[R-P] EL PASADO EN EL DISCURSO TEÒRICO Y POLÌTICO
Alberto Franzoia
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Vie Nov 25 17:30:02 MST 2005
EL PASADO EN EL DISCURSO TEÒRICO Y POLÌTICO
Lic. Alberto J Franzoia
Las visiones de mundo que se vinculan tanto a
paradigmas de la ciencia social como con las diversas
formas de ejercer prácticas políticas, siempre
incluyen alguna idea sobre el pasado, ya sea
reivindicando su presencia o bien negándole toda
entidad.
El pasado puede ser un tiempo idealizado al que
siempre se quiere regresar para permanecer eternamente
en él; no se lo asume como una etapa histórica
superada sino que integra el programa del futuro. Los
filósofos que defendían los esfuerzos de la
subjetividad para regresar a la bucólica sociedad
medieval en Francia, a posteriori de la Revolución
Francesa, se ubicaron en esa perspectiva. Por eso se
los considera como exponentes de la reacción, opuestos
a todo progreso que conspirase contra los privilegios
de la clase aristocrática desplazada del poder, a la
que expresaban objetivamente más allá del manifiesto
romanticismo. Louis Bonald y Joseph de Maistre fueron
sus dos exponentes fundamentales, quiénes influyeron a
su vez en el autoritarismo monárquico de Maurras, una
de las primeras fuentes abastecedoras de ideas para el
"nacionalismo" argentino (1).
El pasado también puede ser considerado como el origen
de las condiciones objetivas del presente. Lo que
somos es producto de causas inmodificables que sólo
cabe conocer para una mejor adaptación a la realidad.
Esta idea es cara a cierta visión de la ciencia social
que adscribe a la objetividad pura como sinónimo de
mera contemplación y a la adopción de controles para
prevenir cualquier desviación anómica o patológica.
Ya no se recurre a la idea de eterno retorno al
pasado, sino a la necesidad de justificar un presente
que progresa desde una perspectiva que se corresponde
con los intereses de la burguesía de los países de
capitalismo maduro. Positivistas como Emile Durkheim
expresan con nitidez esta visión (2). Claro que en
Argentina dicha forma de abordar la realidad encuentra
adeptos entre los intelectuales de la oligarquía
liberal, en tanto aliada necesaria de la burguesía del
"primer mundo". Casualmente cuando la Argentina agro
exportadora entra en crisis en los años 30, un sector
de la oligarquía (en muchos casos jóvenes y afectados
por la pérdida de beneficios económicos) postula la
necesidad de recuperar el prestigio perdido por el
patriciado, y en esa búsqueda se encuentran con la
posibilidad de revisar nuestra historia desde un
nacionalismo que terminó siendo de corto alcance, como
lo demuestran sus posteriores desempeños en la arena
política.
Otra opción que encierra el pasado es ser considerado
la llave que nos permita abrir la puerta para la
interpretación del presente, pero no ya para
justificarlo sino para trascenderlo en una síntesis
superadora, revolucionaria. Esta alternativa teórica y
metodológica abreva en Carlos Marx y Federico Engels.
Sin embargo, en Argentina, como la versión que se
adopta de nuestro pasado es coincidente con la
historia oficializada por la oligarquía liberal, se
asiste a una comedia de enredos en la que los
revolucionarios terminan jugando a favor de la
contrarrevolución, como por ejemplo en 1955. La
versión eurocéntrica de la izquierda argentina que
acepta como verdadera a la historia mitrista, termina
negando con su práctica la utilización del método y la
teoría marxista. Es decir, si el pasado entendido como
llave para descifrar el presente y proyectar
conscientemente el futuro, es un fraude elaborado por
la clase dominante aceptado como verdad histórica por
parte de quienes intentan construir el socialismo, los
resultados obtenidos a la hora de la práctica
transformadora son inversos a los objetivos
explicitados. Pare revertir el equívoco se desarrolló
la izquierda nacional, cuyo punto de partida para
construir un futuro alternativo, pasa por investigar
(desde la metodología materialista y dialéctica)
rigurosamente el pasado negándole toda entidad a la
versión institucionalizada por la oligarquía (3). Sólo
así se podrá comprender el presente y proyectar con
una conciencia verdadera un futuro imbricado en la
liberación nacional y social. Cabe acotar que más allá
de diferencias teórico-metodológicas, el camino de la
revisión histórica unida a una práctica política
consecuente y transformadora, la izquierda nacional lo
ha recorrido junto al nacionalismo democrático(4) .
