[R-P] La crisis de la economía de mercado ( Capítulo 4)
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Sab Oct 8 11:22:10 MDT 2005
4. ¿LAS COSAS VALEN LO QUE QUIEREN LOS BUROCRATAS?
(EL MERCADO EN LA PLANIFICACION SOCIALISTA)
La lucha por el socialismo implica la lucha contra el mercado
capitalista, la lucha por la abolición de la ley del valor. Se trata
de eliminar el funcionamiento automático de la misma, de cambiar
radicalmente los criterios de eficiencia, dirigiendo los recursos
humanos y materiales hacia aquellas actividades que sirvan para
atender las necesidades sociales de la población, independientemente
de que sean rentables o no siguiendo un criterio capitalista. En su
fase superior, la sociedad comunista, no existirá ni mercado ni
dinero, sino que la satisfacción de las necesidades se realizara
mediante el reparto libre.
A nivel internacional, el desarrollo de las fuerzas productivas
tiene el grado de desarrollo suficiente como para eliminar la
miseria, pero la economía de mercado lo impide. Por ello el
socialismo exige haber derrocado el capitalismo a nivel mundial y
mientras esto no suceda, un desarrollo de las fuerzas productivas que
permita que la escasez no sea un problema fundamental. Mientras esto
ocurre, una vez eliminado el capitalismo en un país, el problema es
organizar la economía del período de transición que conduzca al
socialismo, esto es, poner en pie la planificación socialista.
Durante este período, es vano intentar suprimir el mercado
completamente, en la medida en que seguirá habiendo escasez. Se
necesita una actuación política consciente para hacerle retroceder
progresivamente, en la medida en que el desarrollo de las fuerzas
productivas y la organización social lo permita.
4.1. EL DESASTRE DE LA PLANIFICACION BUROCRATICA
Hasta ahora, una parte de la humanidad vivía en estados
postcapitalistas en los que la asignación de los recursos se
efectuaba mediante la planificación. El debate sobre su viabilidad
quedaba saldado por la evidencia de la practica, por mas que todavía
quedaran muchos problemas por resolver, entre los que la falta de
democracia no era el menor. La crisis actual del llamado «socialismo
real» ha puesto en duda si no su viabilidad, pues la planificación ha
funcionado durante mas de 70 años, si al menos su eficiencia pues,
durante los últimos años, el llamado «socialismo real» ha entrado en
crisis. Dicha crisis hay que valorarla a la luz de lo que debería
haber sido una verdadera planificación socialista, cuyos ejes
fundamentales se desarrollarán mas adelante, y no tomando como
referencia una idealizada economía de mercado.
La crisis del «socialismo real» es el resultado de la quiebra de los
antiguos mecanismos de planificación burocrática, que arrancan de los
primeros planes quinquenales. Stalin concibió la economía soviética
como una gran empresa en la que el centro impone los objetivos de
producción, asigna los recursos productivos y planifica las
producciones físicas a un nivel de detalle considerable (cerca de 20
millones de productos). El órgano encargado de esta tarea es el
Gosplan. A partir de aquí, todos los agentes económicos a todos los
niveles (centrales, de cada una de las repúblicas, locales,
directores de empresas, etc) se limitan a obedecer y su tarea
consiste en hacer que se cumplan los objetivos. Se trata de una
economía hipercentralizada y altamente jerarquizada (una economía
dirigista o de «ordeno y mando», como la llaman) en la que la gestión
se valora no en función de la reducción de costes que se haya
realizado, de la mejora que se haya conseguido en la calidad de los
productos o del grado de satisfacción de las necesidades de la
población, sino del grado de cumplimiento del plan.
A lo largo de sus sesenta años de vida, este esquema ha sufrido
algunas reformas importantes pero, en lo sustancial, puede ser
descrito como se acaba de hacer. Este sistema estaba muy alejado de
la verdadera planificación socialista, lo que tenía consecuencias
negativas y le hacia profundamente ineficiente. En efecto, sus
características fundamentales eran las siguientes:
a) Responde a los intereses de la burocracia, no de la sociedad
en su conjunto
Por un lado, es imposible planificar de forma burocrática una
economía con 20 millones de artículos. El Gosplan no puede establecer
a priori los equilibrios entre la demanda y la oferta de cada una de
estos artículos y mucho menos controlar el cumplimiento del plan pues
la tarea es faraónica y, aunque fuera teóricamente posible hacerlo
centralmente, lo que es dudoso, pues la producción es un fenómeno
social y la sociedad cambia continuamente, no existe la capacidad
técnica para hacerlo eficientemente. Pero, por otro lado, no es ni
necesario ni deseable. No es necesario, pues con un volumen de
decisiones sustancialmente menor, relativas a la tasa de acumulación,
la distribución de la misma entre los diferentes sectores, las
producciones fundamentales, etc, se puede planificar una parte
considerable de la economía con muchísimo menos esfuerzo y coste y
mas eficacia. No es deseable, pues supone que aquellos que deciden
que producir, como producirlo y para quien producirlo cuentan con un
poder equivalente al de la burguesía en un sistema capitalista que
tenderán a usarlo para si, creando un sistema de privilegios que les
permita perpetuarse en el poder.
