[R-P] RV: nota de análisis
Víctor Morón
vicmoron en cantv.net
Vie Feb 18 14:53:55 MST 2005
BOLIVIA: LA CANCILLERIA FRENTE A
CHILE
Por: Andrés Soliz Rada
Una parte mayoritaria de la población boliviana reacciona con
rencor frente a Chile al recordar el enclaustramiento geográfico, originado
en la guerra de 1879. Otra, sin olvidar la usurpación, siente fascinación
por el país vecino, similar a la de los ingleses por su reina de turno. Unos
y otros admiten que Chile se caracteriza por su disciplina, unidad, orden,
espíritu de sacrificio y patriotismo, a diferencia de nosotros que seríamos
indisciplinados, desunidos, desordenados y egoístas. La oligarquía
boliviana, al igual que la peruana, es pro chilena por antiindígena, ya que,
desde su punto de vista, la presencia mayoritaria de quechuas y aimaras es
un lastre que impediría el desarrollo nacional (Ver mi libro “La Conciencia
Enclaustrada”. Editorial Contemporánea. 1995. La Paz-Bolivia).
El Presidente Aniceto Arce (1884-1888), representante de los
oligarcas fascinados, planteó a Bolivia encabezar las conquistas militares
de Chile, apropiándose de Tacna y Arica, con lo cual Bolivia hubiera
mantenido su condición de país costero. Sin embargo, la iniciativa olvidaba
los lazos históricos y antropológicos que vinculan a Perú y Bolivia. Por su
parte, los sectores populares, depositarios de la bronca histórica, no dejan
de masticar la amargura centenaria. Estas corrientes antagónicas generan la
pendular política exterior de Bolivia, la que fluctúa desde raptos de
optimismo ante la posibilidad de abrir un resquicio a la tozudez vecina y la
angustia sin esperanza.
La pugna retrasa la elaboración de políticas que nos acerquen a la
recuperación costera, que pasan por dejar de ver a Chile como a país de
superdotadas y superdotados o como a conglomerado de amigos de lo ajeno.
Chilenos y chilenas poseen, efectivamente, las cualidades anotadas, pero
también tienen debilidades y falencias. El euro centrismo de la mayoría de
sus intelectuales, hace que su pueblo tenga una visión distorsionada de
nuestra América mestiza que necesita de acciones coordinadas y conjuntas
para sobrevivir en los tormentosos tiempos presentes.
Chilenos y chilenas, con excepciones, obviamente, se
tragan en silencio sus propias inconsecuencias. Anotemos sólo una de ellas.
Las Fuerzas Armadas vecinas rinden enfervorizadas pleitesías a la Gran
Bretaña. Esta óptica enfermiza hizo que el general Augusto Pinochet
convirtiera a parte del territorio chileno en base de operaciones de aviones
ingleses en la guerra de las Malvinas. En “reconocimiento” a ese acto
indigno, el dictador fue tratado en Londres como vulgar delincuente, a
requerimiento del juez español, Baltasar Garzón.
PEDRO GODOY: LA CONCIENCIA LATINOAMERICANA DE CHILE
Lo anterior es sólo el eslabón de una cadena de distorsiones
conceptuales que el profesor Pedro Godoy ha resumido en sus "Siete Tesis
Equivocadas en la Historia de Chile” (Revista “Patria Grande” N. 5, abril de
1986, La Paz – Bolivia). En ellas, Godoy deja constancia de la resistencia
de sus compatriotas intelectuales a admitir la influencia incaica en
territorio chileno, lo que los conduce a una andinofobia obcecada, que
desemboca, dice, en una “araucomanía” desequilibrada. La alienación se
acrecienta al inventar infranqueables barreras entre el Virreinato de Lima y
la Capitanía de Chile (o Nueva Extremadura), bajo la prédica de una
insularidad inexistente.
