[R-P] Agenda de Reflexión: Recordando al "Gato" Carbone
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Lun Mayo 16 07:30:06 MDT 2005
No para dar por pensado,sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión Nº 282, Año III, Buenos Aires,
lunes 16 de mayo de 2005
El anarco cristianismo nacionalista
Hace apenas un mes, a las 10 de la mañana del sábado
16 de abril de 2005, moría de un maldito cáncer el
periodista uruguayo Alberto Carbone, mejor conocido en
esta orilla del Plata como “El Gato”. El mismo había
llamado a la muerte “una puta ardiente, caprichosa o
distraída, casi siempre injusta...”.
Carbone fue una de las notables plumas brillantes que
supo tener en otro tiempo el diario Clarín, junto a la
de sus grandes amigos Jorge Götling y Emilio Petcoff.
Dirigió también la revista El Despertador.
Anarquista visceral y militante
insobornable de la dignidad popular, heredero
ideológico oriental de Leandro Gómez y de Aparicio
Saravia y occidental de Evita y de Perón, abrazó con
pasión, perspicacia e inteligencia singular la causa
de la integración continental –como discípulo del
Tucho Methol Ferré- y la redención de los pueblos del
Río de la Plata. Campechano, porteño de ley –aunque
importado-, amigo leal y compañerazo del alma, publicó
allá por el ’99 una novela extraordinaria, La
casualidad y el ocaso [Editorial Catálogos, Buenos
Aires], que trata sobre una santa trucha, un cura
anarquista que no era tal, una insólita guerra de
secesión, un paraíso terrenal llamado Playa Verde y
unos vagos irredimibles que saben lo que quieren;
sobre el dolor y la luz, el amor y las desolaciones.
En todo caso, un desafío a la imaginación y la memoria
histórica, un grito frente a esta decadencia atroz.
La novela termina parafraseando el
epitafio de la tumba del florentino Lorenzo el
Magnífico que los Médicis encargaron a Miguel Angel:
“Allí donde está la patria, está el verdadero reposo”.
El Gato escribió: “Allí donde está Playa Verde, ahí
quiero morir”.
Reseña autobiográfica [de las solapas del libro]
Alberto L. Carbone nació en Paysandú, Uruguay, cuando
agonizaba 1939 y comenzó en serio la Segunda Guerra,
pero tales hechos no son vinculantes aunque lo
parezcan. Asistió unos pocos años a una escuela
primaria de los salesianos, y por esa razón le
pareció, durante un tiempo, que era ateo. Tocó el
violín en algunos bailes por unos pueblos perdidos de
Uruguay, Argentina y el sur del Brasil, y también en
el legendario cabaret “La Manchega” de su ciudad
natal.
A veces sostiene –vino mediante- que su
mayor mérito en la vida es haber integrado en dos
temporadas veraniegas la orquesta de Aníbal Troilo,
“Pichuco”. Fue al observar cómo el “Gordo” acariciaba
el fueye cuando redescubrió que Dios existe. Si está
sobrio, dice que no tiene mérito alguno vivir como se
vive, pero no hay que tomarlo muy en serio: hasta
ahora, no da la impresión que sea un resentido.
Pasó por el anarquismo, militó en el
peronismo y como le fue tan bien y cosechó tantos
éxitos se refugió, en las cercanías de la vejez, en un
anarco-cristianismo-nacionalista de dudosa viabilidad
y difícil comprensión. Su otra guarida es el turbio y
mágico boliche de Roberto, ahí en Bulnes y Perón,
donde todavía sobreviven restos de un Almagro que
fuera gloria de los guapos.
Una serie de accidentes en su juventud –se
le cayó el violín en un pozo negro- y algunos
malentendidos (creyeron que sabía escribir) lo
llevaron al periodismo, y por eso trabajó en diarios,
revistas, agencias noticiosas y fue corresponsal de
varias publicaciones extranjeras. Se aburrió de
perpetrar zonceras que nadie nunca habría de leer o
recordar, y entonces dedicó sus bartlebianas energías
[por Bartleby, el escribiente, el cuento de Herman
Melville] a inventar distintos curros para sobrevivir.
Algunos le dieron mucha plata –que malgastó- y otros
generaron maravillosas catástrofes.
Después de leer a Conrad, Balzac, Melville,
Hawthorne, Dostoyevsky y Faulkner, pasó treinta años
meditando si valía la pena escribir algo. Cuando
terminó este libro sus dudas, era obvio, se
multiplicaron.
Vivió la infancia y juventud en Paysandú,
casi diez años en Montevideo. El resto en Buenos Aires
y esa mala costumbre logró, apenas, que algunos
porteños le adjudicaran el apodo de “El Gato”. Tiene
amigos, mujer [¿y cómo se podría a llamar la mujer
oriental de Carbone?: ¡Primavera!, por supuesto...],
cuatro hijas, cuatro nietas, un nieto y un perro. No
tiene un gato ni tampoco un loro bocasucia, grave
error. También conserva algunos odios irredimibles,
varios recuerdos poderosos y dos o tres esperanzas.
Escribió esto con el propósito –exagerado,
delirante- de pagar algunas deudas, del bolsillo y el
corazón.
En fin.
