[R-P] Minucioso detalle de un salvaje genocidio (Parte II)
ana graciela real
educba2003 en yahoo.com.ar
Vie Jul 1 08:00:40 MDT 2005
Hace once años, un genocidio como estrategia de
guerra total
La inconfesable responsabilidad francesa en Ruanda
(Parte II)
Paul Labarique
El responsable de las fuerzas francesas desplegadas en
Ruanda se convierte así en comandante del ejército
ruandés. La responsabilidad de Francia es por
consiguiente mucho más grande de lo que se dice
oficialmente. En el momento del desencadenamiento del
genocidio que siguió al atentado contra el avión
presidencial de Juvenal Habyarimana, Francia tiene en
Ruanda once militares miembros del Departamento de
Asistencia Militar a la Instrucción (DAMI), que
prestan servicio como civiles, aunque se suponía que
habían salido oficialmente de Ruanda en diciembre de
1993. El capitán Paul Barril, quien dependía de los
servicios de inteligencia, también se encontraba en
Ruanda.
Pánico francés
En un intento de parar el genocidio, el Frente
Patriótico Ruandés (FPR) ataca al ejército regular
(FAR) y gana algunas batallas. La actitud de las
autoridades francesas demuestra una precipitación
cercana al pánico. La embajada de Francia destruye
todos sus archivos por orden del embajador Jean-Michel
Marlaud. Al mismo tiempo, los ciudadanos franceses y
los principales pilares hutus de la ideología del
genocidio son enviados al extranjero pasando por
Bangui, la capital de la República Centroafricana.
Entre ellos se encuentran la esposa del presidente
asesinado, Agathe Habyarimana, sus hermanos Seraphin
Rwabukumba y Protais Zigiranyirazo, y el ideólogo
Ferdinand Nahimana. Contrariamente a lo que afirma hoy
la diplomacia francesa, las entregas de armas
continúan. Los responsables franceses reciben varias
veces en Paris al gobierno interino, que se compone de
los elementos más extremistas de la vieja guardia del
presidente Habyarimana.
El 9 de mayo, el teniente coronel Ephrem Rwanbalinda,
consejero del jefe del estado mayor del ejército
ruandés, es recibido en la Misión Militar de
Cooperación por el general Jean-Pierre Huchon. Según
éste último, «hay que presentar sin retraso todos los
elementos que prueban la legitimidad de la guerra que
libra Ruanda, para poner a la opinión internacional a
favor de Ruanda y poder retomar la cooperación
bilateral.
Mientras tanto, la Misión Militar de Cooperación
prepara las acciones de socorro necesarias a nuestro
favor». Jean-Pierre Huchon promete también enviar
equipos de comunicación codificada para mantener el
contacto entre las FAR y París.
Ante la sorprendente envergadura de los éxitos
militares del Frente Patriótico Ruandés, Francia
decide intervenir públicamente, oficialmente «por
razones humanitarias». Se trata de la operación
Turquoise. Las palabras del presidente François
Mitterrand son claras cuando declara, el 18 de junio,
que «a partir de ahora es cuestión de horas y de días.
(...) Repito, cada hora cuenta». Sin embargo, el
genocidio había empezado dos meses antes, lo cual
implica que la urgencia no se debe al genocidio. En
cambio, las fuerzas del FPR están cerca de la victoria
final y Francia debe impedirla a toda costa.
Operación «Turquesa», ¿con qué objetivo?
Es tan difícil entender esa lógica como negar su
existencia. Saint-Exupery trata, sin embargo, de sacar
a la luz la ideología en la que se apoya esta. Su
razonamiento es simple: después de dos meses de
inacción, Francia despliega en nueve días varios
cientos de hombres, miembros de tropas de elite y
fuertemente armados, a 7,000 kilometres de su suelo.
En Ruanda, estos hombres crean la Zona Humanitaria
Segura (ZHS) que permitirá a los principales
responsables del genocidio escapar hacia Zaire.
