[R-P] El 12 de octubre de Muñoz Azpiri
Julio Fernández Baraibar
juliofernandezbaraibar en alternativagratis.com.ar
Sab Oct 29 15:26:59 MDT 2005
El Pepe Muñoz Azpiri no lo puede creer. Ha mandado una carta a La Nación, a
propósito del despropósito de Telam del 12 de Octubre y, aunque resumida, se
la publicaron. Me la ha enviado con una pequeña introducción que agrego.
Me encantó el final, eso de que dentro de poco van a criticar el 9 de julio
como el día en que perdimos la ciudadanía europea!!
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en yahoo.com.ar
Julio: Ahí va el texto completo que de una carta que milagrosamente me
publicó La Nación. No es una alegato"cristianuchi" ni un manifiesto de la
España negra con olor a moho y orines de sacristía. Es una respuesta a la
ignorancia de los psicobolches que esgrimen un disfracismo progresista para
hacerse romper el culo como Caparrós o para morder una moneda como
Granovsky. Un abrazo. Pepe Muñoz Azpiri.
Texto completo de la carta de José Luis Muñoz Azpiri (h) publicada en el
diario La Nación, el 17 de Octubre de 2005 referente al cable de TELAM por
el Día del Descubrimiento.
Sr. Director:
Era de prever que como todos los 12 de octubre, una suerte de
corte de los milagros compuesta por lacrimógenos cantautores de protesta,
pseudo historiadores devenidos en figuras mediáticas y autoproclamados
representantes de "organizaciones populares" que manifiestan con
intolerancia sus proclamas "tolerantes", reiteraran el grito fúnebre por la
Arcadia perdida, la tierra sin mal del buen salvaje de Rosseau. Pero jamás
hubiéramos imaginado que la agencia estatal de noticias exhumaría con cinco
siglos de retraso, el libelo de una Leyenda Negra, que la moderna
historiografía ha demolido desde el siglo XVIII, con la obra de William
Robertson y posteriores eruditos. Aunque no es de extrañar que en el
paroxismo del uso y abuso de la categoría "derechos humanos", cualquier
improvisado se permita ejercer una cacería de pulgas, un revisionismo de
quiosco referente a hechos del pasado, para reemplazar la historia por la
antropología y establecer paralelismos peligrosos entre épocas y culturas
diferentes. Las poblaciones edifican sus culturas no en aislamiento sino
mediante una interacción recíproca que, salvo contadas excepciones, jamás
fueron pacíficas. La conquista ibérica no tuvo diferencia alguna con la
conducta de otros imperios en la historia del mundo: estuvo repleta de
asesinatos, explotación, reubicación forzosa de poblaciones y destrucción de
culturas enteras. No obstante, su marco moral tuvo una diferencia radical,
España fue la única nación en la historia que se autoincriminó.
Lo verdaderamente sorprendente es que la España de entonces,
haciendo uso de una libertad de expresión que aún causa admiración, quedase
dividida en dos bandos antagónicos: los partidarios de la política
colonizadora preconizada por Sepúlveda y los partidarios de la preconizada
por Las Casas; y entre ambos, la Corona neutral. Es más, Las Casas logró que
las universidades de Alcalá y Salamanca no autorizasen la publicación del
Demócrates Segundo de Sepúlveda, a pesar de que este libro constituía la
apología oficial de la colonización.
En este estado de cosas, muy prudentemente el Emperador decidió
convocar una "Junta de teólogos y juristas" en Valladolid (1550-1551) para
que en ella ambas partes contendientes midiesen sus armas, lo que equivalía
poner a discusión la justicia de una guerra que el propio Emperador estaba
llevando a cabo en América. Es más, en espera del resultado de las
deliberaciones de la "Junta", la Corona decidió interrumpir toda guerra de
conquista en el Nuevo Mundo, medida que efectivamente fue puesta en
práctica. El sentido humano de la colonización fue oscurecido por la critica
lascasiana, a su vez debido al mismo humanismo de los españoles.
