[R-P] (Fwd) Saldías, por José María Rosa
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Sab Mar 5 07:10:15 MST 2005
[Un envío de Gabriel Fernández]
El historiador José María Rosa (20 de agosto de 1906 - 2 de julio de
1991) posee una obra profunda y significativa que puede contribuír a
comprender nuestro decurso como Pueblo y como Nación. Sin ir más
lejos, su Historia Argentina de 13 tomos --de allí surge el fragmento
que publicamos a continuación--permite asomarse a una mirada
documentada que combina cronología e interpretación con inteligencia.
Muchos los lectores de temas políticos argentinos han desechado la
consideración de esos trabajos, las universidades no los incluyen --
salvo excepciones-- a la hora de elaborar los programas, y no pocos
militantes populares --doblegados por los prejuicios-- repiten
cuestionamientos injustos sin aproximarse a la labor concreta del
Pepe.
Felizmente, debido a un direccionado presente familiar, la Historia
Argentina de Rosa me acompaña desde hace mucho tiempo; fue un tío
querido (apodado Yiyo) de fervor tripero y peronista, quien llegó en
un cumpleaños portando una caja que contenía esos grandes libros
rojos --punzó, en verdad-- destinados a desplazar ciertos manuales
que desconsideraban la presencia popular y el interés nacional en
nuestro pasado y, por lo tanto, en todo presente.
Andando el tiempo, uno pudo descubrir que la sóla mención de la
gigantesca tarea de José María Rosa originaba muecas de desdén en
numerosos profesores universitarios, pero también en periodistas y en
no pocos intelectuales comprometidos con la realidad social. Los más
respetuosos señalaban que se trataba de un investigador "poco serio"
mientras que algunos tomaban a broma la posibilidad de considerarlo
una fuente confiable.
Hay algo comprobable: no lo habían leído. Un puñado, apenas, había
pispeado un par de páginas para hacerse una idea. Quienes sí lo
conocían, y bien, al punto de generar ese desprestigio, eran las
usinas ideológicas que controlan la mirada histórica de los
argentinos, con intenciones político económicas muy prácticas e
intereses que se prolongan hasta el presente con energía.
Resulta que cuando uno se zambulle en la labor de este abogado,
funcionario, militante, preso político y eterno censurado, encuentra
una narración fundada, posicionada --¿porqué no?, y en todo caso ¿hay
otras que no?--, que ayuda a conocer, aunque también a pensar, desde
nuestro espacio social y geográfico, a una patria demasiado vapuleada
aunque con reservas impensadas y a un pueblo perseguido pero heroico
y creativo.
El texto que volcamos acá tiene un valor especial: Rosa escribe
sobre el historiador revisionista Adolfo Saldías --su antecesor, y
seguramente, el más importante generador de la nueva corriente
historiográfica--. Presenta su desarrollo, evidencia la honradez del
autor de "Historia de la Confederación Argentina" y evalúa el
silencio de la prensa ante sus descubrimientos, pese a que se trataba
de uno de los valores más promisorios de la intelectualidad liberal
del período.
Le proponemos al lector que se aproxime a este material, y al
conjunto de la obra de José María Rosa. Si en su espíritu late la
misma decencia que en los autores mencionados, percibirá que no está
ante un material desdeñable o de escaso valor. Y se preguntará, con
nosotros, porqué la narración histórica nacional y popular sigue
oculta, devaluada, ignorada. Este es un homenaje de La Señal, al Pepe
Rosa. Y a todos los historiadores que se animaron a señalar "No
señor, las cosas no son como nos las han contado".
Gabriel Fernández
La Señal Medios
Question Latinoamérica
Saldías y el revisionismo histórico (1878 a 1887)
Adolfo Saldías, nacido en 1849, había estudiado en las escuelas de
Sarmiento y en la universidad de Juan María Gutiérrez. Su pensamiento
era ardorosamente liberal (¿cómo si no?), quizás más que sus
compañeros de promoción porque era sensible y emotivo. Tenía una
profunda fe liberal y un celeste horror por las tiranías, y sobre
todo por la tiranía. Como le placían los estudios históricos siguió
en 1876 el debate entre Mitre y Vicente Fidel López sobre la manera
de escribir la historia y tomó campo decididamente junto al
primero15.
Quiso continuar el Belgrano del, maestro, que se detenía en 1820 con
la muerte del héroe epónimo. Veía la historia argentina en tres
etapas definidas: la independencia, la tiranía y la libertad. Mitre
había estudiado la primera en su Historia de Belgrano y la
independencia argentina. Debía seguir una Historia de Rosas y la
tiranía argentina, y después la obra cumbre, Historia de Mitre y la
libertad argentina.
Belgrano, Rosas y Mitre; el iniciador, el destructor, el
reconstructor; tesis, antítesis, y síntesis de la dialéctica
argentina; Vishnú, Shiva y Brahma de la trimurti criolla.
Mitre lo alentó, y Saldías se puso a la tarea. Poco sabía de los
tiempos de Rosas: los adjetivos de rigor, las Tablas de sangre, la
novela Amalia. No bastaban para una historia documentada, y compulsó
los periódicos de la época. Encontró las colecciones de la Gaceta
Mercantil de Mariño y del Archivo Americano de De Angelis. La
meticulosidad de los amanuenses de Rosas le facilitaba el trabajo;
diríase que había previsto a su historiador, y allí estaban, sin
omitirse alguno, todos los documentos oficiales: los de Rosas, los de
sus enemigos, los comentarios favorables de la prensa del mundo, los
desfavorables (cuidadosamente rebatidos), los debates sobre la
Argentina en los parlamentos de Londres, París o Río de Janeiro, los
discursos en la sala de representantes porteña, los mensajes de
gobierno, las notas de los gobernadores, las leyes provinciales, etc.
Es comprensible el asombro de Saldías al recorrer las páginas
amarillentas. Descubrir los tiempos de Rosas era penetrar en un mundo
desconocido donde todo resultaba sorprendentemente nuevo. Allí
estaban los gauchos y orilleros, las "naciones" de negros, la ciudad
pintada de rojo, los colorados, los serenos; allí don Juan Manuel
envuelto en su poncho punzó, agrandándose ante las escuadras de
Inglaterra y Francia.
Absorto leyó y meditó. Empezó a comprender lo que era patria, lo que
era pueblo, lo que era soberanía, lo que era victoria y lo que era
traición. Sintió el orgullo y, también, la vergüenza de saberse
argentino.
Interrogó a Mitre sobre las dudas que lo acometían al empezar la
tarea. Supongo que el maestro debió conformarlo con alguna frase
sobre'el "triunfo definitivo de Caseros" y los "nobles odios que un
liberal debe mantener a toda tiranía", que el joven Saldías estaba
empeñado en compartir. Habló con Sarmiento, que, más sincero, le
repetiría su frase a Ramos Mexia: "Jovencito; notome como oro de
buena ley todo lo que hemos escrito contra Rosas. Nosotros éramos sus
enemigos políticos".
Rosas era un tirano, no lo dudaba Saldías, que no quiso dictar una
constitución y no ajustó su política aduanera al cartabón de la
libertad de comercio. Pero la imagen del monstruo sanguinario que le
habían presentado, se le desmoronaba. Había sido un jefe popular, un
gobernante enérgico y hábil, y también un gran patriota. Tuvo
procedimientos fuertes en tiempos de guerra, ¿pero acaso puede
hacerse de otra manera?
En 1880 tenía listo el primer tomo de su historia que iba de 1820 a
1835. Alguien, tal vez Bernardo de Irigoyen, que en la intimidad
guardaba el respeto por el Restaurador, tal vez Antonino Reyes, que
en Montevideo mantenía la vieja veneración, lo puso en la pista del
archivo de Rosas que el vencido de Caseros había conseguido llevarse
de Buenos Aires la noche de su derrota y ahora, después de su muerte,
estaba en la casa de su hija Manuela en un barrio de Londres. Saldías
fue a Londres a estudiar el repositorio que la hija de Rosas puso a
su disposición,
Encontró los documentos más valiosos de la historia argentina. Las
cartas recibidas por Rosas de San Martín, Alvear, Palmerston, Belzu,
Oribe, Sarratea, Guido, Manuel Moreno; borradores de los escritos
oficiales y notas diplomáticas, informes reservados de sus ministros
en Londres, París, Washington y Río de Janeiro; "clasificaciones"
reservadas de la policía, proyectos de artículos de periódicos,
carpetas de antecedentes sobre los problemas políticos. Veinte años
de una época trascendental.
