[R-P] Reportaje a la viuda del Gral Liber Seregni

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Mar Mayo 24 10:24:29 MDT 2005


Reportaje a su viuda: 
"Él nunca quiso hablar de eso, yo hablo porque él está
muerto" 

Cómo torturaron al General Seregni 

Lily Lerena de Seregni: 'Él sentía que estaba 
haciendo obra, que cada día tenía que servir para
algo' 

Gerardo Tagliaferro 
Semanario Crónicas
Un día de hace sesenta y cuatro años, Lily Lerena
conoció al alférez Líber 0Seregni. Los presentaron en
un baile y, ni lerdo ni perezoso, Cupido hizo su
trabajo. Fue un noviazgo como puede suponerse, de
aquellos tiempos. Primeros pasos a pura
correspondencia y algún encuentro breve, preparando el
terreno para la vida en común. Sin duda, ni él ni ella
imaginaban las jugadas que el destino les preparaba. 
Él, un militar batllista interesado por la cosa
pública y ella, una mujer blanca del Interior, formada
-como no podía ser de otra forma- para ser madre y ama
de casa. Pero la vida tiene esas cosas. Un día el
sentido del deber llamó a la puerta de los Seregni
como en tantas otras oportunidades, pero esta vez se
llevó al hombre a la tierra de los fragores políticos,
esos que hasta entonces había observado con atención,
pero desde el umbral. Y Lily se convirtió en el fiel
escudero de su reposo, con el mate pronto a la vuelta
de cada batalla y el oído y la palabra a veces justa,
siempre incondicional. 

Cuesta separar, y no es tampoco la intención, a esta
mujer, de la enorme figura de su esposo. Por eso la
charla discurre, sin poder evitarlo, como un postrer
intento de atrapar las cosas que Seregni dejó sin
contarnos. Estamos ante su más autorizada biógrafa. A
punto de cumplir noventa años, Lily está casi ciega
pero camina por el apartamento como antes, como hasta
hace bien poco, cuando el general se apoyaba en su
hombro para sentirse seguro. Cuando el fotógrafo le
pidió que se sentara en el escritorio, dudó un
momento. "¿En el lugar de Seregni?", preguntó. Hasta a
ella le pareció un atrevimiento. Finalmente lo hizo,
como quien enfrenta una delicada misión, pero
tranquila. Sabe que el general la habría autorizado. 

- ¿Qué pensó cuando su esposo fue postulado como
candidato del Frente Amplio 
en 1971? 
- Fue un disgusto. Horrible, yo no quería. 

- ¿A usted le gustaba el Frente Amplio? 
- Me parecía una cosa interesante, importante, pero
veía difícil que si dentro de cada partido hay tantas
discrepancias, se pudiera unir a esa enorme masa de
gente de distintos sectores. Me parecía que iba a ser
muy difícil. 

- ¿Seregni le consultaba ese tipo de decisiones? 
- Siempre conversábamos. "Mañana viene Fulano a
discutir tal proyecto". "Estuve con Michelini" o "con
Héctor Rodríguez". Yo sabía todo eso. 

- ¿Él tuvo dudas sobre aceptar la candidatura? 
- Yo creo que él dijo "voy a pensarlo", pero le gustó
de entrada. Le pareció que era una cosa viable. Él fue
un militar político, siempre. Leía El Día y El País
con Pérez Rompan, cuando estaban en Flores los dos.
Fue un hombre al que le interesó la política toda la
vida, y durante los años que estuvimos casados antes
de que existiera el Frente Amplio, teníamos amigos de
todos los partidos. Y una de las cosas por las cuales
a Seregni no le daban mando de tropa era porque
consideraban que era demasiado politizado. Él decía
que el militar tiene que ser primero ciudadano. 

- ¿Pensaba que ganaban esa elección del 71? 
- Sí, claro, porque había un cierto desprestigio de
los partidos tradicionales. Todos pensaban que
ganábamos. 

