[R-P] La Argentina potencia (Agenda de reflexion)

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Vie Mar 25 21:10:42 MST 2005


No para dar por pensado,sino para dar en qué pensar

Agenda de Reflexión Nº 267 Año III, Buenos Aires,
jueves 24 de marzo de 2005

La Argentina potencia
 
[Por Sergio Cerón, periodista y funcionario de la
Secretaría de Ciencia y Técnica,

sobre la investigación de Mario Mariscotti El secreto
atómico de Huemul,

gentileza de “Harry Comunicaciones” de Edgardo
Arrivillaga]

 

El sábado 24 de marzo de 1951 la Argentina potencia
parecía una realidad al alcance de la mano. Ante una
selecta concurrencia de funcionarios y periodistas, el
general Juan Domingo Perón hizo un anuncio que
recorrería rápidamente todo el mundo: “En la planta
piloto de energía atómica en la isla Huemul de San
Carlos de Bariloche se llevaron a cabo reacciones
termonucleares bajo condiciones de control en escala
técnica”. El presidente argentino informaba, en
síntesis, el desarrollo de un proceso original para
producir energía atómica mediante una reacción de
fusión nuclear, que no partía del uso del uranio y era
no contaminante y barata. Parecía abrirse la puerta a
la utopía de una fuente inagotable de energía que
reemplazaría para siempre a los combustibles de origen
fósil. La estructura de poder económico, político y
militar del mundo, de confirmarse el anuncio, se vería
sacudida en sus entrañas.

En pocos meses más también iba a entrar en servicio la
locomotora Diesel-eléctrica diseñada, construida y
promovida por el ingeniero Pedro Saccaggio en los
talleres ferroviarios de Liniers. El proyecto de
inversiones estatales preveía una serie de 395
locomotoras de 2400 HP y 215 de 800 HP, para
modernizar un sistema servido todavía por las antiguas
máquinas a vapor que consumían el carbón de Cardiff.

Pero todavía estamos a fines de ese verano del ’51,
que  parecía alentar los sueños de quienes aspiraban a
reubicar al país entre las naciones llamadas a
convertirse en potencias emergentes. Apenas un mes y
medio antes del sensacional anuncio, el 9 de febrero,
los habitantes de Buenos Aires pudieron contemplar con
asombro la aerodinámica silueta del Pulqui II, uno de
los aviones de caza más avanzados del mundo, en el
Aeroparque de la ciudad. Diseñado por un equipo de
ingenieros alemanes a las órdenes de Kurt Tank, había
sido construido en la Fábrica Militar de Aviones de
Córdoba, en la que desde 1927 se producían aeronaves
bajo licencias internacionales –¡y desde ahora de
diseño nacional!-, en series que llegaron en algunos
modelos a superar las 200 unidades. El IAE-Pulqui
(“flecha” en lengua india) era un caza totalmente
metálico, ágil y maniobrable, con ala baja y recta de
perfil, capaz de desarrollar una velocidad máxima de
720 km/h, en los límites de la barrera del sonido. Uno
de los grandes logros tecnológicos de la época
peronista, el Pulqui fue el primer avión a reacción no
construido por las grandes potencias, y el nuestro el
sexto país del mundo en diseñar un jet. El ingeniero
Kurt Tank y su brillante equipo de proyectistas,
técnicos y aviadores germanos dieron un gran impulso
de actualización a la industria aeronáutica y a la
Fuerza Aérea Argentina, cuya eficiencia y arrojo
asombrarían tres décadas después a todos los analistas
militares del mundo durante la guerra de Malvinas, a
pesar de contar con equipamiento inferior al enemigo.

Es lógico suponer que en aquel momento Perón, cuya
percepción estratégica era uno de los atributos que
incluso sus opositores le asignaban, preveía la
posibilidad cercana de proyectar al país a la
condición de potencia emergente. Baste esto para
comprender por qué el general tenía en alta estima al
profesor Tank y por qué aceptó con interés la calurosa
recomendación que le formulara para traer a Buenos
Aires a un físico que había conocido en Londres:
Ronald Richter.

Aunque la enorme mayoría de los argentinos lo
desconocía, no era la primera vez que en medios
científicos locales se abordaba de manera pública la
construcción de artefactos nucleares. En la séptima
reunión de la Asociación Física Argentina, realizada
en La Plata en abril de 1946, el físico Enrique
Gaviola presentó un trabajo titulado “Empleo de la
energía atómica (nuclear) para fines industriales y
militares” [cf. el artículo Nº 215 en
www.agendadereflexion.com.ar]. “El trabajo de análisis
que realizó Gaviola es notable, así como también lo es
el hecho de que sea tan poco conocido en la
Argentina”, sostiene el doctor Mario Mariscotti,
destacado científico argentino con numerosos
reconocimientos en el ámbito internacional, en su
libro El Secreto atómico de Huemul – Crónica del
origen de la energía atómica en la Argentina
(Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1985), una de
las fuentes consultadas para documentar esta
investigación. El artículo concluye con una
descripción, sorprendentemente detallada para el
momento en que es escrito, del posible diseño de una
bomba atómica. ¡Nada más ni nada menos! Sobre todo
considerando que con los conocimientos de hoy se puede
apreciar que el análisis de Gaviola, hecho a tientas,
es correcto. “Esta era una medida de la capacidad
existente entonces en la Argentina en materia
atómica”, concluye Mariscotti.

Lo cierto es que la Argentina estaba en condiciones de
aspirar a sumarse a las naciones que se aprestaban a
caminar la senda de la energía atómica por la vía del
uranio. No le faltaban elementos humanos que, con la
tutela de la nobleza científica vacante en Europa a
fines de la Segunda Guerra Mundial, la instalaran en
un lugar muy respetable en el mundo.