Este sistema de planificación, que se corresponde a la sociedad del
«gran hermano», muy alejada del socialismo, es el que conviene a la
burocracia, pues le permite tener privilegios materiales, un gran
poder, prestigio y rentas mas elevadas, controlar la producción y el
territorio, ser quien toma las iniciativas y seleccionar los miembros
del aparato y los administradores.
b) Favorece la ineficiencia y la dilapidación de recur-sos
En una empresa capitalista, la búsqueda del máximo beneficio lleva a
los directores a intensificar la utilización de los factores
productivos de modo que sus intereses individuales coinciden con los
del capitalismo en su conjunto pero, con la planificación burocrática
no sucede lo mismo. La burocracia en su conjunto tiene interés en
conseguir la máxima producción y utilizar racionalmente los recursos
pero, para los directores de empresa, lo importante es cumplir el
plan, no importa cual sea la calidad de los productos y con que
coste. Esto tiende a dificultar el crecimiento de la producción, pues
el plan es mas fácil de cumplir si la producción es menor que la
posible, y favorece el derroche de recursos productivos, pues cuanto
mas maquinaria y mas mano de obra se disponga mejor. La consecuencia
es una baja rentabilidad de las inversiones (la misma producción se
podría conseguir con mucha menos maquinaria), un derroche de energía
y materias primas y una productividad de la mano de obra muy baja.
La ineficiencia se ve agravada por un fenómeno adicional. Los
directores de empresa tienden a acumular stocks de productos
terminados para hacer frente a un eventual descenso de la producción
que les impida cumplir el plan, y de materias primas, piezas de
recambio y maquinaria, para hacer frente a los estrangulamientos que
normalmente se producen en el abastecimiento, con lo que para la
misma producción se termina realizando una inversión muy superior a
la necesaria. Finalmente, el objetivo de cumplir los planes de
producción cueste lo que cueste lleva a la utilización de métodos de
producción fuertemente contaminantes.
c) Desincentiva la productividad
La naturaleza de la planificación burocrática lleva a unas
relaciones obreros-directores de empresa muy particulares. Como el
empleo no cuesta nada y permite cumplir el plan mejor, los directores
de empresa demandan una cantidad de mano de obra muy superior a la
necesaria, por lo que al final se produce una «penuria de empleo» (la
suma de las previsiones de empleo de las empresas es mayor que el
total de la mano de obra disponible). Los obreros se benefician así
de la seguridad en el empleo, pues aunque legalmente pueden ser
despedidos pueden «votar con los pies», esto es, irse a otra empresa.
Esto crea unas relaciones de complicidad con la dirección que no
favorece la productividad: los directores no tienen interés o medios
de aumentar la productividad y los obreros tienen una actitud muy
ambivalente de cara a la dirección tienen una trabajo sucio y penoso
y los «cuellos blancos» despachos limpios y «no trabajan» pero no
obligan a aumentar los ritmos de producción.
Por otra parte, la falta de democracia, los privilegios de la
burocracia, la corrupción, las demandas de consumo insatisfechas y el
insuficiente bienestar colectivo exigible a una sociedad desarrollada
en los albores del siglo XXI, destruyen los incentivos para que los
trabajadores aumenten la productividad: «ellos hacen como que nos
pagan y nosotros como que trabajamos». Este ultimo factor tiene una
gran importancia en el descenso de la productividad e, incluso, ha
llevado a pequeños robos por parte de los trabajadores pero tan
generalizados que han adquirido una entidad enorme.
d) Favorece la economía sumergida y la corrupción
La planificación burocrática produce unos desequilibrios graves:
escasean unas mercancías mientras existen excedentes de otras, hay
una distorsión completa de los canales de distribución, etc. Ante las
dificultades en el aprovisionamiento, surgió una espesa red de
relaciones informales e ilegales, pero forzosamente toleradas, de
trueque entre dirigentes de empresas. En un principio, esto se
tradujo en una serie de sobornos en forma de regalos, pero poco a
poco los encargos de las empresas estatales de comercio a las
empresas productoras siguieron cada vez mas el principio del máximo
beneficio del comerciante, pero no la satisfacción de la demanda.
Todo condujo al monopolio del comercio estatal por unos
intermediarios en su propio beneficios.