Playa Verde y el aporte oriental a la Argentina
La casualidad y el ocaso [fragmento], capítulos III y
IV, páginas 270 a 286
- III -
[...] Cuando agonizaba el siglo, jadeante pero aún
esperanzado, comenzó a circular en Montevideo y en los
pequeños caseríos de la costa una suerte de leyenda
mentirosa o mentira legendaria –que son dos formas de
la realidad- acerca de Playa Verde. Hablaba de una
mujer salvaje, huraña, de una belleza extraordinaria,
que al parecer se paseaba por los arenales de esa
playa cubierta tan solo por una túnica blanca,
semitransparente. Rubia según algunos, de pelo
renegrido decían otros. Alta afirmaban aquellos, ojos
fríos como de hielo azul, murmuraban estos. Todos
coincidían: resplandecía de amor, promesas o deseo.
Las mujeres descreían, los hombres suspiraban. En
algunos fogones cuyas brazas alimentan siempre la
soledad o la imaginería, caras curtidas por
horizontes, solazos o aguaceros aseguraron entre
amargos y ginebras que habían escuchado una suerte de
canto o lamento desgarrado y convocante, como de niño
perdido, de mujer parturienta, de patriotas
moribundos. Pero lo cierto es que nadie nunca pudo
decir: “estuve con ella, hablé con ella, yací con
ella”. Y por eso la leyenda se transformó en
desmesura, hija predilecta de ese curioso matrimonio
entre el sabio silencio campesino y las vanas
inquietudes ciudadanas. Finalmente, la exageración
cedió paso al olvido y ya en la década del cuarenta
eran muy pocos los que recordaban –o querían recordar-
la extraña y bella figura caminando en soledad por las
arenas playaverdenses.
Pero siempre hay alguien que pregunta. Siempre está el
que interroga y se interroga. Así fue que Cristophe
Jabbour, un antropólogo de la Sorbonne que recaló en
estas tierras a raíz de un traumático desengaño
amoroso, rastreó durante años el origen de esa leyenda
–y otras- y se encontró con la verdad. Encontrarse con
ella no le devolvió la esperanza de poder amar
nuevamente a una mujer, pero Jabbour –pese a los
desencantos de su juventud- tenía la prudencia erudita
que sólo el vino y ciertas tristezas afrancesadas
pueden convocar. Si a esas virtudes se suma un trabajo
investigativo de nueve años, el rastreo y ubicación de
algunas pocas pero ilustrativas cartas, más de 150
horas de entrevistas grabadas y, en lo esencial,
apuntes de los recuerdos y precisiones del narrador
oral Ariel, se puede tener una idea de la importancia
y el valor documentario del trabajo de Jabbour.
Lo cierto es que el curioso francesito se encontró con
una verdad trágica, que durante años mucha gente se
obstinó por hundirla en el olvido. Otros simplemente,
optaron por negar su existencia.
Pero digamos así: ¿qué pueblo, región o país puede
darse el lujo de prescindir de la tragedia si es que
realmente quiere ser historia o, por lo menos,
anécdota de la historia? Bien: esa verdad figura en el
ensayo que Jabbour tituló “Mythes, légendes et
realités des plages du Río de la Plata – Une étude
comparative”, Ed. Gallimard 1996 (versión corregida y
anotada por Carolina Gertsmayer) y que, en síntesis,
trata de contar lo siguiente.
En 1855, un matrimonio residente en Buenos Aires
integrado –¿o desintegrado?- por Bernardino Flores
Mitre y Encarnación Quiroga Peñaloza a pesar de
múltiples y a veces violentas rencillas explicables
tal vez por origen y apellidos, conoció un poco de paz
cuando nació su primogénita Magdalena. Una niña
hermosa de ojos penetrantes y delicada de salud,
temperamental, que lloró –sin lágrimas pero
hondamente- una sola vez en su corta vida y lo hizo
para morirse dando vida. Ambos padres, con ideas
diametralmente opuestas sobre el sentido final del
paso del hombre por el mundo (y el mundo para ellos
era Buenos Aires, acaso Londres o París, pero nunca la
Argentina bárbara, mucho menos la incivilizada América
criolla) y también sobre el amor, la patria y el
destino. Reiniciaron sus guerrillas casi de inmediato
a causa de la educación y los sentimientos que ellos
suponían debía recibir y albergar la frágil Magdalena.
En eso pasaron varios años, reproche va y acusación
viene: ni siquiera advirtieron que la niña se había
transformado en mujer, y miraba con ojos contenidos
pero amorosos a un vecino de aquella casona de la
calle Artes. Fue esa distracción la que permitió a
Magdalena y Aureliano Lamas Sáa consumar una noche ese
acto de amor casi perfecto de los adolescentes o los
desesperados. Lo hicieron debajo de un parral
cómplice, cuyas guías se habían abrazado con las de un
jazmín del país pero que, comprensivas, le dejaron
resquicios que le permitieron a ella –en esa su única
noche plena- mirar la dulzura atenta del lucero.
Aureliano, un muchacho hipersensible que cultivaba la
amistad con el poeta Julio Herrera y Reissig, alcanzó
a leerle a Magdalena dos de los poemas iniciales de lo
que después se llamaría “Las pascuas del tiempo”. El
le juró amor eterno y ella juró darle dichas
inconmensurables y cuatro hijos varones. De aquella
noche irrepetible Magdalena conservó el perfume del
jazmín, un vientre hambriento y una belleza nueva pero
melancólica, porque la melancolía, en las mujeres, es
un estadio superior de la tristeza.
