[R-P] Hipócritas mariconadas sobre "La Caída"
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Mayo 29 09:24:43 MDT 2005
León Uris era un buen escritor, eso no se le puede negar.
Especialista en versiones "progre" de historias heroicas para consumo
de comunidades europeas en EE.UU., muchos lo conocen por la novela
"Trinidad", destinada al mercado irlandés. Obviamente, una novela
proirlandesa (hay que vender). La mayoría, sin embargo, lo recuerda
por "Éxodo", escrita a principios de la década del 50 y destinada al
mercado judeonorteamericano. Obviamente, una novela sionista.
Entre otras cosas, y seguramente en el afán de que los
norteamericanos sintieran simpatía hacia el nuevo país, un pasaje de
"Éxodo" afirma que la bahía de Haifa se parece a la de San Francisco.
A mí, debo decirlo, no me pareció así.
Haifa es una ciudad construida sobre las laderas del Monte Carmelo,
que en ese sitio se hunde a pico en el Mediterráneo. Conviene
describirla en sentido vertical.
El bajo, cuando estuve allí más de treinta años atrás, me recordó
vagamente al Paseo Colón (o la avenida Leandro N. Alem) de la Buenos
Aires de entonces: una ancha avenida cercana al puerto, con altos y
frondosos árboles que sombreaban veredas donde diversos negocios
demostraban el carácter esencialmente marítimo de la zona. El sitio
tenía la sordidez habitual en esos rincones perdidos del viejo
Imperio Británico, donde piringundines de cuarta se mezclan con
hoteluchos de mala muerte y los marineros bajan a liquidar soledades
en alcohol berreta y amor al contado.
El alto, en cambio, es la zona rica. Luminosa, soleada, coqueta.
Cafés con mesitas en las amplias veredas. Bonita gente, alta, rubia,
muy alemana.
Muy alemana, en efecto.
Nada que ver con San Francisco.
Más bien era como trasladarse a alguna ciudad renana de la década del
30, antes de Hitler. O, si se me permite como porteño viejo, a
algunos rincones de Belgrano cuando en ese barrio residía la muy
cerrada comunidad alemana de Buenos Aires.
Muchísimo tiempo después entendí este carácter germánico de Haifa
(podía haber agregado el balneario de Natanya, pero ése no llegué a
visitarlo).
Descubrí, entre otras cosas, que lejos de lo que se supone el
sionismo mantuvo importantes contactos con el régimen nazi. Y que de
uno de esos contactos surgió un convenio, el "Traslado" (Ha'avará en
hebreo), que fue el verdadero origen de la burguesía israelí.
Para decirlo en pocas palabras, la Ha'avará fue un acuerdo por el
cual Alemania entregaba a la comunidad judía de Palestina una enorme
cantidad de materiales y equipos, además de capitales, a cambio de
que los judíos palestinos se llevaran judíos de ese país. Se los
llevaron, en efecto. Seleccionaron los "más aptos", y se llevaron
equipos, dinero y gente. Construyeron así una burguesía comercial e
intelectual a partir del antisemitismo furioso de los nazis. El
Tejnión, el gran instituto tecnológico de Haifa, se potencia en esa
época.
Pero hay mucho más: sobre la Ha'avará se contruyó toda la red de
riego de Israel, la empresa Mekorot. Esta empresa estatal, que fue
durante décadas el verdadero corazón del Estado judío, fue construida
por lo tanto gracias a un acuerdo entre los rudimentos de ese Estado
y el nazismo.
La jugada de los nazis era clara: no hacían ascos a nada, si se
trataba de quitarle a los ingleses el control del Medio Oriente.
Apostaron a los sionistas como también apostaron a los árabes (lo
mismo hacían los ingleses, y no sé si los franceses). Coincidían en
algo con los sionistas: los judíos son inasimilables. Disentían
brutalmente en la solución, pero con esa coincidencia básica y con el
interés común en desbancar a Inglaterra se lanzaron a la aventura.
Entonces, la burguesía israelí se tiñó fuertemente de un tinte alemán
de Weimar. De allí que Haifa, en mi experiencia, no se parezca tanto
a San Francisco como a ciertos tramos de la calle Cabildo un sábado
por la tarde.
¿A qué viene esta reminiscencia?
Viene a cuento de las reacciones burguesas, recogidas hoy en La
Nación, sobre (a) las "revelaciones" sobre la culpabilidad de Albert
Speer, el arquitecto de Hitler, y (b) la película "La Caída".
Ahora se sabe fehacientemente, sin lugar a duda alguna, que Speer no
era un "técnico engañado" sino un partícipe interesado en el régimen
hitleriano. Que se podía ser nazi y al mismo tiempo cultivar las más
nobles formas de la cultura. Que el nazismo no era una degeneración
de pocos enloquecidos que, inexplicablemente, le sorbieron el seso a
una gran nación tolerante.
Vaya novedad. Solo por eso, y pese a todo, no había equivalencia
entre los protagonistas de la lucha de la URSS stalinista y la
Alemania hitleriana. La victoria final del régimen imperialista
sobre el intento de socialismo de la URSS hizo que muchos, incluso
muchos antiguos socialistas, olvidaran esta lección elemental de la
historia. Speer, como tantos otros, esperaba quedar del lado
"aliado" y no del lado "ruso". Porque sabía que los rusos tenían muy
en claro el carácter estructural y sistémico del régimen, que no
creían que había "burgueses buenos" y "burgueses malos" sino que la
Alemania nazi no era sino la más depurada expresión de aquello que es
el capitalismo en su etapa imperialista.
Y la contracara de esto es la película "La caída", donde los últimos
días de Hitler pasan por la pantalla a través de la mirada amorosa de
su secretaria personal. Los mismos que "no vieron" los crímenes que
había cometido Albert Speer le critican ahora a "La Caída" el
tratamiento humano de Adolfo Hitler.
Pero se trata de hipócritas mariconadas.
El stalinismo presentó la Segunda Guerra Mundial como una lucha entre
las "democracias" y el "fascismo". Era, sin embargo, una lucha entre
el socialismo y el régimen imperialista. El segundo ha vencido, por
ahora. Y éste es el mundo que tenemos.
La película "La Caída" no hace sino confirmarlo.
De aquí a cien o doscientos años, si todavía existe la humanidad y el
régimen capitalista no nos llevó al holocausto nuclear en su
desesperada caída, alguien exhumará las grabaciones personales de la
secretaria de George Bush. Ese día se hará una película (o su
equivalente de esos tiempos) donde se revelará que así como ningún
gran hombre es grande para su mayordomo, ningún criminal es un
criminal para su secretaria.
Sin hipocresías, ni mariconadas. Espero.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
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