Sigue Godoy: Una rama de las FFAA admira al almirante escocés Tomás
Cochrane, quien acompañó a las fuerzas patrióticas que, encabezadas por el
Libertador José de San Martín, expulsaron por primera vez de Lima al poder
hispano. La idolatría a Cochrane trata de disminuir la importancia de los
grandes capitanes de la gesta libertaria sudamericana, como Bolívar, San
Martín y O Higgins. El afirmar que "Bolivia nunca tuvo mar", como dijera
Pinochet, o el sostener que nuestro reclamo es una aspiración y no una
demanda, o el afirmar que "no hay nada pendiente" entre los gobiernos de
Santiago y La Paz, busca distorsionar la memoria histórica del pueblo
chileno y es parte del premeditado aislamiento de Chile, que silencia su
propia formación indomestiza.
La figura de Pedro Godoy merece párrafo aparte. Pese al silencio
sobre su obra, no cabe duda que pasará a la Historia de América Latina como
el chileno que más esfuerzos desplegó, en las últimas décadas, por integrar
a su país en la comunidad latinoamericana. En medio de una enorme soledad,
se atrincheró en la Centro de Estudios Chilenos (CEDECH), para desde allí
predicar la hermandad chilena con el Perú, vecino al que, en su opinión,
Chile debe devolver sus trofeos de la guerra del Pacífico; con Argentina,
país con el que hace causa común por el reclamo de las Malvinas usurpadas
por el colonialismo inglés, y con Bolivia, república a la que exige que
Santiago le reintegre su condición costera. Con estos elementos, Godoy ha
publicado el libro “Chile versus Bolivia, Otra Visión”, en el que reitera
que la unidad latinoamericana es condición de nuestra común sobre vivencia.
El aislamiento de Godoy y de los pocos intelectuales que comparten
sus ideas, como Enrique Zorrilla, Leonardo Jeffs y Cástulo Martínez, podría
deberse a que las corrientes nacionales en Chile no han alcanzado las
dimensiones del peronismo en la Argentina, del MNR en Bolivia o del aprismo
peruano. Sin embargo, la figura de Marmaduque Grove, quien, el 4 de junio de
1932, proclamó la República Socialista de Chile, sobre la base de un
programa antiimperialista e indoamericano (aquí se advierte la influencia de
Víctor Raúl Haya de la Torre), demuestra que el país vecino, y mucho más con
Salvador Allende, no está ausente de las gestas conosurianas. .
UNA CANCILLERIA SIN BRUJULA
Estos y otros antecedentes hacen ver que la supuesta inflexibilidad
e infalibilidad de la política exterior de Chile es un invento. En el fondo
de su conciencia, todo chileno sabe que su país ha despojado a Bolivia de
su litoral. Por eso, sólo le queda guardar silencio o admitir entre
murmullos la justicia de la demanda boliviana. El “no existe problemas
pendientes” se desgrana como galleta al rememorarse el abrazo de Charaña de
1975, entre Banzer y Pinochet, o las recientes declaraciones del ex cónsul
en La Paz, Emilio Ruiz Tagle, quien dijo que en algún momento Bolivia tendrá
acceso soberano al Pacífico. Los constantes apoyos internacionales a la
causa marítima boliviana, cada vez más insistentes y constantes, como los
del Secretario General de las Naciones Unidas, Koffi Anan, o de los
presidentes de Venezuela, Cuba, México, Brasil y tantos otros golpean al
chauvinismo aislacionista de “La Moneda”. Si a lo anterior se añade la
actitud de chilenos dignos que respaldan a Bolivia, encabezados por Pedro
Godoy, se demostrará que la solución del problema marítimo boliviano no es
una causa perdida ni que pueda ser postergada por otro siglo.
Sin embargo, para obtener resultados positivos, Bolivia necesita
terminar con el carácter pendular y nebuloso de su Cancillería. Tal
debilidad, que no nos abandonó a lo largo de la historia, volvió a repetirse
en la década pasada, debido a que el primer gobierno de Gonzalo Sánchez de
Lozada (1993-1997), no reclamó ni una sola vez la restitución del litoral
cautivo.
El silencio fue tan marcado que al asumir el siguiente gobierno, presidido
por el General Hugo Banzer Suarez, el nuevo Canciller, Javier Murillo de la
Rocha, tuvo grandes dificultades para reinsertar la demanda marítima en la
agenda latinoamericana. El hecho se debió a que Sánchez de Lozada y su
canciller, Antonio Aranibar, redujeron a negocios las relaciones con Chile
para beneficio oligárquico y de las transnacionales. Todo en el marco de la
liquidación de las empresas estratégicas del Estado, lo que fue aprovechado
por la oligarquía del país vecino para adquirir tierras, bancos,
supermercados y ferrocarriles a fin de enterrar el sentimiento marítimo. En
este contexto, plutócratas chilenos, como los Pérez Yoma, los Lucsics, los
Urenda, se aliaron a oligarcas nativos, como los Petrisevic, los Valdez, los
Saavedra Bruno para engrosar sus cuentas bancarias a costa del interés
nacional. Para ellos, el recuerdo del Litoral era un estorbo.
Pero si Banzer restituyó el tema marítimo en la agenda
internacional, también debilitó a la Cancillería al crear, sin razones
valederas, el Ministerio de Comercio Exterior. La idea de separar las
relaciones exteriores del comercio internacional no podía ser más
descabellada. La decisión no fue adoptada como fruto de reflexiones
patrióticas, si no del cuoteo (reparto) de cargos políticos. Bánzer, al no
satisfacer la exigencia del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR)
que, en 1997, pedía ocupar la Cancillería, compensó al Partido de Jaime Paz
Zamora con el Ministerio de Comercio Exterior, que recayó en su militante
Jorge Crespo Velasco. El hecho originó una constante pugna entre ambos
ministerios, cuyas funciones no están delimitadas hasta el presente. Con
semejante desorden interno, difícilmente se podrá avanzar en una política
sostenida y coherente frente a Chile.
Por otra parte, “gonistas” “miristas” y “banzeristas” (y “tutistas”
– partidarios del ex Presidente Jorge Quiroga--) tienen sus cuotas en la
Cancillería. Todos hablan, desde la fundación de la República, de tener una
diplomacia coherente. Los hechos demuestran, sin embargo, que el servicio
exterior sigue siendo asilo, salvo pocas excepciones, de oligarcas
desocupados. La discriminación a gente de origen popular se inicia en la
escuela diplomática y termina en la designación de embajadores y cónsules.
Los oligarcas nativos se creen predestinados a ser diplomáticos, en
cumplimiento del “acuerdo de caballeros”, llevado a cabo por Adolfo Costa du
Rels, en la tercera década del siglo pasado, y en virtud del cual uno de los
integrantes del núcleo de predestinados debía ser el Ministro de Relaciones
Exteriores y sus amigos íntimos embajadores en EEUU y en los países más
importantes de Europa, de manera rotativa.
La orientación oligárquica de nuestra política exterior se
caracteriza por otorgar gran resonancia a los comunicados y declaraciones
públicas y por su cobardía e incapacidad en los asuntos concretos. Casi
todos sus exponentes son incurables memoriones que no se cansan de repetir
la importancia de las “notas reversales” de 1950 y la Declaración de la OEA
de 1979, en las que se obtuvo promesas de Chile y apoyos externos,
respectivamente, a la cuestión marítima. No se trata de disminuir la
importancia de esos documentos, pero a condición de no olvidar que, en tanto
obteníamos “victorias morales”, Chile destruyó la Confederación Perú
Boliviana (en 1839), nos arrebató el Litoral, nos maltrató con las
agresiones verbales de Koening y del almirante Merino, nos alejó aún más del
Océano con el Tratado de 1904 y el Protocolo de 1929, se apropió de las
aguas del río Lauca, ha minado sus fronteras, no deja de remover hitos
fronterizos y, en los últimos años, ha incursionado en Bancos,
supermercados, tierras y decenas de empresas industriales y comerciales del
país.