Comparó esos tiempos con los suyos. Ayer el entusiasmo de un pueblo,
la energía de un jefe, la generosidad criolla, la afirmación
vibrante, el remedio heroico; hoy el 1ucro ilegítimo, la mitad de la
sociedad tributaria de la otra mitad, la avaricia sórdida, la
explotación vergonzosa, la mentira erigida en sistema, la virtud
puesta en ridículo"16. Ayer un dictador con la suma de poderes por
decisión de su pueblo que lo acompañó en todos los momentos; hoy el
fraude electoral ("el pueblo -que es la nación- jamás toma la
personería que le corresponde"), los gobernantes señalados con el
dedo, las camarillas. Ayer el desafío a los poderosos, el cañón de
Obligado, los tratados victoriosos; hoy los empréstitos a comisión,
los ferrocarriles ruinosos, los diarios coloniales.
Apenas llegado a Europa había publicado en París -en 1881- el primer
tomo de la Historia de Rosas y de su tiempo. Después, con ayuda de
los documentos del archivo de Rosas, editará también en París, el
segundo en 1884 y el tercero en 1887.
La "Historia de Rosas y de su tiempo" (1887)
La aplicación del método histórico cambiaba fundamentalmente el
concepto que se tenía "de una época -decía la introducción- que no ha
sido estudiada todavía, y de la cual no hemos tenido más idea que las
de represión y propaganda",
Saldías era liberal, seguía siéndolo a pesar de todo. "No necesito
demostrar mi odio a las tiranías", dice. Como amaba sinceramente a la
libertad, amaba a la verdad. "No se sirve a la libertad manteniendo
los odios del pasado..., los viejos y estériles rencores"17. No se
colocaba en el odio liberal a Rosas para juzgar su personalidad y su
gobierno; se puso en las conveniencias de la Argentina como nación y
de los argentinos como integrantes de una nacionalidad.
Como liberal de buena fe, comparó el liberalismo "de frases" de
antes y después de Caseros con el autoritario pero sincero gobierno
de Rosas. Era un liberalismo que había servido para que los intereses
materiales predominaran sobre los individuales. Lo condenó, pero
indultó a los "próceres" (Rivadavia, Echeverría, Sarmiento, Mitre)
quizá por tener arraigado el culto hacia ellos. En cambio, la
Confederación de antes de Caseros habría sido bárbara, emotiva,
apasionada, pero era una nacionalidad que se sacrificó a la "ecuación
del mercantilismo cuya incógnita era la nacionalidad que nunca se
encontró"18.
Ingenuamente mandó el libro a Mitre. ¡Qué gran equivocación, qué
tremenda equivocación se había hecho con Rosas y su época!
Mitre le contestó con una andanada retórica el 15 de octubre de 1887.
Apabullante admonición del maestro al discípulo descarriado. Estaba
bien -decía Mitre- hacer historia con documentos, método crítico,
imparcialidad; pero no tanto. Rosas había sido un tirano, y no se lo
podía juzgar desprendiéndose de "los nobles odios" (Mitre se jactaba
de "guardarlos conscientemente") que todo liberal debe tener siempre
por las tiranías. "Su punto de partida, que es la emancipación del
odio a la caída de Rosas, lo retrotrae al pasado por una reacción
impulsiva"19. Al dejar de execrar al tirano, llegaba a comprenderlo y
eso no era una "posición progresista"; era ponerse "en oposición al
espíritu universal que está en la atmósfera del planeta que
habitamos"; era tomar a Rosas con prescindencia "de la libertad, las
instituciones, la moral pública, que dan su significación a los
hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el
gobierno de los pueblos libres". Juzgar a Rosas conel criterio de un
argentino de esa Confederación concluida en Caseros, era "desandar el
camino que lo conduciría al punto de vista en que se colocará la
posteridad, colocándose en un punto de vista falso y atrasado".
Porque Caseros no se podía rehacer "como partida de ajedrez mal
jugada"; era nada menos que "el punto de partida de la época actual,
completada con otra batalla también necesaria y fecunda" (que el
general no nombraba por modestia porque era Pavón, y fue el único
triunfo militar en su carrera de guerrero). Las grandes batallas "no
sólo vencen, convencen" (¡vae victis!). No deben investigarse -
"rehacerse teóricamente" dice con eufemismo-, "no se rehacen porque
son definitivas ." Protestar contra sus resultados... es protestar
contra la corriente del tiempo que nos envuelve y lleva a la Nación
Argentina hacia los grandes destinos que se diseñan claros en el
horizonte cercano".
