[R-P] Drogas y narcotráfico en el mundo: Economía, droga, guerra.
ana graciela real
educba2003 en yahoo.com.ar
Vie Jul 8 12:26:30 MDT 2005
Drogas y narcotráfico en el mundo: Economía, droga,
guerra.
Pakistán explota la producción afgana de amapola
Desde que está bajo control de la fuerzas de
estabilización de la OTAN, Afganistán se ha convertido
en el primer productor mundial de opio. La mercancía
se refina en los laboratorios de los servicios
secretos pakistaníes y proporciona la mayor parte del
producto nacional bruto de Afganistán y Pakistán,
convertidos ambos en narcoestados.
Lejos de ser de provecho para la población, esta
fuente de riqueza se destina a la compra de armamento
estadounidense con vistas al ataque contra Irán.
Inmediatamente después del ataque estadounidense
contra Afganistán y el derrocamiento del
autoproclamado emirato de los talibanes, el presidente
George W. Bush envió un emisario especial encargado de
evaluar la situación.
En su informe, James Dobbins indicaba: Las drogas son
la principal fuente de dinero para financiar la
reconstrucción, ampliamente por encima del monto total
de las ayudas internacionales. La observación no
resultó incierta.
En tres años, la producción de opio se desarrolló a
toda velocidad. Hoy ocupa 130,000 hectáreas de tierra
y representa el 87% de la producción mundial. En ese
devastado país no existe en realidad otra fuente de
riqueza, fuera de las ayudas internacionales, según
observa el profesor Barnett Rubin, de la New York
University.
Los dirigentes internacionales deploran unánimemente
ese fenómeno. Es sin embargo imposible que éste haya
tomado proporciones tan importantes sin la aprobación,
por lo menos tácita, de los nuevos amos del país, o
sea, del ejército de Estados Unidos y de la OTAN.
Esa complicidad es ya un secreto a voces, aunque
ningún responsable político se atreve a mencionarla en
público.
Una excepción aparece sin embargo.
La ministra francesa de Defensa, Michèle Alliot-Marie,
no vaciló en expresar su irritación en las columnas
del diario estadounidense Washington Post. En ellas
deploraba que los soldados estadounidenses no se den
cuenta que ese tráfico, destinado únicamente al
mercado europeo, les concierne y que permitan que esto
desarrolle ante sus ojos, aún cuando fue Estados
Unidos quien pidió la ayuda militar de los europeos
para estabilizar Afganistán.
Para entender lo que se esconde detrás de esa
gigantesca hipocresía se hacen necesarias una mirada
al pasado y algunas explicaciones técnicas.
Para que tenga algún valor comercial, la goma de
amapola o adormidera tiene que ser refinada y
distribuida luego en un mercado solvente para que
tenga viabilidad.
El cultivo solamente se desarrolla, por consiguiente,
cuando goza del respaldo de laboratorios locales de
refinado y redes internacionales.
Contrariamente al refinado de la cocaína, el de la
heroína exige una importante logística, lo cual
implica una organización centralizada lejos de los
cultivadores.
Una estructura de ese tipo no puede existir sin que lo
sepa el poder político.
El cultivo de la amapola y adormidera con fines
especulativos apareció por consiguiente al margen de
la guerra civil, como resultado de una decisión
política.
El jefe de los servicios secretos franceses, Alexandre
de Marenches, se jactó de haber ideado el
financiamiento de la lucha de los mudjahidines contra
los soviéticos mediante la producción de droga y de
haberlo aconsejado a su colega estadounidense.
El caso es que el cultivo se desarrolló, en los años
80, en el norte, a lo largo de la frontera
afgano-pakistaní mientras que el refinado tenía lugar
a menudo en el propio territorio afgano, bajo el
control del ISI (los servicios secretos militares).
Aplicando a los soviéticos lo que ellos mismos habían
sufrido en Vietnam, los estadounidenses enviaban de
nuevo la heroína hacia Afganistán para consumo de los
soldados soviéticos, desmoralizando así su ejército.
Lejos de terminar con la retirada de las tropas
soviéticas, la guerra civil se convirtió durante los
años 90 en una guerra de todos contra todos.
Reagrupando bandas armadas sobre bases étnicas, los
señores de la guerra se combatían entre sí según los
vaivenes de alianzas efímeras.
