[R-P] Respuesta de Norberto Galasso a Jorge Sulé

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Jue Oct 20 15:27:17 MDT 2005


Gentileza del C.C. Enrique Santos Discépolo

[En el mismo alto tono con que Jorge Sulé escribió su "Carta 
Abierta", le replica ahora Norberto Galasso (quien, dicho sea de 
paso, compartió amablemente la mesa con Sulé durante la reciente 
entrega de los Premios Jauretche).  

Falta, indudablemente, que tercie aquí -y en el mismo tono elevado- 
alguien que plantee algunas cosas sobre la historia interna de la 
Izquierda Nacional, de modo de completar el panorama completo del 
revisionismo.  A nadie puede escapar que las apreciaciones de Galasso 
sobre -entre otros asuntos- las importancias relativas del Dr. 
Aurelio Narvaja, el grupo Frente Obrero, Jorge Abelardo Ramos, y 
ahora -agregado lateralmente por Galasso- Jorge Enea Spilimbergo, 
amén de padecer (si no me equivoco) algunas omisiones, son cuando 
menos merecedoras de un debate tan elevado como el que llevan a cabo 
Galasso y Sulé.  

Ahora bien:  precisamente por el tono requerido para esa réplica, no 
está en mi ánimo entrar en esos asuntos en esta introducción.  Antes 
bien quiero subrayar aquí algunas de mis coincidencias con Galasso.

Rescato, en particular, esta frase, verdadero antídoto contra toda 
forma de oportunismo y picardía de patas cortas: "en esta época en 
que los argentinos buscamos definiciones claras para orientar el 
nuevo rumbo, resulta imprescindible distinguir desde que óptica y con 
qué argumentos los distintos historiadores impugnan a la historia 
mitrista".  Y en especial, el sentido que adopta cuando se comparte 
(como Patria y Pueblo comparte) la siguiente preocupación de Galasso 
por los jóvenes, dirigida a Sulé como una pregunta:  "¿Cree usted que 
sería posible facilitar su desplazamiento al campo nacional -
rompiendo con Mitre y Halperín Donghi- si les ofrecemos, en nombre de 
la revisión histórica, alternativas como [la] caracterización de 
Rosas con la cual Carlos Ibarguren pretende elogiarlo?"

Son temas que algunos valetudinarios se dan el lujo de despreciar. 
Patria y Pueblo no.  Creemos, que para ganarlos, hoy como treinta o 
cuarenta años atrás, hay que dar señales nítidas y claras. Muchos de 
los así atraidos por la IN envejecieron (cuando no se 
encanallecieron) al paso de los años, y piensan que todo el mundo 
comparte su condición.  

Patria y Pueblo piensa muy distinto.  Piensa que, hoy como ayer, el 
ímpetu revolucionario está allí donde se marcan claramente las 
propias posiciones.  Cada cual, que cargue con sus aciertos y sus 
errores.  El pensamiento socialista de la izquierda nacional debe 
dirigirse a los jóvenes con toda su claridad y profundidad 
revolucionaria, porque es allí donde está la vida.  El planteo de 
Galasso no hace sino refirmar esta verdad ejemplarizadora.  

La regla de oro es: nada de silencios, agachadas o achiques tácticos. 
 Nada de sectarismo, pero tampoco nada de oportunismo.  En la sentina 
de los barcos pueden convivir los bichos más diversos, pero es en el 
puente de mando donde nos interesa estar.  No se trata de mezclarse 
con el bicherío del fondo, que en la oscuridad de sus revolcones ya 
ha perdido todo rumbo cierto.  Se trata de ir preparando la marinería 
y oficialidad que dirigirá la nave.  A esas jóvenes generaciones, 
como bien apunta Galasso, no se las ganará ofreciéndoles una brújula 
que nortea hacia un mundo perimido.

De allí que polémicas como la de Galasso y Sulé no pueden sino ser 
bienvenidas.  Pueden trasladarse, casi automáticamente, a otros 
terrenos, con los que están por otro lado muy relacionados.  

Finalmente, como el grupo político al que pertenezco ha sido aludido 
elípticamente por Galasso, deseo establecer (en mi carácter de 
Secretario General de Patria y Pueblo) que si este partido político 
no comparte la visión de la historia de la IN que plantea Galasso, no 
es por desconocimiento ni por olvido, sino por una evaluación 
diferente de los aportes de sus distintos componentes, evaluación 
que, por supuesto, está a su vez determinada en buena medida por su 
propia concepción de la tarea que corresponde a la Izquierda Nacional 
en la Argentina de hoy.  

Y con la misma firmeza dejo en claro que tampoco se puede hacer cargo 
a Patria y Pueblo de planteos emitidos sin consulta previa y a título 
personal por alguno de sus miembros.  Somos un partido político, un 
"pequeño ejército en marcha", como gustaba decir Spilimbergo.  No 
somos una "famiglia" mafiosa ni un círculo intelectual de 
librepensadores irresponsables, y lo dejo en claro por si alguien 
entiende alguna insinuación de ese tipo en alguna línea perdida de la 
nota de Galasso, quien -tengo la total certeza- no tuvo esa 
intención.]

Centro Cultural "Enrique Santos Discépolo"

 RESPUESTA DE NORBERTO GALASSO A JORGE SULÉ

Buenos Aires, 12 de octubre del 2005.- 

Estimado Jorge Sulé:

Comienzo por el final de su carta. Allí, usted manifiesta que 
concuerda con mi análisis sobre la Historia Oficial y con mi crítica 
a la historiografía de la izquierda tradicional. Asimismo, juzga 
correctas mis apreciaciones sobre la "Historia Social", aunque las 
considera algo "indulgentes". Después de estas coincidencias, 
sostiene: "El parcelamiento que se hace del revisionismohistórico me 
parece en algunos casos injusto, en otros inexacto y en todos, 
innecesario". Aquí reside la gran disidencia. Para usted, el 
revisionismo histórico es una sola corriente historiográfica, nacida 
con Saldías y aún vigente, con "matices culturales diversos", que 
reconoce tres factores: 1) la acción externa sobre nuestro país, 2) 
el pueblo y sus jefes políticos que defienden nuestro patrimonio 
espiritual y material y 3) minorías económicamente poderosas, 
protagonistas de la traición y la entrega. En esta concepción, Rosas -
no San Martín, no Yrigoyen, no Perón- sería "la llave de bóveda".

Mi posición al respecto la expuse en un folleto editado, en junio de 
1987, en Rosario, por el grupo "CREAR", bajo el título "La larga 
lucha de los argentinos". Luego, la amplié en un libro, bajo el mismo 
título, en 1995 (Ediciones Colihue) y finalmente, la desarrollé, en 
1999, en los "Cuadernos para la otra historia", números 1, 2 y 3, 
editados por el "Centro Cultural Enrique Santos Discépolo". Por 
supuesto, el tema había sido ya tratado por diversos ensayistas y mi 
modesto aporte consistió en exponer las distintas ópticas desde las 
cuales había sido impugnada la Historia Oficial, es decir, un trabajo 
de sistematización, pedagógico, si así quiere llamarlo.Aquello que 
usted denomina"matices culturales diversos" dentro del revisionismo 
histórico, resultan, para mí, disidencias muy importantes, en la 
medida en que expresan posiciones ideológico-políticas diversas y 
hasta antagónicas.

La impugnación de la Historia mitrista se inicia con críticas 
aisladas, provenientes de francotiradores que no se emparentaban en 
una corriente historiográfica: no elaboraban desde una misma óptica, 
no se apoyaban unos en los textos de otros, sustentaban concepciones 
filosóficas y políticas distintas, no se sentían integrados en una 
misma escuela. Por esta razón califiqué como "precursores" del 
revisionismo a Adolfo Saldías, Ernesto Quesada, David Peña, Ricardo 
Rojas y Juan Alvarez. Con posterioridad, aparecieron historiadores 
que provenían, en general, del radicalismo y a los que se llamó 
"Nueva Escuela Histórica", rápidamente disgregada. Más tarde, surgen 
aquellos que si bien al principio, trabajan aislados, luego confluyen 
en el "Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas" 
y publican una revista que los identifica, de manera tal que aún 
cuando subsistieran algunas diferencias entre ellos, pueden ser 
considerados como "corriente historiográfica", al igual que lo es hoy 
la "Historia Social". Por ello, no estimo injusta, ni tampoco 
inexacta, la agrupación de los revisionistas en diversas corrientes.

En el caso de los forjistas, tampoco las diferencias las establecí 
yo, sino los mismos protagonistas: así, no existe información de que 
alguna vez la tribuna de FORJA fuese ofrecida a los historiadores 
provenientes del nacionalismo oligárquico (es decir, del uriburismo, 
que precisamente había derrocado a Yrigoyen, en el 30, lo cual 
motivaba el justificado rencor de Jauretche y sus amigos, 
provenientes del radicalismo). Cabe recordar, asimismo, que 
Scalabrini Ortiz se negó a colaborar en"Nuevo Orden" ("Noticias 
Gráficas", 20/7/1940), por estimar que ese periódico expresaba un 
nacionalismo reaccionario. Me parece pues justo, exacto y necesario 
deslindar los campos. Es cierto que Jauretche se acerca, luego, al 
"Instituto" y por esa misma razón, distingo al revisionismo influído 
por el peronismo (J.M. Rosa y F. Chávez) del revisionismo anterior 
(antipopular, como es el caso de Julio Irazusta, antiperonista, al 
cual el mismo Jauretche vapulea en "Los profetas del odio").

Considero que este proceder es de plena justicia y correcto desde el 
punto de vista del análisis de las corrientes ideológicas en la 
Argentina. Asimismo, lo considero necesario en estos momentos en que 
muchos jóvenes se apartan de la historia mitrista. ¿Cree usted que 
sería posible facilitar su desplazamiento al campo nacional -
rompiendo con Mitre y Halperín Donghi- si les ofrecemos, en nombre de 
la revisión histórica, alternativas como esta caracterización de 
Rosas, con la cual Carlos Ibarguren pretende elogiarlo?: "La pampa 
nutrió a Rosas y modeló en su persona el arquetipo del patrón. La 
estancia era un dilatado señorío, extensos dominios, rebaños 
numerosísimos, peones militarizados, trabajos rudos y guerra contra 
los indígenas. El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y 
guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para 
dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el 
mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes 
y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar 
a los hombres como si fuesen ganados". (Ibarguren, Carlos, "Juan 
Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo", edic. Theoría, Bs. 
As., 1961, pág. 37). O esta otra, de la misma pluma: "La sociedad, 
así modelada por la dictadura (de Rosas) ofreció el aspecto uniforme 
de un inmenso rebaño humano, bien amansado, del mismo pelo y de la 
misma marca. Para todos un color único, idéntica divisa, librea 
semejante, exacta manera de llevar el bigote, iguales formas 
repetidas, con incansable tenacidad. El mismo sello impreso en los 
cuerpos doblegados y en las almas sumisas" (Ibarguren, Carlos, ob. 
cit, pág. 215) Asimismo, ¿convenceremos a los confundidos o 
aumentamos la confusión si colocamos juntos a Scalabrini Ortiz, a 
Hugo Wast y a Federico Ibarguren, bajo la bandera de un solo y 
unificado revisionismo?. Le recuerdo la enorme diferencia que los 
separa, por ejemplo, al referirse a Mariano Moreno. Afirma 
Scalabrini: "Con la caída de Moreno, una ruta histórica se 
clausura... La Nación debe constituirse entera en la concepción de 
Moreno... La ruta de perspectivas que abrió la clarividencia de 
Moreno estaba definitivamente ocluída... El presintió una grandeza y 
una manera de lograrla precaviéndose de la artera logrería de 
Inglaterra. La otra ruta está encarnada en Rivadavia" ("Las dos rutas 
de Mayo", conferencia en FORJA, agosto 1937). 

Por su parte, Hugo Wast sostiene, en "Año X", Librería Goncourt, Bs. 
As., 1960: "En el seno de la Junta, Moreno representaba la demagogia 
liberal contra la tradición católica y democrática que encarnaba 
Saavedra. Por eso, los modernos demagogos, los masones, los 
anticatólicos en cualquier partido en que militen (socialistas, 
comunistas, etc.) descubren en Moreno su primer antepasado en la 
historia argentina" ( pág-82/83); "Moreno era un demagogo 
trasnochado" (pág. 85); "La revolución (de Mayo) fue militar y 
católica y popular... En ningún momento plebeya y fue aristocrática, 
porque la hicieron verdaderos señores..." (pág. 35). A su vez, 
Federico Ibarguren, al referirse a la táctica violenta que Moreno 
aconseja en su Plan de Operaciones, señala que "cincuenta años más 
tarde, nada menos que Karl Marx (que nació en 1818) escribirá también 
coincidentemente este pensamiento clave del comunismo actual" 
(Ibarguren, Federico. "Las etapas de mayo y el verdadero Moreno", 
ediciones Theoría. Bs. As., 1963, pág. 73). Elogiado como 
revolucionario nacional, por unos y denostado como liberal demagógico 
y hasta demonizado, por otros, por marxista antes de Marx, estos 
juicios antagónicos sobre Moreno no son "matices culturales", como 
usted afirma, sino fuertes disidencias historiográficas, que 
provienen de fuertes disidencias ideológico-políticas. ¿Cómo insertar 
entonces a Scalabrini Ortiz -del cual usted mismo cita "Política 
británica en el Río de la Plata"- en medio de otros historiadores 
antimorenistas y rosistas, cuando él sostuvo: "Las preclaras ideas de 
Mariano Moreno que borbotean en algunos discursos de su hermano 
Manuel, en algunos párrafos y en algunas intenciones de Dorrego, en 
el instinto certero de los caudillos federales y en algunos 
relámpagos de inspiración de Juan Manuel de Rosas, caen abatidas por 
las ideas que propiciaba el extranjero...." ( "El capital, el hombre 
y la propiedad en la vieja y en la nueva constitución, Edit. 
Reconquista, Bs.As., 1948, pág. 11)?. Observe la diferencia: "El 
instinto certero de los caudillos federales" y en cambio, sólo 
"algunos relámpagos de inspiración de Rosas".

Para corroborar que no se trata simplemente de "matices" podríamos 
recordar la diferencia que establecía Jauretche entre forjistas y 
nacionalistas: "Los diversos grupos nacionalistas actuaban, 
quisiéranlo o no, como prolongación de procesos críticos al 
liberalismo de procedencia extranjera. Tenían un vicio de origen pues 
habían partido de sectores desprendidos y enfrentados al campo 
oligárquico y estaban influídos por ideas de antilibertad, de moda en 
ese momento. Veían a la nación como una idea abstracta desvinculada 
de la vida del pueblo; en el fondo, pensaban en una tutoría rectora 
de minorías fuertes, opuesta al despotismo ilustrado de los 
liberales, pero destinada a hacer el país desde arriba y a la fuerza, 
con o sin la voluntad de los pueblos....

Alguna vez, discutiendo con un nacionalista, cuando se acercaban a 
FORJA en busca de coincidencias, le dije: El nacionalismo de ustedes 
se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre. El nuestro se 
parece al amor del padre junto a la cuna del hijo y ésta es la 
sustancial diferencia. Para ustedes, la Nación se realizó y fue 
derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo". (Arturo Jauretche, 
"FORJA y la Década Infame", edit. Coyoacán, Bs. As., 1962, pág. 43). 
Inclusive, cuando nuestro común amigo Fermín Chávez evidencia su 
simpatía por "El Che" y rescata su relación con el peronismo ("El 
Che, Perón y León Felipe", edit. Nueva Generación, Bs. As., 2002), se 
coloca tan lejos del furibundo antiizquierdismo de Anzoátegui o de 
Steffens Soler que no es posible ubicarlo en la misma trinchera con 
ellos solamente en razón de que los tres se definan rosistas.

Por estas causas, sobre las cuales se podría abundar largamente, 
entiendo que en esta época en que los argentinos buscamos 
definiciones claras para orientar el nuevo rumbo, resulta 
imprescindible distinguir desde que óptica y con qué argumentos los 
distintos historiadores impugnan a la historia mitrista, no vaya a 
resultar que en vez de criticar a los mitristas-halperindonguistas 
desde una concepción superadora, nacional-latinoamericana y 
revolucionaria, concluyamos criticando a Mitre en nombre de 
ideologías tradicionales, nostalgiosas de "botas, sotanas y 
chiripás". Usted seguramente conoce aquella graciosa contestación de 
Jauretche a las expresiones ultramontanas del coronel Juan Francisco 
Guevara, el de la "Córdoba heroica", diciéndole que si los liberales 
oligárquicos no quieren discutir el siglo XX, no les hagamos el juego 
reivindicando el siglo XV, pues ellos, parados en el siglo XIX, 
estarían resultando modernos.

Creo que hay que definir, Sulé, juntar sí, indudablemente, al campo 
antiimperialista, pero sin confusiones. Hay muchos, como yo, que 
aportamos lo que podemos a la demolición de la Historia Oficial, pero 
no aceptamos -sólo porque rechazamos la versión mitrista sobre Rosas- 
que nos coloquen en la misma vereda del antiperonista Irazusta o del 
fascista Ibarguren. En su lenguaje campechano, Perón estaría de 
nuestra parte: "Ojo con esos nacionalistas de derecha que son 
piantavotos".

Con relación al revisionismo histórico socialista, federal 
provinciano o latinoamericano le señalo que éste tiene sus orígenes 
hacia 1952. Si bien abordé el tema en "La larga lucha de los 
argentinos" (Ediciones Colihue, Bs. As., 1995) lo expuse luego, con 
mayor minuciosidad en un "Cuaderno para la otra historia" (número 3), 
editado en 1999, por el "Centro Cultural Enrique Santos Discépolo". 
Esta última publicación se ha reproducido como separata de la revista 
"Veintitres", en los números del 11 y 18 de agosto de este año. Por 
supuesto, no lo inventé yo, pues en 1952 tenía dieciséis años y me 
encontraba todavía bajo la dominación ideológica del liberalismo 
antinacional. Pero puedo relatarle la historia de su surgimiento y 
desarrollo que -reconozco- no es demasiado conocida, por lo cual 
entiendo - y justifico- su desconocimiento al respecto, especialmente 
ahora que "me desayuno" que alguna gente que militó en una corriente 
afín -liderada por Ramos y luego, por Spilimbergo- ha perdido la 
memoria respecto a esta cuestión.

En octubre de 1945 -y esto usted seguramente lo conoce- el periódico 
"Frente Obrero" fue la única organización de izquierda que comprendió 
la importancia de la movilización obrera del día 17 y 
consiguientemente reconoció allí los inicios del movimiento de 
Liberación Nacional liderado por Perón, entendiendo que debía 
apoyarlo "con medios de clase". Esa pequeña patrulla, que andaba sola 
en el desierto y supo comprender al "subsuelo de la patria 
sublevado", como llamó Scalabrini a la multitud movilizada, estaba 
integrada por Aurelio Narvaja (padre), Adolfo Perelman, Enrique 
Rivera, Hugo Sylvester y Carlos Etkin, acompañados de un reducido 
grupo de militantes entre los cuales puede citarse a Carlos Díaz 
(Chaco), De Gotardi (Santa Fe), Celiz Ferrando (Córdoba) y Aquiles 
Martínez. Se los debe considerar los fundadores de la Izquierda 
Nacional en tanto definieron una correcta posición socialista 
respecto al naciente movimiento antiimperialista, según la tesis 
leninista de "Golpear juntos y marchar separados". Por entonces, 
Jorge Abelardo Ramos participaba del número 1 de la revista 
"Octubre", producto de una alianza con Miguel Posse, Mecha Bacal y 
Aníbal Leal, y todavía no había captado la importancia de esa 
jornada, ni el liderazgo emergente de Perón. Luego, en 1946, Ramos se 
retira de esa alianza y publica el número 2 de "Octubre", con Niceto 
Andrés (Mauricio Prelooker). Después, con el número 3 de "Octubre" se 
vincula a"Frente Obrero" y a partir de allí, en un proceso de 
"militancia hacia adentro" -dado que el peronismo cubría todo el 
escenario obrero- este reducido grupo abordó el estudio en 
profundidad de la historia argentina. Poco después, Ramos se apartó 
de "Frente Obrero" y a fines de 1949, publicó "América Latina, un 
país". Este libro fue importante en tanto abrió la polémica y además 
por el intento de superar al mitromarxismo practicado por la 
izquierda tradicional. Pero, el viejo nacionalismo influyó sobre el 
joven ensayista y así, el libro de Ramos condenó a Bolívar y a 
Moreno, al tiempo que formuló un exaltado panegírico de Rosas. Le 
reproduzco algunos textos porque se trata de una obra agotada y de 
difícil acceso: "Bolívar abominaba de las masas, pero era un hábil 
político"(pág. 57), "La política de Moreno, Belgrano (y otros) fue 
una política antinacional por excelencia" (pág. 73), "Rosas realizó 
la unidad de las provincias argentinas" (pág. 90) y "permitió de 
hecho un desarrollo autónomo de la economía argentina"(pág. 92). Tan 
profunda era la coincidencia de este libro con las postulaciones 
rosistas que Manuel Gálvez le escribió a Ramos señalándole su asombro 
"porque partiendo usted del marxismo ortodoxo y yo de un punto 
opuesto, coincidamos en tantas cosas" (carta del 21/11/49). Y tanto 
le gustó a Gálvez que llevó un ejemplar al Jockey Club para que lo 
leyeran sus amigos nacionalistas de derecha. Probablemente usted 
recuerde que en la revista del "Instituto de Investigaciones 
Históricas J. M. de Rosas", "Pepe" Rosa comentó el libro con alborozo 
"por la conversión al rosismo de los trotskistas", pero, al mismo 
tiempo manifestó su preocupación: "Nunca creímos en un peligro 
comunista para la Argentina... Es muy comprensible que si para ellos 
Rivadavia era, en 1826, "el pueblo argentino', en 1945 se equivocaran 
con Tamborini. Semejantes topos no podían significar nada serio para 
nuestra política. Ahora es distinto. Estos comunistas de la IV 
Internacional no sabemos cuántos son, ni quiénes son. Pero han dado 
con el revisionismo, es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde 
asientan el pie". (Revista del Instituto de Investigaciones 
Históricas J. M. de Rosas, número 15/16, setiembre 1951, pág. 187).

Poco después, 1951/52, "Frente Obrero", en un trabajo titulado "Los 
cuadernos de Indoamérica" -cuya paternidad probablemente sea de 
Narvaja, orientador ideológico del grupo- le formula una crítica 
apabullante a ese libro de Ramos. Le detallo seguidamente algunos de 
los aspectos más importantes porque se trata, también, de un material 
difícil de encontrar. Sobre la revolución de Mayo, por ejemplo, la 
definen como "democrática", popular o juntista", pero no separatista 
o independentista como lo plantea el mitrismo. (Ahora, los de la 
"Historia Social" están intentando sacar las manos de la trampa, sin 
molestar a Mitre y al diario "La Nación"). Le comento, asimismo, que 
no comparto la interpretación de que Mayo se produjo para evitar la 
dominación francesa porque, en ese caso, derrotado Napoleón (1814), 
deberían haber mantenido la unidad con España y no, como sucedió, que 
se hicieron independentistas, precisamente porque en España había 
perdido la causa democrática, ante el giro a la derecha del 
reinstalado Fernando VII).

Allí también preconizan la unidad latinoamericana, recogen las 
enseñanzas del "Alberdi viejo" y de Juan Alvarez sobre las causas de 
las guerras civiles argentinas (control de los recursos de la aduana, 
libre navegación de los ríos para las provincias ribereñas y la 
alternativa librecambio o proteccionismo).

Con ese trabajo, tres cuadernillos a mimeógrafo, nace el revisionismo 
socialista, latinoamericano o federal provinciano. Este nacimiento 
adquiere personería en 1954, cuando, bajo la firma de Enrique Rivera, 
aparece el libro "José Hernández y la guerra delParaguay", editado 
por "Indoamérica", editorial perteneciente a esos jóvenes de "Frente 
Obrero". Entre otras cosas, allí se fija posición sobre los modos de 
producción en el virreinato, en 1810 que, como usted recuerda, dio 
lugar, más tarde, a nuevas discusiones: Puigross-Gunder Frank en 
1964, Sergio Bagú y Milcíades Peña coincidiendo en que existían 
relaciones capitalistas mientras otros marxistas defendían la tesis 
de que había feudalismo. Asimismo, el tema central del libro de 
Rivera -Hernández y el genocidio del Paraguay- significó un aporte 
valioso, en una época en que la mayoría de los rosistas (¿o todos?) 
esquivaban el tema para no irritar al diario "La Nación". Luego 
vendrían León Pomer, siempre silenciado, y Jose M.Rosa, con su 
hermoso "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", a 
profundizar en la historia de aquella tragedia.

Regresando al tema que nos ocupa, años después, Ramos publica 
"Revolución y contrarrevolución en la Argentina" (Editorial 
Amerindia, julio de 1957) donde asume como propias todas las críticas 
de los Cuadernos de Indoamérica. En esa primera edición, publica un 
prólogo (que ya no aparece a partir de la tercera edición) donde se 
cubre: "El lector que conociere mis libros y escritos anteriores 
advertirá que he reelaborado en parte o totalmente la interpretación 
de hechos y personajes de nuestro pasado... Amigos y enemigos 
contribuyeron generosamente con sus críticas a estas páginas... 'Eran 
muchas voces y se oía una sola voz', cantó un día el poeta antillano 
Manuel del Cabral" (Ramos, Jorge A., ob. cit., pág. 12) ) En otros 
tiempos, ese libro fue considerado por los discípulos de Ramos como 
el punto de partida del revisionismo histórico socialista, 
latinoamericano o federal provinciano. En 1974, todavía Ramos 
reivindicaba la existencia de esa corriente historiográfica, pues en 
su editorial "Octubre" publicó "El revisionismo histórico 
socialista", reuniendo ensayos de él mismo, Jorge Enea Spilimbergo, 
Alfredo Terzaga, Salvador Cabral y Luis Alberto Rodríguez. 

Comete un error quien sostiene que en el prólogo de ese libro existe 
una definición de Ramos en el sentido de que sólo puede hablarse de 
esta corriente desde el punto de vista político, pero no desde el 
punto de vista científico... y no existe, porque el prólogo lo 
escribe Blas Alberti. Allí, Alberti también "parcela" al revisionismo 
y con la ayuda de Spilimbergo, reduce la importancia del rosismo 
tradicional: "Salvando al revisionismo del nacionalismo oligárquico 
cuyo despertar se correspondía con el auge del fascismo en Europa por 
lo que "su nacionalismo -al decir de Spilimbergo- tuvo muy poco de 
nacional" ya que "ni recurrió a la tradición política argentina, ni 
se impregnó en las fuentes del movimiento popular, carne y sangre de 
lo nacional, reconoceremos enScalabrini Ortiz y Jauretche a los 
primeros y más prominentes precursores del revisionismo nacional, 
democrático y revolucionario, cuya continuidad legítima es el 
revisionismo socialista". Líneas después, Alberti señala que el 
revisonismo histórico socialista "se ha constituído en una visión 
historiográfica destacable con nítidos perfiles, tanto por su 
contenido, como por su forma" ("El revisionismo histórico 
socialista", editorial Octubre, Bs. As., 1974, prólogo).

Después, transcurre demasiado agua bajo los puentes: Ramos manifestó 
que dejaba de ser marxista (revista "El Porteño, diciembre 1984), se 
definió "socialista criollo" mientras adoptaba posiciones 
nacionalistas, primero, con su "Movimiento Patriótico de Liberación 
Nacional" y luego, asumió el liberalismo, apoyando al menemismo. Por 
su parte, algunos de sus discípulos se han hecho rosistas a la vieja 
usanza. No debe asombrar dada la estrecha vinculación entre historia 
y política.

Mi opinión es que esta corriente historiográfica ha caracterizado 
correctamente a los caudillos federales del litoral y del interior, 
como asimismoa Rosas. Usted me señala que los revisionistas de viejo 
cuño abordaron en su momento las historias de los caudillos 
provincianos. Por cierto -como usted afirma- "manifestaron interés 
por los caudillos del interior", pero sólo parcialmente los 
reivindicaron pues al encontrarse con que la mayor parte de ellos 
eran antirrosistas, mutilaron sus figuras tornándolas 
incomprensibles.

Con respecto a El Chacho, usted hace referencia a Corvalán 
Mendilaharsu y a José Hernández. En el caso de Mendilaharsu dedica 
sólo 2 líneas a la lucha antirrosita del Chacho (tres insurrecciones 
y exilios) y no explica sus causas. En cambio Hernández, que no era 
rosista, se refiere con mayor detalle al enfrentamiento El Chacho-
Rosas. Y explica algo que usted olvida. Usted dice que el Chacho 
regresó de Chile, en 1846, "pidió autorización a Benavídez para 
regresar y este dio vista a Rosas autorizando su regreso, cosa que el 
Chacho hace". JoséHernández, en cambio, señala que Nazario Benavídez 
le otorgó una hospitalidad generosa y segura, en San Juan, pero que 
cuando "Rosas tuvo conocimiento de la presencia de Peñaloza en 
aquella provincia, reclamó de Benavídez su envío, por reiteradas e 
imperiosas órdenes. Pero Benavídez resistió al cumplimiento de esas 
órdenes, a pesar de la grave situación en que se colocaba él mismo" 
(J. Hernández, "Vida del Chacho". Antonio Dos Santos editor, Bs. As., 
1947, pág. 166). Puede presumirse que Rosas no tenía el propósito de 
rendirle homenaje al Chacho sino que quería tenerlo en sus manos para 
algo mucho más severo. Esto que le comento no resulta insólito en los 
historiadores rosistas sino que puede considerarse la norma respecto 
a los caudillos federales del interior: o no se los explica, dejando 
un interrogante acerca de las causas que los originaron o se intenta 
minimizar su enfrentamiento con Rosas.

Usted mismo sostiene que el zarco Brizuela fue "conquistado" por los 
unitarios, que Marco Avellaneda "lo sedujo" y que luego Brizuela 
"arrastró consigo a muchos riojanos, entre ellos El Chacho", así como 
que "ni Brizuela ni el Chacho conocían los entretelones de la 
Coalición del Norte". Apelando a este tipo de argumentación podría 
decirse que, por supuesto, tampoco sus seguidores sabían por qué 
razón se jugaban la vida con estos caudillos, ni tampoco Felipe 
Varela sabía por qué razón en sus proclamas criticaba a Rosas. De 
todo esto podría concluirse que Sarmiento tenía razón cuando los 
tildaba de bárbaros pues desde 1824, que empezó Facundo, hasta 1870, 
se pasaron los caudillos y sus hombres combatiendo sin saber por qué 
ni para qué, "seducidos", "engañados" por los liberales. Y dentro de 
ese período combatieron muchos años erróneamente, en contra de sus 
propios intereses, que eran defendidos por Rosas. No eran sólo 
bárbaros, sino políticamente algo peor: tontos, para no utilizar la 
palabra más gruesa que brota naturalmente en estos casos.

Semejante es el caso de Ricardo López Jordán. Luchó en Caseros contra 
Rosas por lealtad a Urquiza, pero nadie sabe qué factores provocaban 
esa lealtad. Y tampoco, de dónde, a su vez, nacía la lealtad de sus 
hombres, para convertirlo a López Jordán en caudillo. Nosotros 
sostenemos que Rosas le cerraba los ríos a los entrerrianos, 
sometiéndolos al puerto único y que no les daba su parte en las 
rentas de aduana, cuestiones concretas que afectaban a una provincia 
pujante como Entre Ríos. Ustedes dicen que "alguien sedujo", 
"engañó", al caudillo y a sus seguidores.

Esto último me recuerda los argumentos "gorilas" acerca de la 
supuesta demagogia de Perón y de su sonrisa cautivadora que, sumada a 
la ignorancia del "aluvión zoológico", resultarían las causas del 
movimiento de masas, teoríaque usted y yo refutamos tantas veces.

El revisionismo rosista no puede explicar tampoco a Felipe Varela.

Afirma también que Varela estaba contra Rosas por lealtad a El 
Chacho, y El Chacho por lealtad a Brizuela. Y los miles de 
compatriotas que los seguían, por lealtad a los tres. Si no 
existiesen las proclamas de Varela -críticas del centralismo porteño 
y del monopolio de la Aduana- uno se preguntaría por qué, en trance 
de ser leales, todos ellos no le eran leales a Rosas.

Corvalán Mendilaharzu y De Paoli, por ejemplo, buscan genealogías 
aristocráticas para prestigiar a El Chacho y a Facundo, mostrándolos 
como "señores", en vez de explicar por qué razón los montoneros los 
seguían en su lucha, ya fuese contra Rosas, Mitre o Rivadavia, según 
el caso.

Andando estos caminos, viene a mi memoria lo que me ocurrió con 
"Pepe" Rosa. Yo tenía cierta relación amistosa con él pero cuando 
escribí un cuaderno de la revista "Crisis" (1975) titulado "Felipe 
Varela, un caudillo latinoamericano", debí dar prioridad a la verdad 
histórica y entonces sostuve, en la pág. 6: "Los historiadores 
liberales, después de ignorar a Felipe Varela, lo condenaron por 
fascineroso y sanguinario ("matando viene y se va"). Ahora, los 
historiadores rosistas lo abordan desde diversos ángulos, a cual 
peor. Juan Pablo Oliver, obligado a optar entre Varela y Mitre con 
motivo de la Guerra de la Triple Alianza, prefirió a don Bartolo 
porque -según dijo- "era, en definitiva, el presidente de la 
República" y denigró a Varela por traidor. Vicente Sierra, por su 
parte, lo consideró desdeñosamente como "un caudillo localista de 
escasa significación". José María Rosa, en cambio, prefirió elogiar a 
Varela -"El Quijote de los Andes"- pero, enfrentado al antirrosismo 
del caudillo, cometió la debilidad de transcribir mutilada -y sin 
puntos suspensivos, que indicaran omisión- su proclama de 1866 (Rosa, 
J. M., "La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas", Peña 
Lillo Editor, Bs. As., 1964, pág. 261) para ocultar los elogios a 
Caseros y a Urquiza (como posibilidad de confluencia del interior 
contra el centralismo porteño). Otro camino siguieron Rodolfo Ortega 
Peña y Eduardo Duhalde en su documentado libro "Felipe Varela contra 
el imperio británico". Allí transcribieron con honestidad dicha 
proclama, pero argumentaron que Varela quería -aunque él no lo 
supiese- cumplir el proyecto de Rosas, que el elogio a la batalla de 
Caseros era simplemente táctica o error y que sólo la ingenuidad pudo 
llevarlo a confiar tantos años en Urquiza quien servía los intereses 
del Brasil (pág. 23). Felipe Varela ya no era un bandolero, 
depredador de pueblos, ni tampoco un traidor. Era políticamente algo 
peor: un zonzo". Los dueños de Editorial Oriente -donde "Pepe" Rosa 
publicaba su Historia Argentina, en varios tomos- pusieronel grito en 
el cielo, escandalizados. Me acuerdo que un tipo macanudo y gran 
militante nacional como Alfredo Carballeda me llamó por teléfono, 
medio enojado. Sin embargo, "Pepe" Rosa no se amoscó.