Imagino a Saldías absorto, dolido, con conciencia de culpa ante la
filípica de Mitre publicada en La Nación del 19 de octubre. Mitre era
el maestro; así lo tuvo siempre, y así lo había llamado al enviarle
su Rosas con la esperanza que el criterio del historiador pudiera más
que la retórica del político. ¿Podría contestarle?... No, no podía.
Hubiera sido carecer del sentido de las distancias y las proporciones
ponerse a debatir con el patriarca. respetado de la calle San Martín.
Además, ¿cómo hacerlo? El general no le impugnaba la verdad de un
documento ni objetaba su interpretación. Le dolía que fuera imparcial
al juzgar a un tirano, y "llamara traidores y por varias veces" a
quienes se unieron a los enemigos de la patria en conflictos
internacionales, cuando "lo mismo hicieron los federales que se
alzaron contra Rosas". ¿Cómo aclarar le que la traición a la patria
de Urquiza al auxiliar a Brasil no justificaba la traición a la
patria de los auxiliares de Inglaterra y Francia? ¿Cómo replicarle
cuando llamaba ladrón a Rosas "porque así lo ha declarado la
justicia"? ¿De qué modo rebatir la firme fe del general "en que el
pueblo luchó cuarenta años (¿cuarenta?) contra el tirano"? ¿Qué
pueblo? ¿Habría leído el libro, o simplemente lo habría ojeado
rechazándolo con desdén? ¿Cómo responder, sobre todo, a esa frase "el
espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo
estrecho de acción que subordina su teoría derivada del hecho, que es
su fórmula", que por más que se empeñaba no conseguía entender?
Con todo, Saldías debió agradecer a Mitre que se hiciera algún
alboroto alrededor de su libro (El Mosquito publicó una caricatura
presentándolo como un escolar lloroso por la palmeta del maestro -que
es Mitre- castigándolo por llevar al aula un retrato de Rosas.
"¡Niño.
Eso no se hace!. La carta dio que hablar a "todo Buenos Aires" como
era natural. Pero después sobrevino el silencio. Los diarios cobraron
una repentina afonía, los críticos enmudecieron, los amigos más
queridos se volvieron taciturnos. Nadie hablaba, nadie escribía,
nadie comentaba el libro que creyó iba a conmover a la Argentina. No
había ataques ni elogios: quietud solamente, reposo, distancia. De
cuando en cuando le llegaba una anécdota como la comentada por
Saldías: un profesor lo llamó en clase "panegirista del tirano".
"¿Usted ha leído el libro de Saldías?" -¿Yo? Yo no leo "eso"20.
Tras la carta de Mitre enmudeció La Nación, calló también El
Quijote, callaron todos. El joven promisorio de 1877 fue el fracasado
de 1887.
Nadie comentaba el libro de Saldías, pero desaparecía de los
anaqueles. Al año de ponerse en venta el tercer tomo no quedaba un
ejemplar en librerías. Por consejo de Bernardo de Irigoyen le cambió
el título al reeditarlo: ahora se llamaría Historia de la
Confederación Argentina. La palabra "Rosas" era demasiado fuerte
todavía, para un libro argentino de historia.
Pasaría mucho tiempo sin que la historia auténtica se impusiera. El
aparato colonial era fuerte. El mayor efecto de la Historia de la
Confederación se produjo fuera del país, porque aquí resultaba
difícil romper la barrera de intereses que impedía conocer y juzgar
el pasado.
Pero donde no llegaban los diarios de familia, donde no encontraban
eco las consignas partidistas, donde a nadie le importaba que el
libro fuese panegirista de un tirano preestablecido, la Historia de
la Confederación alcanzó un éxito completo. En sus páginas
comprendieron la verdad el mejicano Carlos Pereyra, el brasileño
Pandiá Calógeras, el oriental Luis Alberto de Herrera y tantísimos
más. Tardó más tiempo en hacerse la luz en la Argentina.
Con la Historia de la Confederación Argentina de Saldías quedó
abierto, por un hombre de la generación del 80, el problema
fundamental de la recuperación argentina: la revisión de la historia
impuesta por los vencedores de Caseros. Fue larga la maduración de la
semilla echada en 1887. Fuera de unos pocos: Ernesto Quesada que
valido del archivo de Pacheco publicaba en 1898 La época de Rosas y
sus monografías sobre la guerra civil de 1840; Carlos Ibarguren, que
con los papeles de la comandancia de campaña encontrados en el
archivo de Anchorena es- cribía su Juan Manuel de Rosas, su vida, su
drama; Ricardo Caballero, que en 1923 entroncaba desde el senado
nacional el partido radical con el viejo federalismo, etc., el juicio
valorativo de Rosas no se hará conciencia popular hasta la segunda
mitad del siglo XX.
