[R-P] La tradición nacional

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Mie Jul 27 13:05:19 MDT 2005


LA TRADICION NACIONAL
Por Alberto Buela [1]
El filósofo Martín Heidegger se quejaba allá a mediados de los años treinta 
de que Europa yacía bajo la gran tenaza formada por Rusia y Estados Unidos 
como portadores de la furia tecnológica y la organización abstracta del 
hombre normal [2].
Parece ser que nosotros hoy padecemos la opresión de otra gran tenaza, pues 
el mundo de nuestros días está atrapado entre la homogeneización global de 
un mundo-uno y el renacimiento tribal de los nacionalismos periféricos. 
Oscilamos entre Mac Donald y Bosnia, CNN y Ruanda, Microsoft y Chechenia. 
Unos están compuestos por hombres y mujeres para quienes la cultura propia y 
su lengua, la nacionalidad étnica y su religión son elementos descartables y 
a reemplazar. En tanto que otros hurgan en sus muertos o ilusorios mitos 
fundadores, para desde allí enfrentar el problema de la pérdida de 
identidad. Esta, para volver al símil de Heidegger, es la tenaza que 
aprisiona al hombre normal de nuestros días.
Es obvio que resulta mucho más fácil vivir plegándose a cualquiera de las 
dos ramas del fiero instrumento. Se puede vivir como el hombre light que 
sólo busca «estar al día» y no saber; no tener opiniones chocantes siendo 
siempre encantador; someterse al mercado de divisas y al Internet. O de lo 
contrario, se puede vivir como el hombre iniciático, haciéndose el sabio 
parodiando un saber que no se posee. Oscureciendo las aguas para que 
parezcan más profundas como gustaba decir Nietzsche. Y en este hombre 
iniciático hay dos vertientes. Desde el que se ocupa de los ovnis y los 
ángeles hasta el que busca fundar su saber en la hermenéutica de Nazca, el 
tantrismo de la mano izquierda o en Trapalanda.
Esta grosso modo es la tenaza de nuestro tiempo, que aprisiona al 
pensamiento crítico pero arraigado que, al menos nosotros, sostenemos como 
expresión más genuina del hombre no-conformista.
¿Cómo resolver desde nosotros mismos, desde nuestro lugar en el mundo que es 
Iberoamérica, esta opresión a dos puntas?
Poniendo en acto, actualizando, los valores que conforman nuestra tradición 
nacional. Así pues, el asunto de este trabajo es responder: ¿qué es la 
tradición nacional y cuáles sus valores?
La noción de tradición cuyo nombre proviene del latín traditio que significa 
la acción de entregar, de transmitir puede resumirse como el traspaso de una 
generación a otra de las cosas valiosas que la conformaron.
La tradición no debe confundirse con el conservadorismo, que en general 
guarda todo, lo valioso y lo que no es. La diferencia entre tradición y 
conservatismo es que, en éste último, lo viejo vale por viejo, mientras que 
en la tradición lo viejo vale en tanto portador de valores. La tradición, 
para nosotros, es algo que aún vive y no una entidad ahistórica tal como la 
considera el tradicionalismo filosófico.
Estos valores de la tradición nacional se han encarnado paradigmáticamente 
en Nuestra América en un sujeto histórico: el criollo, en tanto que 
representante más acabado de nuestra raza. Quien se ha expresado según haya 
sido su ámbito de pertenencia como huaso en Chile, charro en México, 
borinqueño en Puerto Rico, llanero en Venezuela y Colombia, montubio en 
Ecuador, cholo en Perú, coya en Bolivia, gaucho en Uruguay, Paraguay, 
Argentina y sur del Brasil, etc.
En definitiva, es el arquetipo de hombre americano que siendo de genuina 
estirpe hispánica nos distingue de España. Ni tan español ni tan indio.