El comercio estatal se convirtió en la principal fuente de
beneficios ilegales y sobre una burocracia cuyo fin principal era la
autoprotección y la autorreproducción, aparecieron estructuras
mafiosas y de clanes. La consecuencia fue doble: por una lado, se
debilito la relación entre las empresas productoras y la demanda y,
por otra, se debilito la moral colectiva, por lo que sobre un sistema
ineficiente, la corrupción hizo que la ineficiencia aumentara. Según
cálculos no oficiales, los beneficios de la mafia comercial se
llegaron a elevar a un 2,5% del PIB, muy poco respecto a los
beneficios de un país capitalista, pero mucho respecto a la
distorsión que introdujo en la producción.
e) Incorrecta elección de las prioridades sociales
El hecho de que una economía capitalista este regida por el
principio del máximo beneficio hace que no emplee completamente sus
recursos productivos. De esta forma, en una situación de crisis, un
aumento de los pedidos de armamento, por ejemplo puede empujar la
demanda y contribuir a que se utilicen los recursos que estaban
ociosos. A largo plazo, esto no favorecerá la salida de la crisis,
pero puede mejorar la situación coyuntural. Pero en una economía
postcapitalista, en la que no rige directamente la ley del valor, los
recursos son limitados y si se dedican a una cosa no se pueden
dedicar a otra. Por ello, es imposible mantener un volumen elevado de
gastos militares, realizar inversiones productivas y elevar
sostenidamente el nivel de vida de las masas al mismo tiempo.
En la URSS, los gastos de armamento suponen una absorción importante
de recursos productivos, que no pueden dedicarse a inversiones o a
incrementar el nivel de vida. Los gastos militares se elevan a un 10%
del PIB, una cifra inusual en época de paz. Por el lado de las
inversiones, se ha producido una errónea elección de prioridades
(inversiones excesivas en unos sectores e insuficientes en otros);
como se acaba de mencionar, los mecanismos de planificación han
llevado a que tengan una baja rentabilidad, y, desde 1975, la tasa de
acumulación se ha reducido, como consecuencia de la decisión de
dedicar mas recursos productivos a satisfacer las necesidades de unas
masas que cada vez reivindicaban mas democracia y mas bienestar.
Esta contradicción ha hecho imposible la elevación del nivel de vida
de las masas y, por el contrario, ha hecho que las mercancías y los
servicios esenciales, no solo no se produzcan en cantidad suficiente,
sino que su calidad sea muy defectuosa, lo que ha contribuido a
agudizar la crisis social.
f) El desequilibrio macroeconómico
La consecuencia fundamental de lo anterior ha sido el abismo que
existe entre la cantidad de dinero en circulación y la cantidad de
mercancías de consumo puestas en el mercado. La perestroika ha
contribuido a profundizar aun mas este abismo.
Algunos hechos demuestran que la situación de la oferta ha
empeorado. No teniendo la posibilidad de corregir los precios de los
artículos aislados conforme a los gastos y a la demanda, las empresas
no aceptan la producción de mercancías no rentables; la campaña
antialcoholica de 1985 redujo los ingresos fiscales, por la reducción
de la producción que implico, e incremento los beneficios de las
destilerías clandestinas, que hicieron hacer desaparecer el azúcar
del mercado para fermentar las patatas; la campaña de 1986 contra los
ingresos injustificados solo afecto a los campesinos que vendían sus
productos en el mercado libre y redujo la oferta de alimentos; la
limitación de las importaciones de consumo agravó la escasez, etc. El
resultado es que la tasa de crecimiento económico entre 1986 y 1988
se estima en un 4%, o sea, alrededor de un 1% al año, una cifra que
esta en el limite del error estadístico.
Por otro lado, ha aumentado la cantidad de dinero. Por una parte,
los mas optimistas estiman que los salarios han crecido el doble que
la productividad, como consecuencia, entre otras cosas, de la
política de las empresas que buscan contentar a sus obreros. Por otra
parte, el déficit del presupuesto del estado ha empeorado.
La consecuencia ha sido la desaparición de los mercados de consumo,
la implantación gradual de las cartillas de racionamiento, el
florecimiento del mercado negro y la economía sumergida y, en
consecuencia, un descontento creciente y la sensación, cierta, por
otra parte, del fracaso de la planificación. Se ha producido, además,
una febril emisión de papel moneda para cubrir el déficit
presupuestario, que ha provocado una fuerte depreciación del rublo.
La política de la burocracia para remontar la situación actual ha
tenido dos componentes: por un lado, proceder a una reestructuración
económica que corrija los problemas de la economía soviética (la
perestroika), por otro, esto no es posible sin abordar al mismo
tiempo algunas reformas políticas que introduzcan transparencia (la
glasnost).
La primera razón de la Perestroika, esto es, de la reestructuración
económica, es la necesidad de mejorar los resultados de un sistema
que se ha convertido en un obstáculo para cualquier progreso
posterior. Para los economistas de la Perestroika, el deterioro de la
situación tiene sus causas en la falta de correspondencia entre las
formas de planificación y el creciente volumen de la producción, por
una parte, y en el estancamiento de la producción debido a los malos
resultados de la productividad, por otra. En consecuencia, la
solución del problema se ha intentado:
a) Acabando con la planificación ultracentralizada de la economía
introduciendo en la gestión de la producción elementos de mercado:
estableciendo la autonomía de las empresas y su gestión con criterios
de mercado; una gestión mas eficaz de la mano de obra que acabe con
la penuria crónica actual y que se traduzca en un aumento de la
productividad, es decir, el fin de la seguridad en el empleo; la
reforma de los precios, eliminando las subvenciones, liberandolos y
haciendo que se aproximen a sus valores de mercado, y reformando los
salarios de forma que sirvan para favorecer el incremento de la
productividad. Evidentemente, esto incluía un cierto grado de
privatización de la economía y la creación de un mercado real.
b) Relanzando el crecimiento realizando menos inversiones, pero
racionalizandolas. Esto exige primar la inversión en la fabricación
de maquinaria y en la investigación científico-técnica e introducir
elementos de racionalidad en la producción mediante una mayor
«disciplina» para conseguir una mayor economía de energía y materias
primas, un empleo mas racional de equipo, la reducción de los pedidos
de bienes de inversión para realizar el plan y el aumento de la
productividad de la mano de obra.
c) Poniendo en marcha un juego centralizado de palancas económicas,
para dirigir la economía, similares en una buena parte a las que
utilizan los gobiernos de los países capitalistas: el coste de los
recursos financieros, los impuestos, la fijación central de normas,
una política de subvenciones, un numero limitado de precios claves
que serán administrados y el control del comercio exterior.
4.2. MARX ERA SOCIALISTA
Marx y Engels no desarrollaron ninguna idea sistemática sobre la
organización de la economía después del derrocamiento del
capitalismo. Pensaban que no era posible formular un esquema acabado
para la futura sociedad porque su organización económica y social
dependería de las condiciones que se dieran al comenzar a
construirla. Pero eran perfectamente conscientes del problema de la
asignación de los recursos productivos en una economía socialista y
en "El Capital" y "La crítica al programa de Gotha", pueden
encontrase algunas referencias de como pensaban que debería ser la
nueva sociedad.
La distinción entre el socialismo, como objetivo final, y la
transición al socialismo, como problema inmediato, puede encontrase
en Marx. En efecto, por un lado estaría lo que Marx denomino «fase
superior del comunismo», «segunda fase del comunismo» o «comunismo en
sentido estricto», que se corresponde con lo que actualmente se
entiende como «socialismo», es decir, una sociedad en la que se ha
superado la escasez y, por tanto, se puede proceder a lo que Bertrand
Russell denomino «reparto libre» (Roads of freedom. Londres 1919).
Para Marx, «en la fase superior de la sociedad comunista, cuando
haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a
la división del trabajo, y en ella, la oposición entre trabajó
intelectual y trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un
medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el
desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también
las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la
riqueza colectiva, solo entonces podrá rebasarse totalmente el
estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir
en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según
sus necesidades!».
Pero, por otro lado, los problemas actuales no son estos ya que «de
lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que _se ha
desarrollado_ sobre su propia base, sino de una que acaba de _salir_
precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta
todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el
intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede.»
(el subrayado es de Marx).
Es decir, Marx distingue una «primera fase del comunismo», que
también denomina «etapa socialista», que se correspondería con la
transición al socialismo, tal y como la entendemos hoy día. En esta
etapa de transición al socialismo, no se parte de la abundancia y,
por tanto, el calculo económico y la distribución son problemas
básicos., El primer problema que se plantea en estas sociedades de
transición es la determinación de la parte del producto social que se
debe destinar a servir de medios de consumo. Esta parte se obtiene
deduciendo del producto social global: la reposición de los medios de
producción consumidos, los fondos de reserva o de seguro contra
accidentes, calamidades, etc, y la parte que se dedique a acumulación
para ampliar la producción en el futuro. Estas deducciones
«constituyen una necesidad económica y su magnitud se determinara
según los medios y fuerzas existentes, y en parte, por medio del
calculo de probabilidades; lo que no puede hacerse de ningún modo es
calcularlas partiendo de la equidad».
Pero, en una sociedad de transición al socialismo, el resto que se
obtiene después de las deducciones anteriores no debe constituir los
medios para satisfacer el consumo individual, pues antes hay que
deducir:
«Primero: los gastos generales de administración no concernientes a
la producción. En esta parte se conseguirá, desde el primer momento,
una reducción considerabilisima, en comparación con la sociedad
actual, reducción que ira en aumento a medida que la sociedad se
desarrolle.
Segundo: la parte que se destine a la satisfacción colectiva de las
necesidades, tales como escuelas, instituciones sanitarias, etc. Esta
parte aumentara considerablemente desde el primer momento, en
comparación con la sociedad actual y seguirá aumentando en la medida
que la sociedad se desarrolle.
Tercero: los fondos de sostenimiento de las personas no capacitadas
para el trabajo, etc; en una palabra, lo que hoy compete a la llamada
beneficencia oficial.»
La distribución individual de los medios de consumo se rige por «el
mismo principio que en el intercambio de mercancías equivalentes: se
cambia una cantidad de trabajo, bajo una forma, por otra cantidad
igual de trabajo, bajo otra forma distinta».
A cada trabajador, «la sociedad le entrega un bono consignando que
ha rendido tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar lo
que ha trabajado para el fondo común), y con este bono saca de los
depósitos sociales de medios de consumo la parte equivalente a la
cantidad de trabajó que ha rendido. La misma cuota de trabajo que ha
rendido a la sociedad de una forma, la recibe de esta de una forma
distinta».
La distribución se realiza a través de mecanismos de mercado, pero
en el seno de una sociedad colectivista en la que los medios de
producción son colectivos, la distribución que se realice con esos
criterios es muy diferente a la que se realiza en el capitalismo: «El
modo de producción capitalista descansa en el hecho de que las
condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no
trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del
suelo, mientras la masa solo es propietaria de la condición personal
de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los
elementos de producción, la actual distribución de los medios de
consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones naturales de
producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto
determinaría por si solo, una distribución de los medios de consumo
distinta de la actual.»
Y Marx recalca, «El socialismo vulgar (y por medio suyo, una parte
de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a
considerar y tratar la distribución como algo independientemente del
modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una
doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez
que esta dilucidada, desde hace mucho tiempo, la verdadera relación
de la cosas, ¿por que volver a dar marcha hacia atrás?».
4.3. HAY MERCADO PARA RATO
En el comunismo, esto es, en la «sociedad de productores libres
asociados» a la que se refería Marx, no existirá ni mercado, ni
dinero. La satisfacción de las necesidades se realizara de forma que
la población accederá a los bienes materiales y los servicios sin
pagar un precio por ellos, algo así como lo que ocurre en la
actualidad en la seguridad social, en la que no hay que pagar un
precio por los servicios del médico. No se trata de una sociedad sin
ninguna escasez, lo que es imposible de conseguir, sino de una
situación en la que se ha alcanzado un desarrollo de las fuerzas
productivas y un tipo de cultura humana tal que impera una abundancia
suficiente como para satisfacer ampliamente la mayoría de las
necesidades fundamentales y secundarias de la población. La
producción seguirá siendo insuficiente para satisfacer todas las
necesidades de forma libre pero, a partir de unos niveles de
satisfacción y culturales, que se habrá desarrollado enormemente,
disminuirá la demanda de bienes materiales y las necesidades se
desarrollaran cada vez mas en la dirección de la autorrealización de
la personalidad y las actividades creativas.
Es pues, un objetivo utópico, en el sentido que tiene la utopía para
la izquierda marxista: algo que todavía no existe, como decía Ernst
Bloch, pero que es posible conseguir y que requiere haber destruido
previamente el viejo modo de producción capitalista y haber
desarrollado enormemente las fuerzas productivas de forma que sea
posible una sociedad de abundancia. Mientras sobrevivan las
relaciones de producción capitalistas a nivel mundial, seguirán
influyendo de algún modo, ya sea económica, política o
ideológicamente. Mientras la escasez sea la norma, esto es, mientras
los recursos productivos sean insuficientes para satisfacer
ampliamente las necesidades sociales, no podrá ser posible el reparto
libre. Por eso, una vez que la clase obrera ha tomado el poder y ha
derrocado al capitalismo, el problema no es construir inmediatamente
la utopía, que no es posible, sino organizar la economía y la
sociedad durante un período de transición que conduzca a ella. El
problema es el de como avanzar hacia el socialismo una vez que se han
destruido las relaciones de producción capitalistas, pero siguen
subsistiendo el entramado material del mismo, su ideología y la
opresión patriarcal.
Mientras haya escasez y no abundancia, es vano intentar suprimir el
mercado completamente. Por un lado, el mercado continuará existiendo
para los bienes de consumo individual. Esto es así porque el
desarrollo insuficiente de las fuerzas productivas hace que la
producción no sea capaz de atender a todas las necesidades de la
población, por lo que se mantendría vivo el valor de cambio. Cada
trabajador continuaría viéndose obligado a cambiar su fuerza de
trabajo por un salario, puesto que el salario es la única forma de
acceder a los bienes y servicios producidos, que son limitados, y con
dicho salario acudirá al mercado a comprar los bienes de consumo que
necesita.
El problema no se puede sortear, pues si se pagara a cada trabajador
no con un salario, sino con «raciones físicas» o «certificados de
ración» aparecería el mercado de los mismos, porque no todos los
individuos tienen los mismos gustos o necesidades. Por otro lado,
sobrevivirá un mercado real para algunos servicios privados, para la
pequeña producción mercantil (agrícola y artesanal), etc, que no
tiene sentido eliminar. El dinero tampoco puede desaparecer y, por el
contrario, puede ser un mediador eficaz en las operaciones
microeconómicas. Permite que los trabajadores elijan mas flexible y
libremente su consumo y es un sistema de contabilización mas flexible
de los costes de producción que si se emplearan horas de trabajo, por
ejemplo. En el período de transición, de lo que se trata de evitar es
que el dinero se convierta en capital en manos privadas, no
suprimirlo, que no es posible mientras exista escasez.
Sin embargo, es necesario una actuación política consciente, pues no
se trata de buscar el máximo de mercado, sino el mínimo y, además,
hacerle retroceder progresivamente. Esto exige la limitación de la
ley del valor y el cambio de los criterios de eficiencia, de las
delimitación de que necesidades a satisfacer (no determinadas por el
mercado sino consciente y democráticamente) y del calculo económico.
Derrocado el capitalismo, el problema no es eliminar completamente el
mercado, que no es posible mientras haya escasez, sino poner en
marcha la planificación socialista.
Así pues, la organización de la economía durante el período de
transición hacia el socialismo supone la existencia de un conflicto
entre dos lógicas contrapuestas: la lógica del plan (distribución de
los recursos de acuerdo con las prioridades conscientemente
establecidas por la sociedad) y la lógica del mercado (distribución
de acuerdo con leyes objetivas que se imponen a espaldas de los
productores. Esta contradicción solo puede ser superada en la
sociedad socialista. El objetivo del período de transición es avanzar
en dicha superación.
4.4. LO MALO NO ES EL MERCADO SINO LA ECONOMIA DE MERCADO
En una economía capitalista, el mercado rige la asignación de los
recursos productivos, lleva implícita la desigualdad social y para el
no existen las necesidades que no puedan expresarse en dinero. Esto
es lo que la planificación socialista debe eliminar progresivamente:
el juego de la ley del valor. Pero el mercado es también un mecanismo
de distribución entre la población y las empresas de los bienes y
servicios producidos por la sociedad. En una economía mercado, esta
función este íntimamente ligada a la anterior, porque la distribución
no es independiente de las condiciones materiales de producción, que
son capitalistas. Pero una vez que la producción esta en manos de los
trabajadores, se ha eliminado la función del mercado como asignador
de los recursos productivos y se ha conseguido un avance sustancial
en la igualdad social, no hay ninguna razón para que, durante el
período de transición, subsista su función como mecanismo de
distribución de los bienes y servicios. En la actualidad, el mercado
es igual a capitalismo, pero el mercado ha existido mucho antes de
que dominara el modo de producción capitalista y seguirá subsistiendo
algún tiempo después de su desaparición. Pero no será un mercado
capitalista, porque no se producirán mercancías de una manera
generalizada (la mayororía de los productos que se intercambien en el
mercado no incorporarán plusvalía) y el mercado, que no se regirá por
la búsqueda del máximo beneficio, ya no será el mecanismo fundamental
para asignar los recursos productivos a espaldas de los trabajadores.
La planificación socialista implica que la clase obrera toma
conscientemente ese enorme volumen de decisiones que ahora se
realizan a sus espaldas por parte de los capitalistas. La primera
decisión a tomar seria la proporción de la producción anual que se
dedica a la acumulación, esto es, a aumentar la producción en el
futuro. En una sociedad en transición al socialismo, los recursos no
se asignarían por las empresas individuales siguiendo la ley del
valor, sino que se asignarían conscientemente por el conjunto de la
sociedad siguiendo prioridades previamente establecidas.
a) Debe haber un equilibrio entre la tasa de acumulación y el
volumen de recursos que se dedica a satisfacer el consumo. Una tasa
de acumulación excesivamente elevada supondría un deterioro en el
nivel de vida que afectaría a la productividad. Una tasa
excesivamente reducida supondría una fuerte hipoteca para el futuro.
b) Determinado por la sociedad el volumen de la acumulación y el
objetivo de la misma (que necesidades se tratan de satisfacer), la
selección entre posibilidades alternativas para cada inversión no se
realizaría siguiendo el criterio de la ley del valor, esto es, del
máximo beneficio, sino siguiendo el criterio del mínimo coste social.