Con seguridad ése habría sido el camino elegido por el
gobierno argentino de no haberse presentado la
seductora propuesta de tomar un atajo espectacular
para encontrar una respuesta definitiva y contundente
al dilema de la producción de energía; más aún, para
dar con una fuente energética prácticamente
inagotable. Seguro y categórico, Perón explicó que
Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética
siguieron el camino de la fisión nuclear de átomos
pesados, como el isótopo 235 del uranio o el plutonio,
en el desarrollo de sus planes. “Durante el período de
posguerra la Argentina se dedicó intensamente a
establecer si valía la pena copiar la fisión nuclear o
si era preferible correr el riesgo de crear un camino
nuevo. La Nueva Argentina decidió afrontar el
riesgo... los ensayos previos fueron coronados con el
éxito, lo que nos alentó para instalar en la isla
Huemul una planta piloto. Allí, en oposición con los
proyectos extranjeros, los técnicos argentinos
trabajaron sobre la base de reacciones termonucleares
que son idénticas a aquellas por medio de las cuales
se libera la energía atómica en el sol. Para producir
tales reacciones se requieren enormes temperaturas de
millones de grados. Por ello el problema fundamental a
resolver radicaba en la forma de conseguir tales
temperaturas... Para evitar explosiones catastróficas,
era menester encontrar el procedimiento mediante el
cual fuera posible controlar las reacciones
termonucleares en cadena. Este objetivo, casi
inalcanzable, fue logrado”, concluyó el presidente.

Presentó a la concurrencia al profesor Ronald Richter,
42 años, austríaco, nacionalizado argentino, director
de los ensayos, quien confirmó las aseveraciones de
Perón: “Tengo interés en afirmar que esto no es una
copia del extranjero. Es un proyecto completamente
argentino. Para los extranjeros esto va a ser tan
totalmente nuevo como para nosotros, y deseo
recalcarles que si no hubiera sido por el amplio apoyo
prestado a este proyecto por el presidente de la
nación, la realización del mismo hubiera resultado
imposible. La situación es completamente sensacional y
como técnico que soy, no estoy acostumbrado a producir
tales sensaciones. Con este proyecto la Argentina ha
atacado en sus bases a los proyectos que sobre
terrenos similares se desarrollan en el exterior. Lo
que los norteamericanos consiguen en el momento de la
explosión es una bomba de hidrógeno; en la Argentina
ha sido realizada en laboratorios y bajo control”.
Richter contestó después a algunas preguntas
formuladas en el curso de la conferencia de prensa:
“Yo controlo la explosión, la hago aumentar o
disminuir a mi deseo. Cuando explota una bomba atómica
sin control hay una destrucción espantosa. Yo he
conseguido controlar la explosión para que la misma se
produzca en forma lenta y gradual”... “Usted se
sorprendería mucho si supiera cuál es el material que
se usa; pero como otros tienen supersecretos, nosotros
también los tenemos. Tenemos que conservar los
secretos de nuestros amigos para que ellos conserven
los nuestros. No mantenemos el secreto por razones
armamentistas, sino simplemente por razones económicas
e industriales, puesto que además del espionaje para
la guerra existe el espionaje económico, y la
Argentina deberá proteger el secreto”. Mariscotti no
deja de señalar que hasta ese día ninguna bomba de
hidrógeno había explotado y que “la referencia de
Richter demuestra que estaba al tanto de los esfuerzos
secretos que, con Edward Teller a la cabeza, se
realizaban en Estados Unidos en ese tema”.

Las reacciones ante el anuncio realizado en la Casa
Rosada ese 24 de marzo de 195l oscilaron entre el
escepticismo, la ironía, el agravio, y más tarde las
dudas respetuosas, con el correr del tiempo. Es que
cuando se hizo el anuncio, las reacciones de fusión
controladas no eran posibles. Sin embargo, poco
después el tema comenzó a ser analizado e investigado.
Los grupos dedicados al estudio de ese campo de la
física comenzaron a formarse durante esa década.
Revistas especializadas como Review of Moderns
Physicis, Scientific American, Nucleonics publicaron
artículos de actualización en esa materia. En pocos
años el tema se convirtió de imposible en “pensable” y
se comenzó a hablar de “difícil pero posible”.

En 1955 el presidente de la Comisión de Energía
Atómica de los EE.UU. anunció oficialmente que dicha
institución estaba apoyando el proyecto Sherwood, un
programa de investigación a largo plazo para lograr la
fusión nuclear controlada para usos pacíficos. El 14
de agosto de 1955 el diario suizo Die Wocke señalaba
que “esa posibilidad ya había sido mencionada unos
años atrás por el investigador atómico Richter,
calificado entonces de charlatán, puesto que en esa
época se opinaba en general que el elevado grado de
temperatura necesario para el proceso sólo podría
alcanzarse mediante la explosión de una bomba de
uranio”. El New York Times, diario que se caracterizó
siempre por una decidida hostilidad hacia el régimen
peronista e integró el grupo de los críticos que no
creyeron en el descubrimiento que se atribuía el
austríaco, publicó sin embargo un comentario de un
especialista, Waldemar Kaempffert, de tono menos
escéptico: “Argentina no posee recursos, aunque al
menos en teoría sus pruebas atómicas son posibles”.

Para Mariscotti el anuncio realizado por Perón y
Richter, a pesar de que a la postre el proyecto quedó
trunco, actuó “de estímulo para el comienzo de las
investigaciones formales en este tema en los Estados
Unidos. El hecho quedó documentado en las actas
desclasificadas oportunamente de la Comisión de
Energía Atómica. El 26 de julio de 1951, esta
institución consideró un contrato de investigación
propuesto por el doctor Lyman Spitzer, de la
Universidad de Princeton, para estudiar fenómenos de
transporte y reacción de elementos livianos y aprobó
al efecto un aporte de 50 millones de dólares. Con el
tiempo, dicha universidad reconoció oficialmente que
Spitzer, destacado astrofísico especializado en
plasma, había sido estimulado a pensar en el tema a
raíz del trabajo de Richter y a concebir un
dispositivo magnético capaz de confinar el plasma. En
consonancia con esta información, en el laboratorio
norteamericano de Livermore, dedicado al estudio del
plasma, una placa menciona a Richter como pionero en
las investigaciones sobre energía de fusión.
Evidentemente Richter no era tan loco ni tan estafador
como lo hicieron aparecer buena parte de sus colegas
argentinos y toda la oposición a Perón.

