[R-P] Fukuyama y el Estado

Víctor Morón victor_moron en cantv.net
Sab Nov 5 18:42:24 MST 2005


[Demasiado optimista el título "El giro estatista de un liberal", pero no
deja de ser interesante.

Por ejemplo, cuando dice "...creo que en ciertos países se malinterpretó el
principio de que había que achicar sólo el Estado. En otros países, y no es
tanto el caso de la Argentina, en lugares mucho más pobres, como en el
Africa subsahariana, creo que la presión por reducir el sector estatal del
programa de ajuste estructural que exigían los préstamos fue utilizado por
esos gobiernos para deshacerse del sector equivocado del Estado. Eliminaron
la parte buena del Estado — la burocracia racional— y se las arreglaron así
para desviar la presión de su clientelismo esencial". No está hablando de
los servicios públicos ni de la posibilidad de hacer políticas económicas
sectoriales, sino de "la burocracia racional" ¿Se referirá a los tecnócratas
de Cavallo?

Sobre "El Fin de la Historia": "Mi intención fue siempre hacer una pregunta
más que una declaración. Una pregunta sobre la modernización: ¿el proceso de
modernización apunta en una o en múltiples direcciones? Todavía creo que
apunta en una dirección, aunque con variaciones importantes en el medio.
Pienso que sigue siendo una cuestión relevante". ¿En una dirección, aunque
con variaciones importantes en el medio? ¿Variaciones de qué? ¿De dirección?
¿O sea que apunta en una dirección, pero también en varias? Ni Cantinflas,
vea].


ENTREVISTA A FRANCIS FUKUYAMA
El giro estatista de un liberal

Tras anunciar el "fin de la historia", Francis Fukuyama dice ahora que es
urgente fortalecer el Estado. En su último libro asegura que los Estados
débiles son causa de casi todos los males: "pobreza, sida, droga,
terrorismo". A punto de llegar a Buenos Aires, donde participará con
prestigiosos intelectuales de un seminario sobre la brecha entre EE.UU. y
América latina, habló con Ñ de los "errores" de aplicación del programa
neoliberal, del fracaso en Irak y de las "malas decisiones" de Menem que
arruinaron a la Argentina.

JOSE FERNANDEZ VEGA.

A comienzos de los 90, un liberalismo exultante por el inesperado triunfo
sobre su último enemigo secular, el comunismo, ofreció al mundo un programa
destinado a ganar un amplio e inmediato consenso. Ese programa prometía
prosperidad para todos, paz mundial y plena libertad política. Consolidado
por el consumo de masas, la innovación a todo nivel y la unificación
financiera y electrónica del planeta, un nuevo mundo se disponía a entrar en
la fase más uniforme de su historia. En ella, al parecer, todas las
comunidades nacionales aspiraban a instalar o perfeccionar una democracia
capitalista. Como ningún otro podía ser el objetivo de la política racional,
esto quería decir que la historia había llegado a su fin. El liberalismo se
había quedado sin rivales de consideración.

No se debe entender que con el "fin de la historia" el progreso se fuera a
detener; al contrario, no había posibilidades de evolucionar sin mercado
desregulado ni elecciones libres. Se trataba más bien de que las
alternativas "históricas" se habían vuelto indeseables o irracionales:
comunismos arqueológicos o fundamentalismos religiosos asfixiantes. Fue
Francis Fukuyama quien plasmó la fórmula emblemática del eufórico clima
ideológico de los años 90, con un núcleo argumental capaz de hacer frente a
las objeciones. De manera irónica, y al menos momentánea, la historia estaba
de su parte.