Saint-Exupery pudo verificar in situ quiénes eran los
soldados franceses enviados en misión humanitaria. Se
encontró allí «comandos aéreos aerotransportados, que
venían de Nimes, y gendarmes del Grupo de Intervención
de la Gendarmería Nacional (GIGN), dos unidades de
elite». Se dirige entonces a su interlocutor
imaginario, Dominique de Villepin: «Al igual que yo,
se sorprende usted, señor.
La intervención «Turquoise» (Turquesa), anunciada el
18 de junio de 1994 por el presidente Mitterrand, se
dice humanitaria. Al ver a esos hombres, su armamento
sofisticado, no entiende usted nada. Estos soldados
parecen participar en una guerra. Vinieron a combatir
contra un enemigo. ¿Cuál?». El autor va más lejos aún.
Según él, «en París (...) cierta gente, dejando de
lado el genocidio en marcha, como si se tratara de un
simple detalle, habían planificado una reconquista.
(...)
Lo que, inevitablemente, habría llevado de nuevo al
poder a los responsables del genocidio. Parece
inconcebible pero así fue: Francia, nuestro país,
estuvo a punto de implicar a su ejército del lado de
los asesinos».
De ahí los avisos que Edouard Balladur, a la sazón
primer ministro, dirige al Presidente de la República,
François Mitterrand. En carta del 21 de junio de 1994
señala que, para tener éxito, la operación Turquoise
debe «limitar las operaciones a acciones humanitarias
y no dejarse llevar a lo que se consideraría como una
expedición colonial en pleno corazón del territorio de
Ruanda».
En un correo del 9 de junio, Balladur precisará el
carácter de su divergencia con el Jefe del Estado:
«Para el presidente Mitterrand no se trataba de
castigar a los autores hutus del genocidio, y no se
trataba para mí de permitir que estos pudieran ponerse
a salvo en Zaire».
La operación «Turquesa» llevará la marca de esta
esquizofrenia proveniente de las decisiones
contradictorias del ejecutivo bicéfalo de París. Los
soldados franceses desplegados por «razones
humanitarias» son combatientes experimentados,
«capaces de pasar en pocas horas de una estricta
neutralidad a un violento enfrentamiento».
Una intervención francesa en Kigali fue anulada en el
último instante. La capital cae en manos del FPR el 4
de julio. Agitados debates tienen lugar entonces en el
seno de la administración francesa para delimitar la
ZHS. Si sus límites son amplios, el Hutu Power podrá
refugiarse en ella y reponerse allí antes de pasar de
nuevo a la ofensiva.
Si es reducida, no habrá esperanzas de revancha. La
segunda solución se impone. Los responsables del
genocidio abandonan entonces la partida y huyen a
Zaire. En los puntos de control, los fugitivos son
objeto de una nueva selección: se aparta a los Tutsis
y solamente los Hutus son autorizados a continuar su
camino. Se improvisan albergues al borde del camino
para que los exilados puedan pasar la noche en ellos.
Varios millones de Hutus llegan así a los campamentos
de refugiados de Goma, donde los genocidas imponen su
ley. Los verdugos se han convertido en víctimas, su
sangriento crimen ha sido lavado con la sangre de sus
propios hermanos. Cae el telón.
Ruanda 1994: ¿una experiencia de guerra
revolucionaria?
El drama que se desarrolló en tierra ruandesa no debe
sin embargo caer en el olvido. Los crímenes de guerra
del FPR contra civiles hutus y la catástrofe sanitaria
que tuvo lugar en los campamentos de Goma no pueden
hacer olvidar la realidad de un genocidio y, ante
todo, la importancia de la implicación francesa en
esas masacres. Esta idea obsesiona a Patrick de
Saint-Exupery desde su regreso del país. Trata de
comprender qué intereses tenía Francia que defender al
extremo de proteger y hasta entregar armas a los
genocidas.
En un salón, Hubert Vedrine le explica la visión
francesa del asunto: «al asumir mis funciones, me
cuestioné la presencia francesa en Ruanda. Se me
explicó que Burundi y Ruanda se habían unido a la
familia franco-africana. No se les podía dejar
abandonados».