Las Casas fue nombrado oficialmente "Procurador y Protector
Universal de los Indios" con un sueldo anual de 100 pesos de oro. Este cargo
de "Protector de los indios", institución típica de la Corona de España, en
tanto que colonizadora, tenía por misión la defensa de los colonizados
indígenas y la denuncia, con el consiguiente castigo, ante la Corte de toda
clase de abusos de que aquellos fueran objeto por parte de los colonos.
Si Francia, durante la guerra de liberación argelina tuvo en
Sartre a un lúcido y valiente acusador de los sistemas represivos
coloniales, España ya había tenido a un Sartre más colérico y combativo en
la figura de fray Bartolomé de Las Casas. La diferencia consiste en que
Sartre denunció los crímenes de los colonialistas franceses en un momento en
que las colonias se desplomaban por todo el mundo, mientras que fray
Bartolomé las condenó cuando el moderno proceso colonial se iniciaba.
Como se ve, el "curro" de los derechos humanos viene de larga
data, anterior inclusive a la Declaración de los Derechos del Hombre y el
Ciudadano, pero hete aquí que fue inventado por la "sangrienta nación de los
papistas" al decir de los detractores de antaño y hogaño.
La historia demuestra que España obró con el criterio de los
tiempos y como dice Octavio Paz, no se puede reducir la historia al tamaño
de nuestros rencores. Fue un país intolerante y fanático en una época en que
todos los países de Europa eran intolerantes y fanáticos, quemaron herejes
cuando los quemaban en Francia, cuando en Alemania se perseguían unos a
otros en nombre de la libertad de conciencia, cuando Lutero azuzaba a los
nobles contra los campesinos sublevados, cuando Calvino condenaba a Servet a
la hoguera por la herejía de adelantarse a Harvey y preanunciar la
circulación de la sangre, quemaron a las brujas cuando todos sin excepción
creían en los sortilegios y maleficios, desde Lutero a Felipe II, pero al
menos no imponían su criterio -y su dominio- en nombre de una libertad de
pensamiento que era un sarcasmo.
Es un hecho que la derrota de la Armada Invencible, en 1588,
produjo un viraje radical en la historia de Occidente, consagrando las
instituciones inglesas y degradando las españolas por los siguientes 500
años. Junto a los arrecifes ingleses naufragaron no solo las naves de Felipe
II sino toda una Weltanschauung. Maltrechos los conceptos religiosos,
personales y sociales de la vida a la manera de los españoles, era natural
que todavía en el siglo XIX se hablara en Estados Unidos de la "unión
perversa de tres plagas" para cargar el acento sobre la Iglesia Católica,
"autora de la masacre de los inofensivos albigenses, de la matanza de San
Bartolomé y de la destrucción de los inofensivos naturales de la América del
Sur", victimas del fanatismo y la crueldad. No sin razón decía Vasconcelos
que la derrota de México ante los Estados Unidos era en cierto modo la
continuación de la de la Armada Invencible y Trafalgar. Se le reclamaba a
esa España medieval que acababa de acceder a su unidad en medio de una
intolerante lucha religiosa a que prácticamente organizara una democracia
parlamentaria. Es el viejo y siempre reincidente mal del anacronismo.
La codicia generó la aventura ultramarina, la misma que impulsa todas las
expansiones geográficas - incluida la de los grandes "imperios" americanos -
pero fueron Drake y Raleigh los que robaron el oro de Indias para fundar
bancos y sentar las bases del mercantilismo capitalista. En cambio, las
apetencias de los déspotas precolombinos apuntaban a los tributos en
especie, exigidos mediante una coacción brutal, y cautivos para sus
espeluznantes ritos.