Tres lustros después de la publicación del ensayo que hizo famoso a Fukuyama
—y del que ahora, según dijo a Ñ, prepara una nueva edición—, ese optimismo
ya no caracteriza el panorama internacional. El fin de la historia, como
programa de modernización, entró en una fase turbulenta. La principal
potencia militar ya no puede asegurar la estabilidad mundial. Sus
intervenciones suscitan antipatía. La admiración que en su momento despertó
el modelo estadounidense mutó en un difundido sentimiento antiimperialista
que analistas como Fukuyama denominan "antiamericanismo". Es cierto que las
guerras entre naciones casi han desaparecido tras la caída del muro de
Berlín. No obstante, en el interior de muchos países pobres la violencia
política o la abierta guerra civil se han vuelto habituales. En las
sociedades ricas, la reacción contra esa modernización llegó a adquirir un
rostro atroz. Los recientes atentados en el subterráneo de Londres
evidenciaron que "el peligro fundamentalista" se generaba en los suburbios
de su majestad y no en remotas comunidades tradicionales. Los "terroristas
islámicos" eran ciudadanos británicos, inmigrantes de segunda generación.

La etapa pinochetista de Chile, sugiere Fukuyama en esta entrevista,
constituye un modelo "exitoso" de implantación del experimento neoliberal;
aunque de este lado de la cordillera, este experimento desencadenó la mayor
catástrofe de la historia nacional. Como sea, incluso tras algunos lustros
de restauración democrática, los pobres de Chile todavía aguardan el
prometido derrame mientras el país exhibe contantes tasas de crecimiento. El
monopolio liberal del mundo acabó plasmando un panorama de gran desigualdad
que, para sus promotores iniciales, resultó redituable pero muy inseguro.
Por eso Fukuyama dirigió su atención a la institución central de la vida
política: el Estado.

Históricamente, el Estado cumple la función de controlar la violencia dentro
de una jurisdicción territorial. Al menos para algunas culturas políticas
(que los neoliberales estadounidenses deploran), el Estado también es el
encargado de evitar una polarización social extrema. En su ambición por
liberar a la economía de cualquier traba, las políticas triunfantes en los
años 90 atrofiaron o anularon las posibilidades del Estado para impedir la
violencia, el aumento de la miseria o la explotación irrestricta del trabajo
humano. Fukuyama estima que es hora de restaurar la soberanía estatal. En su
último libro, La construcción del Estado, escribe: "En este libro defiendo
la construcción del Estado como uno de los asuntos de mayor importancia para
la comunidad mundial, dado que los Estados débiles o fracasados causan buena
parte de los problemas más graves a los que se enfrenta el mundo: la
pobreza, el sida, las drogas o el terrorismo". Al tratar de fundar el orden
mundial en el fortalecimiento de los Estados, Fukuyama se opone al dogma
neoliberal del Estado mínimo. Según el liberalismo clásico, el Estado se
inmiscuye demasiado en la vida privada bloqueando las iniciativas
individuales. Cuanto más restringido sea su papel, la sociedad que lo sufre
como un mal necesario (por seguridad) disfrutará de mayores estímulos para
multiplicar la riqueza y garantizar la libertad personal.

Algunos de quienes sólo veían en el Estado un factor de distorsión económica
(demasiada intervención, pésima gestión, impuestos exorbitantes) y
recomendaban reducirlo al mínimo, impulsan ahora su reconstitución. En el
panorama que observaron más allá del Estado, los partidarios de la libertad
económica no encontraron esa apacible anarquía de mercaderes intercambiando
bienes y servicios por sano egoísmo, sino la guerra civil y la miseria, la
inestabilidad regional y la inseguridad global. ¿A qué se debió la inicial
aceptación del consenso de Washington neoliberal? Es que el Estado había
sido una fuente principal de padecimiento popular en el siglo XX.
Desencadenó guerras mundiales y organizó exterminios masivos, postró
poblaciones y reprimió generaciones enteras. Pero después de que una
economía desbocada lo neutralizó, a comienzos del siglo XXI, liberales como
Fukuyama impulsan su recomposición, motivados por razones de seguridad
propia. Un mundo sin Estados se les aparece ahora como un mundo peligroso,
lleno de terroristas, señores de la guerra y atentados suicidas. Para zonas
enteras del planeta, insinúa Fukuyama en su libro, el remedio estatal —viejo
como Thomas Hobbes pero recién descubierto por algunos liberales— quizá
llegue demasiado tarde.