Hay un aspecto que se insinúa en el libro de
Mariscotti y que se relaciona con la presunta
influencia de Richter en la apertura de una nueva
línea de investigaciones en materia atómica por los
círculos oficiales y académicos de Estados Unidos. En
momentos en que las relaciones del egocéntrico y
autoritario austríaco con los hombres de confianza de
Perón llegaron a cierto grado de tirantez, los
informes de inteligencia aludían a repetidas visitas
de Richter a la embajada de ese país, en las ocasiones
en que viajaba a Buenos Aires. Obviamente esa actitud,
al tratarse de un tema de tanta sensibilidad, suscitó
suspicacias; a punto tal que se impartieron directivas
para que su pequeña hija no se moviera de Bariloche.
Todo indica que era una manera, más o menos sutil, de
tener un rehén adecuado para evitar una presunta
transferencia hacia el norte del hemisferio. Richter
había estado en negociaciones para emigrar a Estados
Unidos apenas concluida la guerra, sin lograr
concretar su empeño.

 



Ronald Richter con su gato, esposa e hija; y
recibiendo el título de Doctor honoris causa de la
Universidad de Buenos Aires y la medalla peronista,
junto a Perón y Evita, entre otros

 

El archivo personal del coronel Enrique P. González,
uno de los líderes del Grupo de Oficiales Unidos (GOU)
que protagonizó la revolución militar del 4 de junio
de 1943, designado por Perón secretario general de la
Comisión Nacional de Energía Atómica creada por
decreto del 31 de mayo de 1950, constituyó una de las
fuentes primordiales para el libro del doctor
Mariscotti. Con poco frecuente generosidad, el militar
cedió esos materiales al investigador y a través de
esa documentación y de las confidencias de carácter
personal que le hizo, es posible intentar una
aproximación a la compleja personalidad de Richter.

Aplomado, podía carecer de cualquier atributo menos de
una alta autovaloración. Para las pocas personas que
tuvieron acceso a su trato, la duda siempre fue si se
estaba ante una personalidad genial o mitomaníaca. O
una extraña mezcla de ambas cosas. Categórico,
soberbio, mordaz, imperativo, respondía perfectamente
al perfil del exponente de la raza germana surgido de
la teoría nacionalsocialista: parece difícil que
aceptara las opiniones y las críticas, por
constructivas que fueren, surgidas de un país cuya
mayor mezcla de sangres estaba determinada por el
aporte de españoles e italianos, con incorporación de
árabes y judíos, y una avalancha de emigrantes de
dispares procedencias: algo para nada congruente con
los ideales de la superioridad de los arios.

Acompañado por el profesor Tank, que lo avalaba, luego
de fracasado un intento de viajar ambos a los Estados
Unidos, en 1948 tuvo oportunidad de explicar su teoría
a Juan Domingo Perón. Este rememoró así las
circunstancias de aquel encuentro: “Richter me dijo
que nosotros podíamos iniciar los trabajos atómicos
por los procedimientos que siguen los norteamericanos,
pero para eso necesitaríamos unos seis mil millones de
dólares. ¿Es posible contar con esa cifra?, me
preguntó. Claro que yo ni le contesté. Entonces
Richter continuó: Eso es seguro. Por ese procedimiento
nosotros produciremos energía si usted me da los seis
mil millones de dólares. El otro procedimiento es el
de la fusión. Y me lo explicó tan bien que yo ahora
tengo bastantes conocimientos de lo que es la fusión
nuclear. Entonces agregó: Por ese camino podemos
llegar o no llegar. Hay que hacer dos o tres
descubrimientos y podremos llegar o no, pero lo
haremos con chirolitas. ¿Usted se anima? Y yo le
respondí: ¿Y usted se anima? Richter me contestó que
él estaba decidido; entonces le respondí: ¡Métale no
más! Le dimos los medios y empezó. Los demás
procedimientos los ha descartado por caros e
inoperantes. Este es el método barato”. De esta
conversación surge que Richter previno a su
interlocutor sobre el riesgo de “llegar o no llegar”,
con lo que planteaba, en el fondo, que la base del
método de investigación científica sería la de “ensayo
y error”, donde a menudo una serie de fracasos
puntuales conduce finalmente al éxito y, con mucha
frecuencia, a un callejón sin salida. Pero ése es el
precio a pagar.

Seguramente al presidente argentino, que tenía de todo
menos de ingenuo, no se le escapaba esa perspectiva.
Pero como estratega que era, sabía también que la
marcha hacia los objetivos propuestos está signada,
siempre, por la introducción de variables
desconocidas, para las cuales es necesario contar con
propuestas substitutivas que permitan superar las
incertidumbres de carácter táctico y persistir en la
búsqueda de la meta inicial.

Una de las preocupaciones mayores de Perón era la de
poblar el enorme desierto patagónico. Cuando Richter,
que había comenzado a trabajar en Córdoba junto a la
gente de Kurt Tank, llegó a malquistarse con sus
compatriotas, se hizo necesario buscar un nuevo
asentamiento para sus equipos. Esa fue una de las
razones por las que, luego de un detallado estudio de
las perspectivas que ofrecía el territorio nacional,
finalmente se eligió a la isla Huemul, situada en el
Lago Nahuel Huapi, en adyacencias de San Carlos de
Bariloche.

 



 

Los trabajos se iniciaron en julio de 1949, a todo
ritmo y dentro de estrictas medidas de seguridad. Como
nota curiosa, la responsabilidad en ese campo
correspondió al jefe del 2º Batallón del Regimiento 21
de Infantería de Montaña, mayor Carlos Monti, un
brillante oficial que cargaba en sus antecedentes con
un desembozado antiperonismo. El 12 de octubre de
1945, cuando en el Círculo Militar una tumultuosa
asamblea debatía la suerte de Perón, pretendió cortar
por lo sano con una frase que había quedado
registrada: “Lo que hay que hacer es pegarle un tiro
en la cabeza”. Su destino en el confín austral era una
manera de castigo que tuvo como atenuante sus
cualidades castrenses. Paradojas de la vida: ahora
tenía una de las misiones que solamente se confía a
hombres de indiscutida lealtad. Perón objetó en
principio la propuesta de su comando militar, pero a
la postre aceptó el argumento del ministro de Defensa,
el general Sosa Molina: “Este tipo será lo que usted
quiera, pero es un soldado ante todo. Si le da una
misión, la va a cumplir”.

