[R-P] Minucioso detalle de un salvaje genocidio (Parte I)
ana graciela real
educba2003 en yahoo.com.ar
Vie Jul 1 07:56:58 MDT 2005
Hace once años, un genocidio como estrategia de
guerra total
La inconfesable responsabilidad francesa en Ruanda
(Parte I)
Paul Labarique
Al igual que otros genocidios, el de Ruanda tiene sus
negacionistas. Estos tratan de poner al mismo nivel la
matanza sistemática de Tutsis por parte de los Hutus y
los crímenes de guerra que cometió más tarde el FPR
contra los Hutus que huían.
Algo similar es lo que hacen aquellos que niegan el
genocidio judío cuando comparan el campo de exterminio
de Auschwitz con el bombardeo de Dresde. Es además ese
discurso, repetido al más alto nivel, lo que despertó
en Patrick de Saint-Exupéry la imperiosa necesidad de
contar «lo inconfesable». En septiembre de 2003,
mientras escucha Radio France Internationale en su
auto, en Moscú [1], oye al ministro francés de
Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin,
referirse a «los genocidios» ruandeses.
Para el periodista, «ese plural parece insignificante,
pero es terrible». «Me dejó paralizado», escribe. Le
recuerda, en efecto, declaraciones de François
Mitterrand en la cumbre franco-africana de Biarritz:
durante la primera conferencia de prensa, el
presidente de la República había hablado del
«genocidio ruandés».
Sin embargo, en la versión escrita entregada a la
prensa, se hablaba de «los genocidios». Invitado a
explicar el asunto, Mitterrand respondió con frialdad:
«¿Quieren decir ustedes que el genocidio terminó
después de la victoria de los Tutsis? Yo también me lo
pregunto...»
Patrick de Saint-Exupéry se lanza de nuevo con todas
sus fuerzas en la investigación sobre la implicación
francesa en el genocidio ruandés, investigación que
había iniciado en la primavera de 1998 mediante la
publicación de una serie de artículos en el diario
francés Le Figaro.
En ella se dirige directamente a Dominique de Villepin
(actual Primer ministro francés), a quien desea llevar
a los lugares del crimen, en un viaje imaginario que
la literatura hace posible: «Será usted, señor, mi
hilo de Ariadna, mi interlocutor imaginario, el punto
de apoyo que me permitirá avanzar en las tinieblas, mi
testigo.» Y sumerge así al lector en pleno corazón del
«país de las mil colinas».
Ruanda bajo mandato: la construcción de un antagonismo
étnico
Con sólo un poco más de 25,000 kilómetros cuadrados,
Ruanda es un oasis templado en el seno del África
ecuatorial de los grandes lagos. El clima es suave y
húmedo a causa de un relieve particularmente montañoso
del cual le viene el nombre de «País de las mil
colinas».
Mayormente agrícola, el territorio es muy favorable al
desarrollo humano y se encuentra, por tanto,
densamente poblado, con cerca de 8 millones de
habitantes en diciembre de 1993. En el seno de esta
población coexisten dos etnias principales: los Hutus,
que representan el 80% de la población total, y los
Tutsis, que representan el 15%. Normalmente, ésta
última precisión no debería ser necesaria: en muchos
países de África las etnias se entremezclan, se unen,
viven juntas. En la propia Ruanda, donde Hutus y
Tutsis son presentados hoy como enemigos
irreconciliables, ambos grupos vivieron juntos durante
siglos.
Como escribiera Gerard Prunier, al principio «estos
grupos no respondían en lo absoluto a la definición de
«tribu», o sea de micronación. En efecto, hablaban
todos la misma lengua de origen bantú, vivían uno al
lado del otro sin que se formara un «Hutuland» o un
«Tutsiland» y los matrimonios mixtos eran frecuentes».
Pero, el etnicismo se convirtió para las potencias
coloniales en una forma de garantizar su dominio sobre
los pueblos que controlan. Creando distinciones entre
Tutsis y Hutus y estableciendo oposiciones entre
ellos, los alemanes, y después los belgas, decidieron
promover en Ruanda «una raza de señores» y apoyarse en
ella para mantener el control del país.
A la inversa, con la proximidad de la independencia,
las potencias occidentales invierten sus alianzas. En
el marco de una oposición étnica que crearon, no
buscan ya en aquel entonces apoyarse en una minoría
para controlar a la mayoría sino una mayoría capaz de
ganar elecciones.
Además, al final de su mandato, la Iglesia católica
estimula a las autoridades coloniales a jugar la carta
de los Hutus. La Iglesia católica trata de retomar el
control de la Iglesia local cuyos clérigos indígenas,
que formó esencialmente entre los Tutsis, se le van de
las manos.
Por consiguiente, los belgas se apoyan a partir de
entonces en el partido del Movimiento de la
Emancipación Hutu (PARMEHUTU) de Gregoire Kayibanda,
quien no es más que el secretario particular de
monseñor Perraudin, el vicario apostólico suizo. En
ese mismo año, 1959, tienen lugar las primeras
masacres de Tutsis. El 28 de enero de 1961, el país
alcanza la independencia. Todas las funciones
ejecutivas son puestas en manos de los Hutus. La
independencia se reconoce oficialmente el 1ero de
julio de 1962.
Las bases de las tensiones étnicas ya están creadas en
el aquel momento. Los miembros de la minoría tutsi,
excluida del poder, abandonan el país cuando se ven
posibilitados de hacerlo, sobre todo porque los abusos
que cometen las milicias hutus van en aumento. Los
exilados se reúnen en Burundi o Uganda.
A veces emprenden desde allí incursiones en territorio
ruandés, dando lugar a acciones de represalia más
violentas aún de parte del régimen de Kigali contra
los Tutsis que quedan en Ruanda. En el mismo momento,
Francia toma el lugar de Bélgica, no sólo en Ruanda,
sino en toda la región. Los franceses se presentan
como defensores de la «democracia étnica» o sea,
siendo los Hutus la etnia más numerosa, es lógico que
ocupen el poder. Ya en 1962, París firma un acuerdo de
cooperación civil con Kigali.
En 1973, un militar todavía más extremista, Juvenal
Habyarimana, se apodera del poder como resultado de un
golpe de Estado. Al igual que el dictador anterior,
Kayibanda, en proceso de beatificación en Roma, el
nuevo presidente se apoya en la Iglesia católica. Pero
pone en los puestos gubernamentales a representantes
de las facciones militares del norte, de las que él
mismo procede.
Al año siguiente, Francia firma un acuerdo general de
cooperación técnico-militar con Zaire, firma después
otro con Burundi y finalmente un tercero con Ruanda al
cabo de un safari memorable durante el cual Valery
Giscard d’Estaing ( 1 ex-presidente francés) sale de
cacería con Juvenal Habyarimana. Francia se encarga
además de proveer una ayuda en armas que alcanza 4
millones de francos al año.
Habyarimana-Mitterrand: una alianza ciega
Con el tiempo, el régimen de Habyarimana se hace cada
vez más racista y totalitario. A partir de 1978, la
nueva Constitución establece una clasificación étnica
incluida en los documentos de identidad mientras que
todos los ruandeses son inscritos, desde el momento de
su nacimiento, como miembros del único partido, el
MRND.
François Mitterand, presidente francés de la época. El
hombre de Estado declaró sobre Ruanda: «En esos
países, un genocidio no es tan importante».
En una desviación del sistema umuganda tradicional, el
Estado y la Iglesia católica obligan a toda la
población a hacer para ellos jornadas de trabajo
siguiendo un principio que la Organización
Internacional del Trabajo califica de «trabajos
forzados».
Francia no reacciona ante esta situación. En 1983,
cuando Therese Pujolle, jefa de la misión de
cooperación civil en Kigali desde 1981, testimonia
sobre las violaciones de los derechos humanos que
comete el régimen, sus superiores le advierten
secamente: «Los derechos humanos no son asunto suyo.
Trabaje en el desarrollo».
Las relaciones entre ambos países se ven marcadas por
los lazos personales que unen a sus dirigentes.
Jean-Christophe Mitterrand, el propio hijo del
presidente francés, es muy amigo de Jean-Pierre
Habyarimana, el hijo del presidente ruandés. Therese
Pujolle cuenta que «Papamadit» [Sobrenombre que se le
da en Francia al hijo del presidente Mitterrand a
partir de la frase «Papa m’a dit», que significa en
español «Papá me dijo». Nota del Traductor.] «tenía un
helicóptero a su disposición para hacer safaris
fotográficos. El gendarme de la cooperación protestó,
[y] perdió. Cada vez que Jean-Christophe Mitterrand
llegaba, quince Mercedes lo esperaban.»
El apoyo militar francés no corresponde, por supuesto,
a ninguna coincidencia ideológica, ni tampoco a
intereses precisos. Refleja una división de África en
zonas de influencia y la voluntad de aplicar métodos
coloniales por los gobiernos autóctonos para controlar
poblaciones que no serían nunca soberanas.
Durante una miniofensiva del Frente Patriótico Ruandés
(FPR), organización armada de exilados tutsis, Francia
desencadena la operación Noroit y envía al frente 150
hombres del 2do Regimiento Extranjero de Paracaidistas
(2do REP) estacionado en la República Centroafricana.
Durante la noche del 4 al 5 de octubre de 1990, el
régimen organiza un simulacro de ataque contra Kigali
con la complicidad de los militares franceses.
Atribuye la responsabilidad al FPR, decreta el estado
de sitio e instaura un toque de queda total. De paso,
los principales opositores políticos, lo mismo hutus
que tutsis, son acusados de complicidad con el FPR y
se les arresta.
Además, para eliminar el apoyo popular al FPR, 10,000
Tutsis son arrestados. La población civil tutsi del
Mutara sufre una ola de matanzas. Al final, las tropas
franco-ruandesas logran rechazar al FPR hacia Uganda.
Las amistades familiares no lo explican todo. Los
viejos reflejos neocoloniales tampoco. Los intereses
geoestratégicos no parecen evidentes. Sin embargo, a
medida que avanzamos con Saint-Exupery en el
descubrimiento de Ruanda podemos ir viendo que hay un
poco de todo eso en las relaciones franco-ruandesas.
Se trata de un cóctel explosivo que contribuye a la
escalada y conduce a lo peor. La versión oficial de
los que toman las decisiones por el lado francés, tal
y como la presentaron durante su audiencia ante la
Misión parlamentaria de Información, en 1998, es que
Francia no fue capaz de prever el desvío hacia el
genocidio por parte del régimen que apoyaba.
Saint-Exupery demuestra precisamente lo contrario:
mientras más inquietantes y amenazadoras se hacían las
señales provenientes de Kigali, tanto que los
documentos mencionan desde 1992 riesgos de masacres de
gran envergadura, más reforzaba París su apoyo.
Interrogado por Saint-Exupery, Hubert Vedrine,
secretario general del presidente François Mitterrand,
hace una inquietante comparación: «Si tenemos alguna
responsabilidad en Ruanda, es al estilo de Nixon y
Kissinger que desencadenaron el proceso que condujo al
genocidio camboyano».
La escalada
A fines de los 90, Francia concede un préstamo de 84
millones de dólares «para el desarrollo» y, más tarde,
un segundo préstamo, mediante la Caja Central de
Cooperación Económica, de 49 millones «para la
realización de diferentes proyectos».
Ambos servirán realmente al gobierno de Kigali para la
compra de nuevas armas. De 1990 a 1993, las entregas
de armas serán de 86 millones de dólares al año,
mediante el fabricante de armas sudafricano Armscor.
Sin embargo, las masacres de tutsis continúan, de
forma esporádica, incluso a pesar de la apertura de
las negociaciones con el FPR, que habían comenzado a
principios de 1992.
Paracaidistas franceses en Ruanda.
En julio, el gobierno ruandés y el FPR de Paul Kagamé
firman un acuerdo de cese al fuego en Arusha,
Tanzania. De agosto a diciembre se desarrollan sin
embargo nuevas masacres de Tutsis y de opositores
hutus, sobre todo por parte del movimiento de la
juventud del partido, las milicias Inteahamwe. En
noviembre, el presidente Habyarimana rompe el
«papelucho» de los primeros acuerdos de Arusha durante
un discurso ante el partido único.
Todo esto lo saben tanto los servicios franceses de
inteligencia, como los jefes militares franceses que
se encuentra en Ruanda y, por consiguiente, aquellos
que toman las decisiones en París.
En octubre, el senador belga Kuypers denuncia el papel
de los escuadrones de la muerte (las «redes Cero») y
la política racista del régimen de Habyarimana. Sin
embargo, en 1993 Francia enviará de nuevo sus tropas
junto al ejército ruandés ante una ofensiva del FPR.
En febrero, el capitán Paul Barril, ex responsable de
la célula antiterrorista de la presidencia francesa se
implica, a pedido del ministro ruandés de Defensa, en
una misión clasificada con el nombre de «operación
Insecticida».
Mientras tanto, las negociaciones entre Habyarimana y
el FPR avanzan. El 4 de agosto se firman nuevos
acuerdos en Arusha. Estos prevén las modalidades de un
reparto del poder entre hutus y tutsis, el regreso de
los refugiados ruandeses y la fusión de los dos
ejércitos. Las fuerzas francesas desplegadas durante
la operación Noroit salen por tanto del país en
diciembre, poco antes de la llegada a Kigali del 3er
batallón de elite del FPR, escogido para representar
al partido en la capital.
Cuando París adiestraba a los genocidas
De regreso en París después del genocidio, Patrick de
Saint-Exupery trató de comprender las razones del
apoyo de Francia al régimen de Habyarimana. Habla de
la cooperación militar franco-ruandesa con «un alto
responsable, un hombre proveniente de nuestra
diplomacia» que le responde: «¿Cómo? ¿Se imagina usted
a los soldados franceses entrenando asesinos?». Sin
embargo, eso fue precisamente lo que sucedió.
Campo de Kibumba, epidemia de cólera, el ejército
francés entierra los cadáveres.
Varios elementos prueban la presencia de instructores
franceses encargados de adiestrar a los oficiales más
radicales del ejército ruandés, que serán más tarde el
núcleo del aparato genocida. Está, primeramente, el
testimonio de Janvier Africa, ex miembro de los
escuadrones de la muerte, la «Red Janvier». El 30 de
junio de 1994, éste declara al periodista sudafricano
Mark Huband, del Weekly Mail and Guardian de
Johannesburgo, que él mismo fue adiestrado por
instructores franceses: «Los militares franceses nos
enseñaron a capturar a nuestras víctimas y a
amarrarlas. Eso era en una base en el centro de
Kigali. Allí era donde se torturaba y era también allí
donde la autoridad militar francesa tenía su sede.
[...]
En ese campamento he visto a los franceses enseñar a
los Interahamwe a lanzar cuchillos y a reunir fusiles.
Fueron los franceses quienes nos enseñaron -un
comandante francés- durante varias semanas seguidas,
en total cuatro meses de entrenamiento entre febrero
de 1991 y enero de 1992.» [6]
En marzo de 1993, tiene lugar una investigación
internacional sobre las masacres de Tutsis en Ruanda.
Un miembro de esa comisión, Jean Carbonate, afirma
haber visto instructores franceses en el campamento de
Bigogwe, donde «llegaban camiones repletos de civiles.
Estos eran torturados y asesinados». Estos informes
serán confirmados más tarde por la Misión
parlamentaria de Información.
La cooperación entre ambos países llega incluso más
lejos. En febrero de 1992, el ministerio francés de
Relaciones Exteriores envía a la embajada de Francia
en Kigali una nota según la cual «el teniente coronel
Chollet, jefe del DAMI, ejercerá simultáneamente las
funciones de consejero del Presidente de la República,
jefe supremo de las Fuerzas Armadas ruandesas, y las
funciones de consejero del jefe del estado mayor del
ejército ruandés».
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