a) La expresión de la tradición nacional
La tradición nacional tiene en la literatura argentina tres hitos 
significativos: el Facundo: Civilización y Barbarie (1845) de Domingo 
Sarmiento; el Martín Fierro (1872/79) de José Hernández y El Payador (1916) 
de Leopoldo Lugones y algunos aleatorios [3].
El Facundo tuvo por objetivo desacreditar al Brigadier General Juan Manuel 
de Rosas, su gobierno (1835 a 1852) y a su principal personero: Facundo 
Quiroga. Y aun cuando partiendo de la falsa antinomia: civilización y 
barbarie. Equiparando barbarie a campaña, a desierto, a extensión «el mal 
que aqueja a la República Argentina es la extensión» [4], a población 
criolla. Y proponiendo su reemplazo por el europeo que es la civilización. 
No obstante tamaño error, decimos que su mérito, limitado sólo a los tres 
primeros capítulos (el resto son «mentiras a designio», según carta de 
Sarmiento al General Paz), estriba en la descripción del genius loci (clima, 
suelo, paisaje) de los argentinos y sus caracteres esenciales expresados en 
la descripción del criollo bajo las distintas figuras del rastreador, el 
baquiano, el gaucho malo y el cantor.
Sarmiento, a pesar de él mismo, fue un americano hasta la médula, que cuando 
describe al gaucho en realidad se autorefleja. La contradicción surge cuando 
lo interpreta: «La sangre es lo único que tienen los gauchos de seres 
humanos», pues allí surgen todos los preconceptos ideológicos de su 
conformación política. Romántica y liberal. Europeizante y mimética. 
Unitaria y antirosista. Masónica y anticatólica.
El Martín Fierro viene a relatar los padecimientos del gaucho, producto 
típico de la pampa, explotado y sometido a los arbitrios de la ciudad, sede 
del gobierno, y sus personeros: políticos, jueces y milicos.
El poema va más allá de su autor, pues «él ignoró siempre su importancia y 
no tuvo genio sino sólo en aquella ocasión» [5]. El poema lo sobrelleva. 
Ante la crítica ilustrada de la época, Hernández pide disculpas por la 
inferioridad de sus versos. Sin embargo su poema adquiere inusitada adhesión 
en el paisanaje, transformándose en el texto más leído de su tiempo. Véase 
el pedido de un almacén de ramos generales de la campaña a su abastecedor 
porteño en 1873: «50 gruesas de fósforos, 2 quesos bola, 10 tercios de 
yerba, 1 barrica de cerveza, 2 pipas de vino Carlón, 50 Martín Fierro» [6]. 
Su lenguaje, estilo, versificación y temática son estrictamente criollos. No 
imita.
De naides sigo el ejemplo
naide a dirigirme viene
El Martín Fierro tiene y tendrá múltiples y variadas lecturas e 
interpretaciones pero, por sobre todo, es la expresión de nuestro modo de 
ser en el mundo.
Las grandes etapas de su desarrollo son:
a)      Vida bucólica:
era una delicia ver
como pasaba los días.

b)      Envío a la frontera:
Si esto es servir al gobierno
a mi no me gusta el cómo

c)      Huída al desierto:
Y siguiendo el fiel del rumbo
se entraron en el desierto

d)      Vuelta:
Viene uno como dormido
cuando vuelve del desierto

e)      Dispersión:
Después a los cuatro rumbos
los cuatro se dirigieron

Ellas indican emblemáticamente no sólo el drama de la historia patria «Hasta 
que venga algún criollo en esta tierra a mandar», sino también las etapas en 
el camino del hombre que lucha por ejercer su libertad. Y en este sentido el 
Martín Fierro encierra también una filosofía de vida.
El tercer eslabón de la tradición nacional aparece con El Payador. Producto 
de una serie de seis conferencias pronunciadas por Lugones durante 1913 en 
el teatro Odeón de Buenos Aires a la que asistieron, entre otros, el 
entonces presidente de la República Roque Sáenz Peña y sus ministros 
Indalecio Gómez, Eleodoro Lobos, Carlos Ibarguren, Justo P. Sáenz Valiente.
El ensayo es, cuarenta años después, la primera gran reivindicación de 
Hernández y su objetivo es probar que Martín Fierro es un poema épico y para 
ello se apoya en la proposición: «El gaucho, y no el español, fue el héroe y 
civilizador  de la Pampa. En este mar de hierba, indivisa comarca de tribus 
bravías, la conquista española fracasó» [7].
El trabajo es como todos los ensayos de Lugones, desmesurado, exultante, 
arbitrario, pero al mismo tiempo, penetrante, suscitador, inteligente, fruto 
de una cabeza brillante como la del hijo de Río Seco. Acá se muestra no como 
el afrancesado que fue, sino como el criollo a pie firme proveniente de una 
familia que «por cuatro siglos sirvió a estas tierras». Si pudiéramos obviar 
los capítulos primero y último, absolutamente infundados, el libro sería el 
ensayo más acabado sobre la tradición nacional.
Haciendo gala de una erudición, por momentos insolente y ofensiva, Lugones 
no sólo muestra acabadamente la trabazón interna del Martín Fierro que lo 
convierte en el mayor poema épico de Hispanoamérica, sino que además pone al 
descubierto la corriente espuria de la expresión criolla. A Bartolomé 
Hidalgo lo trata de «barbero que le imprimió a sus versos, como es natural, 
la descosida verba de su oficio». De Hilario Ascasubi -defendido años 
después por Borges frente a Hernández- dice que «no tenía de gaucho sino el 
vocabulario, con frecuencia absurdo». Al respecto ya Miguel Cané había 
afirmado en carta a Hernández: «Ud. ha hecho versos gauchescos, no como 
Ascasubi, para hacer reír al hombre culto del lenguaje del gaucho». De 
Estanislao del Campo y el comienzo de su Fausto sentencia: «Es una criollada 
falsa de gringo fanfarrón» [8]. Del Lázaro de Ricardo Gutiérrez y de La 
Cautiva de Echeverría que «son meros ensayos de color local en los cuales 
brilla por su ausencia el alma gaucha». A esta corriente espuria de la 
expresión criolla debemos agregar el publicitado trabajo de Ezequiel 
Martínez Estrada: Muerte y Transfiguración de Martín Fierro, que Lugones no 
conoció, un libro verdaderamente miserable, escrito por un gallego trepador 
y anticriollo con veleidades de sociólogo.

b) Los valores de la tradición nacional
Estos tres autores, que dicho sea de paso son políticamente opuestos entre 
sí, nos muestran que nuestra conciencia, o sea, la conciencia criolla, 
nuestro mundo de valores, nuestro genius loci, nuestra representación 
comunitaria, todo ello es premoderno. Pero nuestra forma de representación 
política a través del parlamentarismo demócrata-liberal y la proyección 
internacional de nuestra ecúmene cultural partida en una veintena de 
republiquetas bananeras, todo ello es moderno. Y esta es la gran 
contradicción que venimos soportando desde hace casi doscientos años. Somos 
entitativamente una cosa pero la representamos falsamente. Somos 
sustancialmente premodernos, nos relacionamos con el medio y nos organizamos 
familiar y comunitariamente como premodernos, pero nos representamos 
políticamente como modernos. Vivimos así una contradicción no resuelta. Al 
respecto algo barruntó el vulcánico Sarmiento: «En la República Argentina se 
ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo suelo; una naciente 
que sin conocimiento de lo que tiene sobre su cabeza está remedando los 
esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de 
lo que tiene a sus pies, intenta realizar los últimos resultados de la 
civilización europea. El siglo XIX y el siglo XII viven juntos: el uno 
dentro de las ciudades, el otro en las campañas» [9].
Sin ir más lejos, nuestra concepción del tiempo es distinta. Nuestros 
contratos los cumplimos de «otra manera», para desazón de europeos y 
norteamericanos. El nuestro, no es el time is money sino «sólo tradanza de 
lo que está por venir» como afirma Martín Fierro. Es un madurar con las 
cosas. Eso, que tanto ellos como nuestra intelligensia local, han 
caracterizado como indolencia o vagancia nativa. La siesta es casi un 
delito.
Claro está, hoy ya no existen los arquetipos que han definido a nuestros 
pueblos que fueron los que encarnaron la Tradición Nacional. Ya no está el 
gaucho, ni el llanero, ni el huaso, ni el charro, ni el montubio, ni el 
borinqueño, ni el cholo, etc. Hoy casi todos tendemos al homo consumans, al 
hombre light, al hombre homogeneizado del supermercado, al hombre 
desarraigado, al bicho urbano para quien: «el campo es aquel lugar horrible 
donde los pollos caminan crudos». Pero si bien es indudable la desaparición 
del criollo bajo sus distintas formas ello no nos permite afirmar la 
desaparición de los valores que animaron a este tipo de hombre. En una 
palabra, que desaparezca la forma en tanto que apariencia, no nos autoriza a 
colegir que murió su contenido, esto es, el alma gaucha. Muy por el 
contrario, lo que tiene que intentarse es plasmar bajo nuevas apariencias o 
empaques los valores que sustentaron a este tipo de hombre, como son: a) el 
sentido de la libertad, b) el respeto a la palabra empeñada, c) el sentido 
de jerarquía y d) la preferencia de sí mismo. Criollo es pues quien comparte 
estos valores más allá de su origen étnico, sea italiano, árabe, gallego o 
alemán. Estos son los valores fundamentales del «alma hispanoamericana». 
Renunciar a cualquiera de ellos es renunciar a nosotros mismos.