Notas
15. En 1876 Mitre publicaba la 3ra edición de su Historia de Belgrano
y la independencia argentina. Pacientemente perfeccionado desde el
panegírico escolar de la "Galería de celebridades argentinas" de 1858
(que fue su edición príncipe), el Belgrano de Mitre era en su tercera
tirada una tentativa de escribir historia documentada. La crítica de
Vélez Sarsfield a la segunda edición, de 1864, que le imputó carencia
de información al tratar a Güemes, llevó a Mitre a coleccionar
papeles hasta tener en su casa un repositorio imponente.
Sirviéndole de eje la figura del vencedor de Tucumán, estudiaba la
génesis de la Revolución y la primera década de gobiernos patrios.
Iniciaba la historia documentada de los tiempos argentinos, cuando la
narración subjetiva a lo Guizot con sus evocaciones y filosofías
había sido la imperante hasta entonces.
No puede decirse que el Belgrano era un modelo de historia
científica.
Tiene insalvables lagunas de información y fallas gravísimas de
interpretación, no atina con las causas sociales que mueven las
acciones y carece de la base de todo método que es separar lo
principal de lo accesorio. "Leyéndolo nadie se da cuenta de las
causas verdaderas de la revolución, de las pasiones del pueblo, de su
carácter, de sus necesidades, de su fuerza; parece que en aquella
historia no hubiese pueblo protagonista sino personajes que se mueven
como los fantoches, en silencio y misteriosamente, sin que el público
vea los hilos que los llevan a la escena y les hacen mover los pies y
las manos -comenta Carlos D' Amico-, y luego una minucia de detalles
innecesarios, buenos para una crónica, para que el verdadero
historiador tome de ellos los hechos, forme su opinión, rehaga los
acontecimientos, y presente al lector la historia según la entiende"
(Buenos Aires, sus hombres, etc.)
Pero, con todo, el Belgrano era el primer ensayo entre nosotros de
escribir la historia a base de documentos. Tan entusiasmado quedó
Mitre que en 1875, mientras elaboraba la edición definitiva del
Belgrano, quiso apagar el entusiasmo del chileno Diego Barros Arana
por La Revolución Argentina que entre 1872 y 1875 publicaba Vicente
Fidel López, primera forma de su Historia de la República Argentina
con alcance hasta 1827.
López era la evocación literaria llevada a sus últimas
consecuencias.
Con el solo caudal de la memoria frágil de su padre, venerable
testigo de todo lo ocurrido a todos los gobiernos, reconstruía en
trazos convencidos los hombres y cosas del pasado. No necesitaba
documentos, le bastaba la imaginación (él la llamaba filosofía) para
evocar e interpretar el pasado. Era un escritor de estilo fácil que
daba vida, movimiento y colorido a sus personajes. Sólo que no eran
reales.
Mitre escribió a Barros Arana (y el chileno tuvo la poca discreción
de publicar la carta) que "este escritor (López) debe tomarse con
cautela. , . escribe la historia más bien según una teoría basada en
hipótesis, que con arreglo a un sistema metódico de comprobación...
su bagaje es muy liviano, Guiado por la brújula de su teoría, afirma
en cada página lo contrario de lo que dicen los documentos.,. todo es
falso y arbitrario".
López, que tenía con Mitre un antiguo resentimiento desde las
jornadas de junio de 1852, esperó que editase su Belgrano metódico y
documentado para arrojarse implacable sobre él, Contestó Mitre con
las Comprobaciones históricas, replicó López en las Rectificaciones,
aclaró Mitre en las Nuevas comprobaciones, ..y quedó de cierto del
estruendoso debate que ambos tenían raz6n: Mitre contra L6pez al
decir que la historia debe escribirse con documentos, y López contra
Mitre porque el general no sabía manejarse con documentos.
16. A. Saldías, Historia de Rosas y de su tiempo, introducci6n, tomo
lo Los entrecomillados que siguen pertenecen también a la
Introducción.
17. Ibídem.
18. Ibídem.
19. Saldías publica la carta de Mitre en la 2da edición de su
Historia, y ha sido reproducida en las posteriores.
Los entrecomillados son citas de la carta de Mitre.
20. La Biblioteca dirigida por P. Groussac, t. VI.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de
Buenos Aires, 1822
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