Re: [R-P] D Irving - CUANDO LA PASIÓN CIEGA A LA HISTORIA

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Debate sobre el Holocausto
CUANDO LA PASIÓN CIEGA A LA HISTORIA
Eric Hobsbawm. Historiador
Clarin, Buenos Aires, domingo 2 de abril de 2000

Hace unos días concluyó en un tribunal británico
un caso legal muy importante para los
historiadores. David Irving, autor de numerosos
libros sobre la Segunda Guerra y el
nacionalsocialismo, demandó por difamación a la
académica estadounidense Deborah Lipstadt y a su
editorial, Penguin Books. Irving sostiene que, al
definirlo como mentiroso y "negador del
Holocausto", la profesora Lipstadt y su editorial
dañaron su credibilidad como historiador y sus
posibilidades de ganarse la vida. 

Irving no sólo rechazó las acusaciones que se le
hicieron, sino que sostuvo que la versión acerca
de los orígenes, la naturaleza y los alcances de
la llamada "solución final del problema judío",
enunciada por la profesora Lipstadt y otros
exponentes de lo que él denomina "la industria
del Holocausto", es históricamente insostenible. 

A diferencia de Irving, ella, de hecho, no se
basó en documentos originales, ni siquiera en un
conocimiento adecuado de cómo funcionaba el
sistema alemán. 

Esta fue la cuestión discutida durante semanas en
una sala de audiencias de la Justicia londinense.
El juez todavía no se ha manifestado y
naturalmente pronunciará su fallo sobre dos
cuestiones que son separables, por lo menos para
la ley británica: 1) si las declaraciones de la
profesora Lipstadt difamaron al señor Irving y 2)
si realmente fue así, cuál es el alcance del daño
que sufrió como resultado de tal difamación. La
segunda consideración no nos interesa aquí pero
la primera era y es una cuestión de fundamental
importancia para los historiadores. Tiene que ver
con la compleja relación entre la investigación
histórica y la opinión política, entre el juicio
histórico y el político. Porque esta no es una
controversia de pura erudición, ni para el señor
Irving ni para la profesora Lipstadt ni para
quienes comparten sus opiniones. Al contrario,
ambos están apasionadamente empeñados en sostener
sus respectivos puntos de vista sobre bases no
académicas. 

Es cierto que realmente son pocos los
historiadores que comparten las opiniones
políticas representadas por David Irving. El no
hace ningún esfuerzo por ocultar sus simpatías
por el nacionalsocialismo alemán, por la extrema
derecha de la posguerra y su antisemitismo.
Además, instintivamente, muchos de nosotros
estamos de parte de Deborah Lipstadt porque es
imposible no horrorizarse ante lo que les sucedió
a los judíos en Auschwitz y en otras partes. Por
eso es necesario, para los simpatizantes nazis,
tratar de negar directamente que haya ocurrido.
No obstante, es claro que también las opiniones
de Lipstadt representan una posición política
defendida apasionadamente, a tal punto que
quienes la sostienen están dispuestos también a
negar las críticas factuales. David Irving
demandó ante la Justicia a sus críticos. Pero
Daniel Goldhagen, que (en Los verdugos
voluntarios de Hitler) escribió una
interpretación judía del Holocausto rechazada
casi en forma unánime por los historiadores en la
materia, trató de silenciar a sus críticos y lo
mismo hicieron sus defensores. Es significativo
que el mismo historiador Christopher Browning
haya sido convocado por la defensa tanto en el
caso Irving como en el de la controversia sobre
Goldhagen. 

En realidad, mucho antes del juicio
Irving-Lipstadt yo traté de explicar su
naturaleza. Permítaseme una autocita: si faltan
las pruebas o si los datos son escasos,
contradictorios o sospechosos, es imposible
desmentir una hipótesis, por improbable que sea.
Las pruebas pueden mostrar de manera concluyente,
contra quienes lo niegan, que el genocidio nazi
realmente tuvo lugar, pero aunque ningún
historiador serio dude de que la "solución final"
fue querida por Hitler, no podemos demostrar que
verdaderamente él haya dado una orden específica
en ese sentido. Dado el modo de actuar de Hitler,
una orden escrita semejante es improbable y no
fue encontrada. Por lo tanto, si desbaratar la
tesis de M. Faurisson no resulta difícil, no
podemos, sin elaborados argumentos, rechazar la
tesis enunciada por David Irving. 