- Es conocido un intento de asesinato que su marido
sufrió en Rocha. ¿Alguna otra vez su vida estuvo en
peligro? 
- Esa vez en Rocha una persona se acercó a abrazarlo y
llevaba un cuchillo. Llegaron a atajarlo, pero le
rompió la camisa. Y otra vez fue cuando lo retó a
duelo el general Ribas. Las leyes de duelo son muy
estrictas, no hay posibilidades de tomar puntería.
Están de espaldas, se dan vuelta y tiran. Y Seregni
tiró y bajó el arma; Ribas tomó puntería y tiró. Le
pasó raspando la cabeza. 

- ¿Usted sentía miedo en aquellos momentos? 
- Sí, claro, siempre tuve miedo. Y muchísimo miedo
mientras estuvo preso. 

- En la cárcel hubo un plan para matarlo que, según se
supo, lo desbarató el 
propio Ballestrino, jefe de la Cárcel Central. ¿Usted
se enteró enseguida de eso? 
- No, no, eso lo supe mucho tiempo después. Pero
situaciones de esas hubo más de una. Por ejemplo,
cuando estuvo en Minas lo hacían caminar, para que
tomara un poquito de aire, por la orilla de la azotea
del segundo piso. Habían puesto ladrillos para marcar
por donde tenía que caminar: era entre el ladrillo y
el precipicio. Por ahí caminaba. Otro día, cuando
estaba en la Escuela de Armas, lo hicieron salir a
caminar por un monte donde había un arroyito. Lo
acompañaron dos oficiales. "Camine", "camine" y lo
hicieron alejarse. La mejor forma de decir: "quería
escaparse y lo matamos". Seregni 
pensó eso y se dio vuelta y dijo: "de acá no me
muevo". 

- ¿Cómo fue el trato en Cárcel Central? 
- Era de preso, preso, pero no lo mortificaban para
nada. Y yo tenía la plena seguridad de que mientras
estuviera de director Ballestrino, a Seregni no lo
mataban. A ninguno de ellos. 

- ¿Usted habló con militares del gobierno en esos
años? 
- Sí, una vez me recibió el general Grillo. Me atendió
muy correctamente, y yo le dije: "General, yo quiero
que usted me explique una cosa que no puedo entender.
Ustedes no pueden acusar a Seregni de traidor. Fue un
militar intachable, no lo puede negar ningún militar,
y prefirió retirarse cuando estaba en desacuerdo con
la idea que tenían otros de las Fuerzas Armadas. Pero
no hizo nada contra ellas. Y fue candidato de un
partido político totalmente legal, y usted sabe que no
tiene nada que ver con la guerrilla. 
Entonces yo quiero que me explique cómo es posible que
en este momento en que en el mundo entero se está
conociendo el nombre de Seregni, ustedes están
transformándolo en un símbolo". "Mire señora, yo no
puedo resolver nada, a fin de mes se reúne la Junta de
Oficiales Generales y yo voy a plantear lo que usted
me dice, y después le voy a contestar". Nunca me
contestó nada, pero eso fue a fines de octubre de 1974
y el 10 de noviembre lo soltaron. 

- Lo soltaron con libertad condicional. 
- Pasó a estar preso en el apartamento de Bulevar, con
custodia en la puerta. Ahí decidimos irnos para la
casa que teníamos en Punta del Este porque él decía
que no se podía estar molestando a los vecinos. El
jefe de Policía de Punta del Este era el coronel
Costa, la persona más corsaria que conocí. Pasaba
ochenta veces por día por la puerta de casa. Teníamos
custodia en la puerta y para salir de casa para ir al
almacén teníamos que mostrar el carné de identidad. 

- Seregni no podía moverse para ningún lado. 
- No, por supuesto, pero además estaba presa toda la
familia. Era tan corsario ese coronel que siendo un
verano cruel de calor, no permitía que los policías se
pusieran a la sombra. Era hasta perverso con sus
propios hombres. 

- A él le ofrecieron salir del país y no aceptó. 
- Muchas veces; pudimos habernos ido enseguida, pero
él dijo que estaba al frente de un partido político, y
que correría la misma suerte que sus compañeros. 

- ¿Y usted qué pensaba? 
- ¿Qué voy a pensar? Sabía que él no iba a aceptar eso
jamás. 