Todo habría de estallar en mil fragmentos una mañana
del impiadoso enero de 1874, cuando Sinforosa, la
criada negra, le susurró a doña Encarnación que su
hija estaba embarazada y, de paso, le informó con una
sonrisa desfachatada que ella también lo estaba. No le
dijo, claro, que el padre era el recto, austero y
probo don Bernardino: un mediodía la encontró juntando
huevos en el siempre alborotado gallinero y –con cara
de odios puritanos y culposos- consumó sin bajarse los
pantalones y entre el cacareo histérico de las
batarazas, una urgida parodia del sexo, desprolija,
casi brutal, triste.
Todo un escándalo, pero sólo por Magdalena. Llantos,
nuevas recriminaciones entre los irreconciliables
esposos, amenazas de muerte para el autor del inaudito
atentado de hacerle caso al reclamo de un cuerpo y un
corazón jóvenes, que sin un peso –y apenas con lo
puesto- debió huir a Misiones. Vinieron días de
susurros y alaridos que sólo sirvieron para llenar de
miedo, odio y desdén a Magdalena, porque se había
convencido –mirando a sus padres- que el matrimonio
era (¿no lo será todavía?) el peor de los suicidios
que le pueden tocar a una mujer y a un hombre. Se
habló de un aborto, pero la cerrada negativa de la
preñada y el excesivo adelanto del embarazo
descartaron esa posibilidad.
Finalmente, el despótico Bernardino –un unitario que
adoraba a Calvino y a Voltaire, porque creía en la
civilización del progreso como tantos miserables-
decidió mantener encerrada a Magdalena en una
habitación hasta que pariera. Después –le anunció a la
familia- sería enviada secretamente a Montevideo donde
debería permanecer hasta el final de sus días con un
nombre y apellido falsos y mostró un documento en el
que se acreditaba que la parturienta tenía ahora el
apellido Federico. La madre protestó, y fue en vano.
Las protestas de una mujer, en ese tiempo como ahora,
valían tanto como las de una lombriz.
Pero la muerte –una puta ardiente, caprichosa o
distraída, casi siempre injusta- cambió las cosas.
Magdalena, tras dos días de dolores y alaridos dejó su
corta vida de dieciocho años en el parto. Dio a luz
una nena a la que bautizaron Raquel –nombre para la
desdicha, dice la Biblia- con la complicidad de un
cura imbécil que pontificó media hora frente a la
moribunda sobre los pecados carnales y los extravíos
de la juventud. Tuvo por nodriza a la negra Sinforosa
quien, por su parte, había parido un varón “de padre
desconocido” tres meses atrás pero sin que nadie se
escandalizara, por supuesto: un negrito siempre era
–es, aún- promesa y garantía de mano de obra barata.
La decisión de Flores Mitre fue inamovible: esperó dos
años, entregó al hijo de Sinforosa para que lo criaran
dos machonas que regenteaban con mano de hierro su
estancia de Chacabuco, y envió a Montevideo a la negra
y a Raquel Federico, su nieta huérfana, pese a los
llantos y ruegos de la envejecida y delirante doña
Encarnación, que veía en la bebita una prolongación de
su antes denostada pero ahora querida hija muerta.
Había aprendido –con el dolor, con desolaciones
sórdidas- que no se puede menospreciar la propia
sangre por prejuicios, sospechas o morales ambiguas.
Sinforosa cuidó a Raquel como a una hija propia, le
trasmitió antiguas sabidurías, ritos, hechicerías y
magias caseras de su raza. Le enseñó también cuatro
cosas imprescindibles en una mujer: leer, escribir,
persignarse y cocinar. Le dijo una tarde: “no puedo
enseñarte cómo se hace el amor, porque sería como
tratar de enseñarte a volar. Si lo hiciera ya no sería
una negra. Estaría tratando de ser Dios, y Dios nunca
le enseñaría cómo se vuela a los hombres: se pondrían
tan soberbios que arrasarían la tierra”.
Jamás el energúmeno Bernardino cruzó el río para ver a
su nieta, y de él sólo tenían noticias cuando llegaba
los 25 de cada mes un sobre con una remesa de dinero
con el cual sobrevivían. Suma miserable si se quiere
para tanto dolor y ausencia, pero suficiente como para
permitirle a Sinforosa ahorrar algunos pesos que le
asegurarían a Raquel su subsistencia después que ella
ya no estuviera. La niña creció feliz, atosigada a
veces por el cariño un poco obsesivo de la negra,
rodeada de libros y libros que Sinforosa compraba sin
ton ni son y regateando siempre en la calle Sarandí,
de recetas encerradas en una extraña caligrafía, de
preguntas y preguntas casi todas sin respuesta.
La dulce y abnegada negra cayó abatida por una fiebre
extraña en el verano de 1895. En su agonía, le habló a
Raquel de sus ahorros y dónde estaban escondidos. Le
dijo por último: “No te preocupes demasiado. El mundo
es de los blancos, y no te dejarán de lado. No vuelvas
a Buenos Aires, porque todo tu pasado está aquí, en
esta tierra. Allá solo hay fantasmas o desprecio”.
Cuando le cerró los ojos, Raquel advirtió recién
entonces que estaba sola, irremediablemente sola en el
mundo: ni siquiera conocía la dirección de sus abuelos
aunque no le importaba demasiado, porque un asco
infinito se le anidó en el alma cuando por fin
Sinforosa, entre lágrimas calientes, le hizo conocer
la historia cruel de su madre y las miserables razones
de su destierro.
Pagó el sepelio, vendió los pocos muebles o
pertenencias y con el resto de los ahorros de
Sinforosa partió –sin razones precisas, con
determinación- hacia el este. Una amargura resentida
pero justificada le arañaba el corazón: en él
encontraban refugio algunas ideas apesadumbradas que
se parecían a los naufragios. Raquel las fue anotando
en varias cartas enviadas a una hermana de Sinforosa
que vivía en Colón, Entre Ríos. Sobre el amor: “una
mentira insolente, una molestia sin fin matizada por
30 segundos de gozo y horas de reproches”, la
convivencia –“un infierno doméstico de guerras
diminutas donde todos son perdedores”-, los hijos –“un
hastío lleno de mierda, mocos, llantos y desvelos
gratuitos”-, y el futuro –“caprichos del azar que sólo
fabrican desventuras”-, decía en aquella
correspondencia que Jabbour finalmente rastreó en la
casa de Amabilia Maseillot, una mujer dulce y
distraída que las guardaba como reliquias en su casita
de Carlos María Ramírez, allá en el Cerro de
Montevideo.
Las pacientes investigaciones del francés le
permitieron comprobar que el primer lugar de
residencia de Raquel Federico fueron los parajes
conocidos hoy como Cuchilla Alta. De allí se fue para
no soportar las embestidas sin cuartel de cuatro
hermanos que decían ser hijos naturales de Gregorio
–“Goyo Jeta” - Suárez, asesino irredimible y vengativo
elevado a la categoría de patriota por los colorados.
Cuatro hombres huraños y embrutecidos por el
resentimiento, el alcohol, la forzada abstinencia y el
analfabetismo: cuatro razones suficientes para
cualquier violador.
Pero a fines de 1897 ya había construido un ranchito
humilde en lo que ahora se conoce como Playa Verde,
presumiblemente en el solar donde ahora se levanta la
casa de piedra de la familia Estévez. Algo de verdad
en la leyenda: en los crepúsculos solía caminar sola,
con el pelo suelto y cubierto por una túnica blanca
que Sinforosa utilizaba en sus ritos, y en las tardes
nubladas entonaba extrañas canciones. Nunca supo que
las letras eran traducciones arbitrarias a su difuso
dialecto nigeriano que Sinforosa había hecho de los
“Cielitos” de Bartolomé Hidalgo. Esos solitarios
paseos por la playa silenciosa alimentaron
imaginaciones, desparramaron mitos, alentaron
esperanzas y también recelos, porque a veces la
libertad de los otros es insoportable.
Fue allí donde una noche de abril la asustada Raquel
abrió la puerta ante los llamados perentorios de
Nicasio Martín Amestoy, blanco de Aparicio Saravia y
fugitivo de los hombres del presidente Juan Lindolfo
Cuestas, aquél hemipléjico oscuro, feo, mediocre y
resentido que sin embargo se mantuvo seis años en el
poder y logró pacificar un poco el pequeño pero
agitado país.
Raquel se encontró entonces frente a un hombre de
rostro ancho, con mandíbulas decididas, una frente
despejada, ojos como ajenos o tristes de ver tanto,
tanto y tanto, una boca de labios que conjugaban –con
dosis justas- sensualidad y cierto escepticismo, manos
seguras pero algo infantiles, pelo castaño con
reflejos rojizos.
Prendió fuego, le cebó un mate, le dio galletas y
queso, le preguntó su nombre, admiró secretamente su
estampa. Después le dijo: –estoy sola-. El le dijo:
–ando solo-. Estar y andar (casi como ser, para
algunos castellanos) se fundieron en un abrazo tímido,
después voluntarioso, finalmente agradecido y pleno.
Entonces, recién entonces fueron dos, que no siempre
es tan solo uno más uno, porque pueden ser millones si
las almas se acomodan.
En esa noche el amor mandó patrullas para explorar y
no quedó en aquellos cuerpos centímetro sin
reconocimiento, ni en los dos corazones quedaron
llagas sin su bálsamo. Los labios de Raquel, cansados
de besos, olían a vida joven y a magnolias. Los de él,
a tierra húmeda y raíces.
Llegó la madrugada con una vela cómplice. Raquel se
enteró que Cuestas quería la muerte de ese varón, al
que podría amar con audacias desconocidas, no por
problemas de divisas entre blancos y colorados, entre
federales y unitarios, sino por un brumoso asunto de
faldas en el cual Lindolfo había sospechado (con
fundamento, según las investigaciones de Jabbour) que
se le estaba calcificando la frente. Nicasio le
explicó a Raquel, con las ingenuidades ladinas de un
seductor: “andaba buscando a quien querer y me fue
bastante mal. Ahora, recién ahora estoy bien. Y me
parece que ya te estoy queriendo”. Ella le dijo
prudente: “puede ser”.
Cuando el sol comenzó a iluminar los cerros, con esa
luz esforzada y tierna que usa en los abriles,
hicieron otra vez el amor: ahí fue que Raquel sintió
que de su piel partían buitres, regresaban horneros.
Entonces bostezó y puso su pierna derecha sobre el
muslo del hombre y se abrazaron y durmieron y parecían
hermanitos. Más tarde hablaron. Entonces ella fue
sabiendo.