En nuestros días, los «revisionistas» del genocidio
ruandés prefieren ver esa carnicería que dejó más de
800,000 muertos como una serie de masacres
interétnicas espontáneas. Sin embargo, interrogado
sobre la cuestión por el Tribunal Penal Internacional,
el jefe de los cascos azules presentes en Ruanda
durante aquel período, el general canadiense Romeo
Dallaire, respondió de forma extremadamente clara:
«Matar un millón de personas y ser capaz de desplazar
a tres o cuatro millones en tres meses y medio, sin
toda la tecnología que se ha visto en otros países,
representa una misión significativa. Eso exige datos,
órdenes o al menos algún tipo de coordinación. Tenía
que haber una metodología».
Una metodología militar. En su búsqueda de la verdad,
Saint-Exupery se reúne con un suboficial francés.
Este le habla de las «guerras sucias» del ejército
francés, y menciona, con medias palabras, «el TTA 117,
aquel reglamento interarmas que se forjó a finales de
los años 1950 para la guerra de Argelia y que aún hoy
permanece accesible en los archivos únicamente para
quien tenga una autorización.
Sin que la palabra «tortura» sea mencionada ni una
sola vez, ese reglamento condujo a su uso. Un círculo
restringido de oficiales de la colonial lo utiliza aún
como base de inspiración». Un ex alto responsable
militar confirma la presencia de agentes clandestinos,
de «contratados». Según él, «muy rápidamente, el
escenario ruandés se vio invadido por los “bigotes”.
Las estructuras oficiales no controlaban nada ya».
Todo comienza durante la operación Noroit. Tomando
como pretexto una supuesta ofensiva del FPR contra
Kigali, Paris despliega dos compañías del 2do REP
«para proteger la ciudad». Durante la noche se oyen
disparos en la capital, lo cual acredita la idea de
una amenaza exterior. Un oficial francés, que
testimonió más tarde ante la Misión parlamentaria de
Información, cuenta: «ese cuento era ridículo.
Los que nos disparaban eran nuestros «amigos» de las
fuerzas armadas ruandesas. Las autoridades los habían
desinformado. En efecto, la supuesta entrada de los
rebeldes en Kigali no era más que una manipulación».
La manipulación permite a Francia desplegar tropas de
elite... que no retirará.
Según Saint-Exupery, «todas las unidades
pertenecientes a las fuerzas especiales con que cuenta
Francia desembarcan en Ruanda». Eso es, en todo caso,
lo que se desprende del recuento de fuerzas presentes
que hace un «alto responsable militar»: 150 hombres
provenientes de dos regimientos de la 11na división de
paracaidistas. «Sus unidades de origen, de vocación
colonial, son el 8vo RPIMa y el 2do REP,
especializados en las operaciones secretas. El
servicio de acción de la DGSE recurre a veces a los
conocimientos de estos. (...)
Hay también algunos hombres del 1er RPIMa, que
dependen del Comando de Operaciones Especiales (COS),
así como los Comandos de Búsqueda y de Acción en
Profundidad». Sin embargo, numerosos despachos
confidenciales mencionan ya ejecuciones sumarias
basadas en criterios étnicos que podrían «degenerar en
matanza». Francia se encuentra allí, por consiguiente,
con conocimiento de causa.
Contando los muertos, se calcula que entre 500,000 a
un millón de personas fueron asesinadas o a
consecuencias ligadas al genocidio.
Según el testimonio de un oficial, «una estructura
paralela del comando militar francés ha sido
establecida. En aquel momento se ha evidente que el
Eliseo quiere que se trate a Ruanda de manera
confidencial». La primera preocupación de París es la
cacería de rebeldes del FPR. En 1991, el coronel
Gilbert Canovas, consejero oficioso del ejército
ruandés, hace un balance de su acción: «el
establecimiento de sectores operacionales con el
objetivo de hacer frente al adversario (...); el
reclutamiento en gran número de militares de rango y
la movilización de reservistas, que permitió
prácticamente multiplicar por dos la cantidad de
efectivos; la reducción del tiempo de formación
inicial de los soldados limitada al uso del arma
individual de reglamento.» Subraya también que «la
evidente ventaja concedida» a los rebeldes al
principio de las hostilidades «fue compensada por una
ofensiva mediática» que realizaron los ruandeses a
partir del mes de diciembre de 1991.
