[R-P] CORRE, LIMPIA Y BARRE

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Lun Oct 3 21:31:36 MDT 2005


No vi “Iluminados por el fuego” y, aunque mi hija
me la traerá de Argentina en unas semanas, no sé
cuánto tiempo pasará antes de que pueda verla.
Sin embargo, en los mensajes de la lista recuerdo
un tema que se tocó al pasar y que creo que sería
motivo para un interesante debate. Se trata del
“orden cerrado” o “baile” en las Fuerzas Armadas
de Argentina.

Es una modalidad de entrenamiento –supongo que
con variantes- de todos los ejércitos del mundo
y, de entrada, aclaro que no me escandaliza.
Estuve un año en el Liceo Naval Militar Almirante
Brown y después me tocó el servicio militar en
una guarnición de castigo, el Regimiento de
Infantería de Montaña 21 (RIM-21) en Las Lajas,
Neuquén, en la precordillera de los Andes. En los
primeros tres o cuatro meses adelgacé cinco kilos
y después engordé casi diez. 

Muchos años más tarde me volvió a tocar un poco
de “orden cerrado” en Nicaragua. Trabajaba en la
Agencia Nueva Nicaragua (ANN) y cada seis meses
todos teníamos que mantenernos en forma si
aspirábamos a continuar siendo enviados como
reporteros a los frentes de guerra. También lo
hacían dos veces al año en todas las dependencias
de gobierno y se llamaba Servicio Militar de
Reserva. El lema era: “Es preferible derramar
sudor en el entrenamiento y no sangre en el
combate”. Había compañeros que bordeaban los 40
años y todos transpirábamos realmente con placer.
En la agencia ANN, para ir a cubrir las fronteras
norte y sur y la Costa Atlántica, en la región
Miskita, te suministraban uniforme, borceguíes,
mochila, AK-47 y tres cargadores (o “peines”,
como decían los nicas). 

Y aquí viene el tema del que quizá sería bueno
hablar, que me empezó a rondar por la cabeza en
aquella época. No recuerdo a ningún instructor
del Ejército Popular Sandinista que nos
“verdugueara” de más o nos faltara el respeto. No
había casos de humillación o de “baile” excesivo
como castigo.

En cambio recuerdo a todos, pero a todos, los
cabos, cabos primero, sargentos, sargentos
primero, subtenientes, tenientes y tenientes
primero que me bailaron en Las Lajas. Había
auténticos sádicos. Muchos zumbos del interior se
ensañaban con los “porteños”. Otros, con los
blanquitos. Otros más, del interior o no, con los
universitarios. 

En mi compañía había un muchacho de apellido
Silberstein, que había combatido en la Guerra de
los Seis Días. Ni los oficiales ni suboficiales
sabían qué hacer con él. Lo detestaban por
portación de apellido pero era el único de todos
ellos que había combatido. Desde los primeros
días, lo designaron como ayudante del encargado
de semana en la compañía: nos formaba y nos hacía
romper filas, nos llevaba al comedor, daba las
órdenes para acostarnos y levantarnos.

Un día, en los primeros meses de instrucción, yo
le estaba pasando a máquina un informe al jefe de
mi compañía, un teniente primero mendocino del
que no recuerdo el apellido. Y el tipo me
comentó: “Después de la jura de la bandera, a
este judío de mierda vamos a tener que hacerlo
dragoneante”.

Precisamente antes de la jura nos llevaron de
maniobras a un lugar llamado Pino Hachado. Y ahí
sí, como decían ellos, nos “sacaron la mierda”.
La mierda y los pelos y la piel. Unos cuantos
terminaron en la enfermería de campaña. Y una
mañana de frío glacial, en la que los zumbos nos
estaban haciendo correr y arrastrar por un
arroyito helado lleno de piedras, mientras nos
pateaban el traste, las costillas y las piernas,
a Silberstein le dio una crisis de nervios. Tiró
el FAL y se puso a llorar a los gritos.

El epílogo de ese episodio fue dramático. Al
final de las maniobras, cuando regresamos al RIM,
Silberstein ya era un paria. Limpiaba baños,
recogía la bosta de las mulas, le ordenaban hacer
payasadas para diversión colectiva y lo obligaban
a realizar esfuerzos que iban más allá de su
resistencia. Terminó bastante alterado
mentalmente y no recuerdo haberlo visto más.
Nunca supimos si lo internaron o lo dieron de
baja antes de tiempo o lo trasladaron a otro
lado.

Las anécdotas de la colimba son aburridísimas,
pero quería narrar este caso. Además, murió un
conscripto de otra compañía, un muchacho de
familia muy humilde de Río Negro a la que
engatusaron aprovechándose de su ignorancia y el
asunto se tapó sin investigación. También hubo
muchos casos de humillación personal que no
tenían nada que ver con el entrenamiento para
defender la patria.

Cuando me dieron de baja salí con la sensación de
haber estado en un fortín de frontera de la época
en que ellos llamaban “la guerra contra el
indio”. Sólo faltaba la empalizada de madera, el
foso y el mangrullo. Eso sin mencionar que te
usan para ser chofer de la esposa del coronel,
pintar la casa del teniente coronel, cortar el
césped de la casa del mayor y lustrar las botas
del capitán. Nada qué ver con la concepción de
“pueblo en armas” de Colmar von der Goltz o las
reservas suizas y suecas. Y, desde luego, nada
qué ver con la Nicaragua sandinista, donde te
preparaban en serio para la guerra, te respetaban
como ser humano y terminabas queriendo como a un
hermano al instructor.

Ahora que releí lo que llevo escrito -y pido una
disculpa por la extensión- pienso que con sólo
recordar el caso del soldado Omar Carrasco pude
haberme ahorrado unas cuantas palabras. Ese caso,
desde luego, no fue el único sino el último.

Repito: no vi “Iluminados...” pero por lo que
llevo leído creo que aparecen escenas de ese
tipo. 












	
	
		
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