[R-P] La CIA y la tortura editorial de La Voz del Interior de hoy,¿que tul?

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Nov 27 06:27:16 MST 2005


La CIA y la tortura

La guerra de Irak y la lucha contra el terrorismo están planteando problemas 
de muy difícil solución, algunos de los cuales –como el de la tortura– 
vienen de tiempos muy antiguos, casi bíblicos. ¿Acaso Jesucristo no murió en 
la cruz? ¿Y no era la crucifixión uno de los métodos más atroces que se 
hayan conocido en la historia, con el cual el Imperio Romano martirizaba a 
los cristianos, los disidentes, los opositores de la época? ¿Hay algo más 
cruel que dejar morir a un ser humano colgado en una cruz, a la intemperie, 
clavado de manos y pies?

La guillotina, la horca, los fusilamientos, parecen procedimientos más 
“civilizados”, ya que son más rápidos o instantáneos. La tortura, en cambio, 
supone que el detenido debe sobrevivir y confesar, delatar a sus jefes, 
correligionarios y cómplices e informar sobre los lugares de reunión, los 
hechos cometidos, los planes, es decir toda la información que puede ser 
necesaria al represor para desbaratar una organización.

El siglo 20 fue prolífico en métodos represivos y la tortura fue un 
instrumento casi normal de las dictaduras y los regímenes totalitarios. En 
la Argentina, durante el régimen militar de 1976-1983, se torturó en gran 
escala a los prisioneros de la guerrilla, con técnicas que iban desde la 
picana eléctrica a los simulacros de ejecuciones, más una serie infinita de 
tormentos. Y el argumento del gobierno castrense de entonces, compartido o 
tolerado por una parte de la sociedad, fue que era necesario desarticular a 
las organizaciones terroristas como ERP o Montoneros, detener a sus cúpulas, 
encontrar sus escondites, descubrir sus conexiones. Y para ello había que 
tener información, obtenida de muchas maneras, entre ellas los apremios 
ilegales a los detenidos políticos; o sea, la tortura.

El tema está ahora en el centro de un debate que se abrió en Estados Unidos, 
donde dirigentes políticos, parlamentarios, académicos y personalidades del 
arte y la cultura denunciaron a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) por 
haber habilitado en el exterior –en especial en Europa central y del este– 
unos 20 centros clandestinos de detención, donde se maltrata y tortura a los 
prisioneros, que pueden quedar detenidos por tiempo indefinido, sin derecho 
a defensa, sin proceso, sin juez de la causa.

Pero la gran diferencia entre la Argentina de tiempos del proceso y Estados 
Unidos es que en este último país se puede denunciar, en el más alto nivel 
institucional, como por ejemplo el Congreso Nacional, la práctica de la 
tortura y las detenciones ilegales. Las réplicas no se hicieron esperar, 
desde el presidente George W. Bush para abajo.

El director de la CIA, Porter Gos, dijo que la agencia a su cargo “no 
tortura”. Y agregó: “Usamos atributos legales para obtener información vital 
y lo hacemos con una variedad de métodos únicos e innovadores, todos ellos 
legales, y ninguno implica la tortura”. Pero no especificó de qué métodos se 
trata.

Desde hace tiempo se viene hablando de una “tortura científica”, en la que 
se usan sofisticadas tecnologías para obtener información de parte de los 
detenidos –detectores de mentiras, tests psicológicos, hipnosis, etcétera–, 
que no causan un daño físico y que veces ni siquiera son percibidas por las 
víctimas. La cuestión plantea problemas éticos muy complejos, o de 
“bioética” si se quiere, ya que implica el uso discrecional del cuerpo 
humano para experimentaciones que pueden implicar otro tipo de violaciones a 
los derechos individuales.

La lucha contra el terrorismo plantea grandes dilemas. Dice el director de 
la CIA: “Un enemigo que trabaja en una red amorfa, que no tiene que 
preocuparse de una serie de reglas, de cadenas de mando, del Estado de 
derecho o de ninguna otra cosa, tiene una gran ventaja frente a una 
organización lenta, burocrática, torpe y llena de reglamentos” (se refiere a 
la CIA). A los terroristas, en efecto, no les interesa el Estado de derecho, 
como nos les interesa matar o mutilar a centenares de inocentes en un 
atentado, para después esconderse en sus cubiles. El desafío, para las 
democracias, sigue siendo combatir esa lacra sin salir del marco de la ley.

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