[R-P] RV: Alimentando la hoguera del Norte

Víctor Morón vicmoron en cantv.net
Dom Feb 20 22:15:06 MST 2005


Cuanto más leo estas cosas, más me gusta AMLO. Hay que seguir atentamente la
política mexicana en estos días. Si se consuma el desafuero (como parece
probable), el futuro es imprevisible. La partidocracia priista y panista se
encamina al "autosuicidio", como dijera Carlos Andrés Pérez en su lenguaje
disléxico. ¿Después qué? 

No deja de ser notable que este análisis aparezca en La Vanguardia. Muestra
con claridad los límites del eurosocialismo, y cómo nunca podrá ser nuestro
amigo.
 

La Vanguardia – Barcelona – España – 21 de Febrero de 2005

El fantasma del "chavismo" recorre México

JOAQUIM IBARZ - 19/02/2005 - 22.50 horas

El profesor Luis Rubio lo ha expresado con claridad. El presidente
venezolano Hugo Chávez se ha convertido en un personaje central de la
política mexicana. Más allá de los informes de prensa y de los artículos de
opinión en torno al abrumador triunfo en el referéndum revocatorio en agosto
pasado, el nombre de Chávez recorre los círculos de poder y la discusión
intelectual, política y empresarial en México. El fantasma del “chavismo”
recorre México: la estrategia política del alcalde de la capital Andrés
Manuel López Obrador –precandidato del Partido de la Revolución Democrática,
PRD, y favorito para ganar las elecciones del 2006- en su búsqueda por la
presidencia, se asemeja en muchos aspectos al método de confrontación que
Chávez emplea con tanto éxito en Venezuela. 

Luis Rubio señala que la asociación de Chávez con López Obrador sugiere una
clara preocupación: que más allá del estilo y discurso, el líder del PRD
pudiera adoptar los modos autoritarios y el populismo del presidente
venezolano. Esta preocupación revela la naturaleza del actual sistema
político mexicano. El verdadero problema político de México no reside en que
López Obrador o cualquier otro candidato pudieran volver a un
presidencialismo absolutista, ejerciendo poderes dictatoriales, sino en que
las instituciones políticas no sean lo suficientemente sólidas como para
limitar el abuso del poder por parte de quien releve a Vicente Fox en la
residencia de Los Pinos. 

Los dirigentes de las principales organizaciones empresariales de México ya
han expresado su preocupación ante el riesgo de que el sistema político
posibilite el regreso al pasado, con un ejercicio dictatorial y arbitrario
de las facultades presidenciales. En pocas palabras, temen que se produzca
una regresión y que el próximo jefe de Estado sienta la tentación de ejercer
el poder sin contrapesos. 

López Obrador preocupa al empresariado mexicano no solo por los atisbos de
populismo que ya muestra y demuestra, sino también por la nula transparencia
en el manejo de las finanzas del Distrito Federal, por la corrupción
lacerante de sus dos colaboradores más cercanos, por la laxitud con la que
se adjudican obras públicas de dudosa utilidad, por el manoseo de las
finanzas públicas para respaldar programas populistas, por el doble estándar
moral con el que el alcalde maneja su austeridad y beneficia a sus cercanos
en la nómina, por el férreo control que ejerce sobre la Asamblea Legislativa
del Distrito Federal y, sobre todo, por su propensión a hacer caso omiso de
la ley, del poder judicial y de toda estructura o institución de la que
depende la convivencia ciudadana y el respeto a un Estado de derecho, que en
México se mantiene más que tambaleante. 

Son abundantes las declaraciones de López Obrador referentes a que la
voluntad popular está por encima de la ley. Es lo que decía Chávez mientras
era candidato y en su primer año de mandato, cuando el Congreso le suponía
alguna cortapisa. En su cuarto Informe de Gobierno, el alcalde capitalino
afirmó: "A quienes suponen que me tienen en sus manos les recuerdo que, en
la democracia, el pueblo es el que manda y el que decide. Estoy en manos del
pueblo". Las decisiones de los poderes federales no cuentan, sólo las de él,
que encarna al pueblo. Con esa concepción del ordenamiento jurídico,
manifestó hace unos pocos días: “Vamos a ver qué dice la gente. Yo desde el
principio he sostenido que en la democracia es el pueblo el que decide, es
el pueblo el que manda; puede ser que hagan sus arreglos arriba, como
siempre, pero ahora sí que ellos deciden y el que va a tener la última
palabra va a ser el pueblo…”. Para López Obrador no cuenta lo que apruebe el
Congreso: “Las votaciones en la Cámara son una trampa: hay un plan bien
definido para hacernos a un lado… no vamos a caer en la trampa que van a
votar los diputados del PRI... yo voy a esperar a ver qué dice la gente.
Aquí lo que está de por medio es ver qué tanto dominio tiene el aparato
autoritario de siempre y qué tanto la sociedad permite… hoy día la fuerza
está en la opinión pública... Ahí está mi defensa, en el pueblo, en la
fuerza de la gente… va a haber resistencia civil pacífica…”. 

Alguno de los partidarios del alcalde, como Leonel Cota Montaño, gobernador
saliente de Baja California Sur, a quien se busca imponer como nuevo líder
nacional del PRD, ha llegado al extremo de pronosticar que de darse el
desafuero se pueden producir, incluso, "alzamientos armados". 

¿Y la política? ¿Y las instituciones? ¿Y la legalidad?. Eso no le importa a
López Obrador, a su círculo cercano y a la dirección del PRD. La apuesta es
medir fuerzas en la calle, al filo de la violencia y la confrontación
social. Es una apuesta de alto, muy alto riesgo; fiel a su formación y a su
historia, López Obrador quiere ganar en la calle lo que podría conseguir si
siguiera los cauces jurídicos. 

En su tropical concepción del Estado de derecho, López Obrador desconoce las
instituciones democráticas y apela no al mandato popular expresado en el
Congreso, sino al que le ofrecen movilizaciones callejeras con acarreados o
con funcionarios que son obligados a apoyarle y a financiar su campaña.
Según el analista Ricardo Alemán, la Cámara de Diputados es para López
Obrador algo así como un estorbo, “cuya representación institucional y hasta
legal pueden ser desconocidas por lo que digan en la plaza miles de
gargantas alimentadas con el populismo imperante”. 

El precandidato presidencial del Partido Acción Nacional (PAN), Felipe
Calderón, acusa a López Obrador de pretender la desestabilización de las
instituciones democráticas “para hacerse del poder a la manera de las
dictaduras”. Señala que detrás de sus descalificaciones hacia el Congreso y
el poder judicial se oculta “un chavismo a la mexicana”, que se escuda en un
supuesto apoyo del pueblo, “como lo hacen los dictadores contemporáneos”.
Para Calderón, resulta peligroso que López Obrador pretenda no sólo
deslegitimar a los poderes del Estado, sino lesionar la vida institucional
del país. 

El espejo de Hugo Chávez está presente en México en forma permanente porque
sectores políticos y empresariales comparten la inquietud de que, una vez
ganara las elecciones, López Obrador pudiera seguir los pasos del gobernante
venezolano, trastocando los principios de la democracia liberal. Chávez ha
acabado con el pluralismo y el respeto al contrincante; por el contrario,
opta por la confrontación, el clientelismo, concentró el poder en su persona
y está a punto de terminar con todo vestigio de institucionalidad. De igual
manera, en el gobierno de Ciudad de México resucitan los peores vicios del
PRI (corporativismo, corrupción, acarreo, clientelismo, coacciones a los
funcionarios), hasta el punto de que algún comentarista ha rebautizado al
PRD, partido que alguna vez representó a la izquierda mexicana, como PRID. 

Luis Rubio subraya que lo que realmente se teme en México es que las
estructuras políticas no estén a la altura de las circunstancias, que los
límites al abuso no sean tan sólidos como muchos creen y que la división de
poderes, tan invocada como freno al presidente Vicente Fox, en realidad
refleje sus propias incapacidades más que la solidez del sistema de
instituciones vigente. 

Aunque la situación política mexicana es muy distinta a la venezolana, y
López Obrador no tiene un pasado golpista como Chávez, que piensa y actúa
como militar, hay similitudes entre los dos políticos, sobre todo en su
concepción de lo que debe ser el respeto y el sometimiento a la ley. Chávez
ha logrado explotar en beneficio político propio las inmensas desigualdades
que existen en Venezuela. Sin pudor, emplea los recursos petroleros para
aumentar su popularidad; utiliza todo el aparato del Estado para atender a
su base política y construir clientelas por encima de partidos,
instituciones y organizaciones civiles; y ha creado un culto a su
personalidad por parte de la población pobre, mayoritaria en Venezuela como
lo es en México. El tema de fondo es la posibilidad de que, tal como ha
ocurrido en el país andino, un demagogo pudiera hacer florecer en México el
resentimiento y los instintos revanchistas de la población pobre y culpar de
todos los males al resto de la sociedad. 

Existen paralelismos entre los factores que contribuyeron a la formación de
los liderazgos de Chávez y de López Obrador. La estrategia de campaña del
alcalde mexicano está montada en el proceso de desafuero que le sigue el
Congreso, que equivaldría al proceso que se le instruyó al presidente
venezolano tras su asonada militar de 1992. Sin embargo, sería ridículo
comparar el cuartelazo de Chávez, que costó decenas de muertos, con la
acusación de desacato judicial contra López Obrador por un tema muy endeble
en un país donde son muy pocos los que respetan la legalidad: la apertura de
un camino a un hospital que debía atravesar una propiedad privada. 

José Carreño Carlón señala en el diario “Crónica” que en México, como en
Venezuela en 1998 (año en que Chávez ganó la presidencia), existe
descomposición de los partidos tradicionales, luchas de autodestrucción
entre sus dirigentes, corrupción a mansalva, estancamiento económico y
grandes medios de comunicación dispuestos a entenderse, en el río revuelto,
con quien les debería el arribo al poder. Chávez fue electo presidente seis
años después de organizar un golpe militar y su mandato fue refrendado tras
cinco años de abusos de poder. López Obrador puede ser electo presidente
tras un sexenio de un discurso sistemático de falta de transparencia
económica y degradación de la legalidad. 

En un ambiente de frustración, bien manejado por dirigentes con astucia e
instinto político, como lo tienen Chávez y López Obrador, buena parte del
electorado es propenso a creer en las expectativas que les abren nuevos
mesías. Chávez basó su discurso en las descalificaciones a los oligarcas y
corruptos pertenecientes a los demás partidos, desprestigiados y sin
capacidad de respuesta. López se desmarca de su propio grupo político, el
PRD, que está sumido en el descrédito, y crea redes ciudadanas con el
mensaje acusatorio de “todos son iguales” de ineptos, corruptos, enemigos de
los pobres. 

Desconfianza, desazón, descrédito, desesperanza. “Ese es, hoy por hoy, el
malestar de nuestra democracia, viejo corporativismo y fascismo populista
son los principales adversarios de nuestra democracia”, escribe con alarma
Enrique Krauze. Según el historiador, México perdería acaso ya para siempre
el tren de la modernidad si las conquistas políticas de los últimos años se
desvanecen. “Sin división de poderes, elecciones limpias, transparencia en
la gestión pública, libertad irrestricta de expresión y crítica, nuestra
joven y frágil democracia se hundiría en un pantano de demagogia”, advierte
el escritor.

 


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