Esa es la esencia del problema. Habría sido más
cómodo que Irving pudiera ser acusado simplemente
de negar Auschwitz o de mentir sobre Hitler. Pero
él no lo hizo. Sostuvo que Hitler no quería, o no
era responsable del Holocausto, porque no existe
un documento escrito por Hitler que ordene la
eliminación de los judíos, y las argumentaciones
de Irving, basadas en un conocimiento notable de
la documentación, obligaron a gran parte de los
historiadores a reconocer, aun a regañadientes,
que no existe semejante documento. Con razones
óptimas, el consenso que prevalece entre los
historiadores individualiza en Hitler al
responsable de la "solución final" pero su
argumentación modificó la interpretación
histórica del Tercer Reich. Además, él no niega
que millones de judíos perecieron entre 1941 y
1945. No niega tampoco que un gran número de
judíos fue deliberadamente exterminado, y no sólo
víctima del cansancio, el hambre o enfermedades.
Lo que hace más bien es concentrarse en sembrar
la duda respecto de muchos de los "lugares
comunes" acerca del Holocausto -lo que podríamos
llamar la retórica pública, o la versión
hollywoodense del Holocausto, gran parte de la
cual no proviene de los historiadores serios que
indagaron sobre ese terrible tema. Y por ende
algunos de ellos, como bien sabe cualquier
especialista en esta área, tienen una postura de
apertura respecto de las críticas. 

Podríamos preguntarnos: ¿cuál es la relevancia
del caso jurídico "Irving contra Lipstadt" para
los historiadores? Ninguno de los protagonistas
es un típico exponente de la profesión histórica.
El señor Irving es un cruzado de su causa. Si no
se hubiera identificado con la causa de la
Alemania hitlerista, las familias de las
personalidades nazis no le habrían dado acceso a
los documentos que antes habían negado a otros
estudiosos o que les habían ocultado. De este
modo se volvió un experto en la materia. La
señora Lipstadt no es una historiadora
profesional y su reputación en este campo es
modesta. No se puede pasar por alto que optó por
no declarar en el juicio y no exponerse al
interrogatorio de su adversario.

En efecto, muchos de los nombres importantes en
la historiografía sobre el Tercer Reich y la
destrucción de los judíos europeos estuvieron
ausentes del caso. Es improbable, obviamente, que
apoyaran a Irving pero también es improbable que
aceptaran la excesiva simplificación del libro de
Lipstadt. Y sin embargo, su ausencia o reticencia
es preocupante. No se puede permitir que el
debate público sobre materias de una importancia
tan grande se desarrolle esencialmente entre
defensores de causas políticas.

Pienso que el silencio de los estudiosos expresa
las pasiones y las contradicciones que asaltan a
los historiadores que abordan temas sobre los
cuales para muchos de nosotros la neutralidad es
imposible aún hoy, en el momento en que
escribimos. Esto es más que evidente en el caso
del régimen o de los regímenes que produjeron el
Holocausto. Permítaseme repetir lo que escribí en
otra oportunidad a propósito del
"Historikerstreit" (controversia entre
historiadores alemanes) de 1980: "En la polémica
se planteaba si toda postura histórica con
respecto a la Alemania nazi que no fuera de
absoluta condena no implicaba el riesgo de
rehabilitar un sistema profundamente infame, o no
mitigaba, en todo caso, las acciones nefastas...
la fuerza de un método así es tal que, mientras
expreso estos conceptos, con cierto malestar me
doy cuenta de que podrían ser interpretados como
el signo de cierta "morbosidad hacia el nazismo"
y por lo tanto se vuelve necesaria alguna forma
de rechazo" ("De Historia", 275-6). Estos
sentimientos siguen siendo fuertes hoy y pueden
incluso ser reavivados por el retorno a la vida
pública, incluso a veces al gobierno, de
políticos o partidos identificados con el pasado
nazi, o descendientes del mismo, como sucedió
hace poco en Austria. 

El caso "Irving contra Lipstadt" tiene que ver
con la más emotiva de todas estas cuestiones, la
llamada "negación del Holocausto". Y sin embargo,
la misma expresión pertenece a una era en que la
condena moral reemplazó a la historiografía.
Justamente como el debate, si es que se lo puede
llamar así, sobre el que debe decidir un tribunal
británico. Dicho debate pertenece a la esfera de
la parcialidad política. Más allá de las
incertidumbres que rodean el tema, no es posible,
y nunca lo fue, negar la evidencia del genocidio
de los judíos (y los gitanos) perpetrado,
mientras estuvo en condiciones de hacerlo, por la
Alemania nazi. Ningún historiador que lo sea
habría considerado necesario impedir la
publicación de intentos evidentemente vanos de
negar lo innegable o de crear un delito de
"negación del Holocausto", como sucedió en
Alemania. Por otra parte, ningún historiador
serio negaría que hay lagunas o imprecisiones -en
cuanto a los hechos, números, lugares, motivos,
procedimientos y muchas otras cosas- que rodean
la historia del genocidio. 

