[R-P] Lo que faltaba del texto de Pancho Pestanha

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Mayo 27 07:54:56 MDT 2005


El escolástico Señor Romero (segunda parte) 
Por/ Francisco José Pestanha 

"Fue un error irreparable para los primeros pensadores no aceptar, de 
principio, que la realidad americana no era inferior, sino 
distinta...Llamar barbarie a todo lo que era americano no era una 
actitud de definición sino de rechazo". JULIO MAFUD 

ALBERTO METHOL FERRE sostuvo hace un tiempo que en el orden de las 
ideologías la intelligentzia uruguaya vivía "...en una sucesión de 
modas escolásticas...", donde lo escolástico representaba para él una 
categoría histórica que daba cuenta "... de la cualidad del 
trasplante, en el espacio y tiempo, de ideas pensadas de una 
circunstancia en otra circunstancia...". De esta forma el lúcido 
oriental denunciaba la alineación ideológica de vastos sectores de la 
intelectualidad de su país respecto al imperio dominante en la época, 
y además, el desajuste entre ideología y realidad que se operaba a 
partir de este fenómeno.

Aquella dinámica de sometimiento descrita por METHOL, es compartida 
por nuestras elites vernáculas. Quien haya transitado por las aulas 
de las universidades argentinas , y sobre todo por aquellas que 
alegan concentrarse en las ciencias sociales, puede advertir una 
clara tendencia en este sentido que se repite sistemáticamente desde 
hace más de un siglo. Basta para ello consultar las orientaciones 
generales de las cátedras, enumerar los textos que allí se 
recomiendan, o analizar las repetidas exégesis locales que se exhiben 
para lectura y estudio de alumnos y docentes.

Es posible que dicha tendencia, tal como enseña el profesor VÍCTOR 
DÍAZ GUAJARDO, se haya originado a partir de la tenaz influencia que 
la corriente de pensamiento positivista de la ilustración occidental 
ejerció sobre los intelectuales iberoamericanos durante el siglo XIX, 
la cual "... fue transmitida y asimilada por los pensadores latinos, 
quienes consideraban que el racionalismo, la ciencia y la educación, 
redefinirían nuestra identidad bajo el modelo científico-racional 
europeo de fuerte contenido racista...".

Ese deslumbramiento por las ideas emergentes de Europa o del 
epicentro desarrollado de turno probablemente haya generado en la 
intelectualidad Argentina ese profundo sentimiento de inferioridad 
que la caracteriza, y que le ha impedido asumir los desafíos que le 
competen. Además, muy posiblemente haya contribuido a potenciar esa 
dinámica, cierta pretensión de carácter universalista muy presente en 
algunas corrientes sociológicas, que anhela encontrar algunos 
principios generales aplicables a todas las sociedades.

Para adquirir cabal comprensión de este fenómeno vale la pena 
ejercitarse mediante el análisis de un texto concreto. En esta 
oportunidad, he seleccionado el publicado recientemente por uno de 
los académicos más conspicuos de la Universidad de Buenos Aires, Don 
LUIS ALBERTO ROMERO, aparecido en el matutino La Nación el 23 de 
marzo p/pdo. y que tituló sugestivamente "Para un proyecto 
colectivo".

El nudo gordiano del trabajo de ROMERO gira sobre una conjetura que 
el autor enuncia de la siguiente forma: "...la carencia de un 
proyecto nacional es un viejo tópico que nuestra cultura política ha 
reactualizado...". A criterio del historiador, existe una errónea 
concepción que emerge de ciertos ámbitos antagónicos (a los cuales no 
define ni describe claramente), pero que según él, "...coinciden en 
que para construir un país distinto y mejor, lo primero es acordar en 
un proyecto nacional..l". El catedrático niega enfáticamente la 
virtualidad de tal formulación, y concluye su razonamiento 
sosteniendo que, aún "...para quienes somos escépticos respecto de 
los llamados "proyectos nacionales", es posible sumarnos al reclamo 
de un proyecto colectivo.." .

Vamos a desguazar alguno de los argumentos a los que recurre ROMERO 
para sostener tales afirmaciones. Con respecto a la labor de la 
denominada generación del ochenta (la generación de Sarmiento, Oroño 
y otros), el académico sostiene que si bien se advierten en ella 
"varios consensos básicos", dichos consensos constituyen un núcleo 
armónico percibido ex post; "... algo así como un camino hecho al 
andar...", cuyo rasgo principal "...fue una correcta lectura de la 
situación del mundo y del lugar que la Argentina podía ocupar en 
él...", y cuyo instrumento primordial fue un "...estado eficaz, no 
trabado todavía por intereses encastillados en sus corporaciones, de 
modo que el tramo que separaba la concepción política y su ejecución 
era breve..".

A partir de tales argumentaciones, el investigador concluye que no 
puede hablarse del proyecto nacional de la generación del ochenta, 
sino de un consenso genérico al que arribaron dirigentes entre 
quienes "...las cuestiones divisivas fueron abundantes..." y que 
además, "...puede darnos una lección para el presente..." Hasta aquí 
ROMERO no hace más que exteriorizar una de las tantas versiones 
historiográficas sobre aquella etapa de nuestra historia - añorada 
por liberales y progresistas - que se caracterizó por una situación 
colonial inaudita, y además a sostener curiosamente que MITRE, 
SARMIENTO, y otros conspicuos representantes de esa estirpe, no 
diseñaron un proyecto nacional sino que establecieron entre sí una 
serie de acuerdos básicos sobre los que se asentó su gestión.

No puedo continuar el análisis sin dejar de resaltar que 
llamativamente, ROMERO omitió en todo su relato consignar algunos 
aspectos sustanciales sobre los que se asentó ese consenso genérico - 
como entre otros - la conquista del desierto, el exterminio de la 
oposición, y ciertas concesiones en materia económica que 
determinaron nuestra sujeción durante décadas.

Respecto a la ausencia de una idea de proyecto nacional en los 
ilustrados del ´80, la lógica argumental del autor es incuestionable. 
Resulta tradicional que en los cenáculos liberales, se suela 
desconocer esta posibilidad ya que la idea de un proyecto asociado a 
"lo nacional" tiene connotaciones sociológicas y filosóficas de tinte 
colectivista, las cuales se encuentran absolutamente distanciadas de 
ese principio de autonomía de la voluntad que junto al del mercado, 
constituyen las reglas naturales sobre las que se asienta - para 
ellos - la naturaleza de lo humano.

El académico, en síntesis, sostiene que la generación del ´80 no 
concibió un proyecto de nación en términos de cohesión colectiva, ya 
que la idea de nación como instrumento de progreso no cabía en los 
principios que regían su ideario. El progreso indefinido según ellos, 
se materializaría a partir de tres factores; la educación, los 
valores republicanos y la inmigración.

Voy a permitirme discrepar con ROMERO, ya que a mi leal saber y 
entender la denominada generación del 80 tenía nítido un proyecto de 
país. Muchos autores, entre los que puedo citar a GUSTAVO CIRIGLIANO, 
comparten esta postura y puedo remitirme a sus sagaces razonamientos 
para sostenerlo.

No obstante ello, existe para mi un argumento cardinal para sustentar 
nuestra posición, que resulta de un dato de la realidad preciso e 
irrebatible: la generación del 80 encaró activamente un programa de 
exterminio material y simbólico de lo preexistente. Un programa que 
apuntaba eliminar todo vestigio étnico cultural de lo prehispánico, 
que para ellos representaba la barbarie, y de lo hispánico, que 
encarnaba la decadencia. La idea era reemplazar una cosa por la otra -
 de hacer la Europa en América como después enseñaba JAURETCHE - y 
dos eran los grandes obstáculos que se oponían a ese reemplazo: la 
tradición y el emergente étnico - racial. La generación del 80 tenía 
entonces un proyecto nacional. Claro, un proyecto nacional de 
substitución.

Volvamos al texto y a otra de sus afirmaciones. ROMERO sostiene por 
ejemplo que los consensos de la generación del 80 "...echaron la base 
de un crecimiento formidable...". Esta afirmación constituye una 
antigua consigna sostenida por la historiografía liberal que se basa 
en unos pocos datos certeros, algunos parciales , una considerable 
cantidad de instrumentos falaces, y una interpretación interesada de 
ciertos indicadores. Dicha consigna suele ser esgrimida como ejemplo 
de una política liberal exitosa en América del sur.

Surge aquí un primer interrogante: ¿Cuáles son lo parámetros a los 
que recurre ROMERO para realizar tal afirmación?. Sostener que 
durante una etapa histórica determinada hubo un crecimiento 
formidable supone el análisis previo de algunos parámetros. ¿Cuáles 
son los que utilizó ROMERO?, ¿Quién creció para ROMERO?, ¿Qué creció 
para ROMERO?, ¿Quiénes fueron los destinatarios del crecimiento para 
ROMERO? Respecto a ello cabe traer a la memoria del lector aquellos 
diagnósticos de los economistas neoliberales, que en década pasada 
enunciaban cotidianamente el crecimiento de la economía Argentina, 
mientras que lo único que crecía era la pobreza y el desempleo. 
Claro, era solo una cuestión de indicadores. ¿Habrá utilizado ROMERO 
los mismos indicadores de crecimiento económico que utilizaban BRODA, 
ALEMANN, O ARTANA para evaluar la economía en tiempos de CAVALLO ? 
Continuemos con el análisis. El historiador, luego de referir al 
crecimiento operado a partir de la acciones de dicha generación, 
sostiene que el mismo se afirmó en principios: la república, la 
educación, la inmigración y los ferrocarriles. Como es sabido, gran 
parte del ideario de la generación de SARMIENTO, ECHEVERRÍA y MITRE 
se asentó en una serie de valores emergidos en la Europa del Siglo 
XVIII de acuerdo a las condiciones históricas allí imperantes y que 
aparecieron en su época como renovadores para la envejecida Europa.

Ahora bien, sin perjuicio que se comparta o no la tesis del 
crecimiento, el éxito o fracaso de la estrategia de una generación 
como la que nos ocupa, que tuvo un papel primordial durante más de 
medio siglo en la conducción del país, no puede medirse en años ni en 
décadas: debe medirse por las consecuencias de la impronta ejercida 
sobre las futuras generaciones y sobre el destino del país. A esta 
altura de las circunstancias puede uno preguntarse entonces: ¿qué 
beneficios reales trajo para nuestro país un sistema de instituciones 
y prácticas políticas totalmente alejado de nuestras tradiciones como 
el que consagra la constitución 1853/60?; ¿qué provechos obtuvieron 
las posteriores generaciones de argentinos de una educación 
universalista y alienada? ; ¿ cuáles son las utilidades que obtuvo la 
economía nacional, o más concretamente nuestros paisanos, de un 
sistema de ferrocarriles concentrados sobre el puerto y funcionales 
al saqueo y al latrocinio, como tan magistralmente denunció en su 
época SCALABRINI ORTIZ; o tal vez interrogarse sobre: ¿Cuáles fueron 
lo principios éticos y humanistas sobre los que se asentó una 
política inmigratoria que en vez de orientarse hacia el 
fortalecimiento y engrandecimiento cultural y social del país, estaba 
claramente destinada a suplantar al hijo de la tierra?.

El escolástico ROMERO por ingenuidad o tal vez por necedad, ha caído 
en la misma trampa que otros tantos intelectuales argentinos. El 
escolástico ROMERO sugiere, como lo han hecho otros, que determinados 
valores e instituciones, aptos para el desarrollo de una nación 
determinada, pueden ser transpolados directamente a otra y a partir 
de ello, obtener "éxitos" similares. El escolástico ROMERO sigue la 
moda, claro está, una moda un poco anticuada.

No puede culpársele a ROMERO su adscripción a un pensamiento liberal. 
Cada uno tiene el derecho de tener su propia mirada sobre la 
realidad. Lo que no puede perdonársele a un intelectual argentino es 
que siga recomendando formulas que ya han demostrado su palmaria 
ineficacia en nuestro país, y que por otra parte, desnaturalizan el 
mismo liberalismo que él pregona.

Note el lector qué interesantes paradojas. Los liberales suelen 
proclamar al laissez faire, la libertad individual y la autonomía de 
la voluntad como instancias determinantes en la constitución de lo 
humano, es decir sujetan la dinámica humana a una serie de reglas o 
determinaciones, y en tanto, mientras proclaman la libertad, se 
ubican en el campo del determinismo. Y luego cuando se inmiscuyen, 
como lo hace ROMERO, en el campo de la política y de la economía, 
ponderan y recomiendan para lograr la panacea social, un cartabón de 
principios y libertades que deben resguardarse con independencia de 
la sociedad que nos ocupe. Es decir para los liberales la diversidad 
no cuenta, las diferencias sustanciales respecto a las condiciones 
humanas e históricas no valen. Solo cuentan ciertos principios. Se 
predica la libertad, se dice valorar la libertad, mas no se comprende 
la diversidad que es el presupuesto de la libertad. ¿No constituye 
este tipo de razonamiento la base del totalitarismo? Continuemos con 
el texto. Luego de negar el carácter de proyecto de país de la 
generación referida, el académico se inmiscuye en lo que a su 
criterio constituye algo "... más antiguo, más raigal y más 
perdurable.." en la cultura política local como "el proyecto 
nacional", primo hermano del "ser nacional", de la "identidad 
nacional", del "movimiento nacional" y de la "doctrina nacional". 
Sostiene que éstos son conceptos incubados desde comienzos del siglo 
XX, se vinculan a "... una versión malsana del nacionalismo, ligado a 
la idea de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación, que se 
define en contra de un enemigo declarado como ajeno a ella...", 
afirmando luego que "...las Fuerzas Armadas, que se proclamaron 
custodias de los superiores intereses de la Nación; la Iglesia 
Católica, que afirmó la catolicidad de la Nación, y los grandes 
movimientos políticos democráticos -el yrigoyenismo y el peronismo-, 
autoproclamados expresión esencial de la Nación...".

Sobre estas cuestiones podría explayarme durante varias horas, pero 
por cuestiones de espacio, dejo el análisis sobre éstas y otras 
afirmaciones para una segunda, o tal vez tercera entrega. ¡No hay 
caso! los escolásticos, como diría Jauretche, siempre nos dan que 
hablar.

* NOTA: A raiz de la nota del señor Romero publicada en el diario La 
Nacion del 23/03/05, Francisco Pestanha en respuesta escribio este 
articulo.

El escolástico Señor Romero (segunda parte)

por/ Francisco José Pestanha 

"La Argentina necesita conformar una doctrina nacional propia basada 
en la independencia económica, la justicia social y la soberanía 
política, implementada en la geografía y en los factores humanos que 
conforman una comunidad organizada en libertad por hombres justos y 
solidarios, prudentes y de buena voluntad".Juan Domingo Perón 

Al concluir la primera parte del "escolástico señor Romero", me 
comprometí a retomar el análisis del texto publicado por el 
reconocido investigador del Conicet en el matutino La nación del 26 
de marzo próximo pasado. Voy entonces a continuar la labor 
principiada, no sin señalar a modo de "ayuda memoria", que en la 
primera parte de este trabajo, centré mi crítica en el papel que el 
académico le asigna a la generación que integraron entre otros 
Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento en la historia Argentina y al 
liberalismo que subyace en la opinión del autor.

- De la versión malsana del nacionalismo En la segunda parte del 
trabajo sugestivamente titulado "Para un proyecto colectivo", Romero 
plantea una tesis que sostiene que la denominada generación de 1980, 
no concibió un verdadero proyecto nacional. Así para nuestro 
académico el proyecto del ´80 no existió como tal, y esa idea resultó 
producto de una interpretación ex-post, proveniente, al decir del 
autor, de una noción mas raigal y más perdurable aferrada a la 
cultura política local. Romero afirma que las ideas de "…proyecto 
nacional, primo hermano del ser nacional, de la identidad nacional, 
del movimiento nacional y de la doctrina nacional…" fueron incubadas 
desde los orígenes del siglo XX, a partir de "... una versión malsana 
del nacionalismo, ligado a la idea de homogeneidad y de unidad 
esencial de la Nación, que se define en contra de un enemigo 
declarado como ajeno a ella...".