- ¿Cómo fue la segunda detención? 
- El 2 de febrero de 1976 llega a casa una camioneta
blanca con gente vestida de civil, diciendo que lo
venían a detener. La mayor de nuestras nietas estaba
con una fiebre que volaba, pedíamos por favor que nos
permitieran llamar al médico y no nos dejaban. Ahí yo
dije: "si llega a morir esta niña será una medalla más
que tendrán ustedes como canallas". Ah, ya me
desboqué. Al final nos permitieron llamar al médico.
Ahí Seregni salió 
y desapareció por completo durante treinta y tres
días; yo no supe más nada de él hasta un día en que me
llamó Ballestrino y me dijo: "señora, acaba de llegar
su marido, puede venir cuando quiera. No lo dejé ni
que se afeitara para que usted vea cómo lo trajeron".
Lo primero que me dijo fue que quería ver un médico
porque tenía unas lastimaduras en la espalda. Eran
unas caricias que le hicieron. 

- ¿Es cierto que lo quemaron con cigarros? 
- Eso. Y lo torturaron ¿sabes dónde? En el famoso
cuartel de "dragones", al mando del general Gregorio
Alvarez. Ahí empezó la tortura. Él nunca quiso hablar
de eso, yo hablo porque él está muerto. Entonces yo le
dije a Ballestrino que no se sentía bien, que tenía
heridas que no curaban y que quería llamar a un
dermatólogo. "Sí señora, cómo no", me dijo. Traje a un
dermatólogo muy bueno que me recomendó Crottogini y él
lo curó. Estas 
personas viven todavía y podrían atestiguar lo que
digo, porque Seregni nunca quiso hablar de esto. "Lo
que me hicieron a mí se lo hicieron a todos", decía. 

- Mucha gente pensaba que por ser él un general del
Ejército había tenido 
otro trato. 
- ¡Qué va! Lo tenían desnudo, sentado en un banquito
durante horas y días. Era la humillación, además de la
tortura física. 

- ¿Qué siente hoy hacia las Fuerzas Armadas? 
- Pienso que la mayoría de los que estaban en ese
momento, o se murieron o se retiraron, ya no
pertenecen al Ejército. Tengo un poquito de miedo de
que muchos puedan ser hijos de aquellos militares, y
que si no les interesa la política oyen una sola
campana. Pero con todo, tengo la idea de que fue para
ellos tal el fracaso, que después tienen que haber
sentido el desprecio de la gente. Lo sienten a tal
extremo que hay gente que no se viste de verde por
miedo a que lo confundan con un militar. 

- ¿Se ha cruzado en estos años con Gregorio Alvarez? 
- Lo he visto de lejos, pero no me he cruzado. 

- ¿Y si se encontrara frente a frente con él? 
- Simplemente le diría: yo a usted no lo conozco. 

- En alguna oportunidad, usted ofició de representante
de Seregni. 
- Sí, eso fue cuando el voto en blanco (en las
elecciones internas de 1982). Seregni pensó que era la
forma de mantener históricamente la presencia del
Frente. Yo hice todo un recorrido por Europa
explicando la posición de Seregni. Me reuní con la
Mesa Política que funcionaba en Madrid, en París. 

- ¿Qué pensaban los dirigentes en el exilio sobre ese
voto en blanco? 
- Todos me escucharon con mucha atención, pero ninguno
me decía que sí. Fui a México, donde estaba El Galpón,
acompañada por un sindicalista y por un estudiante.
Todos pertenecían al Partido Comunista, y todos
quedaron callados. Nunca me dijeron que no estaban de
acuerdo; el único que me lo dijo fue don Enrique
Rodríguez en España. "Pero Lily, si sacan veinticinco
mil votos van a figurar en el Guinness". Sacamos
ochenta y cinco mil. La orden de Arismendi era votar
al menos malo, y todos los comunistas votaron a
Ferreira. Y así y todo el Frente sacó ochenta y cinco
mil votos. 

