[R-P] El derecho al lujo
(Redial) Red Simón Bolívar
redial_s_bolivar en yahoo.es
Lun Feb 21 06:35:22 MST 2005
Roberto: Te envío el comentario que sobre tu artículo escribe el cumpa
argentino y amigo, Néstor Gorojovsky.
Martín
CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
[Entre otras cosas, este artículo explica el odio antiperonista de
quienes veían a "esos negritos" aprendiendo a disfrutar del piso de
parquet, o las casas con comedor independiente de la cocina...]
Gentileza de la Red Simón Bolívar
EL DERECHO AL LUJO, por Roberto Hernández Montoya
Cunde la noción de que el lujo es necesariamente costoso y exclusivo
de unas minorías petulantes. Marie-Ange Horlaville mantiene en la
televisora francesa TV5 un programa llamado Nec Plus Ultra,
subtitulado «la revista del lujo». La expresión latina nec plus ultra
significa 'no más allá', es decir, el colmo del sifrinismo del gusto
y del regodeo. Es cierto, lujo es llegar a donde nadie más ha llegado
en perfección, como la Orquesta Aragón.
Es significativa, sin embargo, la mala conciencia que revelan Mme
Horlaville y sus invitados al programa. A todos les plantea la misma
pregunta: ¿Qué es el lujo? Y todos responden lo que sea pero
coinciden en que el lujo no es lo costoso. Alguno dice que es lo que
hace burbujear la vida, porque es convertir lo prescindible en
imprescindible, «la finalidad sin fin» de Kant y otras ocultaciones
de las condiciones de producción. Es la versión que la clase
dominante tiene del lujo: libre de toda culpa, precisamente porque se
sabe culpable. Yo no tengo la culpa de tener buen gusto (esa cosa que
detestaban los surrealistas), es decir, ¿qué culpa tengo yo de haber
nacido así? Y otras inanidades al uso.
Es como Versalles, como el barroco en general, que ocultaba lo
imprescindible: si una columna era necesaria para sostener un
edificio, se la adornaba de tal modo que terminaba pareciendo
cualquier cosa menos una columna. La comida en Versalles simulaba
castillos y jardines, porque el alimento era lo de menos. En
Versalles el lujo tomó definitivamente el poder político. Se
inventaron los cubiertos, allí se importó del mundo entero o se
inventó todo refinamiento en función de la máxima centralización del
poder político para Luis XIV, el Rey Sol. Los nobles migraron de sus
provincias para hacinarse y refinarse en Versalles, esa casa de
vecindad de lujo. La burguesía destrozó todo eso durante la
Revolución Francesa y casi demuele el palacio de Versalles, como hizo
con otros, pero dejó intacta esa inocencia canallesca de pretender
que el lujo es un gozo gratuito, libre de toda responsabilidad e
inocente de toda exclusión y por eso ahora la familia Rockefeller,
junto con otros burgueses, restauran Versalles. Como hizo con todo lo
valioso, la burguesía privatizó el lujo para gozarlo ella sola.
Los huéspedes de Horlaville muestran principios convincentes y
falsos, como la finalidad sin fin, o aquella definición de bello que
ofrece Kant en su Crítica del juicio: «Bello es lo que place
universalmente sin interés ni concepto», que es lo que parece suceder
con el arte: no hay que saber nada ni tener ambición alguna con él,
basta apreciar su forma lujosa. No es cierto, como lo mostró Pierre
Bourdieu en su Crítica social del juicio. En el lujo hay una
determinación y una responsabilidad sociales. El lujo del gótico fue
execrado por el renacentista, por ejemplo.
El lujo, pues, es inocente. No tiene la culpa de haber sido
incautado vandálicamente por gente que a veces solo tiene el mérito
de poseer mucho dinero. Por eso Samuel Coleridge definía la poesía
como «la suspensión voluntaria del descreimiento», porque en la
experiencia estética todos somos inocentes.
El yerno de Karl Marx, el cubano Paul Lafargue, tuvo su cuarto de
hora de celebridad cuando lo asaltó una idea luminosa: la pereza es
un derecho.
Con ese tema y el título de Por el derecho a la pereza, hace un
alegato marxista en favor de una sociedad de abundancia en donde el
trabajo no sea una condena sino una opción. Es una versión feliz del
comunismo, casi se diría que una vuelta al socialismo utópico. Mi
propuesta de derecho al lujo es quizás menos utópica, menos soñadora,
más viable. Ya veremos a continuación cómo me va.
Lenin decía que al proletariado hay que llevarle productos de la más
alta calidad. Añadía que hay que dejar bien clara la diferencia entre
lo popular y lo vulgar. Y lo vulgar puede estar en todas partes, en
la chusma vocinglera de Alto Prado como en la buhonería en que unos
cientos de personas, muchas de ellas de dudoso proceder, privatizan y
arruinan los mejores espacios de la ciudad a sus millones de
habitantes. La buhonería es procaz, como toda vulgaridad.
Alejo Carpentier decía que el folclor fue lo que le dejaron al
pueblo como único acceso al arte. Migaja estética, desecho en el
abandono, reservación indígena, supervivencia ornamental (ver
Folklore, reservación indígena).
Así y todo, en el folclor sobrevivió una profundidad suntuosa que
tiene tanto más mérito por cuanto se hace contra toda adversidad:
penuria, despojo, desecho. En esa precariedad nacieron el jazz, el
tango, la rumba, las lenguas. los refranes, los poemas callejeros,
que fueron siempre creación popular.
Porque si lujo es la casa de moda de la exclusivísima Place Vendôme
en la rue de la Paix, en París, también lo es la tonada de ordeño o
la samba, el baile callejero en donde todo cuerpo halla su gracia. Es
tanto un altoparlante Magneplanar como la voz de Beny Moré y el
sistema X de Macintosh. Es lo mejor del mundo, siempre saqueado por
la clase dominante, que al principio detesta el tango arrabalero y
luego, almibarado, lo baila entusiasta. La industria cultural también
ofrece lujos, como los discos de los Beatles, pero normalmente lo que
impone es la vulgaridad impecable que formalizó y disciplinó
Venevisión en Venezuela. Antes de la aparición de esa televisora, la
vulgaridad en Venezuela había sido labor vocacional, ingenua, naïve,
empírica, improvisada. Venevisión la dotó de doctrina, disciplina,
rigor y perfección. Tanto que difícilmente uno encuentre por
Venevisión, en horas y horas, otra cosa que chocarrería y
chabacanería.
Ese modelo fue luego copiado por las demás televisoras. No lo inventó
Venevisión. Lo importó de la televisión de los Estados Unidos y de la
Cuba de Fulgencio Batista, la que se refugió en Miami, ese asilo de
toda tosquedad, donde anidan el terrorismo, la imbecilidad y la
incultura.
Predomina en todas partes, sin embargo, cierta concepción de la
cultura popular que la asimila a lo vulgar, como denunciaba Lenin.
Para esa visión basta con poner unas niñas de falda floreada a, girar
al son de algún ritmo para que ya haya cultura popular. Pues no, eso
no es popular sino vulgar. Porque lo único malo que tiene el lujo es
que permanece incautado por las chequeras. El revolucionario inculto,
es decir, bárbaro, cree que hay que acabar con el lujo. Todo lo
contrario: hay que popularizarlo, masificarlo, que la gente despojada
vaya conquistando, como decía Nicolás Guillén, lo que tiene que
tener.
Por eso es necesario reivindicar el derecho al lujo y dejar la
chabacanería a sus cultores más infames, como los que profirieron
toda insolencia en la Plaza Altamira, para decirlo con todas sus
letras. Pero hace falta mucho de este lado, revistas como Question,
alcanzar una calidad impecable en la transmisión de los canales y
radios del Estado, así como propiciar la calidad de su programación,
publicaciones bien escritas y bien diagramadas, delicadeza en la
fuerza, porque el guerrero, decía Don Juan, el de Castañeda, debe ser
impecable.
Lujo no es como dicen los invitados de la señora Horlaville, un
«suplemento de alma», como decía Malraux que era la cultura, es
decir, una liberación de la sordidez cotidiana del burgués, refugio
alpino de lo bello. No: lujo debe ser desarrollo general de la vida,
para que transcurra en la opulencia simbólica de lo bello, lo
refinado, lo esbelto.
No es imposible: basta ver cómo la gente puede asimilar la calidad
con una presteza y lucidez asombrosas, como cuando asimiló a
Shakespeare allá en el Teatro El Globo, en la Inglaterra isabelina, o
como cuando se nutrió del mejor teatro allá en Atenas, como cuando
celebró a José Ignacio Cabrujas o a Rómulo Gallegos, porque la mayor
sintonía de la televisión venezolana ha ocurrido cuando ha producido
lujo para todos. En cada uno de esos y millones de casos la
ciudadanía se empina hasta lo mejor, en las palabras de Lope de Vega,
en la música de Vivaldi, en el éxito popular de El Quijote. Toda esa
gente fue popular, callejera, como Bach, como Mozart, como Cristóbal
Jiménez, como Eddie Palmieri, como Mick Jagger.
Hay que emprender una alfabetización del lujo, así como la Misión
Robinson enseña que una letra le habla a la otra. Pero no de los
sabios a la gente, sino de la gente a la gente, que desde 1989 viene
mostrando más sabiduría que los doctos. Regar los códigos estéticos
por las plazas, por los parques, para que entren en la fábrica como
en el centro comercial. Si se logra eso, Venevisión se quedará
aislada con su vulgaridad atroz o tendrá que ponerse a derecho, para
no pelear con nadie, que es lo humanamente más conveniente, si no se
necesita.
Lo mejor es que no depende de más nadie que de nosotros.
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de
Buenos Aires, 1822
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