[R-P] Para pensar el estallido: 5 sociologos opinan sobre la violencia en Haedo

INFOR-MET rmermet en yahoo.com.ar
Lun Nov 7 08:05:58 MST 2005


Que uno se defina claramente y se delimite
tajantemente de ciertos apologistas reivindicadores de
el nihilismo rompelotodo como el camino correcto de
construccion y acumulacion popular, (por considerar
que ello nos lleva a una via muerta), no implica que
no sea necesario, y hasta imprescindible tratar de
comprender el porque ocurren ciertas cosas, e incluso,
desde esta mirada mas abarcativa, llegar a asumir la
existencia de cierta legitimidad, en un marco
especifico y puntual.

Poco importa -desde ese punto de vista- si hubo "una
mano negra", dos o tres en Haedo. Si fueron los
seprines o los quebrachos, buscando cada cual
objetivos diferentes. Pues si el pasto no estuviera
seco, el fuego no ardería. (verdad de perogrullo).
Este reportaje que adjunto, creo que busca responder a
la pregunta sobre porque el "pasto esta seco".
 

Van aqui algunas opiniones, variadas, que sin duda
ayudan a mirar el tema, con una perspectiva mas
abarcativa, y por lo tanto, eficaz, para evitar atajos
esquematistas y empobrecedores.  

Rolo
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Para pensar el estallido

¿Episodio aislado o síntoma de un hartazgo
incontenible? Las llamas que se comieron la estación
de Haedo dispararon interrogantes sobre la contención
social, el nivel de representación de la política y la
marginalidad. Página/12 habló con cinco cientistas
sociales sobre el conflicto.
      
   
HUGO QUIROGA
Sociólogo.

–¿Cómo analiza el conflicto que surgió en Haedo?
–Un elemento que puede ayudar a pensar es el concepto
de anomia, una situación social donde las normas que
están regulando el comportamiento de la sociedad han
perdido vigencia. Lo que la caracteriza es una falta
de efectividad de las normas que están amenazadas,
pero tiene que ver con una sensación de impunidad. Los
usuarios de estos trenes que son maltratados por la
empresa sienten que hay una situación de impunidad de
la empresa. Ven que las protestas, las quejas y los
reclamos no tienen un público favorable. Esto lleva a
esa suerte de indisciplina social, que puso en
emergencia la furia de los pasajeros. Esto se vincula
a una falta de ejercicio de la autoridad política, que
no pudo resolver el problema de la calidad de vida de
los ciudadanos. Ese malestar estalló en este momento,
en el que el cansancio llegó a su punto límite. Allí
el Estado revela una falta de autoridad frente a la
empresa. El transporte hace a la vida cotidiana de los
ciudadanos, donde se manifiesta el malestar.
–¿Hay una crisis de representación?
–Sí, es central. A pesar de las elecciones que
tuvieron cerca de un 70 por ciento de representación
electoral, no ha desaparecido. Lo que está en crisis
es el vínculo entre representantes y representados.
Este vínculo se centra en la confianza y no se ha
reconstituido la confianza. Sería erróneo pensar que
se ha borrado la crisis de representación, que tiene
una manifestación muy clara: una tendencia a la
disolución de los partidos nacionales, se pueden
contabilizar más de 1100 partidos nacionales. Esta
atomización en el sistema de partidos quiere decir que
hay una crisis de representación y una crisis de la
dirigencia política.
–¿El enojo también se manifiesta en las protestas de
los sindicalista ferroviarios?
–Estamos viviendo una situación en la que millones de
argentinos no tienen trabajo ni afiliación sindical.
Tenemos una estructura social diferente que configura
una Argentina dual. Es evidente que falta solidaridad
de los ciudadanos desamparados frente a los
trabajadores que hacen huelga por algo que es justo.
–¿Cómo ve el ataque que sufrió el periodismo?
–Eso me llamó la atención. No sé si el repudio a los
medios fue para que estos actos de vandalismo no
fueran registrados y no hubiera posibilidad de
sanción. Es evidente que eran conscientes de que lo
que estaban haciendo no era lo que tenían que hacer.

ALCIRA ARGUMEDO
Socióloga.