El estudioso serio del tema, por lo tanto, trata
el genocidio como un área de estudio donde
desacuerdo y discusión, aun acerca de los
aspectos más indecibles -por ejemplo el número de
las víctimas, o la naturaleza y el alcance del
uso del gas Zyklon-B son naturales e
indispensables-. No puede reducir su función
esencialmente a la denuncia o a la definición y
la defensa de una versión aceptada de la verdad.
Y sin embargo, ése es justamente el peligro en
algunas lecturas del Holocausto sostenidas
apasionadamente, sobre todo las versiones que, a
partir de los años 60, fueron transformando cada
vez más la tragedia del pueblo judío de la Europa
continental durante la Segunda Guerra Mundial en
el mito legitimador para el Estado de Israel y su
política. 

Como a todo mito legitimador, la realidad lo
incomoda. Además, cada crítica del mito (o de las
políticas por él legitimada) está destinada a ser
calificada de algo similar a la "negación del
Holocausto". Los historiadores serios del Tercer
Reich, que son de una calidad poco común, no
tienen tiempo ni para Irving ni para Lipstadt.
Nunca hubo dudas sobre el hecho de que rechazan
el intento de Irving de distanciar a Hitler de la
"solución final", o el intento nazi de minimizar
o mitigar, por no decir negar, el genocidio. Por
otra parte, como bien lo prueba su casi unánime
reacción a la publicación del libro de Goldhagen,
también rechazaron lo que Ian Kershaw llama "una
interpretación simplista y desviada del
Holocausto". Y sin embargo, cuando los abogados
de los asesinos enfrentan a los abogados de las
víctimas, qué difícil es, aun después de más de
medio siglo, condenar con equidad los errores de
ambos, aunque por diferentes razones. El silencio
es más fácil. Claramente, algunos eligieron ese
camino. 

¿Estoy acertado? ¿O tenían razón aquellos pocos
estudiosos que decidieron aceptar la invitación
de la defensa, sobre todo para desacreditar las
afirmaciones de Irving, aunque indudablemente
conscientes de las carencias de Lipstadt? Estas
preguntas no pueden hallar respuesta en tanto no
se publiquen todas las actas del proceso. Serán,
seguramente, la base de uno o más libros.
Mientras tanto, la reticencia de los buenos
historiadores dejó la impresión de que la única
crítica pública a la falta de criterios
profesionales en gran parte de la difusión del
Holocausto proviene de un admirador de Hitler.

En todo caso, estas son cuestiones que demandan
un juicio político, que puede estar en conflicto
con el juicio histórico. Este es el tema sobre el
cual quiero atraer la atención. La profesión del
historiador es inevitablemente, y algunos dirían
por su propia naturaleza, política e ideológica,
aunque lo que un historiador dice o puede no
decir depende estrictamente de reglas y
convenciones que requieren pruebas y argumentos.
Y sin embargo, convive con un discurso
aparentemente similar acerca del pasado en el
cual estas reglas y convenciones no se aplican; y
donde se aplican por el contrario solamente las
convenciones de la pasión, de la retórica, del
cálculo político y de la parcialidad. Pero el
siglo XX fue un siglo de guerras religiosas,
durante el cual fue normal para los historiadores
considerar que debían juzgar en base a los
criterios de su profesión o en base a los de su
propia fe.

El caso que traté es típico de un período así. Y
no es el único. Las pasiones de esta era se
debilitaron pero todavía no desaparecieron. ¿Cómo
deberían comportarse los historiadores? Las
reglas de nuestra profesión deberían vedarnos
decir lo que sabemos que es erróneo o sospechamos
profundamente que lo es, pero la tentación de
refrenarnos de decir lo que sabemos que es cierto
sigue siendo muy grande. Aun los que nunca
tomarían en consideración la "suggestio falsi",
pueden encontrarse vacilando en la pendiente que
lleva a la "suppressio veri". 

No existe posibilidad alguna de que en cincuenta
o incluso cien años la memoria del Holocausto
pueda morir, pero esto no se deberá de ninguna
manera al caso al que acabo de referirme. Espero
realmente que los historiadores que se topen con
el caso "Irving contra Lipstadt" en sus
investigaciones lo consideren como una exposición
perteneciente a un museo de antiguedades
intelectuales olvidadas desde hace tiempo.

Pero para los historiadores de hoy, todavía
plantea serios problemas de juicio profesional y
moral. Aún nos queda un poco de camino por andar
para emanciparnos de la herencia intelectual de
la era de las guerras religiosas que dominó el
siglo XX. Tal vez debamos hacer el intento de
acelerar nuestra emancipación.

(c) La Repubblica y Clarín, 2000. Por Eric J.
Hobsbawm.
Traducción de Cristina Sardoy



	
	
		
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