[R-P] La tésis del "imperialismo" brasileño expuesto en forma descarada (La Nacion)a

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Jue Mayo 12 11:19:29 MDT 2005


Miren que hijoderemil... como desarrolla la ponzoña
divisionista. A estos tipos, a estos traidores, ni
justicia.

Rolando
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Brasil nunca nos mintió 

Por Andrés Cisneros 
Para LA NACION
    

Brasil nunca nos mintió: siempre fueron evidentes sus
ambiciones de potencia mundial e imperio sudamericano.
Sólo la euforia inicial por la integración pudo
hacernos creer que nos encaminábamos a una asociación
más equilibrada, como la Unión Europea. 

Para Brasil, el Mercosur siempre fue otra cosa: una
herramienta más de su política exterior al servicio de
un proyecto nacional en el que no admite pares. 

Se trata de un gran país, vecino y amigo, que puede
perfectamente consolidarse como nuestro mejor cliente
y aliado en el mundo, pero respecto de cuyos
propósitos no debemos autoengañarnos: ellos nunca los
ocultaron. Brasil encaró y seguirá encarando el
proceso de integración con actitud positiva, pero
respetando un límite que siempre estuvo a la vista:
allí donde la integración afecte el desenvolvimiento
autónomo brasileño, su prioridad pasará a segundo
plano. 

Esa es la razón principal por la que nunca aceptó una
mayor institucionalización del Mercosur. De hacerlo,
su actual predominio peligraría, con una disminución
de autonomía nacional incompatible con su proyecto
individual para pesar en el mundo y la región. 

El caso del asiento en el Consejo de Seguridad de la
ONU es ilustrativo. La Argentina le propone que se
elija el representante nacional cada cuatro años, en
la inteligencia de que Brasil sería el candidato más
votable por varios períodos consecutivos. Y Brasil
contesta que no, que reclama ser designado de una vez
y para siempre, sin quedar sujeto al sucesivo control
de sus vecinos: “Ustedes no me envían, yo voy por mis
propios méritos”. Aspiran a la hegemonía, no al mero
liderazgo. 

Muchos brasileños piensan que la Argentina simplemente
se colgó del enorme mercado brasileño sin aprovecharlo
para producir cambios estructurales y mejoras
sustanciales en su competitividad, perjudicando el
progreso de la integración. No entienden por qué
deberían seguir privilegiando a un socio a la vez
quejoso y poco rendidor. Suponen que el destino final
del emprendimiento podría ser el de quedarnos en la
zona de libre comercio, liberando a Brasil para
negociar con Europa, China, India o Estados Unidos
acuerdos directos en forma individual. Señalan nuestra
reciente pretensión de que los brasileños nos
acompañaran en una cruzada contra el Fondo como la
gota que rebasó el vaso de la paciencia y la buena
vecindad. 

Mientras tanto, se expanden hacia el resto de América
del Sur a través de una Unión Sudamericana en que la
evidente reticencia argentina los tiene sin cuidado.
Insistirles en la retórica ya vacía de la alianza
estratégica y del Mercosur de cuatro iguales sólo
parece plausible a quienes se encuentran más cómodos
en la nostalgia adolescente del mayo francés: parecer
realistas pidiendo lo imposible. 

Para los argentinos, abonados a la nostalgia, la
inminencia de un posible fracaso también en este
emprendimiento integrador conlleva la tentación, tan
frecuente en nuestra historia, de consolarnos
cultivando morbosamente el dolor de ya no ser. 

Con todo, Brasil se equivocaría si pensara que su
destino de gran potencia estará más cerca si disminuye
sus vínculos con la Argentina, y no al revés. Brasil
es un grande y merece bastante más que un destino de
mera hegemonía subimperial sobre sus devaluados
vecinos. En términos políticos, económicos y, por
sobre todo, en términos sociales, los sacrificios a
los que debería someter a sus propios ciudadanos para
arribar al Olimpo al que aspira serían muchísimo más
severos que si se decidiese por una verdadera
asociación regional: nadie le negaría su actual
condición de primero entre pares. 

Mientras ello no ocurra, y si Brasil terminara
confirmando alguna vocación en otras direcciones,
tocará a la Argentina ponerse de pie, capitalizar el
desencanto, conseguir trabajando lo que quiso obtener
sólo medrando, y recuperar así el prestigio y los
espacios que no hemos perdido ni por culpa de Brasil,
ni de Washington ni de ningún otro responsable que
nosotros mismos. 

El autor fue secretario de Relaciones Exteriores de la
Nación, de 1996 a 1999. 





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