En su obra "Caníbales y Reyes", el antropólogo Marvin Harris, insospechable
de hispanismo, dice categóricamente: "Como carniceros metódicos y bien
entrenados en el campo de batalla y como ciudadanos de la tierra de la
Inquisición, Cortés y sus hombres, que llegaron a América en 1519, estaban
acostumbrados a las muestras de crueldad ya los derramamientos de sangre. El
hecho que los aztecas sacrificaran metódicamente seres humanos no debió
sorprenderle demasiado, puesto que los españoles y otros europeos quebraban
metódicamente los huesos de las personas en el potro, arrancaban brazos y
piernas en luchas de la cuerda entre caballos y se libraban de las mujeres
acusadas de brujería quemándolas en la hoguera. Pero no estaban totalmente
preparados para lo que encontraron en México. En ningún otro lugar del mundo
se había desarrollado una religión patrocinada por el estado, cuyo arte,
arquitectura y ritual estuvieran tan profundamente dominados por la
violencia, la corrupción, la muerte y la enfermedad. En ningún otro sitio
los muros y las plazas de los grandes templos y los palacios, estaban
reservados para una exhibición tan concentrada de mandíbulas, colmillos,
manos, garras, huesos y cráneos boquiabiertos. Los testimonios oculares de
Cortés y su compañero conquistador Bernal Díaz, no dejan dudas con respecto
al significado eclesiástico de los espantosos semblantes representados en
piedra. Los dioses aztecas devoraban seres humanos. Comían corazones humanos
y bebían sangre humana. Y la función explícita del clero azteca consistía en
suministrar corazones y sangre humana frescos a fin de evitar que las
implacables deidades se enfurecieran y mutilaran, enfermaran, aplastaran y
quemaran a todo el mundo".
Solo en 1486, Auitzótl, "tlatoani" del Anahuac le arrancó el corazón
palpitante a veinte mil prisioneros como ofrenda al templo de
Huitzilopochtli. Las víctimas todavía no tenían la fortuna de contar con los
periodistas de Telam para defenderse. Ni cuando Atahualpa se hartó de
degollar, ahorcar y exterminar a los prosélitos de su hermano Huáscar
(legítimo heredero del estado Inca, por lo que Atahualpa era un usurpador
similar a Pizarro), ni tampoco cuando Rumiñavi enterró vivas a todas las
escogidas de un convento inca de Quito. Mientras los caciques del valle de
Bogotá se construían sus casas hundiendo en el suelo para cimiento de sus
pilares cuatro doncellas vivas, el indigenismo no denunciaba y Víctor
Heredia no cantaba. Enumerar las prácticas inhumanas tanto religiosas como
administrativas de las teocracias precolombinas excedería las páginas de
este diario.
Pero como de historia "escriben o hablan los ciudadanos", el periodismo lo
puede ejercer los jugadores de bochas y plantear alegremente lo que el
indigenismo condena: la amputación de la historia. Así, en esta concepción
estática de "cinco siglos igual" donde todo se confunde, se amontona
indistintamente las plantaciones esclavistas con las misiones jesuíticas,
Juan Manuel de Rosas con Julio A. Roca, el positivismo y el darwinismo con
las doctrinas de Suárez y Vitoria, los bandeirantes con los evangelizadores,
el pirata Morgan con Vasco de Quiroga, el Perito Moreno con Julio Popper, el
descubrimiento de América con la invasión angloamericana a Méjico y se
calcula, a ojo de buen cubero, la mortandad en territorios donde no existían
los censos.
En su empeño por demostrar que los españoles habían masacrado la población
indígena, el padre Las Casas aseguraba (en su Brevísima Relación de la
Destrucción de la Indias) que en 1492 había en Cuba no menos de 200.000
habitantes aborígenes. Otra estimación contemporánea más extravagante
todavía, sostiene que en 1511 había en Cuba 1.000.000 de indios, y apenas
14.000 seis años mas tarde. Y en esa misma perspectiva de "Leyenda Negra, un
autor español del siglo XVIII, Antonio de Ulloa, estima que para el momento
del descubrimiento la población de América ha debido alcanzar 120.000.000 de
habitantes. Según estas cifras, América habría tenido a fines del siglo XV
más de la cuarta parte de la población mundial. Latinoamérica no habría
recuperado su densidad demográfica precolombina hasta bien entrado el siglo
XX, y desde luego, la porción más importante de tan estupenda población
habría integrado los imperios Inca y Azteca.