Se trabajaba de día y de noche, entre la curiosidad de
los pobladores de la zona a los que despertaba la
atención la brillante iluminación que surgía de la
isla.

En marzo de 1950, Richter y su esposa se establecieron
en Bariloche, con lo cual se daban las condiciones
para lanzar la etapa decisiva del programa nuclear. Un
plantel de 400 personas, entre técnicos, albañiles,
carpinteros, electricistas y otros oficios de la
construcción, además de soldados, acarreaban
materiales desde Bariloche y los volcaban febrilmente
en las obras. El 8 de abril se terminaba el encofrado
del reactor principal, de 12 metros de altura por otro
tanto de diámetro. Un mes más tarde se realizó el
hormigonado, con un volumen estimado en unos 1.400
metros cúbicos, que demandó 20.000 bolsas de cemento.
El grupo humano desbordó de alegría cuando, quitado el
encofrado, el reactor se mostró ante los ojos. Todos
experimentaron la sensación de ser testigos de una
obra de suma importancia para el país.

Mariscotti dedica varios párrafos a describir la
singular personalidad del científico mediante
opiniones recogidas entre quienes lo trataron en esas
circunstancias: “A veces ponía los ojos en blanco,
como un visionario, abstraído, encerrado en sí mismo
sin tomar en cuenta a los que lo rodeaban”. “Mezcla de
niño y de genio, era una combinación de un ser
infantil que tenía ideas propias de un científico:
siempre daba la impresión de tener un carácter doble”.

Para desconcierto general, Richter resolvió poco
después que sería necesario reemplazar los caños
radiales de hierro de 2 pulgadas que convergían hacia
la cámara interior por otros de fibrocemento de 20
centímetros de diámetro. Este y otros detalles lo
llevaron finalmente a la sorprendente decisión de
demoler el reactor y reinstalarlo de manera que se
asentara sobre el suelo rocoso de la isla. La aparente
irracionalidad de la decisión creó zozobra en Buenos
Aires. Pero, en temas de ese nivel científico, lo que
parecería absurdo para una persona normal, podría ser
indispensable para un investigador que explora
continentes desconocidos.

Al parecer, en la decisión final de aprobar la
modificación influyó un informe enviado por Kurt Tank
al director de la Escuela Superior de Guerra Aérea,
brigadier Heriberto Ahrens, donde se refiere a las
teorías planteadas por Richter. Es especialmente
significativo el siguiente párrafo: “Los trabajos
realizados hasta hoy por el doctor Richter se han
dirigido, principalmente, al desarrollo del
procedimiento de control y llegaron al éxito
esperado”. Si realmente había logrado resolver los
problemas de control de la fusión nuclear, debía haber
conseguido también, o al menos estar muy próximo a
ello, la propia reacción de fusión. No se podría
hablar de éxito si no fuera así. Muchos de los
párrafos eminentemente técnicos del informe sugieren
haber sido suministrados por Richter a su amigo. La
decisión final, como es comprensible, recayó sobre los
hombros de Perón. El presidente autorizó la
demolición.

En todos estos acontecimientos desempeñó un papel de
relieve el coronel González. Era, sin dudas, uno de
los alfiles principales del Jefe de Estado, quien
comprendía cabalmente la importancia que tenía para la
Argentina insertarse en el nuevo mundo de la ciencia
aplicada y la innovación tecnológica, para que el
sistema tuviera a la postre la posibilidad de
realimentarse de recursos y, a la vez, otorgar al país
un nuevo rango en el concierto de las naciones. No
sólo era el responsable de la conducción de la CNEA,
sino que pocas semanas después fue el primer director
de la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas,
el nombre originario (aunque luego la Libertadora
pretendió mostrarlo como una realización propia) de lo
que sería años más tarde el Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), cuya
alma mater fue Bernardo Houssay, primer Premio Nobel
de ciencia argentino. Eminente médico e investigador,
este liberal pronunciadamente antiperonista compartía
la visión de un país volcado al desarrollo de sus
talentos. Tentado por EE.UU. a partir de 1947 para
trasladarse con sus equipos al norte, Houssay, en una
de sus misivas sostuvo: "La ciencia no tiene patria;
el científico sí la tiene". Y prefirió quedarse para
compartir con sus compatriotas las esperanzas y las
frustraciones del futuro.

Sin contactos con los círculos de mayor jerarquía,
González logró rodearse de varios asesores de valía,
como el ingeniero Otto Gamba, el astrónomo padre
jesuita Juan Bussolini y el capitán de navío ingeniero
Manuel Beninson, personas que jugarían un papel
importante, como veremos, en la evaluación de los
trabajos de Richter en la isla Huemul. En esa
encrucijada, el militar tuvo la sorpresa de que se le
acercara espontáneamente Enrique Gaviola, quien a la
sazón se había alejado de toda actividad pública y era
consultor científico de la Cristalería Rigolleau. De
inmediato aprovechó las circunstancias para sumarlo a
su equipo científico. Sin embargo, la fuerte
personalidad de Gaviola, su desenfadada crítica a los
trabajos de Richter, entonces en pleno auge, y cierta
dosis de soberbia personal que lo caracterizaba,
frustraron a último momento la asunción de sus cargos
de asesor del secretario general de la CNEA y del
director de la Dirección Nacional de Investigaciones
Técnicas, a pesar de haber firmado el respectivo
contrato.

