[R-P] Respuesta de Norberto Galasso a Jorge Sulé
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Jue Oct 20 15:27:17 MDT 2005
Gentileza del C.C. Enrique Santos Discépolo
[En el mismo alto tono con que Jorge Sulé escribió su "Carta
Abierta", le replica ahora Norberto Galasso (quien, dicho sea de
paso, compartió amablemente la mesa con Sulé durante la reciente
entrega de los Premios Jauretche).
Falta, indudablemente, que tercie aquí -y en el mismo tono elevado-
alguien que plantee algunas cosas sobre la historia interna de la
Izquierda Nacional, de modo de completar el panorama completo del
revisionismo. A nadie puede escapar que las apreciaciones de Galasso
sobre -entre otros asuntos- las importancias relativas del Dr.
Aurelio Narvaja, el grupo Frente Obrero, Jorge Abelardo Ramos, y
ahora -agregado lateralmente por Galasso- Jorge Enea Spilimbergo,
amén de padecer (si no me equivoco) algunas omisiones, son cuando
menos merecedoras de un debate tan elevado como el que llevan a cabo
Galasso y Sulé.
Ahora bien: precisamente por el tono requerido para esa réplica, no
está en mi ánimo entrar en esos asuntos en esta introducción. Antes
bien quiero subrayar aquí algunas de mis coincidencias con Galasso.
Rescato, en particular, esta frase, verdadero antídoto contra toda
forma de oportunismo y picardía de patas cortas: "en esta época en
que los argentinos buscamos definiciones claras para orientar el
nuevo rumbo, resulta imprescindible distinguir desde que óptica y con
qué argumentos los distintos historiadores impugnan a la historia
mitrista". Y en especial, el sentido que adopta cuando se comparte
(como Patria y Pueblo comparte) la siguiente preocupación de Galasso
por los jóvenes, dirigida a Sulé como una pregunta: "¿Cree usted que
sería posible facilitar su desplazamiento al campo nacional -
rompiendo con Mitre y Halperín Donghi- si les ofrecemos, en nombre de
la revisión histórica, alternativas como [la] caracterización de
Rosas con la cual Carlos Ibarguren pretende elogiarlo?"
Son temas que algunos valetudinarios se dan el lujo de despreciar.
Patria y Pueblo no. Creemos, que para ganarlos, hoy como treinta o
cuarenta años atrás, hay que dar señales nítidas y claras. Muchos de
los así atraidos por la IN envejecieron (cuando no se
encanallecieron) al paso de los años, y piensan que todo el mundo
comparte su condición.
Patria y Pueblo piensa muy distinto. Piensa que, hoy como ayer, el
ímpetu revolucionario está allí donde se marcan claramente las
propias posiciones. Cada cual, que cargue con sus aciertos y sus
errores. El pensamiento socialista de la izquierda nacional debe
dirigirse a los jóvenes con toda su claridad y profundidad
revolucionaria, porque es allí donde está la vida. El planteo de
Galasso no hace sino refirmar esta verdad ejemplarizadora.
La regla de oro es: nada de silencios, agachadas o achiques tácticos.
Nada de sectarismo, pero tampoco nada de oportunismo. En la sentina
de los barcos pueden convivir los bichos más diversos, pero es en el
puente de mando donde nos interesa estar. No se trata de mezclarse
con el bicherío del fondo, que en la oscuridad de sus revolcones ya
ha perdido todo rumbo cierto. Se trata de ir preparando la marinería
y oficialidad que dirigirá la nave. A esas jóvenes generaciones,
como bien apunta Galasso, no se las ganará ofreciéndoles una brújula
que nortea hacia un mundo perimido.
De allí que polémicas como la de Galasso y Sulé no pueden sino ser
bienvenidas. Pueden trasladarse, casi automáticamente, a otros
terrenos, con los que están por otro lado muy relacionados.
Finalmente, como el grupo político al que pertenezco ha sido aludido
elípticamente por Galasso, deseo establecer (en mi carácter de
Secretario General de Patria y Pueblo) que si este partido político
no comparte la visión de la historia de la IN que plantea Galasso, no
es por desconocimiento ni por olvido, sino por una evaluación
diferente de los aportes de sus distintos componentes, evaluación
que, por supuesto, está a su vez determinada en buena medida por su
propia concepción de la tarea que corresponde a la Izquierda Nacional
en la Argentina de hoy.
Y con la misma firmeza dejo en claro que tampoco se puede hacer cargo
a Patria y Pueblo de planteos emitidos sin consulta previa y a título
personal por alguno de sus miembros. Somos un partido político, un
"pequeño ejército en marcha", como gustaba decir Spilimbergo. No
somos una "famiglia" mafiosa ni un círculo intelectual de
librepensadores irresponsables, y lo dejo en claro por si alguien
entiende alguna insinuación de ese tipo en alguna línea perdida de la
nota de Galasso, quien -tengo la total certeza- no tuvo esa
intención.]
Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo"
RESPUESTA DE NORBERTO GALASSO A JORGE SULÉ
Buenos Aires, 12 de octubre del 2005.-
Estimado Jorge Sulé:
Comienzo por el final de su carta. Allí, usted manifiesta que
concuerda con mi análisis sobre la Historia Oficial y con mi crítica
a la historiografía de la izquierda tradicional. Asimismo, juzga
correctas mis apreciaciones sobre la "Historia Social", aunque las
considera algo "indulgentes". Después de estas coincidencias,
sostiene: "El parcelamiento que se hace del revisionismohistórico me
parece en algunos casos injusto, en otros inexacto y en todos,
innecesario". Aquí reside la gran disidencia. Para usted, el
revisionismo histórico es una sola corriente historiográfica, nacida
con Saldías y aún vigente, con "matices culturales diversos", que
reconoce tres factores: 1) la acción externa sobre nuestro país, 2)
el pueblo y sus jefes políticos que defienden nuestro patrimonio
espiritual y material y 3) minorías económicamente poderosas,
protagonistas de la traición y la entrega. En esta concepción, Rosas -
no San Martín, no Yrigoyen, no Perón- sería "la llave de bóveda".
