[R-P] La discriminación y el fascismo en Venezuela
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Sab Jul 16 09:47:14 MDT 2005
Gentileza de la lista Redial Simón Bolívar
[Más similitudes entre el escualidaje venezolano y el gorilaje
argentino. De paso, lo de "cerrícolas" será discriminatorio, quizás,
pero los revolucionarios de Venezuela deberían tomarlo como una
definición propia, así como hicieron los peronistas con el
"descamisados" y el "grasas". Sí, son cerrícolas: viven en los
cerros. Habrá que ver quién les robó los valles.]
¿Discriminación y fascismo en Venezuela?
Por: Martín Guédez
Publicado el Viernes, 15/07/05
Es común escuchar entre los venezolanos de clase media, así como
entre muchos de los intelectuales opuestos al proceso revolucionario
provenientes, por lo general, del mismo sector, descalificaciones de
las expresiones culturales populares con los recurrentes epítetos de
desprecio de: indios, niches, cerrícolas, perraje, zambos, monos y un
largo etcétera. Es la misma gente que jura y perjura que en este país
jamás se discriminó a nadie por su raza o condición social. Obvian
que es natural que no se discrimine lo que no existe. Es ahora,
cuando ese "perraje" salió de la zona cero, del limbo invisible,
cuando ha adquirido voz y corporeidad, cuando se hace presente en los
espacios de la cultura y el quehacer social, antes reservados a las
élites privilegiadas, cuando se pone a prueba la pretendida ausencia
de tendencias discriminatorias. Les era muy fácil tenerles hasta
simpatía de lejos, incluso ver con cierto mohín de agrado las
lucecitas de los ranchos, allá, lejos, en los cerros, como en la
representación de un Nacimiento tamaño natural. Una cosa es tenerle
"cariño" a la nana, a la muchacha de servicio y otra tener que
compartir los espacios con ellas como igual, me recordaba esta mañana
la compatriota, amiga y fregoteadora de la palabra, María Antonieta
Guevara...¡Cuanta razón!
Pero, lo que no es auténtico, lo que es impostura, no requiere de
pruebas muy severas para exhibir su naturaleza, basta el más leve
roce para que la capita encubridora se le caiga. En esta Venezuela,
la misma en la cual se confundió el igualitarismo, fruto de la Guerra
Federal, -lo único que le quedó como saldo al pueblo- con igualdad,
la misma en la cual se edificó una ilusión de armonía sobre el
silencio de las mayorías, es natural que los primeros, acaso
sorprendidos, por el bagaje de intolerancia que llevaban en el alma
hayan sido esos mismos sectores.
Resulta qué, como con todas las ilusiones, la realidad las somete a
la dura prueba de su esencia. No importa como quiera nombrarse un
objeto, -con todo y el peso que la fuerza de la palabra posee- su
condición lo descubre en su estricta naturaleza. En ese sentido,
estas conductas no son nuevas. Su aplicación responde a la creación
de una ideología de supremacía racial, social, económica y académica,
proyectada sobre el común mediante la fuerza y la intolerancia. Se
trata de desconocer el derecho a la vida general y ver en él un
enemigo peligroso para la estabilidad del sistema social. Lo vemos
cada día, cuando líderes de estos sectores sueltan perlas como estás
en la televisión venezolana: "¿Qué puede esperarse mientras el voto
de ignorantes y marginales valga igual que el de uno?", o "Mientras
siga votando la chusma a Chávez no lo saca nadie".
El bien común, sin exclusiones, fue algo propuesto en el ideario de
la revolución burguesa que el Estado burgués no pudo ni puede
cumplir. El Estado burgués pronto, más allá de los postulados, se
manifestó como un instrumento al servicio de la clase dominante. De
hecho es así, en cualquier caso, desde que nació el Estado. Esa clase
dominante es capaz de hacer concesiones siempre que estas no afecten
el poder que detenta.
Cuando esto ocurre, cuando la amenaza deja de ser cosa de
intelectuales o círculos académicos, cuando la amenaza se hace
pueblo, especialmente, cuando la amenaza se comienza a tomar el
Estado, la clase dominante reacciona. Los colmillos de la
intransigencia, la intolerancia, -en definitiva-, el colmillo
fascista, salta como impulsado por un poderoso resorte.
El pensamiento discriminatorio, fascista, toma cuerpo en primer
lugar en la clase media, la cual percibe más de cerca lo que
considera una terrible amenaza. Encantada, mirando hacia la
inalcanzable clase superior, le horroriza el surgimiento de las
clases inferiores de las que huye. Es la clase social y económica que
más profundamente cree en la necesidad de las diferencias sociales.
Sin argumentos profundos, pues no los hay, la necesaria
diferenciación social la apoya en argumentos racistas y académicos.
Este terror a la igualdad, de la que huye despavorida, es un
excelente caldo de cultivo para la única clase que tiene razones para
temerle: la gran burguesía o la oligarquía agraria. Todo el poderío
propagandista de la clase superior es volcado, desde una aparente
indiferencia, sobre la vulnerable clase media. El mensaje constante,
machaconamente repetido, está siempre referido a la exaltación de
valores como el éxito por la competencia, el esfuerzo propio y la
superación personal, -tan caro a este segmento de población- tanto
como a la presentación del pueblo como horda despreciable, culpable
de su propia situación, flojo, pedigüeño, irresponsable, sin méritos
para acceder a lo que con tanto esfuerzo y sacrificio obtuvieron
ellos.
Allí están las razones por las cuales las mayores expresiones de
odio, de enloquecimiento, intransigencia y desprecio, no hayan tenido
lugar en el Country Club, sino en las urbanizaciones de la clase
media.
Los de arriba de verdad, saben muy bien lo que hacen, son los que
planifican y proyectan las inyecciones de odio diario, son los que
preparan la sopita de alacrán de todos los días. No necesitan odiar
ni perder la sindéresis, todo lo contrario, requieren del cálculo
frío para alcanzar sus objetivos. Los otros, los del medio, esos son
los instrumentos propicios, la herramienta al servicio de los
poderosos.
Sumidos en una brutal ceguera inducida, son incapaces de ver quienes
son sus verdaderos enemigos, quienes amenazan con sus hipotecas sus
viviendas o sus automóviles, quienes les convierten a los hijos en
consumidores insaciables e insensibles, quienes les ponen precios de
ruina a los servicios de salud o educativos. La disociación es tal
qué, las conquistas alcanzadas para ellos, pues el pueblo no tiene
apartamentos, carros ni tarjetas de crédito, son despreciadas,
rechazadas y vistas con horror como una materialización de la
horrible amenaza popular.
No es nueva la cosa. La situación hace recordar la experiencia
vivida por Simón Bolívar, recogida en el Diario de Bucaramanga,
cuando al ver una procesión del pueblo llano, sumisamente detrás de
unos curas y unas cuantas imágenes, expresó, adolorido la pena que la
causaba ver las víctimas inconscientes, marchando y orando, detrás y
por sus verdugos.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular