[R-P] Enrique Lacolla, Grandeza y horror de nuestro tiempo
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Jul 31 09:10:30 MDT 2005
Grandeza y horror de nuestro tiempo
Por Enrique Lacolla | Periodista
Si hay un tema tabú en las artes narrativas del presente, en especial en las
audiovisuales, es el nazismo. El imperio de los criterios de lo
políticamente correcto ha demonizado a ese fenómeno hasta lograr un efecto
muy peligroso: quitarle peso y veracidad, convirtiéndolo en un desfile de
macchiettas insustanciales, aburridamente perversas y en absoluto
convincentes. Lo cual puede procurar el peligroso efecto de vedar su
comprensión.
Hace 15 años o poco más, el director alemán Hans Jürgen Syberberg procuró,
en una película kilométrica y muy poco vista –Hitler, un filme de Alemania–,
una aproximación honesta al tema. Su acercamiento fue muy exigente en lo
formal y conceptual, lo cual alejó de las salas a muchos de sus potenciales
espectadores; pero suministró, a quien quiso esforzarse en decodificar la
obra, un ejercicio intelectual fascinante, acorde a la traumática naturaleza
de su asunto. Elaborada sobre la base de un complejo contrapunto de
imágenes, música y palabras, la de Syberberg fue “una película para leer”,
si cabe la expresión, abrumadora y memorable, pero desde luego ceñida a un
circuito restringido de espectadores y ajena a cualquier intento de
captación inmediata y masiva del público.
El reciente filme de Oliver Hirschgiebel La caída, en cambio, aborda el tema
también como un esfuerzo de interpretación, pero elaborándolo de manera muy
distinta: apelando a formas accesibles y apegadas a la convención realista,
el filme reconstruye los últimos días de Adolf Hitler en el búnker
subterráneo de la Cancillería del Reich, mientras arriba se desarrolla la
última, fanática resistencia alemana en las calles de Berlín.
La película se remite a fuentes documentales inobjetables y se esfuerza por
establecer un relato objetivo de lo sucedido durante las dos semanas en que
la batalla rugió en la capital del Tercer Reich. Pero la objetividad –y aquí
puede resultar comprensible el rechazo que en cierto sector de la crítica
suscita el filme– más bien refuerza que enfría la terrible fascinación que
se desprende de los personajes y de los hechos que se narran.
Porque la vida imita al arte (aunque quizá, en este caso, correspondería más
bien decir que la muerte imita al arte) y la grandiosidad wagneriana de la
última puesta en escena del nazismo puede resultar repulsivamente seductora
incluso para quienes no experimentan la atracción del abismo.
El arte y la historia
La última peripecia nazi reprodujo al pie de la letra los climas sofocantes
de la tragedia isabelina. Shakespeare no podría haber imaginado una
atmósfera cortesana más enloquecida y furiosa que la que rodeó a
Macbeth-Hitler en sus últimos días. Una pulsión de muerte se había adueñado
de los habitantes del búnker y culminó en un Apocalipsis ejemplar.
¿Ejemplar? Desde el punto de vista de la culminación trágica, de la redondez
“artística”, sí. Desde un enfoque humanista, no. Pero la cuestión estriba en
que el darwinismo social de Hitler se daba la mano en él con una comprensión
primariamente estética de la historia (“artista fracasado”, lo definía
Thomas Mann), lo que a su vez se mancomunaba con la autodisciplina, la
exaltación romántica y el extremismo controlado, pero a flor de piel, del
pueblo y la cultura alemanes.
Esta combinación era explosiva y terminó en el crimen en masa y también en
el suicidio en masa, no tanto como una vía para escapar al castigo cuanto
como una manera de no ver el mundo que alumbraría después de esa catástrofe
y que sería todo lo opuesto a la utopía de pureza racial, supremacía aria y
restitución de la armonía clásica que el nazismo había soñado y con la que
justificaba su criminal proyecto hegemónico.
El filme de Hirschgiebel sirve este complejo asunto con mucha eficacia. Pese
a los elogios que rodearon la actuación de Bruno Ganz como Hitler, el centro
de gravedad del filme no pasa tanto por la figura del dictador –aunque éste
ocupe el centro de la escena– cuanto por la depravada integridad de muchos
de sus seguidores, conscientes de lo final de la hora, pero decididos a
asumirla con una resolución a la vez heroica y enloquecida. Pero tal vez lo
uno no pueda ir sin lo otro...
A 60 años de su muerte, la figura de Hitler sigue suscitando el interés de
la gente. Es inevitable que así sea: su empresa, para decirlo con Charles de
Gaulle, “fue sobrehumana e inhumana” y la enormidad hipnotiza. La cuestión
es no incurrir en el error de negarle grandeza, por criminal que ésta haya
sido.
Si se cierran los ojos a esa evidencia, la realidad puede en algún momento
tomarse un desquite insospechado.
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