[1] Alberto Buela es Dr. en Filosofía. Pertenece al CEES (Centros de 
Estudios Estratégicos Suramericanos).
[2] Cfr. Introducción a la Metafísica, Buenos Aires, Ed. Nova, 1966, p. 75.
[3] Entre los trabajos propios, aunque en comparación menores, podemos 
señalar: La Tradición Nacional (1888) de González, Joaquín V.; En Torno al 
Criollismo (1912) de Quesada, Ernesto; Los Gauchescos (1917) de Rojas, 
Ricardo. El resto son miles de estudios eruditos que se cuecen en su propia 
salsa: el academicismo estéril.
[4] Sarmiento, Domingo: Facundo: Civilización y Barbarie, Buenos Aires, 
Eudeba, 1961, p. 21.
[5] Lugones, Leopoldo: El Payador, Caracas, Biblioteca de Ayacucho, 1978, p. 
133.
[6] Pérez Amuchástegui, Antonio: Mentalidades Argentinas (1860-1930), Buenos 
Aires, Eudeba, 1965, p. 230.
[7] Lugones, Leopoldo: op. cit. pág. 36.
[8] No nos podemos resistir a copiar todo el párrafo que le dedica Lugones a 
Del Campo y su obra. Dice así: «Después, si el vocabulario del famoso 
Fausto, está formado regularmente por palabras gauchas, no lo son sus 
conceptos. Así puede observarse desde el primer verso. Ningún criollo jinete 
y rumboso como el protagonista, monta en caballo overo rosado: animal 
siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en las estancias, o 
servir de cabalgadura a los muchachos mandaderos; ni menos lo hará en bestia 
destinada a silla de mujer, como está dicho en la segunda décima, por 
alabanza absurda, al enumerarse entre las excelencias del overo, la que 
podía "ser del recao de alguna moza -y, para peor- pueblera". Además, en la 
misma estrofa habíalo declarado "medio bagual", lo cual no obsta para que 
inmediatamente pueda creeerlo arrocinado, es decir, manso y pasivo. Por 
último para no salir de las dos primeras décimas, que ciertamente 
caracterizan toda la composición, ningún gaucho sujeta su caballo 
sofrenándolo, aunque lo lleve hasta la luna. Esta es una criollada de gringo 
fanfarrón, que anda jineteando la yegua de su jardinera». op.cit. p. 128. Es 
atingente hacer notar con Sáenz, Justo P. (h) que «El espíritu de imitación 
por todo lo que emana de la Capital Federal, tan común en nuestro interior 
[...] ha hecho que el paisano, sobre todo el que desfila en nuestras fiestas 
tome la fea y despiadada costumbre, imitando a los reseros del Matadero 
Porteño, de cortarle la cola al maslo, cuando nuestro gaucho usaba la cola 
hasta la ranillas, o cuanto menos cortadas al garrón» (Cfr. Equitación 
Gaucha, Buenos Aires, Emece, l997 págs. 138, 130 y 68).
[9] Sarmiento, Domingo: op.cit. pág. 49. 






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