a regir) y estos obispos de morondanga
(que están destinados a barrer) son los que comandan
(en medio de un fariseísmo sin igual) los destinos del
Pueblo de Dios. 
Algo huele a podrido en Dinamarca.




	


	
		
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