Humboldt, el "verdadero descubridor de América", uno de los primeros
espíritus científicos que se inclinó sobre la realidad global
hispanoamericana, hizo a este respecto la reflexión de que la población de
la isla Otaheite (en el archipiélago Hawai) fue estimada por el capitán
Cooke (su descubridor en el siglo XVIII) en 100.000 individuos, pero en la
mitad de esa cifra por los misioneros arribados posteriormente, en 16.000
por otro marino, y en apenas 5.000 por todavía otro observador directo. Y
esto, que sucedió con relación a una pequeña isla en el siglo XVIII hacía
con mucho dudar a Humboldt (en los primeros años del siglo XIX) sobre las
cifras inmensas propuestas en el siglo XVI para el vasto e inexplorado
territorio de América.
Montaigne se lamentaba que la conquista de América no la hubieran hecho los
griegos o los romanos: la contienda hubiera sido mucho más pareja. Pero la
supuesta superioridad tecnológica en el momento del enfrentamiento
(indudable, pero no determinante) es otra de las deformaciones de la
"Historia oficial" que Granovsky dice amonestar. Pasado el primer
estremecimiento, Moctezuma envió los trozos de un caballo descuartizado a
los cuatro confines del Imperio, para que sus súbditos conocieran la
existencia de una nueva bestia. La pólvora y las armas de fuego eran poco
eficaces frente a un bosque de espadas erizadas con fragmentos de obsidiana.
Lo que no se destaca o deliberadamente se oculta, es la habilidad política,
más que militar de Cortes y sus oficiales para establecer amplios marcos de
alianzas con las comunidades hostiles al dominio azteca. El hierro y la
pólvora del Renacimiento hubieran sido impotentes frente a los ejércitos
mexicanos, de no haber sido por los tlaxcaltecas, texcocotecas, cholultecas,
xochimilcatecas, otomíes y otros. Hablar de la indianidad como una comunidad
homogénea es tan irreal como plantear la existencia de malvones y geranios
en los jardines de Marte. La que después sería la "muy noble y muy leal
ciudad de Tlaxcala" aportó miles de hombres que formaron el grueso de la
infantería y tripularon las canoas que cubrían el avance de los bergantines
a través de la laguna de México. La conquista de México no fue tanto una
conquista, como el resultado de una revuelta de las poblaciones sometidas.
El equipo militar y la táctica española ganaron la batalla, pero la
logística la aportaron los indios.
La conquista de México no existió porque México no existía. Esta nación es
una creación de España como todas sus hermanas de Iberoamérica y la Malinche
no traicionó a nadie porque había sido esclava. Tan solo tenía odio. Se
odiaban los mayas, los mexicanos, los zapotecas, los tlaxcaltecas y los
otomíes que vivían haciéndose la guerra. Se odiaban las tribus y aún los
barrios, combatiéndose despiadadamente, como ocurría entre la misma familia
de los mayas. En los últimos días del sitio de Tenochtitlan, dicen las
crónicas, los españoles, horrorizados del odio que habían desencadenado,
tuvieron que defender a sus enemigos los aztecas de la ferocidad de sus
propios aliados.
Ejemplos de heroísmo del indio americano ante el avance español sobran, y
son conmovedores, como también el sacrificio de Numancia y la resistencia de
celtas e íberos ante la dominación romana. Pero a nadie se le ocurre
dinamitar acueductos, cambiar la toponimia o pintarrajear monumentos. Séneca
se hizo universal gracias a Roma y el Inca Gracilazo gracias a España.