A todo esto, Ronald Richter consolidó su autoridad en
Huemul y desplegó una actividad arrolladora y, por
momentos, de carácter incomprensible para sus
colaboradores subalternos. Formulaba solicitudes de
equipos y materiales, revocaba sus propias órdenes y
mostraba infundadas sospechas sobre la lealtad y la
honestidad de sus allegados. Precisamente cuando esta
situación llegó a una instancia límite, en febrero de
1951, una experiencia de laboratorio hizo suponer que
se había alcanzado las condiciones para desencadenar
reacciones termonucleares. Así parecieron indicarlo
registros logrados en un espectrógrafo y en detectores
Geiger-Muller. Informado González, pocos días después
presenció a instancias del físico germano un
experimento realizado en el reactor chico del
laboratorio. Refirió su vivencia del momento de la
siguiente manera: “Lo que observamos en el momento de
la explosión fue que los aparatos de control,
oscilógrafos y detectores, acusaron reacciones
impulsivas, entrando todos en funcionamiento en el
momento crítico. Se produjo también un movimiento de
las líneas, cambio de color y una luz muy fuerte sobre
la plaza”. El padre Bussolini acordaría una especial
significación a la presencia de un halo circular
blanquecino en una placa que Richter trajo a Buenos
Aires. 

De todas maneras, el coronel González no se dejó
atrapar por el entusiasmo y para cubrir cualquier
eventualidad propuso a Perón que se efectuara una
nueva demostración en presencia de científicos y
técnicos argentinos. Interfirió en su concreción un
violento altercado entre el coronel Fox, nuevo jefe de
la guarnición militar de Bariloche, que consideraba
parte de sus prerrogativas inspeccionar la isla, y el
científico, empeñado en mantener un hermético secreto
sin excepción alguna en sus dominios. Culminó con la
expulsión del militar a punta de pistola, situación
crítica que impuso a Perón arbitrar al respecto. Tal
vez deslumbrado por las perspectivas de un logro
excepcional, de puño y letra escribió al científico
una nota en la que le expresaba: “Por la presente
queda usted designado mi único representante en la
isla Huemul, donde ejercerá, por delegación, mi misma
autoridad”.

A pesar del espaldarazo dado por Perón a Richter, las
dudas, las angustias y las tribulaciones del coronel
González se iban sucediendo, alimentadas en buena
parte por los informes que recibía de su hijo, capitán
del Ejército, que dominaba varios idiomas, entre ellos
el alemán, y que actuaba en la proximidad del
austríaco. También ejecutivos de la casa holandesa
Phillips, proveedora del más avanzado equipamiento
nuclear europeo, entre el cual un sincrociclotrón que
sería provisto a la CNEA, deslizaron comentarios que
contribuyeron a crear un clima de desasosiego, a tal
punto que le solicitaban un informe al ingeniero
Ricardo Rossi, enviado por aquella empresa a
Bariloche. El ingeniero debía ilustrar a Richter sobre
los equipos que podía ofrecer Phillips, quien era uno
de sus más importantes clientes.

 



Ronald Richter

 

Entre sus observaciones, Rossi afirmaba que el físico
rehuyó constantemente emitir opiniones técnicas y que
lo encontró en una especial predisposición de ánimo,
como “si estuviera pasando por una situación personal
especial donde no le interesaba lo que estaba
sucediendo en Huemul. Un desprecio olímpico por todo
lo que compraba y cómo hacía las cosas. En una obra
tan monumental, yo en su lugar habría estado
enloquecido controlando planos, haciendo mediciones,
yendo de un lado a otro...”.

Corría la primera mitad de 1951 y después del
sensacional anuncio del 24 de marzo no se hicieron
esperar las reacciones a nivel internacional. Los más
famosos científicos no vacilaron en manifestar su
escepticismo al respecto, entre los que se incluían
los apellidos más notables en esa época, como
Heisenberg y Fermi.

Presionado por las circunstancias, González le pide a
su hijo que señale a Richter la necesidad de “dar por
fin alguna prueba concluyente acerca de la veracidad
de los trabajos realizados en Huemul”. En septiembre
el capitán González informó a su progenitor que el
profesor Richter instalaría una planta de agua pesada,
y pocos días después añade que llevaría a Buenos
Aires, en algunas semanas más, cobalto 60, el isótopo
actualmente utilizado en medicina nuclear.

Mientras tanto, a pesar de que avanzaba su cáncer, el
instinto que guió la vida política de Eva Perón la
llevó a sumarse a quienes descreían del hombre que
lideraba el proyecto Huemul, y se opuso a la
permanente sangría de recursos que provocaba la lluvia
de dispendiosos pedidos que llegaban desde el sur.

Lo cierto es que los anuncios sobre el alcance de
nuevas metas están condicionados por la recepción de
costosos equipos; anuncios que cuando se realizan no
ofrecen posibilidades concretas de verificación, so
pretexto de que es necesario resguardar el secreto de
las experiencias. Richter llegó a anunciar en un viaje
a Buenos Aires que estaba en condiciones de iniciar la
etapa industrial de su proyecto, para lo cual era
necesario contar con la posibilidad de asociar el
conocimiento supuestamente logrado en la materia por
la Argentina con la potencia industrial de un país de
primer orden. Sin embargo, subsistían las
imprecisiones y la vaguedades cuando en las ruedas de
prensa se le solicitaban datos concretos sobre la
concreta producción de energía por fusión nuclear.
Incluso declinó contestar cuando se le preguntó si el
eventual socio podía ser Estados Unidos. El manifiesto
interés de Richter por los Estados Unidos era
explicable. La potencia americana esta sumergida en
una frenética carrera con la Unión Soviética por el
predominio nuclear. Ya habían fabricado nuevas bombas
y habían iniciado ensayos nucleares en las islas
Marshall, en el Océano Pacífico. Se realizaron dos
pruebas en 1946 y tres más en el siguiente, cuando la
URSS detonó en agosto de l949 su primera bomba A.

En las esferas del poder norteamericano se desencadenó
un acalorado debate, que tomó estado público, sobre la
conveniencia de desarrollar un nuevo tipo de arma
nuclear, la bomba de hidrógeno o bomba H, de muy
superior poder explosivo. Muchos científicos que
participaron en el Proyecto Manhattan (bomba A)
elevaron objeciones morales sobre la eventual
utilización contra civiles inocentes de un arma mil
veces más poderosa que las utilizadas contra Hiroshima
y Nagasaki. Truman designó un comité especial para
considerar el tema y al recibir un dictamen por
mayoría dispuso finalmente que la Comisión Nacional de
Energía Atómica continuara el desarrollo de todo tipo
de armas nucleares. El 31 de octubre de 1952 ocurrió
la primera detonación de un artefacto de fusión en las
islas Marshall, con una potencia de 10 megatones.
Produjo un cráter de casi dos kilómetros de diámetro y
60 metros de profundidad. Apenas habían transcurrido
10 meses cuando la Unión Soviética asombró al mundo al
explotar su primer dispositivo termonuclear, de
tecnología más avanzada, que utilizaba deuterio de
litio en lugar de la mezcla de deuterio y tritio
empleada por los estadounidenses.

Pocos meses antes Ronald Richter, a pesar de su
persistente reticencia a participar en debates,
respondió en la revista United Nations World a una
feroz crítica del profesor Hans Thirring, director del
Instituto de Física Teórica de la Universidad de
Viena, quien insinuaba nada menos que Richter era un
embaucador. En ella, luego de denostar a su
compatriota, sostiene entre otras cosas que no hubo en
la Argentina explosión atómica alguna, ni existe la
intención de hacerlo en el futuro. “Hace un año yo le
informé al presidente Perón acerca de la
desintegración explosiva del litio 6 y sobre el nuevo
tipo de reacción en cadena inducida por neutrones tan
decisiva en bombas termonucleares”.

En el curso de una entrevista mantenida con el
periodista Peter Alemann en 1954, Richter le comentó
que esa revista había suprimido de la mencionada
misiva la palabra no de la frase: “...nos permitió
entender por qué en una bomba H uno no debe utilizar
tritio...”. A partir de esa revelación Alemann
desarrolló una hipótesis en defensa de la idoneidad
teórica de su interlocutor. Se remontó a una
publicación de la revista Time meses antes en la que
se documentó el costoso fracaso de los
estadounidenses, cuya primera bomba H resultó ser un
artefacto monumental de 60 toneladas y con un volumen
similar a una casa de dos pisos. La razón fue que
funcionó con tritio y deuterio, ambos isótopos pesados
del hidrógeno que debían ser licuados. La mayor parte
de aquella instalación consistía en un licuefactor. En
agosto de 1953 los soviéticos explotaron su propia
bomba H, con un dispositivo mucho más simple, cuya
clave consistía en el uso del litio. Cuando Alemann
rememoró las declaraciones de Richter inició una
investigación que demandó varios años. Cuando tuvo
ocasión de leer la autobiografía del profesor Manfred
von Ardenne, en la que éste da cuenta del temor
suscitado en los rusos por los anuncios de Perón,
sospecha que Moscú tenía conocimientos de que Richter
había colaborado en los trabajos de von Ardenne y que
en realidad, en 1951, sabía más que los científicos
occidentales sobre el tema.

 



 

El monumental reactor estadounidense construido en
Savannah River para licuar el tritio y el deuterio
resultó innecesario cuando finalmente Washington
decidió seguir los pasos de los rusos y apelar al
litio.

El año 1952 comenzó con otro abrupto cambio en los
planes de Richter. Expresó su intención de mudar su
laboratorio a una zona más alejada de Bariloche,
llamada Indio Muerto, y anunció su propósito de
cambiar a la empresa contratista SACES –de capitales
italianos- por la GEOPE –alemana-, sin consultar para
ello al coronel González. De inmediato el hijo de éste
se apresuró a informar a su padre, que se encontraba
circunstancialmente de vacaciones.

Valido de la autoridad que le había conferido Perón,
Richter actúa de manera arbitraria. Negocia el
traslado a Indio Muerto, pero a la vez sigue con los
trabajos en la isla. Instala un electroimán a mediados
de enero y pocos días después exige que su potencia
sea aumentada a 10 millones de vatios y 100 mil
voltios. Convoca sin mayores explicaciones al gerente
de GEOPE y esta actitud precipita las cosas. El 10 de
ese mes de enero el coronel González provoca un
encuentro con el físico, a quien previniera el día
anterior que no tomara por el momento ninguna
resolución sobre las nuevas obras. Al arribar a su
casa, se lleva la sorpresa de que el anfitrión
analizaba con ingenieros de GEOPE el traslado de las
instalaciones, en términos que eran desconocidos en
Presidencia. Para peor, un ingeniero que estaba
presente explicó que Richter acababa de introducir un
cambio al planteo realizado hasta ese momento:
proponía construir una tercera planta, intermedia,
mientras se ejecutaban las obras de Indio Muerto. Para
justificar su posición, el aludido manifestó que los
constructores habían operado a tontas y a locas
contando con la complicidad del capitán González. Como
es de suponer la conversación alcanzó tonos de extrema
violencia verbal, con agravios de Richter que la
traductora vacilaba en expresar.

Esa misma noche el coronel González viajó por tren a
Buenos Aires decidido a poner en conocimiento del
general Perón lo que estaba ocurriendo y a deslindar
su responsabilidad personal. Llegaba a la Casa Rosada
munido de una serie de antecedentes documentados que
colocaría sobre el escritorio del Jefe del Estado.
Estos son algunos de los episodios relatados: La
compra de un osciloscopio en Suiza alegando la máxima
urgencia, para cuyo traslado por vía aérea se había
pagado un flete de 19.000 pesos de la época, una suma
poco usual. La orden de construir en Indio Muerto
veinte chalets y dos pabellones, a pesar de que no
había dado a conocer sus intenciones de mudar las
instalaciones al lugar.

La obra del reactor demolido había demandado más de un
millón de pesos. Se sumaban otros casos de obras
demolidas. Los planes para la instalación de la usina
fueron modificados cuatro veces y los requerimientos
de potencia pasaron en sólo un mes de un millón a 12
millones de vatios.