- ¿Seregni tuvo buena relación con el general Medina? 
- Cómo no. Después que pasó todo. Una vez se
encontraron en el Palacio Legislativo y fue una cosa
de lo más graciosa. Estaba Seregni mirando para un
lado y Medina para el otro. En determinado momento se
dan vuelta y se encuentran frente a frente, y ninguno
de los dos quiso estirar la mano. Finalmente fue
Medina quien la estiró, y Seregni se la dio. 

- ¿Es cierto que Medina lo llamaba "mi general"? 
- Sí, es verdad. 

- ¿Cuál fue el momento más duro para él de los últimos
treinta años? 
- Creo que el momento de la tortura. Nunca pensó que
pudieran hacerle eso. Porque él, en los primeros
tiempos, cuando le contaban, dudaba que pudiera pasar
eso en el Ejército. No podía creer. 

- ¿Usted supo por boca de él que había sido torturado?

- Lo supe hará tres años. Un día estábamos tomando
mate, conversando, y me contó. Además de las torturas
físicas, le ponían una grabación permanente con gritos
y llanto de gente torturada. Permanentemente, día y
noche, durante cinco días, por ejemplo. Para
enloquecer a cualquiera. 

- ¿En algún momento lo vio quebrarse? 
- No, nunca. Y siempre con esperanza. 

- ¿Cómo la expresaba? 
- "Chiquita, tenes que hablar con Fulano, tenes que
moverte", "esto no va a quedar así, vas a ver que
vamos a salir adelante". El nombre del libro que
escribió Blixen, "La mañana siguiente", no es una
frase al azar. Seregni toda su vida, desde joven,
nunca hizo nada para hoy. Era hoy, pero vamos a pensar
en mañana también, y en pasado si podemos. Tanto en el
Ejército como en la política ese fue siempre su
pensamiento. 

- ¿Él supo que iba a morir? 
- Sí, lo supo en marzo. Tenía Parkinson, era para lo
único que se medicaba porque aparentemente era lo
único que tenía. Le atacaba los pies, caminaba con
dificultad. Volvimos de afuera, donde pasamos el
verano y él sintió algunas molestias. Le hicieron una
tomografía y le dio que tenía cáncer de páncreas. Fue
muy rápido, de marzo a julio en que murió. Todos los
días, hasta la noche anterior comió con nosotros, miró
televisión, caminó. Caminaba con enorme dificultad,
afirmado en mis hombros. Pero el día antes dijo "no
tomo más medicamentos". Se ve que estaba sintiendo
algo distinto. Esa noche me dijo: "pero qué mal
peinada estás, vos que siempre fuiste tan coqueta",
porque yo iba todas las semanas a la peluquería. "¿Por
qué no vas mañana temprano a la peluquería?". Y yo
fui. Y cuando vine me lo encontré ya muriéndose. 

- Su último gran recuerdo como hombre público debe
haber sido aquel homenaje 
en la Universidad. 
- Sí, él estaba muy cansado. Yo sentí que el discurso
lo cansó mucho, pero se sintió tan feliz... de todos
los homenajes que le hicieron ese debe haber sido el
que más lo conmovió, porque además lo organizaron los
muchachos de la eneración del 83, que habían sido
muchos de ellos sus custodios y compañeros. 

- ¿Quién fue el mejor amigo de Seregni? 
- Pérez Rompani, Bertolotti -el padre del comandante
del Ejército-, Pomoli -el padre de este otro
muchacho-, Castelao. 

- ¿Y dentro de la política? 
- Michelini, Flores Mora, el "Tape" López Silveira,
una cantidad. 

- ¿Siente que el actual es es Frente Amplio de
Seregni? 
- Mira, la semilla se plantó en el 71. El árbol creció
regado por lágrimas y por mil vendavales y siguió
creciendo gracias al voto en blanco. No me importa que
le agreguen ramas con otros nombres, el árbol es el
Frente Amplio. Pienso que sigue siendo el mismo, con
las mismas dificultades y discrepancias, porque la
unanimidad es muy difícil entre gente que piensa
mucho, entre gente inteligente. 