Saint-Exupery deduce: «“Sectores operacionales”
significa “control por sectores”. “Reclutamiento en
gran número” significa “movilización popular”.
“Reducción del tiempo de formación” significa
“milicia”. “Ofensiva mediática” significa “guerra
sicológica”.»
La participación de los militares franceses se hace
especialmente visible en febrero y marzo de 1993, en
el marco de la «operación Chimère». El objetivo del
destacamento Chimère es «dirigir y comandar
indirectamente un ejército de alrededor de 20,000
hombres». Según el informe de la Misión de
Información, «un oficial francés piensa que esta
misión constituye sin dudas la primera aplicación a
gran escala, en veinte años, del concepto de
asistencia operacional de urgencia, y atribuye ese
mérito al buen conocimiento de Ruanda que tienen los
hombres del 1er RPIMa».
A la cabeza de la unidad Chimère se encuentra el
coronel Didier Tauzin con «una veintena de oficiales y
especialistas del 1er RPIMa», una unidad que depende
del 11no de Choque, el servicio de acción de la DGSE
creado por el general Paul Aussaresses. Para
Saint-Exupery, Francia no asesinó Tutsis, pero
«adiestramos a los asesinos. Les entregamos la
tecnología: nuestra «teoría».
Les entregamos una metodología: nuestra «"doctrina".
Aplicamos en Ruanda un viejo concepto proveniente de
nuestra historia como imperio, de nuestras guerras
coloniales, de las guerras que se convirtieron en
“revolucionarias”, como en Indochina; que se hicieron
después “psicológicas” en Argelia; “guerras totales”,
con daños totales; las “guerras sucias”».
Esta ideología puesta en practica por el ejército
francés en Ruanda tiene su origen en la «memoria
amarilla» que se compone, para los veteranos de las
guerras coloniales, de «la humillación de la derrota y
la embriaguez de la guerra exótica» pero también de
«una fascinación por los métodos del enemigo que hay
que adoptar para esperar ganar algún día: las
operaciones secretas, el arma del miedo, el control
por sectores de la población civil, la manipulación de
las multitudes, la propaganda».
El África francófona se ve amenazada en un mundo que
se ha hecho unipolar después de la caída de la Unión
Soviética. Altos responsables militares franceses
quieren convencer al presidente francés de recurrir a
la «guerra revolucionaria» para mantener esa zona
geográfica bajo la influencia francesa. Esta se basa
en seis grandes principios: «el desplazamiento de
poblaciones a gran escala, el fichaje sistemático, la
creación de milicias de autodefensa, la acción
sicológica, el control territorial por sectores y las
“jerarquías paralelas”».
Sus defensores despiertan el interés de François
Mitterrand, quien fue alto funcionario durante la
ocupación nazi, ministro de los Veteranos durante el
conflicto de Indochina, ministro de Colonias durante
la IVta República y ministro del Interior al principio
de la guerra de Argelia. Nace entonces una teoría del
complot según la cual la Ruanda francófona estaría
bajo la amenaza de la Uganda anglófona.
Se reedita el caso de Fachoda. Oficiales ruandeses
recibieron entrenamiento en Fort Bragg (Estados
Unidos), la escuela militar en la que varios oficiales
franceses impartían, a principios de los años 1960,
cursos sobre el concepto de «guerra revolucionaria» al
ejército estadounidense. Eso significa que Estados
Unidos quiere apoderarse de Ruanda. Para impedirlo se
crea una estructura militar, fuera de toda forma de
control, «una legión a las órdenes del Elíseo»: el
Comando de Operaciones Especiales, bajo la autoridad
directa del jefe del estado mayor ínterarmas, quien se
encuentra se encuentra a su vez directamente bajo las
órdenes del presidente de la República.