Aquella aventura le había costado cara a Nicasio:
apenas concluidas las batallas de la revolución blanca
y federal del 97, regresó a Montevideo donde lo
esperaban, con órdenes terminantes de fusilarlo o
degollarlo, cuatro expertos matones que algunos
rumores sindicaban como los instigadores de Avelino
Arredondo, un tarambana que había asesinado a balazos
al anterior presidente Juan Idiarte Borda. Oportuno
–¿demasiado oportuno?- crimen que posibilitó el acceso
a la presidencia del feo Lindolfo.
Por diferencia de pocas horas Nicasio pudo escapar de
los asesinos, se refugió dos días en una tapera en la
Unión, y siguió después hacia el este buscando poner
prudente distancia y con intenciones de llegar a la
frontera con Brasil. Sabía que encontraría amparo
seguro entre los federales riograndenses de otro
general de hombres libres, Joao Nunez Da Silva
Tavares, el legendario “Tigre Joca” que peleó junto a
Gumersindo Saravia –hermano de Aparicio- en la
Revolución del 93: Gumersindo murió en la patriada y
Aparicio, un lanzazo y la bala aquella en el cuerpo
para siempre, volvió siendo general gaúcho.
En Playa Verde lo sorprendió un violentísimo temporal
de viento, granizo y rayos implacables y fue entonces
que Nicasio atinó a pedir refugio en el ranchito de
Raquel. No sabían –ella y él- que esos cinco golpes
urgidos, arbitrarios, aniquilarían aquellas ideas
amargas sobre la vida de la solitaria y hermosa mujer.
Porque la pasión –después el amor, finalmente la
ternura compañera- irrumpieron en ese rancho (y en
aquel corazón tempranamente agrietado) con la fuerza
ciega de los perros abandonados cuando encuentran un
refugio con olores amigos. Se amaron como sólo pueden
amarse los hijos de la soledad y las batallas, se
cuidaron como aquellos que saben o intuyen que les
queda poco tiempo, se aprendieron mutuamente con la
paciencia de los ciegos y sus ojos en los dedos,
jugaron como juega la libertad si tiene caminos o
misterios por inventar.
Raquel se fue transformando en una mujer esplendorosa,
Nicasio en un hombre sosegado, con los olvidos
necesarios. De sus juegos nocturnos nació un niño,
Gervasio, y de sus afanes diurnos nacieron un
gallinero con varias ponedoras y tres gallos celosos y
compadritos, un chiquero con algunos chanchos, una
quintita para las verduras, un horno de barro, un
palenque para el tobiano, un corralito para las
ovejas, un alero para la leña seca y los mates
tempraneros. Raquel, cuando escuchó el llanto del
niño, pensó entre sueños que había llegado a una
región de las esperanzas donde por fin podía quedarse
y empezar.
La comadrona que la asistió en el parto estalló en
carcajadas cuando vio el pelo rojo del recién nacido:
“Nicasio, lo único que te faltaba, te nació un
coloradito”, y el guerrero blanco y fugitivo
reflexionó: “Mejor, tal vez sea augurio de paz entre
los orientales. Alguna vez deberíamos convivir
tranquilos”.
No fue así. Cinco años después –años de dicha y
ciertos pesares, meses alegres y angustias económicas,
días felices y breves tormentas de celos- algunos
rumores que hablaban de guerra comenzaron a recorrer
llanuras, cuchillas, cerros y playas. Estaban
equivocados: en lugar de guerra debían hablar de
Revolución. Hablaban, otra vez, de hermanos blancos
contra hermanos colorados como si fuera un juego, y
estaban equivocados: lo justo era hablar de la
integridad de la nación blanca contra la abyección de
un gobierno colorado que hasta llegó a pedirle a
Theodoro Roosevelt el desembarco de “marines”
norteamericanos para intervenir contra Saravia.
Gobernaba Batlle y Ordónez en Montevideo, gobernaba
Aparicio en Cerro Largo y Nicasio entendió que Batlle
tal vez fuera la legalidad, pero Saravia era lo
legítimo. Magdalena lloró una mañana, cuando advirtió
que su hombre engrasaba pensativo el revólver, afilaba
con esmero su facón. Lo miró fijo y en sus ojos vio
galopes, gritos, lanzas.
No hubo reproches. Sólo seis palabras de Nicasio: “es
más fuerte que yo. Perdoname”. Sólo tres palabras de
Raquel: “te estaremos esperando”. Apenas una mirada
triste del niño Gervasio, cuando el tobiano –aquella
mañana clara de diciembre, se moría 1903- inició un
trote lento rumbo al norte. Una sola vez Nicasio miró
hacia atrás: las figuras empequeñecidas de su mujer y
su hijo lo conmovieron y apuró al caballo. Raquel
nunca supo que cabalgaba llorando, como habrán llorado
muchos de los veinte mil hombres mal armados que
respondieron al llamado de Aparicio, un llamado que
les repetía una y otra vez, sí señor, una y otra vez
que la patria tiene que ser la dignidad arriba y el
regocijo abajo.
Un año, una carta: “...estoy cansado, vida mía, pero
hago lo que debía hacer. Te escribo desde Durazno,
pero mañana ya marchamos hacia Florida. No estamos
quietos nunca, porque es la manera de mantener
inquietos a los del gobierno. Si sumara leguas, serían
miles las que hemos recorrido con el tobiano. Pero
Saravia sabe lo que hace, y nosotros hacemos lo que
sabemos: pelear por una causa justa. Ruego a Dios por
nuestro triunfo, y por volver pronto a casa. Extraño a
‘Fosforito’, te extraño a ti, te extraño y te deseo.
En Mansavillagra tuvimos un encuentro con los
gubernistas y recibí un balazo en la pierna derecha.
Nada grave, pero doloroso. Combatí en Paso del Parque,
un desastre sangriento para nosotros y ellos, en Santa
Rita, Fray Marco y en Ilescas: ahí comprobé la
eficacia de las ametralladoras Maxim, que algunos
ganaderos ingleses donaron al gobierno. Te pienso
mucho y te quiero más. No le guardes rencor a la
patria, por tenerme aquí guerreando. Cuando regrese ya
verás cuanta paz tendré para darles...”.
Después soledad y silencio. Día a día, noche a noche,
tristeza a tristeza: Raquel, por las mañanas, siempre
observando los cerros, esperando ver al tobiano con su
trote lento, tristón, porque siempre los caballos
vuelven tristes de mirar como se matan los hombres.
Más tarde sus pasos leves en la arena, observando con
los ojos del desconsuelo al río como mar, que a veces
parecía llamarla, parecía que la convocaba para alguna
ceremonia. Tal vez, vaya uno a saber, se sentía
copartícipe de su infortunio. En las noches, un poco
de descanso al mirar los ojos de Gervasio, acariciarlo
levemente, recordar momentos, rezar por el alma de su
padre pensando siempre en su cuerpo amado.
Hasta la mañana aquella, terrible, que traería dolor,
delirio y al final locura. A dos metros del palenque
un paquete. En él un facón con sangre reseca. Un papel
que decía: “...usted no me conoce y no he querido
molestarla. Mi nombre no importa. Este cuchillo
atravesó el vientre de Nicasio, que murió pronunciando
su nombre en Masoller. Me dijo que le dijera que
rehaga su vida. Yo soy colorado, fuimos enemigos pero
ahora es tiempo de olvidar rencores. No fui yo quien
lo mató, pero es como si lo fuera. Como ya no quiero
guerra ni más muertes, mi única ofrenda de paz, aunque
parezca extraña, es dejarle este facón manchado con la
sangre de su hombre. Que Dios nos perdone a todos, y a
usted y a su hijo no los abandone”.
Durante tres días, arrodillada frente a la cama,
Raquel miró el cuchillo sobre la almohada donde ella
había visto dormir a Nicasio. No lloró, no rezó, no
gritó. Ni los ruegos primero, los reclamos más tarde
ni el hambre de Gervasio después lograron arrancarla
de su mutismo atroz, endurecido, reseco, porque ya no
había lágrimas en ella, sólo clamores brumosos de
cólera y venganza.
Aquella región donde quedarse y empezar, era ahora
región de un final nunca esperado pero tal vez
presentido, región de sueños quebrados para siempre,
de ese dolor que nacía en la nuca y estallaba en sus
sienes, de esa luz roja y feroz que todo lo inundaba,
que le iba demoliendo una a una las defensas del alma
mientras enfilaba resuelta, inexorable, hacia los
peligrosos acantilados de la mente.
Por eso, aquella insensatez homicida: a las seis de la
mañana del 25 de noviembre de 1904, el cuchillo que
mató a Nicasio se enterraba ahora en el corazón de
Gervasio que dormía, que no sintió dolor ni espanto.
Sus oídos ni siquiera alcanzaron a escuchar la frase
enloquecida de aquella mujer rota: “coloradito hijo de
puta”. Sólo había sido un sueño tenso de un niño que
no entendía lo que pasó. Un sueño breve que se
transformó en el largo descanso de un cuerpito inerte
que ya no podía escuchar los gritos de la mujer, ni
tampoco sentir ése su último abrazo exasperado,
inútil, imperdonable.
Raquel, ahora toda pesadumbre, ya toda ternuras, le
fue ordenando con su saliva y dedos como plumas aquel
flequillo siempre rebelde como si ese niño estuviera
por ir de visita, como si ya saliera para la escuela,
como si Gervasio todo muerte se estuviese preparando
para vivir, como si lo deshecho nunca hubiera sido
hecho, como si, pobrecita, se hubiera vengado de un
millón de antiguas afrentas. Había inaugurado, sin
saberlo, una larga tragedia que duraría mucho más que
un siglo de pesares y desencuentros, duraría todo ese
tiempo necesario y desgraciado que se incuba en los
huevos de la mentira, las frustraciones y la vida
mezquina, el sin destino de un páramo que perdió su
centro porque ya no había entorno, territorio de almas
desamparadas o porque la única derrota que no se
perdona es la muerte de las esperanzas o las utopías.
Después, con la túnica blanca de aquellos rituales de
su infancia manchada con la sangre de su hijo, Raquel
caminó bordeando las rocas de la playa desolada.
Desolada porque las gaviotas siempre olfatean la
muerte o la desesperación y esa mañana volaron un
vuelo de fugitivos. Raquel miraba fijo hacia el
horizonte color acero, y en su locura ahora casi
lúcida no tuvo el coraje para persignarse mientras sus
pies comenzaban a mojarse. Su cabeza estaba erguida
como la de un condenado orgulloso que camina hacia el
cadalso creyéndolo su redención, mientras el agua
salobre, despiadada, subía y subía hasta las rodillas,
subía hasta el vientre, hasta los senos, hasta la
boca, subía hasta los ojos ahora ciegos de culpa y
amor derrotado para alcanzar por fin la nada oscura,
silenciosa, final, liberadora.
Su cuerpo apareció dos días después, medio kilómetro
al este. Lo encontraron tres pescadores que ya nunca
olvidarían. La túnica estaba inmaculada, y en los
labios de la mujer había una sonrisa apaciguada.
Como de niño dormido, dijeron ellos sin saber.
¿Qué es lo que dice Goethe sobre el caballo?
–preguntó-. “Cansado de la libertad toleró que lo
ensillaran y le pusieran riendas, y por sus penas tuvo
que soportar, hasta la muerte, que le montasen”
(Malcom Lowry, Bajo el volcán)
- IV -
A comienzos de este siglo XX, cambalache, problemático
y febril, Playa Verde –silenciados los fusiles,
ocultas y en silencio las ilusiones federales- vivía
la tranquilidad aburrida de la arcadia batllista
(algunas democracias, a veces, se parecen a los
bostezos) tal como la vivieron casi todos, menos los
desocupados, los tuberculosos, los inmigrantes
hambrientos, los pobladores de los llamados “pueblos
de ratas”, los explotados peones rurales, las decenas
de miles de laburantes hacinados en los 600 y pico de
conventillos montevideanos y otros marginales sin
mayor importancia.
Los distraídos playaverdenses solían celebrar con
júbilo –como todos los distraídos uruguayos- que
existieran espantosas guerras en el mundo y que
murieran millones y millones de personas, porque con
ellas subían los precios de las vaquitas, las ovejas,
la lana y el cuero. Tan es así, que el 28 de junio de
1919, día en que se firmó el famoso Tratado de
Versalles, fue declarado en Uruguay “Día de las Buenas
Perspectivas” y no porque el siniestro tratado fuera a
garantizar la paz mundial, sino porque las humillantes
condiciones que las potencias aliadas impusieron a
Alemania convencieron de inmediato a los parásitos
oligarcas, acopiadores sin alma y barraqueros
inescrupulosos que, en pocos años, los germanos
pasarían la factura y se desataría otra conflagración
similar a la que había finalizado un año atrás.
Gobernantes y gobernados, leyendo el tratado, supieron
que podían dormir tranquilos porque se venía otra
guerra y habría plata para pagar a la exuberante
burocracia uruguaya.
Es más: el 6 de agosto de 1945, fecha en que fue
arrojada la bomba atómica sobre Hiroshima, fue
declarado informalmente (para evitar roces
diplomáticos con los japoneses) como Día de Luto
Nacional, y no por compasión hacia los incinerados
amarillos –como creyeron algunos, entre otros el nabo
de Bertrand Rusell- sino porque ese terrible estallido
puso fin lamentablemente a una contienda que le estaba
permitiendo a Uruguay manotear tocos de guita casi sin
trabajar. Una de las últimas oportunidades de los
juntacadáveres uruguayos de hacer unas monedas, rápido
y sin esfuerzos, fue la guerra de Corea y cuando ésta
terminó –con nuevas rayitas en los mapas que mostraban
límites de Estados ficticios- también terminó la
idílica modorra del “paisito” que habían engendrado
contra-natura el batllismo y sus cómplices. Fue por
ello que, en un gesto casi teatral y seguramente
inspirado en algún rincón del alma no carcomido por
los ratoncitos liberales, los uruguayos decidieron en
1958 (después de casi cien años) que debería gobernar
la muchachada del Partido Blanco, tal vez para darle
una última satisfacción a don Luis Alberto de Herrera
antes de morirse.
Sin embargo, los efluvios de la amable arcadia liberal
ya habían logrado impregnar hasta los caracuses a los
herederos de aquel partido de insurrectos, federal y
americanista, que encima llegaban al gobierno con el
pesado fardo de un energúmeno llamado Benito Nardone.
Este personaje, prototípico del político que pasa años
diciendo ciertas cosas que los humildes esperan
escuchar y cuando llega al gobierno pasa años haciendo
todo lo que los oligarcas deseaban que hiciera, había
logrado con una inteligente y eficaz campaña radial
recaudar los votos del siempre postergado mundo rural
que fueron decisivos para el triunfo de los blancos.
Pero el hecho es que en un proceso de mimetización
bastante miserable se había ido engendrando una raza
de pigmeos que se llamaron a sí mismos “blancos
independientes”, pelotudos insignes que adoraban la
llovizna del liberalismo pro-británico primero y
pro-yanki después porque creían –y lo peor es que
tenían razón- que ella era lo suficientemente tenaz
como para sofocar los últimos Fuegos de San Telmo,
resplandores que aún recorrían las venas de los
descendientes de aquellos patriotas de la dignidad y
el coraje.
Amparados en ese miniaturismo liliputiense que se
correspondía con la geografía inventada por los
británicos, los “blancos independientes” imaginaron
que con un parricidio histórico podían independizarse
de su propio pasado y por eso celebraron con champagne
la muerte de Herrera, testimonio de un pasado de
abuelos y padres de esperanzas blancas, federales y
americanas compartidas. Historia que –en su grandeza-
era exactamente lo contrario de su alcahuetería hacia
el nuevo imperio de las estrellitas y las barras, de
su anticomunismo estúpido y cerril aunque bien
financiado por cierta embajada, de su desprecio por el
continente mestizo y retobado. De aquella frase del
líder –“es lindo ser blanco”-, pasaron a otra: “es
patético ser blanco”, y ahí están los Lacalles de este
tiempo –y tantos otros- para ejemplificarlo.
Pese a todo, la posibilidad de un hermosa y duradera
guerra que trajera prosperidad seguía alentando en las
almitas afligidas de los exportadores y barraqueros, y
el narrador recuerda haber caminado por la calle
Rondeau, en Montevideo, una fría tarde de julio de
1967, observando las sonrisas de oreja a oreja de los
propietarios de las barracas que se concentran en esa
calle. Es que se había desatado la guerra en Medio
Oriente y a lo mejor, si los árabes se aguantaban e
intervenían otros países, tal vez fuera posible
reeditar viejos éxitos económicos basados en los
cadáveres ajenos: la macana fue que la historia
recuerda este hecho como la “Guerra de los seis días”.
En menos de una semana las sonrisas se transformaron
en congoja, y los únicos que sonrieron contentos
fueron los descendientes de los antiguos adoradores
del becerro de oro, que se afanaron el Golán,
Cisjordania y el Sinaí y hasta se cagaron
olímpicamente en las resoluciones de la ONU que les
ordenaban la devolución de los territorios choreados,
dedicándose entonces de lleno y prolijamente a
masacrar palestinos o encerrarlos en campos de
concentración. “¡¡¡Cómo se aprende con los
holocaustos, vistes?”, diría un asqueroso nazi.
Según una de las tantas tesis de “El Cotorra”, esa
breve guerra no fue ganada por la habilidad belicista
de los israelíes, sino por la boludez inconmensurable
de los árabes. Cuenta el cantor de Playa Verde –por
sus venas corre una veta sefardí- que una de las
bombas disparadas por los árabes dio en el blanco por
mera casualidad en una pequeña aldea cerca de Tel
Aviv, y no dejó piedra sobre piedra. Enseguida
salieron los puntos de la Cruz Roja para ver si había
algún sobreviviente. Escarbaron y escarbaron entre los
escombros, hasta que desde allá abajo se escucharon
unos estremecedores gemidos de dolor. De inmediato
gritaron: “¡somos de la Cruz Roja, somos de la Cruz
Roja!”. Los gemidos cesaron un momento y se escuchó
una desfalleciente voz que decía: “nosotros ya
pusimos...”.
Es curioso, sin embargo, cómo del bostezo batllista,
de la traición de los blanquitos avergonzados de su
propio pasado, de la tilinguería de la izquierda
colonial que deliraba con la sabiduría que
supuestamente impartía La Sorbonne o con la bohemia
dorada de Montmarte, del cipayismo generalizado de la
dirigencia político-empresaria y la infinita
postergación del interior de un país deformado por la
macrocefalia montevideana, pudieron nacer tantos y
tantos talentos, tanta inteligencia, tanta
creatividad. Cuando algún porteño pelotudo y
chauvinista (esos que van a Punta o a Pinamar, no los
vagos de Barracas, Parque Patricios, Avellaneda,
Boedo, Almagro, que son orres solidarios, laburantes y
buenos gomías) me infla las pelotas por mi condición
de provinciano uruguayo, para hacerlos calentar suelo
decirles: “Pero macho, ¿vos todavía no te enteraste
que los mejores argentinos son casi todos uruguayos?”.
Cuando el punto entra por el aro, le pregunto con un
tonito de canchero repugnante: “Decime una cosa,
otario, cuál es el tango por el que todo el mundo
identifica al tango?”. “La cumparsita”, contesta el
chabón. “Lo hizo un uruguayo, Mattos Rodríguez”, le
digo. “¿Y el vals? Desde el alma: Rosita Mello,
uruguaya. ¿Y la milonga? La puñalada: Pintín
Castellano, uruguayo”. “¿Y quién inventó el periodismo
moderno en la Argentina?: Natalio Botana con Crítica,
uruguayo. ¿Y quién inventó el teatro rioplatense?:
Florencio Sánchez, uruguayo. ¿Y el cuento, eh?:
Horacio Quiroga, uruguayo. ¿Y la novela contemporánea,
papito? Juan Carlos Onetti, uruguayo”. “¿Y el jockey
más famoso del mundo? Ireneo Leguisamo, uruguayo. ¿Y
la poesía gauchesca? Bartolomé Hidalgo, uruguayo. ¿Y
el último mito varonil del tango? Julio Sosa,
uruguayo. ¿Y quién lo bancó a Gardel en todas sus
cagadas, y cantó con él y compuso su mejor tango, Mano
a mano? José Razzano, uruguayo”. “¿Y quiénes cambiaron
el humor en la TV? Telecataplum, uruguayos. ¿Y en
pintura? Figari y Torres García, uruguayos. ¿Y en
dibujo? Menchi Sábat, uruguayo. ¿Y cuál fue el más
grande caudillo argentino? José Gervasio Artigas,
uruguayo”. Y así les sigo pegando tupido. Cuando lo
tengo bien adobado al cusifai, para darle el remate
final le cago en la bandera: “¿Y vos conocés
Tacuarembó, nene? ¿No? Bueno, ahí nació Carlitos
Gardel, otro uruguayo, pedazo de un pelotudo”.
A veces –debo admitir- no soy muy simpático, pero
admito también que algún porteño ha logrado
descolocarme diciendo: “Sí, algo de razón tenés, pero
ustedes, hijos de puta, también nos mandaron a China
Zorrilla...”.
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