Prosigue luego asegurando que "... Al principio, hacia el Centenario, 
fue sólo un juego de intelectuales, pero pronto se incorporaron los 
grandes actores institucionales, con fuerte capacidad para definir, 
para nombrar: las Fuerzas Armadas, que se proclamaron custodias de 
los superiores intereses de la Nación; la Iglesia Católica, que 
afirmó la catolicidad de la Nación, y los grandes movimientos 
políticos democráticos -el yrigoyenismo y el peronismo-, 
autoproclamados expresión esencial de la Nación. Todos leyeron la 
historia argentina en términos de proyectos nacionales y 
antinacionales. Cada uno concibió un proyecto nacional y definió sus 
enemigos...".

De los fundamentos vertidos por el académico, surgen una serie de 
aristas sobre las cuales voy explayarme a continuación, no sin 
aclarar desde el vamos, que discrepo radicalmente con cada una de 
ellas.

En primer lugar, llama poderosamente la atención que Romero haya 
recurrido al calificativo "malsana" para catalogar a la versión 
vernácula del nacionalismo. De sus dichos, surgiría entonces que para 
él existiría una versión "sana" del nacionalismo, y si ello es así, 
habría que plantearse inicialmente un primer interrogante: ¿Cuál será 
para Romero la versión sana del nacionalismo?.

La respuesta a este enigma resulta clave para una adecuada 
interpretación del texto que nos ocupa, ya que tan tajante 
afirmación, proviene de un individuo claramente identificado con el 
pensamiento liberal, ideología que en general, ejerce cierta 
repulsión sobre este tipo de fenómenos.  Lamentablemente no lo tengo 
al alcance a Romero para indagarlo personalmente, pero a pesar de 
ello voy a intentar esbozar algunas respuestas posibles a esta 
incógnita, no sin perder la esperanza que mi eventual contendiente, 
me aclare alguna vez los alcances de tal expresión.

- De las ideas de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación Debo 
resaltar preliminarmente que nuestro escolástico sostiene con suma 
convicción que ese malsano nacionalismo estuvo "… ligado a la idea de 
homogeneidad y de unidad esencial de la Nación…". Surge así en forma 
nítida, en que para nuestro investigador, las corrientes 
nacionalistas argentinas estuvieron vinculadas a dos ideas centrales: 
la de homogeneidad y la de unidad esencial de la nación.

Respecto a la primera cuestión, es de decir a la de la homogeneidad, 
la experiencia histórica es clara y vasta, y nos enseña que en 
occidente, fueron los nacionalismos europeos del siglo pasado los que 
instalaron la noción de uniformidad étnica, racial, cultural o 
religiosa en materia sociopolítica. A modo de ejemplo pueden citarse 
desde los trabajos teóricos del francés Maurrás, hasta la experiencia 
concreta del nacional socialismo en Alemania.

Romero quien seguramente posee amplio conocimiento, y por qué no, una 
cierta admiración por la Civilización Europea, sabe perfectamente que 
dichas nociones fueron retomadas por el pensamiento europeo 
aproximadamente a fines del siglo XIX, aunque sus redes semióticas se 
extienden profundamente en el pasado del viejo continente. La idea de 
homogeneidad nacional no es entonces una creación original del 
pensamiento americano, sino muy por el contrario, surge de otros 
lares y de otras experiencias.

Creo en realidad que Romero no alcanza a comprender cabalmente el 
fenómeno del nacionalismo iberoamericano y menos aún los esfuerzos 
realizados por autores de la talla del mexicano Vasconcelos o del 
compatriota Scalabrini Ortiz, quienes partiendo de la base social 
multígena constitutiva de la sociedad iberoamericana, encararon sus 
esfuerzos teóricos en pos de la articulación de intereses y de 
sentido común. el, como buen escolástico, tiende a simplificar y a 
reproducir esa archi-conocida manía de un amplio sector de nuestra 
intelligentzia que pretende "hacer encajar" fenómenos sociales que 
nos son propios en marcos conceptuales que nos son ajenos, y que tal 
como lo enseña Methol Ferre, produjo en nuestros ámbitos académicos 
la eterna disociación entre ideología y realidad.

El nacionalismo iberoamericano, debería comprender a esta altura de 
las circunstancias Romero, no es el producto espontáneo de seres 
anacrónicos, nostálgicos o de exegetas desubicados, sino es natural 
producción intelectual y simbólica de una comunidad que se reconoce 
como sujeta a un régimen colonial y que busca denodadamente su 
liberación a partir del fortalecimiento de su propia identidad. En 
particular, el nacionalismo argentino, tiene caracteres, orígenes e 
interpretaciones diversos, ya que acompañan a una Argentina 
constituida a partir de particularismos. Es en definitiva el producto 
de diferentes vertientes, que en ciertos contextos históricos 
determinados, se orientaron hacia un objetivo principal: la 
determinación un núcleo duro de elementos que articularan una 
comunidad nacional que parecía desarticularse a partir del aluvión 
inmigratorio y de la política colonial del cipayaje.

Claro que dentro del nacionalismo argentino hubo exegetas, 
anacrónicos, lúcidos, mediocres e interesados como los hay en 
cualquier corriente de pensamiento. Pero lo importante, lo destacado, 
lo relevante es que el nacionalismo argentino estuvo nutrido por la 
producción auténtica de una innumerable cantidad de pensadores y 
patriotas como Jauretche, Rosa, Castellani, Hernández Arregui, 
Irazusta, Ramos, Kusch, Astrada, y Anquin, quienes entre otros 
tantos, realizaron innumerables esfuerzos para apartarse del 
monopolio de la dictadura universalista del pensamiento aún a costa 
de su honra y su fortuna. Debo reconocer que algunos de ellos 
equivocaron la senda y se acoplaron a la producción de sentido 
dictada por Europa, llegando a plantear para la Argentina soluciones 
"a la Alemana", "a la italiana" o "a la española. Pero ello no obsta 
para vindicar a quienes marcaron la senda.

Respecto a la cuestión de la unidad esencial de la nación, ella 
constituye la ambición lícita de cada pueblo. La esencialidad, a la 
que mal se refiere el autor de la columna, no implica en América como 
se ha pretendido, la unicidad en pensamiento y acción. El 
nacionalismo regional y en particular el argentino respeta las 
particularidades y las cataliza hacia un sentido y un destino común, 
por supuesto, reconociendo un tronco vital - tradicional. 
Iberomérica, es multígena por naturaleza y está abierta a la 
incorporación de nuevos factores, pero los incorpora desde una 
identidad básica y desde una cosmovisión que le es propia. Desde las 
particularidades se busca la unidad esencial.

Posiblemente a Romero, como a todo liberal, le asuste el concepto de 
unidad esencial. Pero como científico americano más que asustarlo, 
debería desafiarlo. Tantos años de anacronismo y división, no son 
producto precisamente de aquellos "buscadores de unidades 
esenciales", sino muy por el contrario, de los partidarios de lo que 
Abelardo ramos definía como el universalismo platónico. Romero, a mi 
criterio ha caído en la eterna trampa de la utopía universalista.

En mis tiempos he conocido intelectuales de toda laya, muchos de los 
cuales siguen aún deslumbrados por las falsas promesas de esa forma 
de pensamiento. En general - y como ya lo he sostenido oportunamente -
 existe una tendencia en muchos científicos sociales, hacia la 
búsqueda de ciertos principios universales aplicables a toda sociedad 
en condiciones similares. Así no se ha dudado en calificar a Rosas 
como feudal, cuando el feudalismo fue un fenómeno propio de la Europa 
pre-moderna, y a Perón como fascista, cuando el fascismo es un típico 
producto sociocultural Italiano.

