[R-P] = EL GAUCHO DE LOS CERRILLOS =
Y O
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Sab Jun 25 18:01:08 MDT 2005
Juan Manuel de Rosas (Por José María Rosa)
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En 1835 Rosas llega por segunda vez al poder. No obrará ahora como simple
gobernador de Buenos Aires, delimitando su esfera de influencia con los
fuertes señores feudales de Santa Fe y La Rioja. Quiroga acaba de caer en la
encrucijada alevosa de Barranca Yaco, mientras López, postrado por
enfermedad mortal, ya no es el poderoso Patriarca del año 20, que ataba su
pampa famoso en la Pirámide de Mayo e imponía su ley a media Argentina.
No es tampoco el gobernador de 1829, que tenía a Manuel José García como
ministro y buscaba solamente el "orden" interno. Ahora se ha dado plena
cuenta de la fuerza del imperialismo británico, y se apresta a batirlo en
brecha.
Rosas será, cada vez en mayor grado, el señor absoluto de la Confederación.
Los satélites de Quiroga y López han de plegarse a la ley que ahora se dicta
en Buenos Aires: Heredia, Echagüe, Ibarra reconocerán la jefatura del
Restaurador y con ella la preeminencia de lo nacional sobre lo local.
De allí la diferencia entre el Rosas de 1829 y el de 1835: aquel era
simplemente un gobernador de Buenos Aires; éste es el jefe indiscutible de
la Confederación. Actuará como hombre de la Argentina, decidido a terminar
radicalmente con los factores de desunión. La unidad comenzada en 1831 ha
quedado establecida de la única manera posible: sin constituciones
importadas, sin leyes foráneas, anudando pacientemente los pequeños centros
políticos a una jefatura nacional: de pluribus unum. Por una paradoja de la
historia, los federales restauraban la unidad nacional que los unitarios
habían deshecho.
Pero no era bastante con la unidad política de los "pactos"; se hacía
necesario lograr la armonía económica entre las distintas partes de la
Confederación. Y Rosas comprendió que la restauración de la vieja riqueza
industrial del virreinato, al tiempo de significar la reconquista de la
perdida independencia económica, quitaría los recelos provinciales hacia
Buenos Aires. Por ello dictó la ley de Aduana del 18 de diciembre de 1835,
que protegía los productos de fabricación nacional.
Era la tesis correntina que se imponía después de cuatro años de haber sido
rechazada en Santa Fe. El articulado de la ley reproducía en parte el
petitorio de Ferré en 1831, mientras sus consideraciones hallaron eco en los
mensajes firmados por su antiguo antagonista Roxas y Patrón.
Tal vez Rosas fue convencido por los argumentos de Ferré: saber escuchar es
condición de buen gobernante y es, sobre todo, condición de gran caudillo.
Por eso dirá Alberdi de Rosas en 1847: "Se le atribuye a él exclusivamente
la dirección de la República Argentina. ¡Error inmenso! El es bastante
sensato para escuchar cuanto parece que inicia; como su país es muy capaz de
dirigir cuando parece que obedece" (17).
La ley de Aduana terminaba con el liberalismo económico de 1809. Esto puso
en explicable conmoción a los cenáculos unitarios de Montevideo: ¡El
liberalismo económico por el suelo! ¡El bárbaro! ¿Qué diría Quesnay?
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"Somos una colonia material porque hemos sido colonizados espiritualmente"
José M. Rosa
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