–¿Qué elementos permiten pensar el conflicto en Haedo?
–Creo que hay dos ejes: el primero es el hecho de que
se está llegando a un nivel de saturación sobre la
impunidad de las privatizadas. Es como que hicieron
buena letra hasta las elecciones y ahora van a empezar
a presionar para subir las tarifas. Los trenes son
paradigmáticos: retrasos de 20 minutos que a muchos de
los pasajeros les implica perder el presentismo. Esto
en una sociedad que sigue repudiando a la política,
con un porcentaje de ausentismo del 70 por ciento y un
10 de voto en blanco. Hay un malestar en la población
que puede manifestarse en protestas legítimas de los
usuarios. Es como un gran llamado de atención. No se
trata de hacer correcciones en los aspectos más
groseros del sistema neoliberal, sino de dar una
vuelta de 180 grados.
–¿Qué instituciones contenían este malestar?
–Creo que esto se vino desintegrando junto con el
verdadero estallido de las estructuras sociales. Una
sociedad que en 25 años pasa del 7 al 50 por ciento de
pobreza es una sociedad que se ha desintegrado en sus
bases sociales. Con el 38 por ciento de los trabajo en
negro, da cuenta de una desintegración del tejido
social. Las antiguas formas de representación como
fueron las fuerzas partidarias y los sindicatos han
perdido legitimidad, por corrupción y falta de
grandeza.
–¿Algo así estaría ocurriendo con las concesiones de
los trenes?
–Exactamente, después de la barbarie que se hizo por
los trenes –de los pueblos fantasma que quedaron por
el cierre de vías– este gobierno reitera su vocación
de volver a privatizar, en vez de buscar nuevas formas
de participación más transparente. Se está permitiendo
la impunidad de estos grupos económicos financieros.
El mensaje que se da a la sociedad explícita o
implícitamente es: acá la impunidad de los poderosos
seguirá sin ser tocada. Si bien en el campo de
derechos humanos la política ha sido impecable, en el
de la corrupción deja mucho que desear... y esto se
percibe. Este tipo de cosas son las que estallan en
Haedo.
–¿Cómo analiza los conflictos previos a Haedo entre
pasajeros y sindicatos?
–Esto forma parte de la misma dinámica de
debilitamiento de demandas legítimas, a través del
enfrentamiento de pobres contra pobres. Esto también
pasó cuando se privatizaron los trenes. Hicieron
paros, se pelearon con los usuarios y se debilitaron.

ALEJANDRO ISLA
Antropólogo.

–¿Qué tipo de violencia apareció en Haedo?
–Son estallidos que se producen a partir de la presión
de muchos años de intolerancias, por una situación de
mucha compresión. Pueden estallar, como lo de Haedo,
donde yo creo que debe haber habido un componente de
sabotaje. La gente puede romper un vidrio de un vagón,
pero me resulta extraño que quemaran la estación.
Algunos componentes son extraños...
–¿Qué produce una situación de este tipo?
–En la Argentina hay una situación estructural de
transformación de procesos de violencia. Lo de
Avellaneda no tiene nada que ver con lo de Haedo. No
tienen que ver las causas, ni las razones, como
tampoco lo de Magdalena, 20 días antes: pero son
formas de explosiones que se producen por una
situación de presión.
–¿De dónde viene esa presión?
–De los grandes cambios en la estructura social, que
empiezan un poco antes de la dictadura, con el
Rodrigazo. Implicaron desindustralización,
concentración económica, aumento del gasto público.
Desde la perspectiva de los sectores populares hay una
pérdida de puestos de trabajo y una precarización del
trabajo. Si en Argentina existió un Estado de
bienestar no era sólo por la cantidad del dinero que
se ganaba, sino una cuestión simbólica. A partir del
trabajo se tenía una vinculación con la Nación, con la
sociedad, con el sindicato. Se era ciudadano en
relación con el trabajo. La identidad social no es
sólo cobrar un salario a fin de mes, sino que hay una
cuestión simbólica. Y esto al romperse con la
dictadura y luego con el neoliberalismo –y el
menemismo fue como más allá de la media del
neoliberalismo en América latina– generó una o dos
generaciones de gente que son nietos de tipos que
trabajaron, pero que no conocen el empleo. Son
procesos de desocialización, que generan una olla a
presión. La violencia nunca tiene una causa, sino que
es multicausal. 
–¿En los saqueos posteriores influye la marginalidad?
–Sí, es gente que no se puede decir que eran
activistas. Robaban a cara descubierta. Eso es
espontáneo, no organizado. Son pibes que están al
borde de la sociedad. Son producto de la falta de
instituciones que fueron contenedoras y generadoras de
identidad simbólica. Hay pibes que al padre no lo
conocieron, que la vieja tiene que salir a laburar
para parar la olla, se están criando en la calle.
–¿Cree que existe una percepción del desamparo en los
pasajeros?
–Se percibe por varios lugares este desamparo: más
grave que los trenes es el tema de las cárceles. Si
uno dimensiona los 30 muertos en Magdalena, es
gravísimo. La mayoría eran procesados y de sectores
populares. Cuando uno analiza esta cantidad de muertos
en Córdoba, las denuncias en la cárcel de Mendoza,
prácticamente el Estado no está garantizando la vida.
No digo que lo de los trenes no sea grave, pero hubo
un hecho positivo al otro día, cuando se hace una
manifestación colectiva, como desagravio a lo que
había pasado, pero al mismo tiempo denunciando a la
empresa que tiene la concesión de ese ramal, que
registra incumplimientos flagrantes. Y es el
intendente de ese lugar, Martín Sabbatella, el que se
pone adelante de la movilización de los vecinos y
cumple esa doble función. Es interesante para pensar
el tema de la representatividad. 
–¿Y el repudio que sufrieron los sindicatos?
–Desde el sindicato aparece Pedraza, que fue el
artífice con el menemismo de las privatizaciones. Se
genera un conflicto entre los cuerpos de delegados,
que son más representativos que la cúpula. Los
pasajeros representan el hastío donde se produce este
tipo de explosión. Pero para quemar un vagón tenés que
tener más elementos. Yo no creo que los pasajeros, por
más bronca que tengan, funcionen con esa
perseverancia.