Cada uno financiaba sus propias fuerzas organizando el
cultivo de la amapola y adormidera dentro del
territorio bajo su control, mientras que el ISI
pakistaní conservaba cierta autoridad frente a todos
los grupos gracias al monopolio del proceso de
refinado.
Los estadounidenses, quienes seguían vigilando la
producción, se las arreglaron para encaminar gran
parte de esta hacia Irán con el fin de socavar la
sociedad revolucionaria islámica.
En 1992, en un esfuerzo por poner fin a la guerra
civil afgana que él mismo había provocado, Washington
trató de cortar su financiamiento mediante el cierre
de las refinerías pakistaníes.
La Casa Blanca envió importantes equipos de la DEA
(Drug Enforcement Administration) a Islamabad.
Pero era ya demasiado tarde. Los esfuerzos del general
Asif Nawaz resultaron infructuosos. La propia economía
pakistaní se había hecho dependiente de la droga.
Durante el período que antecedió al ataque de Estados
Unidos contra Afganistán, la mayor parte del
territorio afgano era gobernado por la confraternidad
de los talibanes, gracias al apoyo del ISI.
La confraternidad se había constituido unilateralmente
en emirato y se financiaba exclusivamente mediante el
cultivo de la adormidera y la amapola.
Los talibanes y su huésped, Osama ben Laden,
inventaron casuísticamente el pretexto según el cual
el Islam, si bien prohíbe a los musulmanes el consumo
de drogas, no prohíbe producirlas para los infieles.
Negociaron con Pino Arlacchi y con Estados Unidos y
aceptaron destruir las cosechas a cambio de
indemnizaciones substanciales, gracias a lo cual
vivían alternativamente del opio o de las
indemnizaciones.
En el norte del país, las tropas del fallecido y
célebre comandante Massud y su Frente Islámico hacen
exactamente lo mismo.
Los acuerdos entre los talibanes y la ONU para la
destrucción de la cosecha hundieron al sistema de
refinado del ISI pakistaní en una grave crisis
económica. La divergencia conduce rápidamente a la
ruptura, dando lugar a una enemistad entre Pakistán y
los talibanes en momentos en que Estados Unidos
entraba también en conflicto con la confraternidad, no
por las mismas razones sino por causa de la
construcción de un oleoducto.
La prensa occidental repite hoy constantemente que
Osama ben Laden, el enemigo público nº1 de Estados
Unidos, sigue vivo y que se esconde en las zonas
tribales de la frontera afgano-pakistaní.
Poco importa que sea cierto o no, lo interesante es
observar que si así fuera el ejército estadounidense
tendría que haber intervenido hace tiempo para sacarlo
de allí, capturarlo y juzgarlo.
Pero no ha sucedido nada eso, aún cuando los informes
oficiales aseguran que esa zona tribal es refugio de
los laboratorios de refinado.
En definitiva, se deja entrever que Ben Laden vive
tranquilamente, convertido en barón de la droga del
Waziristán.
Como quiera que sea, con Ben Laden o sin él, el ISI
pakistaní conserva el monopolio del proceso de
refinado y las ganancias van a los cofres del régimen
del general Pervez Musharraf.
La economía de Pakistán es, de hecho, extremadamente
endeble. Algunas fibras textiles y los huevos
constituyen sus únicas exportaciones.
El Estado es sin embargo muy rico, tanto que puede
comprar cazas-bombarderos a Estados Unidos así como
poderosos navíos de guerra.
Lejos de exigir explicaciones al general Musharraf,
durante su último viaje a la región la secretaria de
Estado Condoleezza Rice se regocijó de haber vendido
aviones F-16 de última generación a Islamabad
(Pakistán), que solamente puede pagarlos mediante la
explotación del opio afgano.
Cada cual se hace de la vista gorda ante un sistema
del cual es o fue partícipe, sobre todo en momentos en
que Irán se ha convertido en la próxima víctima, en
que el ejército pakistaní se hace indispensable para
golpear a Teherán y ante operaciones que costarán
mucho dinero.
No está de más recordar que el enviado especial del
presidente Bush, James Dobbins, cuya evaluación de la
situación citábamos al principio de éste artículo, es
precisamente el presidente de la Rand Corporation, el
grupo de presión política del complejo militar e
industrial estadounidense.
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