En consecuencia, no se debería omitir ningún coste: el coste de la
inversión, el coste de la infraestructura que la inversión provoca,
los costes derivados del mantenimiento del medio ambiente, los costes
sociales que causara la inversión (escuelas, ambulatorios, etc). Sin
embargo, los costes no determinaran automáticamente la elección de la
inversión, pues habrá que considerar otra serie de factores
difícilmente cuantificables.
c) Las grandes inversiones se decidirían centralmente. Es importante
señalar que este es uno de los puntos fundamentales en los que se
trata de romper la ley del valor: la planificación debe tener en
cuenta la demanda de consumo final y, por tanto, debe distribuir los
recursos de forma que se facilite la adaptación rápida de la oferta a
la demanda, pero este no es el criterio fundamental: se trata de
alterar la proporción entre bienes públicos y privados, considerar
las necesidades que no se expresan en el mercado, cambiar los hábitos
de la sociedad de forma democrática, etc. Las pequeñas inversiones
(de reparación, para aumentar la productividad, etc) podrían seguir
siendo decididas por las empresas.
Del producto total que queda después de la acumulación hay que
descontar todavía los gastos del Estado. Desde el primer momento de
la toma del poder, el objetivo del Estado obrero es su propia
desaparición, de modo que debe haber una tendencia a la disminución
progresiva de dichos gastos. Una planificación hipercentralizada e
hiperdetallada es, pues, contradictoria con este objetivo, en la
medida en que fortalece al estado en vez de debilitarle. En la
planificación socialista, hay que combinar el máximo de democracia y
coordinación en la adopción de las decisiones fundamentales (pues si
no seria posible a utilización eficiente de los recursos globales de
la sociedad) con la máxima descentralización, esto es, con la máxima
aproximación hacia aquellos que tienen las necesidades. Exige, pues,
la máximas descentralización del poder.
El resto de los recursos disponibles se dedicaría a satisfacer las
necesidades actuales de la población, pero en este terreno, también
se trataría de hacer retroceder al mercado. En la sociedad actual
puede establecerse una jerarquía de las necesidades (fundamentales,
secundarias y de lujo) que tiene unas bases fisiológicas y socio-
históricas. La planificación socialista debe partir de una tendencia
creciente a la distribución directa de los recursos para satisfacer
las necesidades fundamentales (reparto directo sin intermedio del
dinero); el hecho de que los bienes de consumo fundamentales tengan
una elasticidad demanda-precio negativa (el consumo de jabón tiene un
limite, por mucho que baje su precio) hace que su consumo no aumente
indefinidamente, esto es, las necesidades básicas no aumentan sin
limite.
Si la sociedad decide democráticamente dar prioridad a las
necesidades fundamentales se reduce automáticamente los recursos
disponibles para la satisfacción de las necesidades secundarias o de
lujo. En este sentido, hay que señalar la eficacia del dinero y el
mercado como instrumento para permitir una mayor libertad del
consumidor sobre los bienes relativamente superfluos, en la medida en
la que las necesidades fundamentales están satisfechas. Esto no
supone la producción de mercancías, pues no se realiza la misma
buscando el máximo beneficio. En este sentido, respecto a las
empresas que las producen, tan negativo seria la aparición de
perdidas, pues significarían una deliberación de recursos no
planificada que minoraría los que se dedican a la satisfacción de las
necesidades sociales decididas democráticamente, como de beneficios,
pues supondría un precio mas elevado que el que determinan los costes
y, por tanto, una absorción del poder adquisitivo de la población a
favor de las empresas que los obtuvieran. Es importante señalar que,
en este ultimo caso, la aparición de beneficios podría incentivar el
carácter mercantil de la producción, justamente lo que se trata de
hacer desaparecer. Finalmente, la planificación socialista debe
promover una significativa ampliación de la gama de actividades y de
las relaciones humanas, esto es, debe dedicar recursos para que se
desarrolle una nueva civilización.
La planificación socialista esta indisolublemente unida a la mas
amplia democracia. En el capitalismo, el mercado es también un
mecanismo a través del cual la sociedad decide que producir, como
producirlo y para quien producirlo. Aunque no es nada democrático,
porque deciden mas los que tienen mas poder adquisitivo, hay un
mecanismo de decisión basado en la ideología de que el consumidor,
con su dinero, decide soberanamente que es lo que hay que producir.
Suprimido el mercado, quedan una serie de decisiones fundamentales
que solo pueden ser adoptadas democráticamente: que necesidades
sociales a satisfacer, que combinación entre satisfacción de las
necesidades y tiempo de trabajo, etc. Ninguna burocracia puede ser
eficiente en la distribución de los recursos de la sociedad para
satisfacer las necesidades de la misma. Solo la sociedad en su
conjunto, actuando democráticamente, puede conocerlas y decidir como
satisfacerlas.