- ¿Por qué fue tan crítico del Frente en los últimos
años? 
- No fue crítico, al contrario. Seregni iba
proponiendo lo que él consideraba que no podíamos
hacer solos, y que había ciertas leyes en las que era
necesaria la colaboración de blancos y colorados. Y el
centro de estudios que impulsó fue precisamente
buscando los puentes para ese futuro que no es
inmediato, sino para después. Si la gente no comprende
que precisamos la unidad para sacar al país del pozo,
no tenemos futuro. Él 
sentía que estaba haciendo obra, que no importaba si
no la dejaba terminada, pero cada día tenía que servir
para algo. 

- ¿Tuvo una buena relación en los últimos años con
Mujica? 
- Cómo no, y lo respeta mucho. Nos cuesta
acostumbrarnos a su manera de ser y de decir, pero le
encontramos una honestidad en su proceder. Hay gente
que encuentra que Mujica es muy demagogo, y que es un
gran discípulo de Erro, sin embargo yo creo que no,
que es su manera natural de ser. Yo le tengo un gran
respeto. 

- ¿Cómo ve a Tabaré Vázquez? 
- Una gran inteligencia para armar un puzzle muy
difícil, porque si hay algo difícil es el Frente
Amplio. Porque en un mismo grupo hay cinco opiniones.
Es muy poco tiempo para juzgarlo como gobernante, pero
por lo que se ve -la gente que ha ido poniendo en los
puestos- está muy bien. 

- ¿Seregni en algún momento se sintió decepcionado con
Tabaré? 
- No, no, de ninguna manera. Lo que pasa es que Tabaré
nunca se acercó mucho a Seregni. Se acercó mucho más
en los últimos días, que venía con Astori, y venía
también Arana, que fue quien lo visitó siempre. Yo
creo que Tabaré no se sentía demasiado político, él se
sentía ciudadano y médico antes que político. Se ha
volcado en los últimos años y es un gran político. 

- ¿Cómo fue el episodio de la reposición del retrato? 
- El general Wins siempre venía a visitarlo; acá
venían de la Marina y del Ejército. Y Wins lo vio tan
mal que pensó en hacer lo posible por reponer el
retrato antes de que se muriera. Lo habló con el resto
de los generales, lo que pasa es que pensaban
resolverlo en agosto, y Wins lo vio tan mal que fue a
San José y lo colgó. Y ahí fue que hubo una cierta
discrepancia. Y ese día, diez minutos antes de cerrar
los ojos, Seregni me preguntó: "¿pusieron el
retrato?". "Sí", le dije yo. 

- Y ahora está puesto en todos lados. 
- Fuera de los lugares donde lo torturaron a Seregni,
no puedo tener odio por los militares. Por eso yo no
puedo hablar con nuestros compañeros. Porque yo tengo
el recuerdo de cuarenta años de vida con Seregni en
los que todo fue normal, y después once años muy duros
para nosotros, y tengo esperanza de que el Ejército
vuelva a ser lo que fue antes. Seregni siempre lo
recalcó: el poder militar miró siempre al poder
político, y el poder político ignoró lo que pensaban
los militares. Ese fue un gran error. 

- Usted es creyente y él no lo era, ¿verdad? 
- No, pero siempre fue muy respetuoso. Bauticé a mis
hijas, yo iba a misa y él me traía flores para que las
llevara a la Iglesia (se ríe). 

- ¿Cómo lo recuerda hoy? 
- Todavía no asumí que se murió. Muchas veces, de
tarde, siento que se abre la puerta de la cocina y
grito "¡papá!". No me acuerdo que se murió. Por eso a
mí no me han visto llorar, porque no me he hecho a la
idea. Cuando recién nos casamos pasó diez años
haciendo la topografía de todo el país y nos veíamos
cada cuarenta días. Después estuvo un año en México,
después once años separados por la prisión. Me
acostumbré mucho a estar sola y a resolver sola las
cosas, él me enseñó a resolver todo lo que él no podía
hacer por no estar. Lo extraño a la hora de tomar el
mate, cuando venía contándome las dificultades que
había tenido, con quién se había encontrado. Ya no
tomo más mate. 

MONTEVIDEO/URUGUAY/21.05.05/COMCOSUR AL DÍA



		
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