El hecho de discutir el derecho de conquista o de intervención en el siglo
XVI como si se tratara de hechos actuales es un atentado contra lo que se
podría denominar el orden de contexto. El rechazo a la primacía de la fuerza
no se habría podido producir en ninguna cultura precolombina pues allí el
individuo no tenía mas identidad que la de su colectividad y carecía de
derechos para defenderse de ésta. Con los años se difundió la idea de que en
el momento de su encuentro con los europeos la sociedad inca era una especie
de "estado de bienestar", un welfare state incaico, algunos incluso hablan
de un "estado socialista" ¿Cómo pudo ser socialista una sociedad
precapitalista? Un eminente erudito del Perú antiguo, John H. Rowe, destaca
que: "Los mismos gobernantes reconocían que la preocupación paternalista por
el bienestar material de sus súbditos no era otra cosa que un egoísmo
ilustrado (...) El gobierno protegía al individuo de toda clase de
necesidades y exigía, a su vez, pesado tributo" La opinión de los linajes
reales del Cuzco, de que el campesino era haragán, elusivo y poco digno de
confianza y que la única manera de tratarlo era mantenerlo ocupado con una
multitud de tareas, aunque fueran innecesarias (como cargar piedras
gigantescas de un extremo al otro del Tawantisuyu) para no dejarlo a merced
de su natural indolencia, tuvo oportunidad de verla Pedro Pizarro, sobrino y
paje del marqués, quién conocía bien a muchos miembros de la realeza
incaica, comenzado por Atahualpa: Decían estos señores(...) que los
naturales(...) los hacían trabajar siempre porque así convenía, porque eran
haraganes y bellacos y holgazanes" Ni el Inca entregaba planes trabajar, ni
hubiera admitido piquetes.
Nunca sabremos cuál habría sido la evolución propia de las civilizaciones
indígenas sin interferencias extrañas. Tampoco sabremos nunca cual habría
sido de la Iberia de Viriato, la Galia de Vercingetorix sin la conquista
romana, como tampoco las de las culturas americanas absorbidas por la
expansión inca y azteca. Sin embargo, el comunicado de Telam reitera el
consabido latiguillo de la mutilación histórica de la conquista y la
subsiguiente aculturación de la evangelización. En cuanto a lo primero, la
distopía (¿Qué hubiera sucedido si...?) puede constituir un interesante
ejercicio literario. Plantearse, por ejemplo, si en lugar de aceite
hirviendo hubiéramos arrojado pochoclo en las invasiones inglesas o si el
coronel Perón, en lugar de retornar el 17 de 0ctubre, se hubiera ahogado
camino a Martín García, no hubiéramos sido otro Canadá, son temas
apasionantes para una noche de tragos, pero no es historia. Si en la
actualidad se le preguntara a un parisino cuál es la verdadera Francia, si
la de los Capeto o la de la Revolución, o a un británico si la Inglaterra
sajona es más genuina que la normanda, consideraría el interrogatorio un
absurdo, dado que "ab initio" concibe su nación como un continuum. Así como
la historia no es un idilio, sino una galería cuyas luces y sombras agrandan
o desdibujan los objetos según el prisma ideológico que los refracta, la
patria es un concepto poliédrico, no es primario. Es una categoría
histórica, experimentada como la "posesión en común de una herencia de
recuerdos". Con esto queremos decir que si gritando en español nos negamos a
celebrar la llegada del idioma español a América, borrando nuestro propio
perfil, de la misma forma, abjurando de la tradición hispánica como una
larga siesta de oscuridad y silencio, negaríamos los fundamentos de nuestra
emancipación. Estos se originan en las doctrinas de Francisco Suárez y
Francisco de Vitoria, en la fórmula con que los aragoneses juraban a sus
Reyes: "Nosotros y cada uno de nosotros, que vale tanto como vos, y que
juntos podemos mas que vos, os juramos obediencia si cumplís nuestras leyes
y guardáis nuestros privilegios, y si no, no"; en las comunas castellanas -
primeros parlamentos europeos que lograron echar raíces e incorporar al
tercer estado - y en los textos clásicos estudiados en las Universidades
fundadas en América. Poco o nada tuvieron que ver con nosotros las
guillotinas de la Revolución Francesa o las pelucas empolvadas de los
señores de Virginia. Treinta y nueve años antes de aparecer en Francia el
"Contrato Social" de Rosseau, hubo el levantamiento de los comuneros del
Paraguay.
Respecto a lo segundo, nos parece ocioso reiterar nuestra opinión acerca de
los cultos precolombinos, pero sí destacar que los evangelizadores no solo
conservaron vivas lenguas que deberían haber sido sustituidas por el
español, sino que se elaboraron gramáticas y diccionarios de los que hasta
entonces los nativos estaban desprovistos. Además, no podemos culpar a
hombres como Sahagún o Durán por haberse hecho cómplices del colonialismo
español. Ellos, ciertamente, contribuyeron a destruir los rasgos
supervivientes de las culturas indígenas y paradójicamente se esforzaron en
rescatarlas y en fijarlas para siempre. Ya el hecho de mostrar la magnitud y
la riqueza de ese legado, suponía un alegato a favor de los indios, si bien
tampoco descuidaron su defensa y protección, contraria a los intereses de
los encomenderos.
No critico a estos plumíferos por izquierdistas, a fin de cuentas Lenin lo
consideraba una enfermedad infantil, simplemente los acuso de ignorantes. Es
por demás conocido que Lewis Morgan en "La sociedad primitiva" de 1977,
seguido por Engels en "El origen de la familia, la propiedad y el Estado" de
1884 clasificaban a los pueblos precolombinos entre la etapa superior del
salvajismo en los comienzos de la Edad del Bronce, cuando todavía se vivía
de productos naturales, y el estadio medio de la barbarie cuando surge la
agricultura. Las formas estatales de organización social del altiplano
sudamericano y la meseta mejicana fueron definidas por Marx como formas de
producción asiáticas y es sabido que junto con Engels justificaron en sus
obras la conquista y colonización de América como progresista, para no
mencionar la conquista de México por Estados Unidos.
Sin embargo, este vanguardismo de pacotilla, de un marxismo interpretado en
el Caribe y aprendido con apuntes, que se permite pontificar sobre los
regímenes democráticos con un tono entre paternalista y autoritario similar
al que nos advertía el Padre Castellani: "¡Hazte libre o te mato!" y que
firma con la izquierda pero factura con la derecha, se está quedando sin
discurso. Si en algún momento lo tuvo, excepto el recitado por imitación o
psitacismo de la demonología política de la Leyenda Negra.
Esta denigración de las naves del Descubrimiento, que según los vientos
políticos del momento atracan en los puertos del ditirambo o fondean en las
bahías de la diatriba, concluye su largo periplo de 500 años en las
escolleras del postmodernismo, donde una pléyade de agónicos y anónimos
cagatintas reciben atónitos noticias de la caída del Muro y del derrumbe de
las Torres Gemelas. Bajo sus escombros yacen por igual el dogmatismo
marxista y el neoliberalismo plutocrático, el nuevo orden mundial y el fin
de la historia. Es que las utopías dogmáticas sólo pueden desarrollarse en
el terreno de la metafísica, o aún el pensamiento religioso, pero no dentro
de las ciencias sociales. La intolerancia es la gran derrotada, la
entronización como dogma de ciertas verdades no demostradas es lo que una
vez más ha mostrado su peligrosa capacidad de daño.
Ante la desaparición de las certezas y los "grandes relatos", que
regimentaban su pensamiento, muchos escribas a sueldo y tribunos de la
Suburra, no pudieron absorber el cambio de la historia y encontraron en el
12 de 0ctubre un inesperado ámbito para replantearse sus nostalgias e ideas
envejecidas. En vez de reconciliarse con la historia, le piden cuentas. Así
están.