Fukuyama, en tanto, llegará la próxima semana a Buenos Aires. Dictará el
miércoles una conferencia en la Universidad Di Tella y participará, el 10 y
11, de un seminario sobre la brecha entre Estados Unidos y América latina.
Desde su oficina en Washington, responde animado: "No voy a la Argentina
desde 1999, antes de la crisis. Tengo muchas ganas de volver y charlar con
gente."

- —¿Por qué piensa que las políticas del llamado "consenso de Washington"
produjeron resultados tan uniformes y el debilitamiento de la estructura del
aparato estatal en todos los países en que se implementó?
- —Bueno, no creo que haya sido el mismo caso en todos lados. Por ejemplo,
sabrá que Chile, en algún sentido, fue el primer país en implementar una
gran parte del consenso de Washington en los 80 y 90, y le ha ido muy bien.
Creo que lo que pasó fue que a fines de los 80 y principios de los 90 hubo
un apuro excesivo de quitar todo lo que fuera posible del sector estatal,
sin un énfasis paralelo en fortalecer otras instituciones. Hubo un evidente
problema con el timing (tiempo de implementación). Por ejemplo, en Tailandia
y Corea del Sur fue necesario que funcionaran mejores sistemas regulatorios
antes de liberalizar los mercados de capitales, y cosas por el estilo.
Entonces creo que en ciertos países se malinterpretó el principio de que
había que achicar sólo el Estado. En otros países, y no es tanto el caso de
la Argentina, en lugares mucho más pobres, como en el Africa subsahariana,
creo que la presión por reducir el sector estatal del programa de ajuste
estructural que exigían los préstamos fue utilizado por esos gobiernos para
deshacerse del sector equivocado del Estado. Eliminaron la parte buena del
Estado — la burocracia racional— y se las arreglaron así para desviar la
presión de su clientelismo esencial.

- —¿Le parece que se trata de "errores de implementación", como dice en "La
construcción del Estado"? ¿No cree que hay errores doctrinarios más
profundos?
- —Para mí, contestar esta pregunta fue uno de los motivos por los cuales
escribí ese libro. No es exactamente un error doctrinal porque si uno
pregunta a los economistas que crearon el consenso de Washington: ¿No piensa
que la capacidad del Estado es sumamente importante en estas áreas
residuales donde el Estado es necesario?, todos le dirían:¡Por supuesto que
sí! Pero creo que hubo un poco de confusión entre lo que yo denomino el
"alcance del Estado" y la "fuerza del Estado". Porque existía esta sensación
generalizada de que el Estado simplemente tenía que achicarse, sin tener a
la vez una comprensión clara de que había partes que tenían que
fortalecerse, en términos de rendimiento.

- —Recién mencionó los éxitos de estas políticas aplicadas en los 70 y 80 en
Chile. ¿Cómo explica, comparativamente, la evolución de la Argentina?
- —Creo que es todo política. Las cosas andaban bien en la Argentina
hasta... Bueno, muchas cosas se echaron a perder a fines de los 90. Y
probablemente lo más importante fue sólo una serie de malas decisiones de
Carlos Menem. Especialmente, intentar postularse para un tercer mandato. Al
usar todo su capital político para extender su propia carrera presidencial
terminó dilapidando toda su disciplina fiscal. Y después entró en una
competencia desgastante con Eduardo Duhalde por la lucha por el liderazgo
del partido peronista, y como resultado desperdició su legado. Creo que
además está el problema estructural del federalismo argentino, que no existe
en Chile. Chile es un Estado unitario, por lo tanto cada decisión que se
toma en Santiago se aplica en todo el país; entonces sólo existe el problema
del presupuesto. En la Argentina, como los subsidios a los estados
provinciales se negocian, los gobernadores se pasan todo el tiempo
negociando; y está todo este juego de favoritismo y de sobornar a los amigos
y aliados. Eso es algo que van a tener que solucionar si quieren pasar a la
próxima etapa de reformas.