El COS tiene bajo su mando «las unidades más
aguerridas de nuestro ejército, equipadas con un
material sofisticado y duchas en las técnicas de las
“operaciones grises”». Sus objetivos son a la vez
militares y paramilitares. «Dicho claramente, el COS
es una estructura “político-militar”». En 1993, el
jefe del estado mayor interarmas, el almirante
Lanxade, autoriza la nueva estructura a desarrollar
capacidades de guerra sicológica. El laboratorio será
Ruanda.
El teniente coronel Canovas establece los elementos
claves de la «guerra revolucionaria». Será una guerra
total: «no es una guerra de movimiento, es una guerra
toda en movimientos. No es una guerra de frentes, es
una guerra en la que no hay más que frentes. No es una
guerra de ejércitos, es una guerra de hombres
armados».
Una guerra «caníbal», para retomar el término del
universitario Gabriel Peries. Esta deja tantas
víctimas colaterales «que hasta los más ardientes
defensores del sistema acaban por verse también
afectados». Esa es, en el fondo, la verdadera razón de
la implicación total de Francia junto al régimen
genocida de Kigali.
Hablar del genocidio hoy
Para los responsables franceses se hace difícil asumir
el legado ruandés. La envergadura de las revelaciones
contenidas en el libro de Saint-Exupery permite pensar
que algunos de ellos tendrían que responder ante una
jurisdicción internacional por «complicidad en el
genocidio».
Es por ello que hemos visto, en las últimas semanas,
tantas declaraciones y artículos de prensa tendientes
a descartar la responsabilidad francesa.
En el centro del debate se encuentra el asesinato del
presidente ruandés, acto presentado como el factor
desencadenante del genocidio. Desde el primer día, los
defensores del Hutu Power trataron de atribuir al FPR
la autoría del atentado contra el avión presidencial,
lo cual parece lógico a primera vista pero no está
demostrado. S
egún los defensores del Hutu Power, los Tutsis del
extranjero mataron al presidente Hutu para apoderarse
del poder, lo cual provocó como reacción el genocidio
contra los Tutsis que se encontraban en el país. Entre
los defensores de esa tesis estuvieron, sucesivamente,
Paul Barril, después Pierre Péan y Christophe Nick,
así como, finalmente, Stephen Smith.
Patrick de Saint-Exupéry, periodista francés.Este
último incluso acusó a la ONU, en una serie de
artículos publicados en marzo de 2004, de haber
mantenido deliberadamente en secreto el contenido de
la caja negra del avión. Ninguno de esos artículos
contiene, sin embargo, hechos concretos que acrediten
la tesis que pretenden demostrar. Es por demás
evidente que el análisis de la caja negra de un avión
no puede revelar la identidad de las personas que lo
abatieron.
El propio ministro francés de Relaciones Exteriores,
Dominique de Villepin, declaró recientemente que
«Francia salvó cientos de miles de vidas en Ruanda»
durante la operación Turquoise. En 1994, momento del
genocidio, Dominique de Villepin era director de
gabinete de Alain Juppé, a la sazón ministro de
Relaciones Exteriores.
Anteriormente había sido ayudante de Paul Dijoud en el
ministerio de Relaciones Exteriores y había estado en
Ruanda. Conocía, por tanto, la realidad de ese país.
Al defender públicamente la política francesa del
aquel entonces hacia África, Dominique de Villepin
defiende, en realidad, en nombre de la continuidad del
Estado, la continuidad de los crímenes del Estado que
cometieron la Francia colonial y, más tarde, la
Francia neocolonial. En momentos en que la política
exterior francesa se presenta como multilateral,
equilibrada y moderadora, es sin embargo primordial
que Francia reconozca sus propias responsabilidades y
abandone doctrinas militares que manchan su honor.
Paul Labarique
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