Quizás entendió que al enemigo hay que refutarlo con la verdad y que 
yo tenía razón en criticarle esa trampita que le daba argumentos al 
mitrismo (él, al hacerla; no yo al señalarla, pues a la larga o a la 
corta, alguien la habría descubierto).

Por eso, le repito: No niego que hayan abordado el tema, pero creo 
que fueron las ideas del Alberdi viejo, de Juan Alvarez, Andrade, 
Hernández, Peña y otros las que permitieron al revisionismo histórico 
socialista una comprensión en profundidad de estos caudillos, 
explicando las razones de su antirrosismo, así como de su antagonismo 
con Rivadavia y Mitre.

Por supuesto, no comparto sus reflexiones sobre el tema de los 
caudillos, coincidentes con las que sostenía J.M. Rosa en su crítica 
bibliográfica mencionada, del año 1951. Por otra parte, juzgo que 
usted malinterpreta la posición del revisionismo socialista, lo cual 
no me sorprende en tanto sostiene que no existe o que lo desconoce. 
Milicia rural -y no montonera- es la de Rosas, que organiza con sus 
peones una fuerza militar privada, que son los Colorados del Monte. 
Allí no hay artesanado ni crisis económica. Hay ganaderos 
relacionados patriarcalmente con sus peones, a los cuales nuclean 
para pelear por los intereses bonaerenses. El caso de Ramírez y López 
tiene cierta semejanza al de Rosas, pero debe observarse que ellos 
eran lugartenientes de Artigas. El proyecto del Protector de los 
Pueblos Libres (distribución de tierras, defensa de la producción 
nacional, derecho de autogobernarse, varios puertos para no depender 
de Buenos Aires que pretende ser puerto único) moviliza a los pueblos 
del litoral, contra la burguesía comercial portuaria que llega hasta 
pactar con los portugueses para destruir a Artigas. En otros casos, 
se trata efectivamente de ejércitos en disolución y sus jefes 
transformados en caudillos como Bustos, Ibarra o Heredia, después de 
Arequito. Pero en el caso de los caudillos del noroeste, que 
precisamente son los más enfrentados con Buenos Aires (no se tientan 
con las vacas como E. López, ni traicionan como Ramírez, ni se 
cartean con Paz como Felipe Ibarra) ellos nacen de la desintegración 
de la economía regional a consecuencia de la libre importación. 
Sobrantestimonios de "viajeros" ingleses de donde surge que, en la 
década del veinte, el gaucho y la china usan mercadería importada -no 
tratándose de cuero- en su vida diaria. A ello se agrega que los 
recursos aduaneros -nacionales, en tanto los paga el consumidor final 
de todo el territorio- no se distribuyen a las provincias. La disputa 
por los recursos es un tema decisivo que provoca guerra civil entre 
1810 y 1870 (sin discutir que cuando se trata de mercadería en 
tránsito, como usted dice, se devuelva el impuesto, lo más común es 
que el comerciante de Buenos Aires compre a los ingleses y revenda al 
interior, de modo tal que el impuesto aduanero encarece el precio, en 
sucesivos traslados, hasta el último consumidor. El impuesto, pues, 
lo pagan todos los argentinos, pero queda en Buenos Aires pues según 
Rosas, la renta aduanera es nacional en Estados Unidos porque tiene 
puertos en diversas zonas costeraspero en nuestro país es provincial 
pues la naturaleza le ha dado puerto a la provincia de Buenos Aires y 
de ella son sus ingresos, según lo manifiesta en la Carta de la 
Hacienda de Figueroa). Son precisamente aquellas provincias donde 
había una economía manufacturera, una industria en germen (producción 
de frazadas, ponchos, acolchados, ropa, etc.) las que se hunden con 
la libre importación y la falta de capitales derivada del monopolio 
aduanero. De allí saldrá aquello de "¡Porteños, raza de víboras!". (Y 
el ensayo "Las dos políticas", del poeta-político Olegario Andrade). 
También de allí salen Facundo, El Chacho, Felipe Varela, los Saa, 
Juan de Dios Videla, Carlos Angel, Santos Guayama y todos los que 
usted sabe, cruzándose de provincia a provincia pues no existen 
límites tales en la geografía real de los pueblos desamparados que 
permita sostener que hubo montoneros en La Rioja y no en Catamarca, 
en San Luis y no en San Juan.