Para colmo, el ingeniero Kurt Tank había modificado su
original opinión respecto de Richter y ahora
consideraba que le faltaba capacitación para dirigir
las obras y que debía abandonar el aura de misterio en
que envolvía sus actividades.

A pesar de que Perón parecía seguir esperanzado,
aceptó la propuesta de González de formar una pequeña
comisión para tomar contacto con aquél, que quedó
integrada por el padre Bussolini, el capitán de navío
Beninson y los ingenieros Otto Gamba y Mario Báncora,
perteneciente a la Universidad de Rosario, quien
contaba entre sus antecedentes con la construcción de
un ciclotrón. Quedó en comunicarle personalmente lo
dispuesto al físico. La reunión se realizó el 19 de
febrero en la Casa de Gobierno y nuevamente Richter
demostró su capacidad de convicción. El informe
oficial emitido a posteriori indica que el ministro de
Asuntos Técnicos, Raúl Mendé, se haría cargo de
centralizar los trabajos del proyecto atómico
argentino y de hacer “uso de la energía atómica ya
obtenida”. González había perdido su partida, Mendé
estaba a cargo y la comisión investigadora cancelaba
su viaje a Bariloche. Sin embargo, la comisión no se
disolvió. Se reunió en la sede de la Dirección
Nacional de la Energía Atómica, en Avenida del
Libertador, para elaborar un informe científico. El
dictamen, que a la postre quedó archivado, aconsejaba
“la suspensión del apoyo moral y material que se le ha
venido prestando al proyecto”.

A todo esto, quedó arreglada una visita presidencial a
Huemul, la que debía concretarse cuando Richter
pusiera término a obras pendientes, que no viene al
caso enumerar, pero que demandarían según un informe
que un estupefacto Mendé recibió, un nuevo costo de $
300 millones.

El capitán de fragata aviador naval Pedro E.
Iraolagoitía fue designado para suceder a González,
cuya renuncia se había mantenido en reserva. Su primer
contacto con Huemul se debió a la denuncia de su
director de que había sufrido un presunto acto de
sabotaje, al explotar un recipiente de presión que
contenía una mezcla de hidrógeno y nitrógeno. El 21 de
abril de 1952 recibió una demostración de lo ocurrido
en el mismo recipiente desfondado por la primera
explosión, con una nueva mezcla de esos gases. Al
apretar Richter el botón de control, ubicados ambos a
prudente distancia, el edificio fue sacudido por una
fuerte explosión. Examinó una ristra de papel
conectada a un registrador más alejado y escribió en
ella “energía atómica”. Iraolagoitía referiría años
después que su primera reacción fue decirse a sí
mismo: “Lo que el día anterior había dicho que era un
sabotaje, ahora era una demostración que me hacía.
Este tipo está loco”. Esta opinión tan contundente
coincide con la de Edward Teller, el llamado padre de
la bomba H, quien luego de leer unos papeles escritos
por Richter, sostuvo: “leyendo una línea de lo de
Richter, uno piensa que es un genio; leyendo la
segunda línea, uno ve que es un loco”.

Iraolagoitía, convencido de la necesidad de obtener
una definición cuando antes, se empeñó en consolidar
el cuerpo con nuevas incorporaciones que sumaran
calidad científica del mejor nivel posible. No era una
tarea sencilla; los integrantes de la Asociación
Física Argentina, donde se reunían los mejores
cerebros, eran los más indicados, pero la entidad
había adoptado, con Gaviola a la cabeza, un marcado
sesgo antiperonista. Sin embargo, en la Dirección
Nacional de Energía Atómica se iba generando un
fenómeno que tendría importantes consecuencias para
las investigaciones y desarrollos nucleares en el
país: varios científicos, que no participaban de la
doctrina peronista, se unieron a ella y, por la otra
parte, con un proverbial criterio pragmático, Perón
terminó por aceptar que era necesaria la cooperación
de opositores en un proyecto común al servicio del
país.

Finalmente la comisión investigadora terminó integrada
por Bussolini, buen astrónomo pero con pocos
conocimientos de física; el ingeniero Otto Gamba, que
había realizado cursos de postgrado en física nuclear
y trabajos en radioisótopos en el Instituto Poincaré y
en el Instituto de Radio de París, el ingeniero Mario
Báncora, experto en electromagnetismo, y un hombre que
a la postre sería figura determinante en los avances
argentinos en física nuclear, el doctor José Antonio
Balseiro, quien había trabajado con Enrique Gaviola.
En septiembre de 1952 los cinco científicos y veinte
legisladores llegaron a la isla. La exposición hecha
por Richter, la falta de argumentos científicos
sólidos y las vaguedades con que respondía a las
preguntas de los visitantes persuadieron a Balseiro y
Báncora de la endeblez del proyecto. Ambos trabajaron
complementariamente en la inspección de los
impresionantes equipos y de los resultados de las
explosiones que generó el anfitrión, quien afirmaba
haber logrado la emisión de rayos gamma. Pero los
monitores de ese tipo de radiación con que contaban
los visitantes contradecían esas aseveraciones. Una
atmósfera de escepticismo se generó en todo el grupo
en el que se filtraba la sospecha de que se había
montado un espectáculo fraudulento. Diversas
demostraciones dieron como resultado la ausencia de
toda reacción de carácter nuclear y tampoco tuvo mayor
éxito el esfuerzo de Richter para exhibir la presunta
obtención de agua pesada.

Cuando la comisión regresó a Buenos Aires, sólo el
padre Bussolini ofrecía el beneficio de la duda al
físico cuestionado. El resto de sus integrantes tenía
en claro que nada avalaba el estruendoso anuncio sobre
el supuesto control de la energía de fusión hecho el
año anterior. En los informes personales entregados
por los investigadores, Báncora y Balseiro fueron
contundentes en afirmar la falacia de la conducta de
Richter, con argumentos de sólida base científica.