Ambos se retroalimentan desde sus identidades propias
en la comprensión de nuestro pasado y en la producción
del futuro.
El pasado como proyecto permanente de futuro, como
justificación conservadora del presente, como lectura
equivocada de los hechos sucedidos que termina
conspirando contra el objetivo reivindicado, o como
auténtica llave para interpretar y cambiar la historia
con nuestro pueblo como protagonista, son otras tantas
variantes del discurso en el que el pasado es
incluido. Pero también cabe su exclusión. La
posmodernidad intentó acostumbrarnos a esta
posibilidad que tenía antecedentes en las versiones
modernas más extremas del empirismo como el practicado
por una fracción de la sociología norteamericana
(tomar el dato actual tal como se presenta, sin
trasponer el mundo de las apariencias, privilegiando
la mera cuantificación del mismo). Cuando el pasado
desaparece como antecedente, o se lo diluye en una
nebulosa confusa de la que sólo queda lo anecdótico
(la historia transformada en pura literatura), el
presente encuentra dificultades para comprenderse y el
futuro deja de ser una posibilidad distinta al
presente que es. Fukuyama pretendió instalar su
profecía sobre el "fin de la historia" para
demostrarnos que sólo existe el presente, ya que la
economía de mercado y la democracia liberal habrían
resuelto todos los conflictos de la humanidad (5). Guy
Sorman lo completa sentenciando que "el futuro por
definición no existe". Menem fue uno de los muñecos
hipnotizados por esta filosofía de las apariencias,
sin pasado ni futuro, mientras los argentinos
pagábamos las consecuencias de semejante aberración
teórica y política.
Aparentemente de regreso de la exclusión del pasado
como llave para abrir puertas a la comprensión, y del
presente como tiempo único inscripto en la perspectiva
del pensamiento único, estamos tratando de construir
con numerosas dificultades un futuro alternativo. Para
ello necesitamos ingresar en el torrente popular de la
Nación, el que la nutre y da vida. Pero algunos desde
sus torres de marfil se aíslan. Dicen defender la
nacionalidad o el pueblo, según el polo político en el
que se ubiquen, pero están comprobadamente alejados de
ambos. Unos recurren al pasado como evasión nostálgica
del presente, entonces encuentran algún ejemplo
aislado y muy remoto para justificar simplificaciones
equivocadas ante procesos actuales y complejos; otros
viven en un eterno futuro, imposible de materializar
desde la falta de compromiso con las luchas presentes.
Como expresión de una constante histórica, están mas
unidos de lo que creen. Tanto los que se huyen hacia
atrás como los que lo hacen hacia delante, están
ausentes de la verdadera historia, esa que construyen
cada día con sus triunfos y derrotas los pueblos en la
nación que los contiene.
La Plata, noviembre de 2005
(1)Hernández Arregui Juan José: "La formación de la
conciencia nacional", Ed. Plus Ultra, 1973
(2)Durkheim Emile: "Las reglas del método
sociológico", Hyspamérica, 1982
(3)Ramos Abelardo: "Revolución y Contrarrevolución en
la Argentina", Ed Plus Ultra 1973 (5 tomos)
(4)Jauretche Arturo: "Política nacional y revisionismo
histórico", Ed. Peña Lillo 1975
(5)Fukuyama Francis: "El fin de la historia y el
último hombre", Ed. Hyspamérica 1992
Alberto J. Franzoia
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