Mi posición al respecto la expuse en un folleto editado, en junio de
1987, en Rosario, por el grupo "CREAR", bajo el título "La larga
lucha de los argentinos". Luego, la amplié en un libro, bajo el mismo
título, en 1995 (Ediciones Colihue) y finalmente, la desarrollé, en
1999, en los "Cuadernos para la otra historia", números 1, 2 y 3,
editados por el "Centro Cultural Enrique Santos Discépolo". Por
supuesto, el tema había sido ya tratado por diversos ensayistas y mi
modesto aporte consistió en exponer las distintas ópticas desde las
cuales había sido impugnada la Historia Oficial, es decir, un trabajo
de sistematización, pedagógico, si así quiere llamarlo.Aquello que
usted denomina"matices culturales diversos" dentro del revisionismo
histórico, resultan, para mí, disidencias muy importantes, en la
medida en que expresan posiciones ideológico-políticas diversas y
hasta antagónicas.
La impugnación de la Historia mitrista se inicia con críticas
aisladas, provenientes de francotiradores que no se emparentaban en
una corriente historiográfica: no elaboraban desde una misma óptica,
no se apoyaban unos en los textos de otros, sustentaban concepciones
filosóficas y políticas distintas, no se sentían integrados en una
misma escuela. Por esta razón califiqué como "precursores" del
revisionismo a Adolfo Saldías, Ernesto Quesada, David Peña, Ricardo
Rojas y Juan Alvarez. Con posterioridad, aparecieron historiadores
que provenían, en general, del radicalismo y a los que se llamó
"Nueva Escuela Histórica", rápidamente disgregada. Más tarde, surgen
aquellos que si bien al principio, trabajan aislados, luego confluyen
en el "Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas"
y publican una revista que los identifica, de manera tal que aún
cuando subsistieran algunas diferencias entre ellos, pueden ser
considerados como "corriente historiográfica", al igual que lo es hoy
la "Historia Social". Por ello, no estimo injusta, ni tampoco
inexacta, la agrupación de los revisionistas en diversas corrientes.
En el caso de los forjistas, tampoco las diferencias las establecí
yo, sino los mismos protagonistas: así, no existe información de que
alguna vez la tribuna de FORJA fuese ofrecida a los historiadores
provenientes del nacionalismo oligárquico (es decir, del uriburismo,
que precisamente había derrocado a Yrigoyen, en el 30, lo cual
motivaba el justificado rencor de Jauretche y sus amigos,
provenientes del radicalismo). Cabe recordar, asimismo, que
Scalabrini Ortiz se negó a colaborar en"Nuevo Orden" ("Noticias
Gráficas", 20/7/1940), por estimar que ese periódico expresaba un
nacionalismo reaccionario. Me parece pues justo, exacto y necesario
deslindar los campos. Es cierto que Jauretche se acerca, luego, al
"Instituto" y por esa misma razón, distingo al revisionismo influído
por el peronismo (J.M. Rosa y F. Chávez) del revisionismo anterior
(antipopular, como es el caso de Julio Irazusta, antiperonista, al
cual el mismo Jauretche vapulea en "Los profetas del odio").
Considero que este proceder es de plena justicia y correcto desde el
punto de vista del análisis de las corrientes ideológicas en la
Argentina. Asimismo, lo considero necesario en estos momentos en que
muchos jóvenes se apartan de la historia mitrista. ¿Cree usted que
sería posible facilitar su desplazamiento al campo nacional -
rompiendo con Mitre y Halperín Donghi- si les ofrecemos, en nombre de
la revisión histórica, alternativas como esta caracterización de
Rosas, con la cual Carlos Ibarguren pretende elogiarlo?: "La pampa
nutrió a Rosas y modeló en su persona el arquetipo del patrón. La
estancia era un dilatado señorío, extensos dominios, rebaños
numerosísimos, peones militarizados, trabajos rudos y guerra contra
los indígenas. El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y
guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para
dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el
mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes
y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar
a los hombres como si fuesen ganados". (Ibarguren, Carlos, "Juan
Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo", edic. Theoría, Bs.
As., 1961, pág. 37). O esta otra, de la misma pluma: "La sociedad,
así modelada por la dictadura (de Rosas) ofreció el aspecto uniforme
de un inmenso rebaño humano, bien amansado, del mismo pelo y de la
misma marca. Para todos un color único, idéntica divisa, librea
semejante, exacta manera de llevar el bigote, iguales formas
repetidas, con incansable tenacidad. El mismo sello impreso en los
cuerpos doblegados y en las almas sumisas" (Ibarguren, Carlos, ob.
cit, pág. 215) Asimismo, ¿convenceremos a los confundidos o
aumentamos la confusión si colocamos juntos a Scalabrini Ortiz, a
Hugo Wast y a Federico Ibarguren, bajo la bandera de un solo y
unificado revisionismo?. Le recuerdo la enorme diferencia que los
separa, por ejemplo, al referirse a Mariano Moreno. Afirma
Scalabrini: "Con la caída de Moreno, una ruta histórica se
clausura... La Nación debe constituirse entera en la concepción de
Moreno... La ruta de perspectivas que abrió la clarividencia de
Moreno estaba definitivamente ocluída... El presintió una grandeza y
una manera de lograrla precaviéndose de la artera logrería de
Inglaterra. La otra ruta está encarnada en Rivadavia" ("Las dos rutas
de Mayo", conferencia en FORJA, agosto 1937).
Por su parte, Hugo Wast sostiene, en "Año X", Librería Goncourt, Bs.
As., 1960: "En el seno de la Junta, Moreno representaba la demagogia
liberal contra la tradición católica y democrática que encarnaba
Saavedra. Por eso, los modernos demagogos, los masones, los
anticatólicos en cualquier partido en que militen (socialistas,
comunistas, etc.) descubren en Moreno su primer antepasado en la
historia argentina" ( pág-82/83); "Moreno era un demagogo
trasnochado" (pág. 85); "La revolución (de Mayo) fue militar y
católica y popular... En ningún momento plebeya y fue aristocrática,
porque la hicieron verdaderos señores..." (pág. 35). A su vez,
Federico Ibarguren, al referirse a la táctica violenta que Moreno
aconseja en su Plan de Operaciones, señala que "cincuenta años más
tarde, nada menos que Karl Marx (que nació en 1818) escribirá también
coincidentemente este pensamiento clave del comunismo actual"
(Ibarguren, Federico. "Las etapas de mayo y el verdadero Moreno",
ediciones Theoría. Bs. As., 1963, pág. 73). Elogiado como
revolucionario nacional, por unos y denostado como liberal demagógico
y hasta demonizado, por otros, por marxista antes de Marx, estos
juicios antagónicos sobre Moreno no son "matices culturales", como
usted afirma, sino fuertes disidencias historiográficas, que
provienen de fuertes disidencias ideológico-políticas. ¿Cómo insertar
entonces a Scalabrini Ortiz -del cual usted mismo cita "Política
británica en el Río de la Plata"- en medio de otros historiadores
antimorenistas y rosistas, cuando él sostuvo: "Las preclaras ideas de
Mariano Moreno que borbotean en algunos discursos de su hermano
Manuel, en algunos párrafos y en algunas intenciones de Dorrego, en
el instinto certero de los caudillos federales y en algunos
relámpagos de inspiración de Juan Manuel de Rosas, caen abatidas por
las ideas que propiciaba el extranjero...." ( "El capital, el hombre
y la propiedad en la vieja y en la nueva constitución, Edit.
Reconquista, Bs.As., 1948, pág. 11)?. Observe la diferencia: "El
instinto certero de los caudillos federales" y en cambio, sólo
"algunos relámpagos de inspiración de Rosas".
Para corroborar que no se trata simplemente de "matices" podríamos
recordar la diferencia que establecía Jauretche entre forjistas y
nacionalistas: "Los diversos grupos nacionalistas actuaban,
quisiéranlo o no, como prolongación de procesos críticos al
liberalismo de procedencia extranjera. Tenían un vicio de origen pues
habían partido de sectores desprendidos y enfrentados al campo
oligárquico y estaban influídos por ideas de antilibertad, de moda en
ese momento. Veían a la nación como una idea abstracta desvinculada
de la vida del pueblo; en el fondo, pensaban en una tutoría rectora
de minorías fuertes, opuesta al despotismo ilustrado de los
liberales, pero destinada a hacer el país desde arriba y a la fuerza,
con o sin la voluntad de los pueblos....
Alguna vez, discutiendo con un nacionalista, cuando se acercaban a
FORJA en busca de coincidencias, le dije: El nacionalismo de ustedes
se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre. El nuestro se
parece al amor del padre junto a la cuna del hijo y ésta es la
sustancial diferencia. Para ustedes, la Nación se realizó y fue
derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo". (Arturo Jauretche,
"FORJA y la Década Infame", edit. Coyoacán, Bs. As., 1962, pág. 43).
Inclusive, cuando nuestro común amigo Fermín Chávez evidencia su
simpatía por "El Che" y rescata su relación con el peronismo ("El
Che, Perón y León Felipe", edit. Nueva Generación, Bs. As., 2002), se
coloca tan lejos del furibundo antiizquierdismo de Anzoátegui o de
Steffens Soler que no es posible ubicarlo en la misma trinchera con
ellos solamente en razón de que los tres se definan rosistas.
Por estas causas, sobre las cuales se podría abundar largamente,
entiendo que en esta época en que los argentinos buscamos
definiciones claras para orientar el nuevo rumbo, resulta
imprescindible distinguir desde que óptica y con qué argumentos los
distintos historiadores impugnan a la historia mitrista, no vaya a
resultar que en vez de criticar a los mitristas-halperindonguistas
desde una concepción superadora, nacional-latinoamericana y
revolucionaria, concluyamos criticando a Mitre en nombre de
ideologías tradicionales, nostalgiosas de "botas, sotanas y
chiripás". Usted seguramente conoce aquella graciosa contestación de
Jauretche a las expresiones ultramontanas del coronel Juan Francisco
Guevara, el de la "Córdoba heroica", diciéndole que si los liberales
oligárquicos no quieren discutir el siglo XX, no les hagamos el juego
reivindicando el siglo XV, pues ellos, parados en el siglo XIX,
estarían resultando modernos.
Creo que hay que definir, Sulé, juntar sí, indudablemente, al campo
antiimperialista, pero sin confusiones. Hay muchos, como yo, que
aportamos lo que podemos a la demolición de la Historia Oficial, pero
no aceptamos -sólo porque rechazamos la versión mitrista sobre Rosas-
que nos coloquen en la misma vereda del antiperonista Irazusta o del
fascista Ibarguren. En su lenguaje campechano, Perón estaría de
nuestra parte: "Ojo con esos nacionalistas de derecha que son
piantavotos".
Con relación al revisionismo histórico socialista, federal
provinciano o latinoamericano le señalo que éste tiene sus orígenes
hacia 1952. Si bien abordé el tema en "La larga lucha de los
argentinos" (Ediciones Colihue, Bs. As., 1995) lo expuse luego, con
mayor minuciosidad en un "Cuaderno para la otra historia" (número 3),
editado en 1999, por el "Centro Cultural Enrique Santos Discépolo".
Esta última publicación se ha reproducido como separata de la revista
"Veintitres", en los números del 11 y 18 de agosto de este año. Por
supuesto, no lo inventé yo, pues en 1952 tenía dieciséis años y me
encontraba todavía bajo la dominación ideológica del liberalismo
antinacional. Pero puedo relatarle la historia de su surgimiento y
desarrollo que -reconozco- no es demasiado conocida, por lo cual
entiendo - y justifico- su desconocimiento al respecto, especialmente
ahora que "me desayuno" que alguna gente que militó en una corriente
afín -liderada por Ramos y luego, por Spilimbergo- ha perdido la
memoria respecto a esta cuestión.
En octubre de 1945 -y esto usted seguramente lo conoce- el periódico
"Frente Obrero" fue la única organización de izquierda que comprendió
la importancia de la movilización obrera del día 17 y
consiguientemente reconoció allí los inicios del movimiento de
Liberación Nacional liderado por Perón, entendiendo que debía
apoyarlo "con medios de clase". Esa pequeña patrulla, que andaba sola
en el desierto y supo comprender al "subsuelo de la patria
sublevado", como llamó Scalabrini a la multitud movilizada, estaba
integrada por Aurelio Narvaja (padre), Adolfo Perelman, Enrique
Rivera, Hugo Sylvester y Carlos Etkin, acompañados de un reducido
grupo de militantes entre los cuales puede citarse a Carlos Díaz
(Chaco), De Gotardi (Santa Fe), Celiz Ferrando (Córdoba) y Aquiles
Martínez. Se los debe considerar los fundadores de la Izquierda
Nacional en tanto definieron una correcta posición socialista
respecto al naciente movimiento antiimperialista, según la tesis
leninista de "Golpear juntos y marchar separados". Por entonces,
Jorge Abelardo Ramos participaba del número 1 de la revista
"Octubre", producto de una alianza con Miguel Posse, Mecha Bacal y
Aníbal Leal, y todavía no había captado la importancia de esa
jornada, ni el liderazgo emergente de Perón. Luego, en 1946, Ramos se
retira de esa alianza y publica el número 2 de "Octubre", con Niceto
Andrés (Mauricio Prelooker). Después, con el número 3 de "Octubre" se
vincula a"Frente Obrero" y a partir de allí, en un proceso de
"militancia hacia adentro" -dado que el peronismo cubría todo el
escenario obrero- este reducido grupo abordó el estudio en
profundidad de la historia argentina. Poco después, Ramos se apartó
de "Frente Obrero" y a fines de 1949, publicó "América Latina, un
país". Este libro fue importante en tanto abrió la polémica y además
por el intento de superar al mitromarxismo practicado por la
izquierda tradicional. Pero, el viejo nacionalismo influyó sobre el
joven ensayista y así, el libro de Ramos condenó a Bolívar y a
Moreno, al tiempo que formuló un exaltado panegírico de Rosas. Le
reproduzco algunos textos porque se trata de una obra agotada y de
difícil acceso: "Bolívar abominaba de las masas, pero era un hábil
político"(pág. 57), "La política de Moreno, Belgrano (y otros) fue
una política antinacional por excelencia" (pág. 73), "Rosas realizó
la unidad de las provincias argentinas" (pág. 90) y "permitió de
hecho un desarrollo autónomo de la economía argentina"(pág. 92). Tan
profunda era la coincidencia de este libro con las postulaciones
rosistas que Manuel Gálvez le escribió a Ramos señalándole su asombro
"porque partiendo usted del marxismo ortodoxo y yo de un punto
opuesto, coincidamos en tantas cosas" (carta del 21/11/49). Y tanto
le gustó a Gálvez que llevó un ejemplar al Jockey Club para que lo
leyeran sus amigos nacionalistas de derecha. Probablemente usted
recuerde que en la revista del "Instituto de Investigaciones
Históricas J. M. de Rosas", "Pepe" Rosa comentó el libro con alborozo
"por la conversión al rosismo de los trotskistas", pero, al mismo
tiempo manifestó su preocupación: "Nunca creímos en un peligro
comunista para la Argentina... Es muy comprensible que si para ellos
Rivadavia era, en 1826, "el pueblo argentino', en 1945 se equivocaran
con Tamborini. Semejantes topos no podían significar nada serio para
nuestra política. Ahora es distinto. Estos comunistas de la IV
Internacional no sabemos cuántos son, ni quiénes son. Pero han dado
con el revisionismo, es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde
asientan el pie". (Revista del Instituto de Investigaciones
Históricas J. M. de Rosas, número 15/16, setiembre 1951, pág. 187).
Poco después, 1951/52, "Frente Obrero", en un trabajo titulado "Los
cuadernos de Indoamérica" -cuya paternidad probablemente sea de
Narvaja, orientador ideológico del grupo- le formula una crítica
apabullante a ese libro de Ramos. Le detallo seguidamente algunos de
los aspectos más importantes porque se trata, también, de un material
difícil de encontrar. Sobre la revolución de Mayo, por ejemplo, la
definen como "democrática", popular o juntista", pero no separatista
o independentista como lo plantea el mitrismo. (Ahora, los de la
"Historia Social" están intentando sacar las manos de la trampa, sin
molestar a Mitre y al diario "La Nación"). Le comento, asimismo, que
no comparto la interpretación de que Mayo se produjo para evitar la
dominación francesa porque, en ese caso, derrotado Napoleón (1814),
deberían haber mantenido la unidad con España y no, como sucedió, que
se hicieron independentistas, precisamente porque en España había
perdido la causa democrática, ante el giro a la derecha del
reinstalado Fernando VII).
Allí también preconizan la unidad latinoamericana, recogen las
enseñanzas del "Alberdi viejo" y de Juan Alvarez sobre las causas de
las guerras civiles argentinas (control de los recursos de la aduana,
libre navegación de los ríos para las provincias ribereñas y la
alternativa librecambio o proteccionismo).
Con ese trabajo, tres cuadernillos a mimeógrafo, nace el revisionismo
socialista, latinoamericano o federal provinciano. Este nacimiento
adquiere personería en 1954, cuando, bajo la firma de Enrique Rivera,
aparece el libro "José Hernández y la guerra delParaguay", editado
por "Indoamérica", editorial perteneciente a esos jóvenes de "Frente
Obrero". Entre otras cosas, allí se fija posición sobre los modos de
producción en el virreinato, en 1810 que, como usted recuerda, dio
lugar, más tarde, a nuevas discusiones: Puigross-Gunder Frank en
1964, Sergio Bagú y Milcíades Peña coincidiendo en que existían
relaciones capitalistas mientras otros marxistas defendían la tesis
de que había feudalismo. Asimismo, el tema central del libro de
Rivera -Hernández y el genocidio del Paraguay- significó un aporte
valioso, en una época en que la mayoría de los rosistas (¿o todos?)
esquivaban el tema para no irritar al diario "La Nación". Luego
vendrían León Pomer, siempre silenciado, y Jose M.Rosa, con su
hermoso "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", a
profundizar en la historia de aquella tragedia.
Regresando al tema que nos ocupa, años después, Ramos publica
"Revolución y contrarrevolución en la Argentina" (Editorial
Amerindia, julio de 1957) donde asume como propias todas las críticas
de los Cuadernos de Indoamérica. En esa primera edición, publica un
prólogo (que ya no aparece a partir de la tercera edición) donde se
cubre: "El lector que conociere mis libros y escritos anteriores
advertirá que he reelaborado en parte o totalmente la interpretación
de hechos y personajes de nuestro pasado... Amigos y enemigos
contribuyeron generosamente con sus críticas a estas páginas... 'Eran
muchas voces y se oía una sola voz', cantó un día el poeta antillano
Manuel del Cabral" (Ramos, Jorge A., ob. cit., pág. 12) ) En otros
tiempos, ese libro fue considerado por los discípulos de Ramos como
el punto de partida del revisionismo histórico socialista,
latinoamericano o federal provinciano. En 1974, todavía Ramos
reivindicaba la existencia de esa corriente historiográfica, pues en
su editorial "Octubre" publicó "El revisionismo histórico
socialista", reuniendo ensayos de él mismo, Jorge Enea Spilimbergo,
Alfredo Terzaga, Salvador Cabral y Luis Alberto Rodríguez.
Comete un error quien sostiene que en el prólogo de ese libro existe
una definición de Ramos en el sentido de que sólo puede hablarse de
esta corriente desde el punto de vista político, pero no desde el
punto de vista científico... y no existe, porque el prólogo lo
escribe Blas Alberti. Allí, Alberti también "parcela" al revisionismo
y con la ayuda de Spilimbergo, reduce la importancia del rosismo
tradicional: "Salvando al revisionismo del nacionalismo oligárquico
cuyo despertar se correspondía con el auge del fascismo en Europa por
lo que "su nacionalismo -al decir de Spilimbergo- tuvo muy poco de
nacional" ya que "ni recurrió a la tradición política argentina, ni
se impregnó en las fuentes del movimiento popular, carne y sangre de
lo nacional, reconoceremos enScalabrini Ortiz y Jauretche a los
primeros y más prominentes precursores del revisionismo nacional,
democrático y revolucionario, cuya continuidad legítima es el
revisionismo socialista". Líneas después, Alberti señala que el
revisonismo histórico socialista "se ha constituído en una visión
historiográfica destacable con nítidos perfiles, tanto por su
contenido, como por su forma" ("El revisionismo histórico
socialista", editorial Octubre, Bs. As., 1974, prólogo).
Después, transcurre demasiado agua bajo los puentes: Ramos manifestó
que dejaba de ser marxista (revista "El Porteño, diciembre 1984), se
definió "socialista criollo" mientras adoptaba posiciones
nacionalistas, primero, con su "Movimiento Patriótico de Liberación
Nacional" y luego, asumió el liberalismo, apoyando al menemismo. Por
su parte, algunos de sus discípulos se han hecho rosistas a la vieja
usanza. No debe asombrar dada la estrecha vinculación entre historia
y política.
Mi opinión es que esta corriente historiográfica ha caracterizado
correctamente a los caudillos federales del litoral y del interior,
como asimismoa Rosas. Usted me señala que los revisionistas de viejo
cuño abordaron en su momento las historias de los caudillos
provincianos. Por cierto -como usted afirma- "manifestaron interés
por los caudillos del interior", pero sólo parcialmente los
reivindicaron pues al encontrarse con que la mayor parte de ellos
eran antirrosistas, mutilaron sus figuras tornándolas
incomprensibles.
Con respecto a El Chacho, usted hace referencia a Corvalán
Mendilaharsu y a José Hernández. En el caso de Mendilaharsu dedica
sólo 2 líneas a la lucha antirrosita del Chacho (tres insurrecciones
y exilios) y no explica sus causas. En cambio Hernández, que no era
rosista, se refiere con mayor detalle al enfrentamiento El Chacho-
Rosas. Y explica algo que usted olvida. Usted dice que el Chacho
regresó de Chile, en 1846, "pidió autorización a Benavídez para
regresar y este dio vista a Rosas autorizando su regreso, cosa que el
Chacho hace". JoséHernández, en cambio, señala que Nazario Benavídez
le otorgó una hospitalidad generosa y segura, en San Juan, pero que
cuando "Rosas tuvo conocimiento de la presencia de Peñaloza en
aquella provincia, reclamó de Benavídez su envío, por reiteradas e
imperiosas órdenes. Pero Benavídez resistió al cumplimiento de esas
órdenes, a pesar de la grave situación en que se colocaba él mismo"
(J. Hernández, "Vida del Chacho". Antonio Dos Santos editor, Bs. As.,
1947, pág. 166). Puede presumirse que Rosas no tenía el propósito de
rendirle homenaje al Chacho sino que quería tenerlo en sus manos para
algo mucho más severo. Esto que le comento no resulta insólito en los
historiadores rosistas sino que puede considerarse la norma respecto
a los caudillos federales del interior: o no se los explica, dejando
un interrogante acerca de las causas que los originaron o se intenta
minimizar su enfrentamiento con Rosas.
Usted mismo sostiene que el zarco Brizuela fue "conquistado" por los
unitarios, que Marco Avellaneda "lo sedujo" y que luego Brizuela
"arrastró consigo a muchos riojanos, entre ellos El Chacho", así como
que "ni Brizuela ni el Chacho conocían los entretelones de la
Coalición del Norte". Apelando a este tipo de argumentación podría
decirse que, por supuesto, tampoco sus seguidores sabían por qué
razón se jugaban la vida con estos caudillos, ni tampoco Felipe
Varela sabía por qué razón en sus proclamas criticaba a Rosas. De
todo esto podría concluirse que Sarmiento tenía razón cuando los
tildaba de bárbaros pues desde 1824, que empezó Facundo, hasta 1870,
se pasaron los caudillos y sus hombres combatiendo sin saber por qué
ni para qué, "seducidos", "engañados" por los liberales. Y dentro de
ese período combatieron muchos años erróneamente, en contra de sus
propios intereses, que eran defendidos por Rosas. No eran sólo
bárbaros, sino políticamente algo peor: tontos, para no utilizar la
palabra más gruesa que brota naturalmente en estos casos.
Semejante es el caso de Ricardo López Jordán. Luchó en Caseros contra
Rosas por lealtad a Urquiza, pero nadie sabe qué factores provocaban
esa lealtad. Y tampoco, de dónde, a su vez, nacía la lealtad de sus
hombres, para convertirlo a López Jordán en caudillo. Nosotros
sostenemos que Rosas le cerraba los ríos a los entrerrianos,
sometiéndolos al puerto único y que no les daba su parte en las
rentas de aduana, cuestiones concretas que afectaban a una provincia
pujante como Entre Ríos. Ustedes dicen que "alguien sedujo",
"engañó", al caudillo y a sus seguidores.
Esto último me recuerda los argumentos "gorilas" acerca de la
supuesta demagogia de Perón y de su sonrisa cautivadora que, sumada a
la ignorancia del "aluvión zoológico", resultarían las causas del
movimiento de masas, teoríaque usted y yo refutamos tantas veces.
El revisionismo rosista no puede explicar tampoco a Felipe Varela.
Afirma también que Varela estaba contra Rosas por lealtad a El
Chacho, y El Chacho por lealtad a Brizuela. Y los miles de
compatriotas que los seguían, por lealtad a los tres. Si no
existiesen las proclamas de Varela -críticas del centralismo porteño
y del monopolio de la Aduana- uno se preguntaría por qué, en trance
de ser leales, todos ellos no le eran leales a Rosas.
Corvalán Mendilaharzu y De Paoli, por ejemplo, buscan genealogías
aristocráticas para prestigiar a El Chacho y a Facundo, mostrándolos
como "señores", en vez de explicar por qué razón los montoneros los
seguían en su lucha, ya fuese contra Rosas, Mitre o Rivadavia, según
el caso.
Andando estos caminos, viene a mi memoria lo que me ocurrió con
"Pepe" Rosa. Yo tenía cierta relación amistosa con él pero cuando
escribí un cuaderno de la revista "Crisis" (1975) titulado "Felipe
Varela, un caudillo latinoamericano", debí dar prioridad a la verdad
histórica y entonces sostuve, en la pág. 6: "Los historiadores
liberales, después de ignorar a Felipe Varela, lo condenaron por
fascineroso y sanguinario ("matando viene y se va"). Ahora, los
historiadores rosistas lo abordan desde diversos ángulos, a cual
peor. Juan Pablo Oliver, obligado a optar entre Varela y Mitre con
motivo de la Guerra de la Triple Alianza, prefirió a don Bartolo
porque -según dijo- "era, en definitiva, el presidente de la
República" y denigró a Varela por traidor. Vicente Sierra, por su
parte, lo consideró desdeñosamente como "un caudillo localista de
escasa significación". José María Rosa, en cambio, prefirió elogiar a
Varela -"El Quijote de los Andes"- pero, enfrentado al antirrosismo
del caudillo, cometió la debilidad de transcribir mutilada -y sin
puntos suspensivos, que indicaran omisión- su proclama de 1866 (Rosa,
J. M., "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Peña
Lillo Editor, Bs. As., 1964, pág. 261) para ocultar los elogios a
Caseros y a Urquiza (como posibilidad de confluencia del interior
contra el centralismo porteño). Otro camino siguieron Rodolfo Ortega
Peña y Eduardo Duhalde en su documentado libro "Felipe Varela contra
el imperio británico". Allí transcribieron con honestidad dicha
proclama, pero argumentaron que Varela quería -aunque él no lo
supiese- cumplir el proyecto de Rosas, que el elogio a la batalla de
Caseros era simplemente táctica o error y que sólo la ingenuidad pudo
llevarlo a confiar tantos años en Urquiza quien servía los intereses
del Brasil (pág. 23). Felipe Varela ya no era un bandolero,
depredador de pueblos, ni tampoco un traidor. Era políticamente algo
peor: un zonzo". Los dueños de Editorial Oriente -donde "Pepe" Rosa
publicaba su Historia Argentina, en varios tomos- pusieronel grito en
el cielo, escandalizados. Me acuerdo que un tipo macanudo y gran
militante nacional como Alfredo Carballeda me llamó por teléfono,
medio enojado. Sin embargo, "Pepe" Rosa no se amoscó.
Quizás entendió que al enemigo hay que refutarlo con la verdad y que
yo tenía razón en criticarle esa trampita que le daba argumentos al
mitrismo (él, al hacerla; no yo al señalarla, pues a la larga o a la
corta, alguien la habría descubierto).
Por eso, le repito: No niego que hayan abordado el tema, pero creo
que fueron las ideas del Alberdi viejo, de Juan Alvarez, Andrade,
Hernández, Peña y otros las que permitieron al revisionismo histórico
socialista una comprensión en profundidad de estos caudillos,
explicando las razones de su antirrosismo, así como de su antagonismo
con Rivadavia y Mitre.
Por supuesto, no comparto sus reflexiones sobre el tema de los
caudillos, coincidentes con las que sostenía J.M. Rosa en su crítica
bibliográfica mencionada, del año 1951. Por otra parte, juzgo que
usted malinterpreta la posición del revisionismo socialista, lo cual
no me sorprende en tanto sostiene que no existe o que lo desconoce.
Milicia rural -y no montonera- es la de Rosas, que organiza con sus
peones una fuerza militar privada, que son los Colorados del Monte.
Allí no hay artesanado ni crisis económica. Hay ganaderos
relacionados patriarcalmente con sus peones, a los cuales nuclean
para pelear por los intereses bonaerenses. El caso de Ramírez y López
tiene cierta semejanza al de Rosas, pero debe observarse que ellos
eran lugartenientes de Artigas. El proyecto del Protector de los
Pueblos Libres (distribución de tierras, defensa de la producción
nacional, derecho de autogobernarse, varios puertos para no depender
de Buenos Aires que pretende ser puerto único) moviliza a los pueblos
del litoral, contra la burguesía comercial portuaria que llega hasta
pactar con los portugueses para destruir a Artigas. En otros casos,
se trata efectivamente de ejércitos en disolución y sus jefes
transformados en caudillos como Bustos, Ibarra o Heredia, después de
Arequito. Pero en el caso de los caudillos del noroeste, que
precisamente son los más enfrentados con Buenos Aires (no se tientan
con las vacas como E. López, ni traicionan como Ramírez, ni se
cartean con Paz como Felipe Ibarra) ellos nacen de la desintegración
de la economía regional a consecuencia de la libre importación.
Sobrantestimonios de "viajeros" ingleses de donde surge que, en la
década del veinte, el gaucho y la china usan mercadería importada -no
tratándose de cuero- en su vida diaria. A ello se agrega que los
recursos aduaneros -nacionales, en tanto los paga el consumidor final
de todo el territorio- no se distribuyen a las provincias. La disputa
por los recursos es un tema decisivo que provoca guerra civil entre
1810 y 1870 (sin discutir que cuando se trata de mercadería en
tránsito, como usted dice, se devuelva el impuesto, lo más común es
que el comerciante de Buenos Aires compre a los ingleses y revenda al
interior, de modo tal que el impuesto aduanero encarece el precio, en
sucesivos traslados, hasta el último consumidor. El impuesto, pues,
lo pagan todos los argentinos, pero queda en Buenos Aires pues según
Rosas, la renta aduanera es nacional en Estados Unidos porque tiene
puertos en diversas zonas costeraspero en nuestro país es provincial
pues la naturaleza le ha dado puerto a la provincia de Buenos Aires y
de ella son sus ingresos, según lo manifiesta en la Carta de la
Hacienda de Figueroa). Son precisamente aquellas provincias donde
había una economía manufacturera, una industria en germen (producción
de frazadas, ponchos, acolchados, ropa, etc.) las que se hunden con
la libre importación y la falta de capitales derivada del monopolio
aduanero. De allí saldrá aquello de "¡Porteños, raza de víboras!". (Y
el ensayo "Las dos políticas", del poeta-político Olegario Andrade).
También de allí salen Facundo, El Chacho, Felipe Varela, los Saa,
Juan de Dios Videla, Carlos Angel, Santos Guayama y todos los que
usted sabe, cruzándose de provincia a provincia pues no existen
límites tales en la geografía real de los pueblos desamparados que
permita sostener que hubo montoneros en La Rioja y no en Catamarca,
en San Luis y no en San Juan.