El 25 de septiembre éste fue convocado a la Casa
Rosada, donde Perón y Mendé le entregaron copias de
los informes críticos de la comisión, con
instrucciones precisas de responderlos. El 11 de
octubre llegó la respuesta de propias manos, pero esta
vez Richter no pudo ver a Perón, quien delegó la tarea
en Mendé e Iraolagoitía. El documento no aclaraba nada
y, de acuerdo a la idiosincrasia propia del físico
austríaco, su defensa consistía en acusar a los
miembros de la comisión de haber incurrido en
confusión. Aún así fue necesario que en la Escuela de
Mecánica de la Armada el ingeniero Báncora realizara
una prueba con equipos convencionales para demostrar
que, en determinadas condiciones, oscilaciones
electromagnéticas podían provocar reacciones en los
equipos Geiger. En ese momento, el padre Bussolini,
asesorado por un especialista del Observatorio de San
Miguel, terminó por aceptar el dictamen mayoritario de
que de las experiencias realizadas en Huemul era
imposible deducir la presencia de energía atómica.

Pero todavía el gobierno se resistía a enterrar el
proyecto que había generado tantas expectativas. Se
apeló a una suerte de “tribunal de alzada”: una
comisión integrada por el profesor Richard Gans y el
doctor Antonio Rodríguez –alemán el primero, de
reputación internacional, y doctorado en la
Universidad de Edinburgh bajo la dirección de Max
Born, el segundo-. En dos horas analizaron el informe
crítico de la primera comisión y la réplica de
Richter. Fueron suficientes para apoyar en su
totalidad el dictamen acusador. Una entrevista
posterior cara a cara entre Richter y Gans no hizo
sino confirmarlo. Se había cerrado la última página de
la novelesca historia de la isla Huemul y se abría la
puerta del futuro de la investigación atómica que
prestigiaría a la ciencia argentina en el mundo.

Del relato de diversos testigos e investigadores,
incluyendo fuentes científicas de relieve
internacional, no queda en claro cuál era la real
personalidad de Richter. ¿Fue un vulgar estafador que
intentó especular con las expectativas de Juan Perón
de contar con la llave para convertir a la Argentina
en una nación protagónica en el mundo de la posguerra?
¿O, en cambio, era un físico capaz de intuir nuevos
caminos para la investigación, pero carente de las
condiciones de prudencia, autocrítica y tenacidad
necesarias para alcanzar el éxito? Alguien cuya
soberbia le había hecho menospreciar aquella
afirmación de Einstein: “El genio está hecho de un
diez por ciento de inspiración y de un noventa por
ciento de transpiración”.

Todo parecería indicar que Richter entrevió el camino
para la conquista de la energía de fusión, pero no
tenía suficientes conocimientos tecnológicos para
afrontar las enormes dificultades que se le
presentaban y que aún hoy, pasado medio siglo, las
grandes potencias científicas e industriales no han
podido superar. Se unía a ello una personalidad
fronteriza entre la mitomanía, la soberbia y la
iracundia descontrolada. Aunque pareciera que los
errores cometidos por Richter en la apreciación de sus
ensayos aclaran el secreto que rodeó a la isla sureña,
quedan en pie todavía muchos interrogantes sobre este
enigmático personaje que siguió viviendo muchos años
en la Argentina, prácticamente recluido y olvidado.

 



 

A pesar de todo, el Proyecto Huemul actuó como un
factor catalítico, ya que precipitó una firme política
de Estado respecto de las prioridades acordadas a la
energía atómica que permitió, como una de las pocas
excepciones en la historia del país, que sectores
ideológicamente antagónicos olvidaran sus diferencias
y, trabajando mancomunadamente, escribieran una de las
páginas más brillantes de la ciencia y la tecnología
modernas. La contemplación de esa visión estratégica
de la nación tal vez debiera servir para orientarnos
en la salida de esta situación de mediocridad y
postración contemporáneas. No es que no logremos
suficientes éxitos, sino que ni siquiera ensayamos
suficientes intentos. La realidad es que la creación
de la Comisión Nacional de Energía Atómica puso a la
Argentina a la cabeza de las naciones en vías de
desarrollo cuando logró dominar el ciclo de los
combustibles nucleares, tanto en lo referente a la
producción de plutonio, lograda a nivel de laboratorio
en el Centro de la Avenida Constituyentes, como al
enriquecimiento de uranio con fines no bélicos, que se
concretó en las instalaciones de Pilcaniyeu, a algunos
kilómetros de San Carlos de Bariloche. Para lo cual
debió, con la inmensa capacidad de sus hombres,
superar el embargo internacional impuesto por las
grandes potencias a la adquisición de tecnologías
sensitivas. Y todo ello superando las condiciones
terriblemente adversas producidas tras la fenomenal
derrota nacional de 1955, y aún la de 1976, cuyo
aniversario hoy mismo recordamos.

La CNEA, el Instituto Balseiro (donde en el curso de
cinco décadas se formaron más de 600 físicos e
ingenieros nucleares de primer nivel internacional, de
los cuales 200 desarrollaron brillantes carreras en el
exterior), el Centro Atómico Bariloche y las empresas
dedicadas a la investigación y desarrollo de
tecnologías aplicadas del estilo de INVAP, ALTEC y
Tecnoacción, entre otras, que ponen a la Argentina
como uno de los pocos países en proceso de desarrollo
que ha alcanzado un considerable grado de avance en el
campo nuclear, son, en última instancia, derivaciones
del Proyecto Huemul. El resultado para el país no fue
tan negativo como lo presentaron los opositores al
peronismo, ya que sentó las bases de la tecnología
nuclear argentina. Posteriormente, algunos de los
colaboradores de Richter terminarían por apuntalar el
proyecto nuclear del Sha de Irán, por ejemplo, en otra
operación sin precedentes que remarcó el rol
jerarquizado de los investigadores argentinos. Y más
recientemente la empresa estatal INVAP
(Investigaciones Aplicadas) logró la adjudicación de
la licitación internacional para la construcción y
montaje de un reactor de investigación en Australia,
que  notificó al país del nivel de excelencia
alcanzado y mantenido por su sector nuclear.

Es que, como decía Simón Bolívar, “el arte de vencer
se aprende en las derrotas”.

 





	

	
		
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