Claro está, las academias internacionales exigen cierto acoplamiento 
a sus estructuras de sentido para financiar los proyectos de 
investigación y los eventos ínter-universitarios. ¿Y vio?, si uno no 
se acopla un poquito a lo preestablecido, no es reconocido, "queda 
afuera" y si uno no es reconocido y queda afuera, el narcisismo puede 
estrellarse contra el piso.

En contraposición a lo que sostiene Romero: la unidad esencial de la 
nación es indispensable para encaminarnos en un proyecto colectivo. 
Salvo que nuestro académico haya encontrado una fórmula para el 
desarrollo evolutivo basada en la anarquía estructural, no existe, 
según la experiencia histórica otra fórmula para lograr la 
autosuficiencia. Pero si ha encontrado tal fórmula, le ruego al Sr. 
Romero no dude en hacerla llegar a los nacionalistas argentinos. Se 
lo agradeceremos infinitamente.

- Del modelo estadounidense Conociendo el paño, creo entrever en 
personajes como Romero cierto ideal nacional y colectivo. He tenido 
la oportunidad de escuchar, en algunos contertulios universitarios 
locales, la reivindicación del denominado modelo norteamericano de 
base plural. He escuchado además, defender dicho modelo como 
experiencia a replicar en Iberoamérica.

Nadie duda que en términos generales los norteamericanos tienen un 
sentimiento nacionalista bastante arraigado. Ellos han logrado una 
importante estructura cohesiva de base sajona a partir de lo se 
denomina "el sueño americano", el que se compone a partir de un plexo 
de valores constitutivos e integrativos. El sueño americano es un 
verdadero contrato de adhesión, donde cualquier individuo que esté 
dispuesto a suscribirlo puede integrarse. Quizás muchos intelectuales 
argentinos admiren esa forma de construir el nacionalismo, y muchos 
también no duden de buena fe en recomendar para nuestra gente esa 
"versión sana".

En realidad el liberalismo doméstico ha sido bastante permeable a 
admirar y aceptar esta forma de construcción de la nacionalidad, ya 
que ella, en apariencia, permite la convivencia de las diversidades, 
(término de por sí bastante inadecuado para hacer referencia a las 
particularidades humanas).

Pero desgraciadamente, creo que nuestros liberales no han logrado 
comprender respecto a este fenómeno, que el sueño americano, es una 
forma de construcción que, bajo el disfraz del respeto a las 
particularidades, las homogeiniza cada vez más. Nótese por ejemplo la 
casi uniformidad que expresa políticamente la sociedad 
estadounidense, o la falta de reacción social ante las atrocidades 
cometidas por sus tropas y que tienen claro objetivo de suprimir las 
particularidades. La nación erigida a partir de la "diversidad", no 
respeta las "diversidades" . Internamente, el sueño americano 
mantiene una delicada homeostasis hegemónica que permite incorporar 
adhesivamente seres diversos, y externamente, aplasta los 
particularismos, entre ellos el nuestro.

El modelo norteamericano, a mi criterio no se ajusta ni a nuestra 
historia, ni a nuestras expectativas, ni a nuestra idiosincrasia. 
Somos el producto de procesos sociales, históricos y culturales 
absolutamente disímiles y ciertamente divergentes. El provenir de 
historias diferentes, nos desafía a comprender, como enseñaba 
Scalabrini Ortiz, a un nacionalismo iberoamericano que surge a partir 
de una base sociológica donde la mezcla y la mixtura racial y 
cultural ha comenzado hace quinientos años y además a entenderlo como 
un producto histórico y sociológico determinado ciertamente por un 
estado de necesidad. El nacionalismo Inglés o el norteamericano 
tienen su razón de ser, y responden a diferentes estímulos que el 
nuestro y sobre todo a intereses diferentes.

Seguramente Romero, si alguna vez responde a mis críticas, podrá 
sostener que, como auténtico liberal no cree en los modelos, que la 
referencia al modelo americano corre por mi cuenta, o tal vez, podrá 
hacer referencia a alguna versión sana del nacionalismo proveniente 
de cierta experiencia tercermundista. Quizás, nuestro académico 
simplemente sostenga que el verdadero nacionalismo se expresa a 
partir del respeto al individuo y a la libertad, o algún otro 
argumento modernista. Pero nada de ello podrá a mi criterio ocultar 
su notable incomprensión sobre los aconteceres del país y sobre las 
corrientes nacionalistas que surgieron y emergen aún del subsuelo de 
la patria.

- Del pluralismo, la deliberación y la transacción Romero continúa su 
razonamiento con una reflexión que me permito citar textualmente: 
"... Afortunadamente, la Argentina posterior a 1983 fue bastante 
diferente. Predominan hoy otras ideas sobre la política -el 
pluralismo, la deliberación, la transacción-, aunque quedan relictos 
de antiguas experiencias. Cada tanto emerge en el discurso público la 
antigua aspiración a la homogeneidad nacional y a la unidad de "los 
auténticos miembros de la Nación" contra algún enemigo exterior 
responsable de nuestros males, siempre distinto y, en el fondo, 
siempre igual...".

Lo que surge de tales expresiones no es nada nuevo ni original, y 
menos aún, la soslayada crítica al nacionalismo de base conspirativa: 
pero lo poderosamente llamativo es su reivindicación de los valores 
posteriores a la recuperación de las instituciones democráticas. 
Romero sostiene, palabras más palabras menos, que tuvieron que 
acontecer una serie de desencuentros para que los argentinos nos 
diéramos cuenta que teníamos que construir nuestro futuro a partir 
del pluralismo, la deliberación, la transacción. A esta altura de las 
circunstancias me pregunto si Romero y yo vivimos en el mismo país. 
¿Cómo puede sostenerse con tanta liviandad después de haber 
transcurrido la segunda década infame, que los argentinos hemos 
construido una nueva sociedad a partir de la incorporación de esos 
valores? ; ¿Cómo puede resaltarse con tanta soltura que durante la 
fase de colonización económica y cultural más siniestra del siglo 
pasado, los argentinos hemos reconocido lavoles como el pluralismo, 
la deliberación, la transacción?.  Me parece que Romero confunde 
pluralismo con libertinaje, deliberación con falso consenso y 
transacción con sumisión.  ¡Crasa confusión la del académico! 

- De las recomendaciones finales del escolástico Romero 	

Para finalizar todo buen maestro pretende dejar a sus alumnos sus 
enseñanzas; veamos cuáles son las que nos propone Romero: 	En lo que 
refiere al método dice Romero: "... Si la Argentina ha de seguir 
siendo democrática y republicana, el proyecto resultante deberá ser 
el producto de la razón, más que de la emoción. Se construirá en la 
mesa del debate y no en los balcones unánimes. Será el resultado de 
una discusión abierta y plural antes que de un monólogo 
excluyente".Hasta aquí, un prejuicio racionalista sumado a la 
incomprensión de los verdaderos procesos democráticos. Claro, no 
democráticos de laboratorio o de academia, sino democráticos de 
realidad.

Respecto al "...proyecto mismo y al instrumento para su ejecución.

Como en 1880, la pregunta clave sigue siendo cuál es el lugar posible 
para la Argentina en el mundo: qué sabemos hacer mejor que otros; 
cómo integrarnos y ganar con ello, porque, finalmente, se trata de 
controlar esa integración, potenciar lo beneficioso y minimizar lo 
negativo...". ¡Chocolate por la noticia! 

Y para finalizar "... En esos términos, aún para quienes somos 
escépticos respecto de los llamados "proyectos nacionales", es 
posible sumarnos al reclamo de un proyecto colectivo, o mejor, a una 
demanda sobre las formas para comenzar a caminar hacia él. Se trata, 
en suma, de tres cosas: las prácticas y virtudes republicanas; el 
trabajo hercúleo de limpiar los establos de Augias estatales; la 
mirada realista y creativa de una Argentina en el mundo...". El 
problema argentino se resuelve con más república, con el impulso 
privatista y con realismo pragmático.

Muchas gracias don Romero por la sugerencia pero , ¡Menem ya lo hizo! 



Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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