La negativa a admitir que las montoneras brotan de la desintegración 
de las economías del interior lo conduce a usted, estimado Sulé, a 
sacarle las castañas del fuego a los ingleses que provocaron esa 
desintegración y emparenta su análisis con el de Halperín Donghi que 
intencionadamente recurre a la misma interpretación. Y con Sarmiento, 
quien, en "Recuerdos de provincia", se refiere a la miseria que ha 
cundido en San Juan y la considera producto de "la barbarie 
montonera", invirtiendo causa y efecto, pues lo que él llama 
"barbarie montonera" es precisamente consecuencia de la miseria, y no 
causa. Y esta última se explica por la irrupción de las mercaderías 
del "taller británico", cuyo capitalismo se encuentra en plena 
expansión. Es interesante notar que a partir de la Ley de Aduanas, 
durante unos años, la situación político-social del interior es de 
relativa paz y orden y probablemente sea correcta la información de 
que al terminar el conflicto con Francia, no se aplican los 
aranceles, recrudeciendo el malestar y la consiguiente montonera.

También en la década del cincuenta los pueblos se reorganizan en el 
oeste y en el norte pero, a partir de 1862, cuando Mitre arrasa con 
la importación y con las expediciones al interior, vuelve el 
alzamiento montonero, que ya no se detiene, inclusive durante la 
guerra del Paraguay cuando se produce la Revolución de los Colorados 
(1866) y después, con Felipe Varela, hasta su muerte.

Finalmente, estimado Sulé, en esta saludable polémica -en un país que 
se polemiza muy poco y así andamos- me veo obligado a abordar alguna 
cuestión personal pues en varias partes de su trabajo usted se 
refiere a mi situación en relación a la maquinaria del prestigio 
sostenida por el establishment. En una, afirma que al diferenciarme 
del revisionismo rosista... "no creo que lo haga como táctica 
política para ingresar al purgatorio de donde se saldrá para percibir 
los beneficios del paraíso de la publicidad editorialista o en la 
repartija de las cátedras universitarias digitadas por el 
'progresismo". Le agradezco que agregue: "No le veo esa catadura" y 
que afirme que le "cuesta creer que lo haga" persiguiendo los mismos 
fines de Luna con una supuesta imparcialidad para entrar al panteón 
de los consagrados, lo cual -agrega- lo decepcionaría. En otra parte, 
me conmina a explicarlo bien a Rosas, aunque "corra el riesgo de que 
lo silencien como a Jauretche o como a Fermín Chávez". Estos 
comentarios suyos -a pesar de los agregados donde evidencia que 
confía en mi conducta -han servido para que algunos -en adjunto a su 
carta, según apareció insólitamente en Internet antes que usted me la 
hiciera llegar por intermedio de la común amiga Ana Lorenzo- 
sostuvieran que "esas sospechas están muy bien sustentadas y mejor 
dirigidas". Debo pues aclarar algunas cosas, precisamente porque sé 
de su honestidad. Lo demás, no me interesa. Bueno y disculpe, como 
diría Julián Centeya, "que venga a hacerme la partida", pero no hay 
otro remedio.

Según me informo, por la fotocopia que me adjunta, a usted lo 
cesantearon en 1955 por "rosista" y peronista. Un poco tardíamente, 
me solidarizo con usted ante tamaña injusticia propia del delirio 
"gorila".

A mí, en cambio, no me cesantearon nunca porque nunca me nombraron.

Desde que egresé de la Facultad de Ciencias Económicas, en 1961, sólo 
ocupé un cargo durante escasos seis meses de 1973, como síndico de 
EUDEBA, a propuesta de la JUP, que renuncié a fines de ese año. 
Fíjese que en esa época, fueron muchos quienes ingresaron a la 
cátedra universitaria (uno de ellos, J.A. Ramos, merecidamente por su 
importante obra, pero sin título habilitante). No me gusta posar de 
víctima, pero para probarle el grado de silenciamiento de mi obra me 
basta con su propio ejemplo. Usted escribe: "Le informo...." y se 
refiere a la correspondencia Rosas-San Martín, lo que evidencia que 
ignora mi biografía sobre el Libertador, publicada hace cinco años, 
reeditada en la Argentina, publicada luego en Cuba y hoy en impresión 
en Venezuela, 600 páginas que sólo merecieron un comentario en 
Argentina -de la revista "Locas, cultura y utopías" (de las Madres de 
Plaza de Mayo), que usted tampoco ha leído- y una referencia en un 
reportaje de Página/12.

Lo mismo ocurre con los "Cuadernos de la Otra Historia" pues si usted 
los hubiera leído hubiera evitado dos o tres páginas explicándome de 
qué modo Saldías accedió al archivo de Rosas o como Ernesto Quesada 
obtuvo la documentación para su obra. Yo ya "hice callo", estimado 
Sulé, pues mis cincuenta libros publicados corrieron, en general, la 
misma suerte y si han tenido alguna difusión, ha sido por la 
perseverante labor de difundirlos "por abajo", en conferencias por 
los últimos rincones del país y dada la tarea de mis compañeros de 
militancia, tanto del Partido Socialista de la Izquierda Nacional en 
el pasado, del "Centro de Izquierda Nacional Felipe Varela" luego y 
hoy, del "Centro Cultural E. S. Discépolo", así como de la tozudez de 
algunos editores que me han seguido publicando. Por eso, a esta 
altura del partido, no respondo a quienes me quieran correr con 
imputaciones de coqueteo con el sistema, pero, en su caso, dado que 
no hay mala intención sino simplemente desconocimiento, debo 
aclarárselo.

Concluyo haciéndole saber que ha sido un gusto intercambiar ideas con 
usted, más allá de algunos alfilerazos que nos hayamos intercambiado 
en el entusiasmo de la polémica. En el túnel de la Argentina -donde 
asoman algunas lucecitas promisorias- creo indispensable la discusión 
elevada y profunda, como única forma de iluminar el futuro.

Reciba un abrazo de alguien que no piensa como usted pero que valora 
su consecuencia y su preocupación por el destino de nuestra Patria y 
nuestro pueblo.

NORBERTO GALASSO

Nota: La "Carta Abierta a Norberto Galasso" de Jorge Sulé apareció 
publicada, entre otros lados, en www.pensamientonacional.com.ar en 
setiembre de 2005.


Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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