- —En su libro afirma que, en la ausencia de una demanda interna por mejores
instituciones, las soluciones sólo pueden provenir del exterior, bajo formas
que van de la cooperación política hasta la invasión y la tutela militar.
¿Qué papel juega la soberanía nacional? ¿No hay un tono escéptico en su
libro en relación con estas soluciones?
- —Mi opinión general sobre el desarrollo político y económico es ésta:
ninguna sociedad se desarrolla jamás por presión externa. Tiene que venir
desde adentro de la sociedad. Habitualmente, a través de las elites
políticas, pero también, a veces, a través de la presión de la sociedad
civil en sentido más amplio. Si no se tiene la voluntad política de efectuar
reformas y de construir instituciones, no va a funcionar. Por cierto, las
reformas no van a darse sólo porque el Banco Mundial o el FMI obliguen a
hacer algo. Como hemos visto en Irak, tampoco funciona cuando se ocupa un
país con un ejército; por lo tanto, el papel de los que vienen de afuera
debe ser facilitar transformaciones internas. Pero si no se organizan bien
las políticas internas va a ser difícil progresar.

- —¿Como evalúa la situación actual en Irak? ¿Piensa que Irak seguirá el
derrotero de Haití o el "éxito" de Corea del Sur?
- —Soy bastante pesimista sobre Irak porque me parece que no hay un consenso
sobre la naturaleza fundamental del país. La Constitución acaba de ser
aprobada y ya hay un sensación en la comunidad suni de que la Constitución
es ilegítima. Esto no es una buena señal para el futuro. Pero sí creo que
hay una posibilidad de que se los convenza de aceptar el proceso en estos
meses, de modo que no me desesperaría en este momento.

- —En la reacción de la administración Bush a la catástrofe del huracán
Katrina ¿hubo un error administrativo o fue algo más grave, parecido a las
deficiencias de la administración pública del tercer mundo?
- —Es complicado. Muchos europeos dicen que esto revela la bancarrota de
todo el modelo social americano, y no estoy de acuerdo con eso. Hay algo de
eso, pero el modelo europeo también tiene muchos problemas. Creo que sin
duda fue un fracaso a nivel del gobierno federal y del gobierno local; una
falta de preparación para este tipo de desastres. La gobernabilidad ha sido
débil. Pero, sin embargo, diría que esto no se va a repetir en el futuro
próximo, al menos no en esta zona. Son ese tipo de crisis que movilizan a la
gente para solucionar problemas; es lo que empezamos a ver.

- —Aquí va a disertar sobre las desigualdades entre América latina y en
Estados Unidos ¿Cómo evolucionará esta relación?
- —El destino de ambas mitades del hemisferio occidental es acercarse. Hubo
mucha controversia en los Estados Unidos por la inmigración latinoamericana
—es inevitable—, pero creo que nuestra proximidad geográfica significará una
convergencia creciente. No soy tan pesimista sobre el futuro de
Latinoamérica como otros analistas. A pesar de todos los problemas de la
Argentina y los países andinos —Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú—, creo
que hubo cosas positivas, como el desarrollo industrial en México y Brasil.
Que la democracia argentina haya sobrevivido a la crisis también es
positivo. Hay que pasar a la próxima etapa del desarrollo de las
instituciones fuertes. Es lento, pero algún día ocurrirá.

- —Usted se hizo conocido en el mundo entero por "El fin de la historia"
¿Cómo convive con aquella tesis? ¿Sigue representando su forma de pensar?
- —Estoy por publicar una nueva versión y estoy escribiendo un nuevo
prefacio para la próxima edición. Mi intención fue siempre hacer una
pregunta más que una declaración. Una pregunta sobre la modernización: ¿el
proceso de modernización apunta en una o en múltiples direcciones? Todavía
creo que apunta en una dirección, aunque con variaciones importantes en el
medio. Pienso que sigue siendo una cuestión relevante.

Colaboró Andrés Hax.





Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular