[R-P] Tecnología bancaria
Víctor Morón
vicmoron en cantv.net
Dom Mar 27 13:53:35 MST 2005
Buena (¿buena?) historia de domingo, de La Jornada. No sé si la autora lo
pensó, pero a mí me hizo pensar en la globalización neoliberal y en la
flexibilización laboral. ¿Se fijaron que los bancos han reemplazado salarios
por trabajo ajeno, y además gratuito? El trabajo nuestro, a quienes nos
obligan a hacer horas de cola. Llevaba menos tiempo cobrar un cheque hace
treinta años, sin computadoras, que ahora, con toda la parafernalia
electrónica. Pero en aquel momento había cuatro o cinco veces más
trabajadores que ahora. Es un buen caso para argumentar contra el presunto
(y falso desde _casi_ cualquier punto de vista, el "casi" lo explico otro
día) "desempleo tecnológico". Aquí no hay ningún desempleo inducido por las
nuevas tecnologías, sino por la avaricia del capital financiero, y a costa
de los clientes.
Felices Pascuas, y ojo con los huevos (de Pascua, obvio)
La casa ¿está en orden?
Víctor
PD: Son días de vacaciones. Si van a manejar no beban, si van a beber no
manejen, y si van a manejar y beber hagan un curso rápido de oración, no sea
cosa. Aquí desde el viernes de la semana anterior hasta hoy a esta hora, 9
días, hubo 2.150 accidentes de tránsito, con 107 muertos y 895 heridos. Es
el Sarajevo de cada Semana Santa y cada Carnaval.
MAR DE HISTORIAS
Cristina Pacheco
Tiempo muerto
Iba corriendo y no me daba cuenta. Sólo quería llegar a mi casa, a mi
rutina, y reponer el tiempo perdido. Debo haberme visto rara porque Raquel
se olvidó de sus palomas y fue a mi encuentro:
¿Adónde va tan de prisa?
No esperaba la pregunta y me desconcertó. Me sentí igual que cuando me
despierto de golpe y me levanto rápido, sin saber qué día es, pensando que
debe ser tarde. Tomé aire:
A mi periquera. Vengo del banco. Fui a pagar el predial de El Avispero -el
licenciado Vélez últimamente me lo deja todo a mí- y la tenencia de don
Sixto. Me pidió el favor porque se fue con Estelita a San Luis para ver la
Procesión del Silencio.
Raquel hizo sus cálculos:
Como jueves y viernes no habrá servicios, ya me figuro el gentío que
encontró en el banco.
Al oír a Raquel me sentí otra vez en la antesala bancaria, rodeada por
personas que con sus fichas en la mano avanzaban arrastrando los pies -como
si llevaran grilletes- sin apartar los ojos del tablero en el que en un
momento dado aparecería su número:
¡Ay, Raquel, fue algo espantoso! Llegué a las nueve en punto, cuando en el
indicador estaba apareciendo el turno 114. Tomé una ficha. Me tocó la 599.
Se me bajó el corazón a los pies sólo de imaginarme el tiempo que tendría
que esperar para que me atendieran. Estaba indecisa entre quedarme o volver
el lunes. En eso me di cuenta de que en la primera ventanilla la cola era
muy pequeña y corrí a formarme.
Una edecán se acercó a preguntarme qué trámites iba a hacer. Le contesté que
dos muy sencillos: un predial y una tenencia. Me informó que en ese caso no
debía permanecer allí, porque esa ventanilla era exclusiva para quienes
fueran a hacer un solo trámite.
Miré el tablero. Cambiaba al turno 115. Le mostré mi ficha a la empleada:
Señorita, comprenda: si me quedo en esta fila me atenderán en cinco o diez
minutos: si me espero a que salga mi número tardaré muchísimo más tiempo. A
la edecán se le iluminó la cara como si hubiera acertado con el número de la
lotería: "Pues sí, señora, por lo menos una horita". Notó mi contrariedad y
se apresuró a consolarme: "Y diga que le irá bien. En otros días las
personas han tenido que hacer hasta dos horas de cola". Giró la cabeza y
reconoció a uno de los asiduos al banco: "Señor Domínguez: ¿verdad que ayer
estuvo espantoso?" El hombre asintió y dijo que últimamente había pasado más
tiempo esperando turno en el banco que con su hijito recién nacido. Le
pregunté si no le importaba, después de todo los niños crecen rápido.
En la expresión de Raquel noté el mismo gesto de indiferencia que había
visto en el desconocido y las demás personas que oyeron nuestra
conversación. Se me ocurrió que tal vez yo estuviera equivocada:
Raquel, ¿le parece una locura ver que se pierda el tiempo?
Mi amiga levantó los hombros y suspiró resignada:
Así es la vida. Hay cosas que no dependen de uno.
La pasividad de Raquel me recordó al desconocido. Por ver si reaccionaba, le
dije lo mismo que al hombre en el banco:
La vida es muy corta. No podemos desperdiciarla haciendo colas de horas en
los bancos, en los andenes del Metro, en el paradero del microbús.
Raquel me confesó que para evitarse las tardanzas mejor ya no salía. Le dije
que era privilegiada. Quiso saber por qué.
Usted decide si se arriesga a perder el tiempo o no. Hay millones de
personas que no tienen opción. Por ejemplo, la edecán. Me contó que invierte
dos horas en llegar a su trabajo y tres en volver a su casa. El dato me
horrorizó y le pregunté si no se había puesto a pensar que todo ese tiempo
era irrecuperable. No supo qué decirme: desvió la mirada y con el pretexto
de atender a otro cliente se alejó, tal vez porque temía que sus jefes le
llamaran la atención.
Raquel se mordió los labios, sorprendida de mi atrevimiento, y me preguntó
cómo habían reaccionado las demás personas en el banco. Estuve a punto de
reclamarle: "Igual que usted", pero se lo dije en otra forma:
Nada más se me quedaron viendo, como si estuviera loca: pero no me importó.
Insistí en que el tiempo no vuelve. Si uno lo invierte en hacer algo, aunque
sea insignificante -como yo, en lavar las escaleras de El Avispero, o usted,
alimentando las palomas-, no duele que se vaya; pero si los minutos pasan
sin que uno haga nada ¡es horrible, un verdadero crimen!
Al recordar lo que había sucedido cuando pronuncié la palabra crimen me reí.
Raquel también lo hizo cuando se lo conté:
Todo el mundo se apartó. El policía de guardia se acercó a la edecán y le
habló al oído. Ella le contestó en voz alta, para que yo la oyera: "No pasa
nada, poli. La señora está molesta porque tiene que formarse en la fila de
multiservicios".
Volví a reírme, pero en el banco, cuando la muchacha me soltó la palabrita,
puse muy mala cara:
Por favor, déjese de cosas y lléveme con el gerente, a ver si él me
entiende. Como haciéndome un gran favor, la edecán me guió. Mientras
caminábamos entre sonrisitas de burla, miré hacia el tablero: iba en el 147.
En cuanto llegamos al escritorio del fondo la empleada recobró el habla y la
sonrisa: "La señora insiste en hablar contigo. ¿Te la dejo?" Miré el gafete
sobre el escritorio y leí el nombre completo del gerente: Martín Dávalos Ch.
En otras circunstancias le habría preguntado si su familia es de Apatzingán,
donde tengo unos amigos con ese apellido, pero me limité a poner mi
volantito sobre el escritorio: "Tengo la ficha 599. Están atendiendo a la
147. ¿Se imagina cuánto tiempo pasaré en el banco sin hacer nada, sólo
esperando mi turno?
El gerente habló de la modernización de los sistemas bancarios, pero lo
interrumpí:
Por muy modernos que sean, no funcionan. Sería justo que los cambiaran. Ya
disponen de nuestro dinero, ¿quieren hacer lo mismo con nuestro tiempo?
Raquel no ocultó su admiración por mi capacidad de protestar. En cambio,
ella prefería aguantarse en vez de exponerse a perder el tiempo inútilmente:
Cuando he reclamado nadie me ha hecho caso. ¿Cómo se portó con usted el
gerente?
Tuve que reconocer que en ningún momento había sido hosco o desatento. No se
alteró ni siquiera cuando le grité:
¡Llevó aquí más de una hora sin hacer nada. Ese tiempo no lo recobraré ni
aunque viva cien años, cosa que dudo muchísimo! El se rió y me dijo que
tiene una abuelita de 105. Lo felicité y le pregunté si podía formarme ante
la primera ventanilla. Me contestó que eso era imposible y me invitó -juro
que así lo dijo- a aprovechar "mi estancia" en el banco. Abrió un cajón,
revolvió papeles y al fin me entregó varios folletos: "¿Para qué me sirve
esto?" Me sugirió que los leyera: "Son nuestros nuevos sistemas de crédito
para compra de casas, terrenos y automóviles; o, si lo prefiere, para montar
un negocio. Resultan mucho más accesibles que antes: ya no solicitamos
aval".
Su amabilidad me estorbaba tanto como los folletos y le dije: "Comprendo que
todo eso es muy tentador, pero entienda que yo sólo quiero ahorrar bien
mi..." No se esperó a que terminara la frase. Abrió de nuevo el cajón y me
dio otra serie de folletos: "Entonces esto es perfecto para usted. Tómese su
tiempo. Véalos cuando llegue a casita". Me indicó la antesala y no tuve más
remedio que encaminarme hacia allá. Salí del banco hace cinco minutos.
Raquel me felicitó por haber superado el engorro, nos despedimos y seguí mi
camino. Iba otra vez de prisa. En mi bolsa llevaba algunos folletos con los
más modernos sistemas de ahorro, y en el corazón el horrible sentimiento de
haber perdido dos horas irrecuperables de mi vida.
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