La negativa a admitir que las montoneras brotan de la desintegración
de las economías del interior lo conduce a usted, estimado Sulé, a
sacarle las castañas del fuego a los ingleses que provocaron esa
desintegración y emparenta su análisis con el de Halperín Donghi que
intencionadamente recurre a la misma interpretación. Y con Sarmiento,
quien, en "Recuerdos de provincia", se refiere a la miseria que ha
cundido en San Juan y la considera producto de "la barbarie
montonera", invirtiendo causa y efecto, pues lo que él llama
"barbarie montonera" es precisamente consecuencia de la miseria, y no
causa. Y esta última se explica por la irrupción de las mercaderías
del "taller británico", cuyo capitalismo se encuentra en plena
expansión. Es interesante notar que a partir de la Ley de Aduanas,
durante unos años, la situación político-social del interior es de
relativa paz y orden y probablemente sea correcta la información de
que al terminar el conflicto con Francia, no se aplican los
aranceles, recrudeciendo el malestar y la consiguiente montonera.
También en la década del cincuenta los pueblos se reorganizan en el
oeste y en el norte pero, a partir de 1862, cuando Mitre arrasa con
la importación y con las expediciones al interior, vuelve el
alzamiento montonero, que ya no se detiene, inclusive durante la
guerra del Paraguay cuando se produce la Revolución de los Colorados
(1866) y después, con Felipe Varela, hasta su muerte.
Finalmente, estimado Sulé, en esta saludable polémica -en un país que
se polemiza muy poco y así andamos- me veo obligado a abordar alguna
cuestión personal pues en varias partes de su trabajo usted se
refiere a mi situación en relación a la maquinaria del prestigio
sostenida por el establishment. En una, afirma que al diferenciarme
del revisionismo rosista... "no creo que lo haga como táctica
política para ingresar al purgatorio de donde se saldrá para percibir
los beneficios del paraíso de la publicidad editorialista o en la
repartija de las cátedras universitarias digitadas por el
'progresismo". Le agradezco que agregue: "No le veo esa catadura" y
que afirme que le "cuesta creer que lo haga" persiguiendo los mismos
fines de Luna con una supuesta imparcialidad para entrar al panteón
de los consagrados, lo cual -agrega- lo decepcionaría. En otra parte,
me conmina a explicarlo bien a Rosas, aunque "corra el riesgo de que
lo silencien como a Jauretche o como a Fermín Chávez". Estos
comentarios suyos -a pesar de los agregados donde evidencia que
confía en mi conducta -han servido para que algunos -en adjunto a su
carta, según apareció insólitamente en Internet antes que usted me la
hiciera llegar por intermedio de la común amiga Ana Lorenzo-
sostuvieran que "esas sospechas están muy bien sustentadas y mejor
dirigidas". Debo pues aclarar algunas cosas, precisamente porque sé
de su honestidad. Lo demás, no me interesa. Bueno y disculpe, como
diría Julián Centeya, "que venga a hacerme la partida", pero no hay
otro remedio.
Según me informo, por la fotocopia que me adjunta, a usted lo
cesantearon en 1955 por "rosista" y peronista. Un poco tardíamente,
me solidarizo con usted ante tamaña injusticia propia del delirio
"gorila".
A mí, en cambio, no me cesantearon nunca porque nunca me nombraron.
Desde que egresé de la Facultad de Ciencias Económicas, en 1961, sólo
ocupé un cargo durante escasos seis meses de 1973, como síndico de
EUDEBA, a propuesta de la JUP, que renuncié a fines de ese año.
Fíjese que en esa época, fueron muchos quienes ingresaron a la
cátedra universitaria (uno de ellos, J.A. Ramos, merecidamente por su
importante obra, pero sin título habilitante). No me gusta posar de
víctima, pero para probarle el grado de silenciamiento de mi obra me
basta con su propio ejemplo. Usted escribe: "Le informo...." y se
refiere a la correspondencia Rosas-San Martín, lo que evidencia que
ignora mi biografía sobre el Libertador, publicada hace cinco años,
reeditada en la Argentina, publicada luego en Cuba y hoy en impresión
en Venezuela, 600 páginas que sólo merecieron un comentario en
Argentina -de la revista "Locas, cultura y utopías" (de las Madres de
Plaza de Mayo), que usted tampoco ha leído- y una referencia en un
reportaje de Página/12.
Lo mismo ocurre con los "Cuadernos de la Otra Historia" pues si usted
los hubiera leído hubiera evitado dos o tres páginas explicándome de
qué modo Saldías accedió al archivo de Rosas o como Ernesto Quesada
obtuvo la documentación para su obra. Yo ya "hice callo", estimado
Sulé, pues mis cincuenta libros publicados corrieron, en general, la
misma suerte y si han tenido alguna difusión, ha sido por la
perseverante labor de difundirlos "por abajo", en conferencias por
los últimos rincones del país y dada la tarea de mis compañeros de
militancia, tanto del Partido Socialista de la Izquierda Nacional en
el pasado, del "Centro de Izquierda Nacional Felipe Varela" luego y
hoy, del "Centro Cultural E. S. Discépolo", así como de la tozudez de
algunos editores que me han seguido publicando. Por eso, a esta
altura del partido, no respondo a quienes me quieran correr con
imputaciones de coqueteo con el sistema, pero, en su caso, dado que
no hay mala intención sino simplemente desconocimiento, debo
aclarárselo.
Concluyo haciéndole saber que ha sido un gusto intercambiar ideas con
usted, más allá de algunos alfilerazos que nos hayamos intercambiado
en el entusiasmo de la polémica. En el túnel de la Argentina -donde
asoman algunas lucecitas promisorias- creo indispensable la discusión
elevada y profunda, como única forma de iluminar el futuro.
Reciba un abrazo de alguien que no piensa como usted pero que valora
su consecuencia y su preocupación por el destino de nuestra Patria y
nuestro pueblo.
NORBERTO GALASSO
Nota: La "Carta Abierta a Norberto Galasso" de Jorge Sulé apareció
publicada, entre otros lados, en www.pensamientonacional.com.ar en
setiembre de 2005.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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