Julio María Sanguinetti, fraterno ex presidente del Uruguay y escritor de
fuste, lo dijo claramente: "Se hace ideología con lo que son hechos, como si
fueran contemporáneos, se les interpreta anacrónicamente y lo que es peor,
nos abocamos a juzgar historia, situados para esa magistral función por
encima de nuestros antepasados. Esta arrogancia elude así la impostergable
tarea de cumplir nuestro propio destino, ser hombres de nuestro tiempo y no
polizontes de la historia, flotando en un limbo en que renunciamos a
edificar hoy, en nombre de nuestro rechazo a un lejano pasado que está
irrenunciablemente en nosotros como experiencia ya vivida".
Ahora, en tren de ser originales, han inventado un nuevo rótulo: "Pueblos
originales", con el cual intentan desplazar al término supuestamente
peyorativo "aborigen"(desde el origen). ¿Originarios de donde? ¿De Siberia?
¿O acaso tiene vigencia la teoría autoctonista de Ameghino?. Todos, en las
Américas, llegamos de otra parte, desde los primeros hombres y mujeres que
cruzaron el estrecho de Behring hace 30.000 años, hasta los contingentes de
inmigrantes del presente siglo.
De la misma forma que la historia no niega a Roma por el sistema
esclavista, la crucifixión del nazareno y la persecución de sus seguidores,
renegar del idioma, la fe y las instituciones hispánicas en pos de un
imposible retorno a un inexistente paraíso perdido, significa fragmentar aún
mas la anhelada unidad latinoamericana y jugar a favor de los intereses que
un progresismo de cotillon dice combatir. Así lo entendía el mestizo Rubén
Darío y los intelectuales del Modernismo, así lo entendieron también los dos
más grandes caudillos populares argentinos del siglo XX: Hipólito Irigoyen y
Juan D. Perón; siendo el primero quien el 4/10/1917 instituyó por decreto el
12 de octubre como el Día de la Raza y el segundo quien integró "el
subsuelo de la Patria sublevado" a la historia contemporánea.
Nadie "festeja", como aviesamente denuncian bachilleres consagrados en
fiscales de la historia, pues ni todo de lo que se adquirió es digno de
festejarse, ni todo lo que se perdió es digno de lamentarse. El 12 de
octubre se conmemora, como conmemoro la batalla de Obligado y la gesta de
Malvinas y no soy de la clase de persona a la que le agradan las palizas. Se
conmemora que Europa descubra a América y que América descubra a Europa y a
sí misma, porque sus poblaciones no tenían conciencia de integrar un espacio
común y mucho menos de ser un continente y una misma civilización. Decía
Octavio Paz que las sociedades americanas sucumbieron ante los europeos no
solo por su inferioridad técnica, resultado de su aislamiento, sino por su
soledad histórica. No tuvieron nunca, hasta la llegada de los españoles, la
experiencia del otro. Esta conciencia, que todos los pueblos del Viejo Mundo
tuvieron, resultaba acá inédita. Tenían la experiencia de otros pueblos, con
los que luchaban y aún de algunos que consideraban bárbaros, los nómades
inferiores, pero no poseían la idea de otras civilizaciones. De aquí que los
españoles parecían venidos de otro mundo, con todo lo que ello implica:
temor para los dominadores y promesa de liberación para los que se sentían
sojuzgados.
La utopía de 1492 inventó América, porque la sola existencia no hace la
conciencia. Se conmemora la primera y profunda reflexión de la humanidad
sobre sí misma y el despegue planetario que, como dice Pierre Chaunu,
produjo que el mundo dejara de ser mediterráneo para ofrecer una dimensión
universal a partir del Atlántico.
A este paso no sería extraño que se proponga suprimir el 9 de julio como
el infausto día que perdimos la ciudadanía de la comunidad europea.
José Luis Muñoz Azpiri (h)
D.N.I.13.416.829
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