4.5. NADA NOS EVITARA TENER QUE "ECHAR LAS CUENTAS"
La planificación socialista debe huir de dos extremos. Por un lado,
de la búsqueda del máximo de mercado o de la reproducción al máximo
de los mecanismos de mercado, porque supondría hacer que juegue
plenamente la ley del valor, reproduciría las viejas formas de
enajenación, aumentaría la propensión a defender los intereses
privados, estimularía el surgimiento de una tendencia al
enriquecimiento privado, etc. Por otro, de una planificación
ultracentralizada y superdetallada de las producciones físicas, que
no es adecuado a las necesidades del período de transición, no puede
ser eficiente y solo responde a los intereses de la burocracia.
Una vez decidido a priori por la sociedad la tasa de acumulación y
su distribución y la proporción de la producción que se dedicara
satisfacer el consumo socialista, que se efectuara mediante el
«reparto libre» (que incluye lo que en la actualidad se denominan
«bienes públicos» -sanidad, educación, seguridad social, etc- pero
que conforme el desarrollo de las fuerzas productivas lo vaya
permitiendo incorporara bienes que actualmente se compran en el
mercado), aparecerá el primer problema de equilibrio macroeconomico:
los fondos monetarios disponibles para el consumo individual se deben
de corresponder con la parte de la producción que se dedicara a la
misma. Los precios se fijaran de forma que este equilibrio sea
posible. Pero, para que la producción sea eficiente, es decir, para
que no se dilapiden recursos, es preciso que el calculo económico
ocupe un lugar central.
En una economía planificada, en la que existiera libre elección de
consumo, el problema del calculo económico se resolvería con un
sistema de ecuaciones que igualarían las demandas y ofertas de cada
mercancía. Teóricamente aparecería imposible, pero en la practica
seria factible porque no habría que disponer de una ingente
información de todas las ramas de la producción y resolver millones
de ecuaciones. A cada factor se le asignaría el valor dictado por la
experiencia histórica. Los directores de las industrias socializadas
llevarían a cabo sus cálculos como si las valoraciones provisionales
fueran correctas: si el valor atribuido fuera alto, aparecería un
excedente del factor y si fuera bajo, un déficit. A través de pruebas
sucesivas se llegaría a la valoración correcta. Estos precios
contables, que serían como los del mercado, producirían las
igualaciones entre demanda y oferta, aunque a corto plazo, una mala
orientación de los recursos (oferta) o una mala distribución de las
necesidades (demanda), harían que aparecieran desequilibrios que, con
el método de prueba y error se corregirían.
Las empresas colectivizadas deberán tener autonomía para este
calculo económico, de forma que no es el plan central, sino ellas, el
que debe realizarlo, pero los métodos con los que se haga estarán
basados en los costes, no en los precios. Sin embargo, en una
economía planificada, la libre elección de consumo estará limitada
por las decisiones previas que se hayan realizado sobre la
acumulación y el consumo socialista, de forma que los criterios serán
diferentes en cada uno de estos sectores. En el sector productor de
medios de producción se utilizaran "precios contables" que
iterativamente, como se ha descrito mas arriba, se irán aproximando a
los valores de equilibrio. Se trata de tener un método de calculo
para que la producción sea eficiente, no de reproducir los mecanismos
del mercado de forma que la acumulación se dirija a los sectores que
este determina, pues este es uno de los papeles fundamentales de la
planificación. El procedimiento será similar en el sector productor
de consumo socialista. Sin embargo, en el sector productor de bienes
para el consumo individual, no hay ninguna razón para que los precios
relativos se ajusten de forma que se cubra la demanda y no aparezcan
déficits de producción, pues en su gran mayoría son bienes
secundarios y de lujo y se parte de una situación de mayor igualdad
social. De todas formas, la planificación deberá tener en cuenta la
evolución de los mismos a la hora de asignar los recursos productivos
entre las diferentes ramas.
Finalmente queda el problema de los incentivos. En el socialismo,
los incentivos morales son fundamentales, pero ninguna sociedad puede
funcionar permanentemente solo con los mismos, por lo que se
necesitaran incentivos materiales para que aumente la eficiencia de
la producción. Si una empresa socialista consigue reducir sus costes,
una parte debe revertir a la sociedad, pero otra puede ser repartida
como primas a sus trabajadores. Esto puede introducir una cierta
desigualdad social pero, por un lado, como dijo Marx, en la
transición hacia el socialismo será imposible eliminar completamente
esta contradicción, pues se parte de la supervivencia de la ideología
burguesa, y, por otro, la situación económica no permite un reparto
igualitario. Debe ser corregido de forma no coactiva educando a los
trabajadores en el principio de la solidaridad. No hay ningún
mecanismo económico que pueda solucionar las diferencias en la
productividad que existen entre las distintas ramas productivas,
zonas geográficas, etc. Los trabajadores mas productivos deberán
ceder parte de sus mejoras para que los menos productivos, que no lo
son por su culpa, puedan vivir mejor.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
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