[R-P] CORRE, LIMPIA Y BARRE - El castigo adicional de Silberstein
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Mar Oct 4 08:23:45 MDT 2005
--- edgar smith <condornacional en yahoo.com.ar>
escribió:
Estoy haciendo "concentración" de artillería
para contestar a México, a un "Tacuara" que le
agarró el "viejazo" y anda con nostalgias.
* * * * *
No se trata de nostalgia. Se trata de que el
fantasma del soldado clase 48 Silberstein,
combatiente en la Guerra de los Seis Días, me
acompaña desde hace años. Y las reflexiones de
Néstor, redondeando ese recuerdo, detonaron en mi
cabeza como una mina con espoleta de retardo.
A riesgo de aburrir a la audiencia, voy a
terminar de contar la historia de ese muchacho de
20 años al que suboficiales casi analfabetos y
oficialitos neuróticos convirtieron en una
piltrafa humana. .
Luego de su crisis, Silberstein vivía recluido en
un cuartucho donde estaba la caldera a leña. Su
trabajo era encenderla día por medio para
bañarnos. Ahí lo íbamos a visitar algún otro y
yo, y le llevábamos cigarrillos porque se había
convertido en un fumador vicioso. No contaba con
un mango y vivía pidiendo “una pitada” o “una
seca”. Tenía su mate y una pavita abollada y
negra. El tipo había llevado a la colimba esa
pava que antes había llevado a Israel. En esa
pocilga nos contó que había tenido un grado que
se ubicaba entre cabo primero y sargento.
Desconozco cómo es la graduación en el ejército
israelí.
Un fin de semana, mi viejo se subió al coche e
hizo mil 500 kilómetros para visitarme en Las
Lajas. Llevaba la consabida caja con cigarros,
yerba, las revistas Siete Días y D’Artagnan... y
como dos kilos de milanesas hechas por mi madre.
Como podía tomarme el sábado y el domingo franco,
el cabo primero Juan Esteban Giovarruscio,
mendocino, me dijo: “Aprovechá, culiado, y andáte
a Zapala con tu viejo. Y lleváte invitado a algún
otro colimba de la compañía”.
Lo invité a Enrique Cardilo, de Bahía Blanca, que
tenía una cafetería en Monte Hermoso. También
tenía un metro ochenta de estatura, el lomo de un
granadero prusiano y una trompada feroz. Pero
como era dueño de una cafetería, se pasó todo el
servicio militar en el Puesto Comando,
sirviéndole café al jefe y al segundo jefe del
regimiento. En otro ejército, hubiera sido
paracaidista o comando o, de última, subteniente
de reserva.
Cardilo, que se moría de ganas de ir a Zapala, me
dijo: “Mejor lleváte al ruso Silberstein”. Cuando
le pedí autorización al cabo primero
Giovarruscio, me respondió furioso: “Desaparecé
de acá con tu papito, tagarna, o te quedás todo
el fin de semana en el cuartel”.
Cardilo guardó una parte de las milanesas en la
heladera de la oficina y se fue a la pocilga de
Silberstein a compartir el resto durante ese
sábado y domingo.
En el mensaje anterior me olvidé contar que entre
los demás colimbas -donde lógicamente había de
todo- muchos lumpenes, marginales y chupamedias
que deseaban “satisfacer al superior” también le
hacían la vida imposible a Silberstein. Es decir,
ofiches y zumbos lograron convertirlo en un paria
por partida doble: con sus superiores y con sus
pares, los que quizá deberíamos haber sido sus
subalternos.
Pobre soldado clase 48 Silberstein: qué hubiera
pensado de haber sabido que uno de los pocos
amigos que iban a charlar con él, tomar mate y
fumar era un ex Tacoira. De saberlo, quizá
hubiera delirado que era un perverso castigo
adicional. Jamás se lo dije, desde luego. Creo
que hubiera terminado loco del todo.
Y punto final a esta historia.
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