[R-P] La instalación del nuevo parlamento -la política de los símbolos (S.Blixen)
INFOR-MET
rmermet en yahoo.com.ar
Lun Feb 21 10:33:41 MST 2005
Interesante y aguda reflexion la este artículo de
Brecha.
A la pasada, cita Blixen cosas poco conocidas de la
historia tupamara, como las negociaciones secretas de
estos, con las Fuerza Conjuntas, y que como bien
recordara Goro, llevaron al gobierno de Bordabehere, a
grandes problemas, pues los "milicos" se les
"tupamarizaban", tal el respeto y capacidad de
persuasión de Sendic y los suyos. Tal la flexibilidad
y claridad de los Tupas.
Mujica sigue sin duda esa línea histórica cuando
responde en ese su estilo inimitable, a los que le
exigen "desde la izquierda" reabrir juicios por DDHH
de las víctimas de la represión de los 70, que
prefiere ocupar todas sus fuerzas en salvaguardar los
DDHH de los niños famélicos del Uruguay de hoy día- y
completa con un categórico:
“El talonario de cuentas lo perdí hace mucho tiempo”
Rolando
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La instalación del nuevo parlamento
La política de los símbolos
(Brecha de Uruguay)
El martes 15 la historia uruguaya vivió un capítulo
que ni García Márquez hubiera imaginado, como dijo el
senador José Mujica, protagonista de la jornada, junto
a la diputada Nora Castro, electa presidenta de la
Cámara de Representantes casi por unanimidad (sólo
ella no se votó). La jornada fue pletórica en
símbolos, que delataron el cambio de época y evocaron
las paradojas de la historia.
Samuel Blixen
El miércoles 16 amaneció con otra luminosidad: los
uruguayos habían asistido la tarde anterior a unas
ceremonias que concentraron adhesión, curiosidad,
sorpresa, satisfacción y sobre todo tranquilidad. Una
atmósfera novedosa, como preñada de promesas y
primicias, había derrotado al bajón nacional; un aire
exultante, como de enamorados, se esparcía por la
ciudad creando un estado de predisposición y
benevolencia; un sol apropiado caldeaba los
comentarios y los juicios, que desmenuzaban, como si
hubiera habido un clásico, todos los detalles: desde
el color de la campera del Pepe, pasando por la
delgadez del Cejas, hasta el significado del índice
agitado de Nora. Era un aire de propiedad compartida,
de cosa colectiva, de asunto familiar. Era un ánimo
generalizado de sonrisa universal.
¿Cuánto de todo esto era síntesis de esperanza real y
cuánto deseo profundo? La instalación de un nuevo
Parlamento, de un nuevo gobierno de nuevas mayorías
nacionales, operó como detonador de un nuevo estado de
ánimo, diferente al de la alegría del triunfo, algo
inédito: los orientales celebraban la consagración de
un gobierno distinto, pero a la vez compartían la
sensación de lo conocido. Las ceremonias del miércoles
eran más que una rotación de partidos en el gobierno;
habrá que ir para atrás en la historia buscando raíces
germinales para expectativas de cambios tan profundos,
más allá de 1959, con la instalación del primer
gobierno blanco del siglo XX que desarticuló el
monopolio colorado; más allá del segundo gobierno de
José Batlle, en 1911, consagrando la solidez del
Estado; más allá del gobierno de Juan Francisco Giró,
en 1852, puntillazo final de la Guerra Grande. Habrá
que remontar la historia más allá de Oribe y de
Rivera, de Pueyrredón y Canning, y habrá que mirar
hacia la Banda desde el recodo del Uruguay, cuando
todavía no era país, sólo río, en cuya ribera se
instaló el gobierno de Purificación, un gobierno de
los vecinos, pero también un gobierno para los que no
habían sido ciudadanos porque no eran propietarios, un
gobierno para los negros, los zambos, los indios, las
viudas con hijos, los peones, los infelices.
Ésa es la carga subjetiva del estado de ánimo
instalado el martes 15, menuda carga sobre un elenco
de gobernantes y administradores que vienen reiterando
las advertencias sobre las limitaciones de lo posible.
Nadie le reclama al nuevo gobierno una conducta
artiguista ;esa conducta tan “voluntarista” que lo
despegó de su tiempo y lo adelantó 50 años porque bien
podría haber sido un protagonista de la comuna de
París, un colega de Proudhon y de Blanqui, un
corresponsal de Marx;, pero nadie podrá condenar al
vecindario porque en su alegría exprese anhelos apenas
presentidos, casi atávicos, postergados desde siempre.
¿Qué hacía el Ñato Fernández Huidobro, a las 10 de la
noche del martes 15, en el boliche del Carlitos,
arrinconado en una mesa, compartiendo cocacolas con su
compañera, su hija Manuela y el petizo Caballero?
Estaba completando una jornada cargada de simbolismos.
¿O no es un símbolo que ese antiguo guerrillero, rehén
de la dictadura, enemigo número uno de los militares,
devenido senador y dirigente de la coalición de
izquierda, dejara fluir tranquilamente, anónimamente,
humildemente, en la intimidad, los últimos minutos de
una jornada intensa, histórica, la jornada en que,
además, los tupamaros tomaron el Palacio Legislativo,
sin tiros y bajo aplausos?
LAS VUELTAS DE LA VIDA
En la explanada del Palacio resonaban todavía los
coros de las murgas y los reflectores alargaban las
sombras de saltimbanquis en zancos. Resonaban,
también, los aplausos y los gritos de la multitud,
acallados casi por los redobles y las clarinadas de la
banda que al caer la tarde marcaban el paso de los
efectivos del Batallón Florida, con los bonetes y las
casacas blanquiverdes que un general de amplias
avenidas y tenebrosas leyendas, ese general Flores,
había ideado para los cruzados de la Triple Alianza
que morirían en los esteros paraguayos después de
reducir a polvo la aldea sanducera.
Ahí estaban los depositarios del dudoso honor acuñado
por el general León de Palleja, firmes ante el
presidente de la Asamblea General y la presidenta de
la Cámara de Representantes, prestos para rendir
honores al Parlamento Nacional. Simbolismos
superpuestos: el desfile del Florida se había repetido
cuatro veces desde la reconquista democrática, pero en
este quinto verano de transición, en que se ventila la
debilidad de una jueza para procesar a Juan María
Bordaberry por haber firmado el decreto que
“legalizaba” el golpe de Estado, es imposible olvidar
que ese Batallón Florida, cuya misión consiste en
custodiar al Parlamento, fue el que abrió las puertas
a los vándalos que lo clausuraron aquel invierno de
1973.
Tampoco es posible olvidar que el Batallón Florida
tuvo un protagonismo decisivo y muy particular en la
guerra sucia contra los tupamaros, en 1972. Fue uno de
los centros más activos de tortura, fue la unidad que
capturó a Héctor Amodio Pérez, obteniendo una clara
ventaja sobre otras unidades en aquella competencia
interna de las Fuerzas Armadas por derrotar a la
guerrilla. Ráfagas de esa historia pasaron por la
mente de José Mujica, hecho prisionero por el Florida,
cuando bajaba las escalinatas del Palacio, tomado de
la mano de Nora Castro, envuelto en un enjambre de
fotógrafos, casi abrumado por las vueltas de la vida
que lo colocaban treinta años después en la posición
de ser homenajeado por la unidad que lo había
torturado.
Pero otras ráfagas de esa misma historia deben haber
sacudido la memoria de Fernández Huidobro, un poco más
atrás, espectador del momento, entre las columnas de
la puerta principal, que en junio de 1972 había sido
conducido al Florida para participar en una
negociación entre guerrilleros y militares a efectos
de anudar una tregua estable, suspender los
enfrentamientos, terminar la guerra y, de repente,
impulsar conjuntamente las medidas de gobierno que
había llevado a unos a tomar las armas y a otros a
reprimir y torturar. Imposible para el Ñato no
recordar que los mismos que lo torturaban empeñaron la
palabra, y la cumplieron, cuando salieron del cuartel,
prisionero y carcelero, a buscar a Raúl Sendic por las
calles de la clandestinidad agonizante, para concretar
aquella negociación. Zancadillas de la historia: aquel
oficial que cumplió su palabra, y que protegió al Ñato
&endash;y también a Sendic en las tensas horas en que
el tupamaro más buscado entraba en el cuartel del
Florida, y también al Pepe, que velaba la angustia de
la espera en los montes de Camino Tomkinson&endash;,
el hoy coronel retirado Carlos Calcagno, acaba de ser
denunciado ante la justicia paraguaya por su
protagonismo en el Plan Cóndor.
El comandante del Batallón Florida, relevo de aquellos
protagonistas, también habrá sentido el peso de esas
historias &endash;complicadas, entreveradas, confusas,
disparatadas, todo menos lineales o esquemáticas, de
blancos y negros o de buenos y malos&endash; cuando le
pidió a Mujica y a Nora Castro el permiso para
rendirles honores. Y habrá estado como sedimento en la
actitud de los tres comandantes de las Fuerzas
Armadas, que bajaron unos peldaños para saludar al
Pepe, mientras el jefe de la casa militar hilvanaba,
en la espera, una conversación que soslayaría esos
recuerdos profundos, que se reduciría a las buenas
maneras, hablando del estado de salud, de la
enfermedad, de la internación y que lo sorprendería:
“Estoy viviendo los descuentos”, le informaría el
Pepe, como al pasar.
SÍMBOLOS DE LA NUEVA ÉPOCA
Para cuando los redobles de la banda comenzaron a
marcar el ritmo del desfile militar, el Pepe ya había
acumulado otras emociones y sembrado otros
simbolismos. La toma de juramentos a los senadores de
la nueva legislatura estuvo punteada por los
comentarios y los adjetivos que el senador sin corbata
obsequió a cada uno de sus colegas, y hasta algún
críptico chiste de entre casa. El toque informal
adherido a la fórmula tediosa aumentó la expectativa
que la prensa había generado para el momento en que
Mujica le pidiera el juramento a Julio María
Sanguinetti. Fue el único caso en que el tupamaro se
adscribió estrictamente a la fórmula, sin agregar
comentario alguno, pero en cambio subrayó la actitud
política explícita que desplegó durante toda la
jornada con un gesto elocuente de aplaudir con
vehemencia a quien, con propiedad, puede describirse
como su más encarnizado detractor.
Si Mujica había apelado a su conocido estilo, muchas
veces elíptico y alegórico, para señalar una postura
política, Nora Castro, en cambio, asumió, en su
discurso con el que agradeció los votos que la
consagraron como presidenta de la Cámara de
Representantes, el sendero de las afirmaciones sin
ambigüedades, para señalar el carácter democrático de
la gestión que comienza, el signo popular inspirado en
el pensamiento artiguista, y la reafirmación de una
amplitud que no disminuirá con el carácter absoluto de
la mayoría parlamentaria. Buena parte de su discurso
estuvo signado por la intención de reiterar que es
posible un trabajo común sin renunciar a la
pluralidad, sin hipotecar las diferencias.
Ésa fue la orientación de la conducta de los dos
principales protagonistas de la jornada, una jornada
en la que el resto de los senadores y diputados del
EP-FA asumieron un segundo plano y acompañaron con
generosidad y humor el hecho indiscutible del día:
todo el espectro de la civilidad política y la
verticalidad militar se inclinaba ante dos tupamaros,
algo que el propio Mujica calificó como “novelesco” e
“impensable”. Era el signo del momento, que
representaba, quizás, el punto final de una transición
estirada durante 20 años.
Mujica se encargó de subrayarlo y, por las dudas, lo
reiteró en diversas oportunidades. “El talonario de
cuentas lo perdí hace mucho tiempo”, declaró, y nadie
dudó sobre el valor de esa afirmación, en boca del
principal dirigente del grupo político mayoritario de
la coalición de izquierda. Qué significa exactamente
eso lo dirá el futuro. Ciertamente, esa declaración
contribuye a consolidar la confianza del presente, que
para la mayoría de la gente se traduce en esperanza y
regocijo, dos productos escasos en el mercado del
quehacer nacional.
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