JUAN MANUEL ABAL MEDINA (h)
Politólogo, funcionario porteño.

–¿Cuáles son las causas de este estallido?
–La reacción inicial es un enojo frente a la política
de los noventa. No creo que haya falta de contención
política. El accionar del gobierno de Morón y la
política general del gobierno nacional de ponerse
firme con las concesionarias fueron claros. ¿Cuál es
el problema? Las políticas de los noventa que
permiten, con contratos armados a medida, el estado de
las concesiones.
–¿Cree que este malestar puede extenderse a otras
situaciones?
–No. Fue un estallido, una acción colectiva puntual,
que existe frente a un reclamo no solucionado. Es un
hecho aislado en sí mismo, que se explica por el
servicio pésimo. 
–¿Por qué cree que el hartazgo también alcanza al
sindicato, cuando son los ferroviarios los que hacen
huelga?
–Los cortes le impiden llegar a tiempo al pasajero a
un trabajo que le retribuye un salario escaso. Es un
cansancio con respecto a las consecuencias de los
noventa: el desempleo y la política de concesiones en
los noventa. Los piquetes y lo ocurrido en Haedo son
hechos muy diferentes, pero la explicación última es
la misma. Este cansancio se está canalizando desde la
política para frenar estas acciones. Desde ciertas
políticas de contención a los cortes de calles y una
política más dura frente a los servicios públicos
privatizadas. Las empresas daban por hecho que podían
aumentar las tarifas y no fue así.
–Los pasajeros no parecen percibir cambios en las
condiciones en las que viajan...
–Esas soluciones van a llevar tiempo y van a requerir
inversiones concretas de las empresas. El estallido
fue producto de la crisis y el hartazgo ante las
consecuencias concretas en las políticas aplicadas en
la pasada década, que generaron pobreza y desempleo y
un marco muy agresivo ante el ciudadano. Uno escuchaba
a los que protestaban: “Y encima gano 600 pesos”. Esto
pone en escena las consecuencias de la década pasada.

ROBERTO GARGARELLA
Sociólogo, abogado constitucional.

–¿En qué se quedó pensando al ver los incidentes?
–Tenemos que pensar por qué se reacciona con golpes y
por qué esos golpes son vistos con sentido de
justicia. Es lo que hay que destacar de todo esto, la
pérdida paulatina de un sentido de espacio público
compartido. A la gente cada vez le cuesta más entender
que los trenes o los teléfonos son bienes que nos
pertenecen a todos.
–¿A qué podemos atribuir este fenómeno?
–A las políticas que se han venido tomando desde hace
años. Se ha descuidado sistemáticamente un aspecto que
va más allá de ordenar las cuentas, y que pasa por una
despreocupación de fortalecer los vínculos de
integración social. Tenemos que preguntarnos por qué
hay ciudadanos que destrozan bienes comunes y que no
ven en esos actos manifestación alguna de agravio
hacia la sociedad sino que, por el contrario,
encuentran en ellos un sentido de justicia.
–Parecería que la culpa de todo la tiene el Estado...
–Y si no hay una política que alimente el compromiso
cívico, ¿cómo podemos pedirle luego a la ciudadanía
que se haga cargo? Hay que repensar la concepción en
torno a lo que se define como espacio público.
Insisto, tenemos que pensar por qué se reacciona a
partir de los golpes. Una de las respuestas es porque
flota un sentido de injusticia tal, que el destrozo
termina siendo visto como acto de justicia.
–¿Se puede afirmar que esto refleja cierta crisis en
los esquemas tradicionales de representación?
–En parte, pero esto pasa más bien en cómo se concibe
una buena política y también por la percepción de un
Estado que no está cuando se prende fuego un local, o
un servicio como el tren pertenece a aquellos que se
benefician a nuestra cuenta, dándonos poco a cambio.
Son todos síntomas, que si se unen no sólo muestran la
ausencia del Estado sino también una negligencia con
los vínculos sociales.

Reportajes: Werner Pertot y Carolina Keve. 



	


	
		
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