EL PARADIGMA DE LA INCAPACIDAD
El tema de las vertientes del Silala (en el sudoeste de Bolivia) es el mejor
ejemplo de la incapacidad de nuestra diplomacia de “niños bien”, a la que
acompañan, como la sombra al cuerpo, el nepotismo, el abandono, la
negligencia y la falta de estrategias. En interpelación al canciller Javier
Murillo de la Rocha, el 16-3-99 (publicada íntegramente un día después en el
periódico “El Diario”, de La Paz), sostuve, en mi condición de diputado
nacional, que se trataba del problema más sencillo, más claro y transparente
de nuestra política exterior y, en consecuencia, de más fácil solución.
Para comenzar, nuestra Cancillería nunca hizo el menor
esfuerzo (y su descuido continúa hasta el día de hoy) por dejar constancia
que la palabra “Silala” no existe ni en la geografía ni en la historia de
Chile y de Bolivia. Se trata de un invento del ingeniero neocelandés Hosías
Harding, quien, en 1906, acuñó la palabra para bautizar un río que sólo
existió en su afiebrada mente. El ingeniero Antonio Bazoberry examinó más de
cien fotografías satelitales en la Biblioteca del Congreso de EEUU y no
encontró el supuesto río por ninguna parte. Se trató de un abuso de Harding,
quien, aprovechando su condición de gerente del ferrocarril
Antofagasta-Bolivia (de propiedad de los ingleses) y asesor del gobierno de
Chile para el trazado de las nuevas fronteras chileno-bolivianas, dibujó el
río “Silala”.
¿Si no existe el río Silala, que es lo que existe? Existe
el Cantón Quetena, del departamento de Potosí, los bofedales (áreas húmedas)
del Quetena y los ojos de agua de esos bofedales. Nuestros diplomáticos no
supieron defender ni siquiera el nombre de la región donde se originó el
conflicto. El invento de Harding sirvió para que su empresa firmara, en
1908, una concesión de uso de aguas de las vertientes del Silala, para 10
locomoras que operaban en la zona y que debían gastar 50 litros diarios de
agua. Desde hace 96 años, empresas chilenas están utilizando alrededor de
200 litros por segundo (17.950 litros diarios más de lo pactado) de los
bofedales del Quetena, los que son vendidos a empresas mineras y poblaciones
chilenas, de cuyas enormes utilidades ni Bolivia ni Potosí obtuvieran un
solo centavo. Por otra parte, hace más de medio siglo que las locomotoras a
vapor han dejado de operar en esa región. Chile aduce que el 50 % de las
aguas del Quetena le pertenecen por tratarse de un río internacional.
Santiago nunca pudo explicar el por qué no utilizó y utiliza esas aguas en
su territorio, sin necesidad de concesión alguna. Y no lo hace, porque las
aguas del Quetena se insumirían en el terreno arenoso de la zona, sino se
hubieran construido canales de mampostería que permiten que fluya el líquido
elemento hasta territorio chileno. Confundir un río con un canal artificial
es otra de las “habilidades” del gobierno de Santiago.
El problema es de fácil solución porque nada impide a
Bolivia usar dentro de su territorio y en su propio beneficio por lo menos
el 50 % de las aguas de sus bofedales, a lo que Chile no puede oponerse.
Sólo se necesita voluntad política para llevar al cantón una comunidad
campesina interesada en sembrar quinua, criar camélidos o embotellar el agua
para vender a los propios chilenos. En lugar de ello, altos personeros de la
Cancillería, como Alberto Zelada y Jorge Gumucio, encargaron al Servicio
Geológico Minero (Sergeomín) un estudio para el uso conjunto de las aguas
que son exclusivamente bolivianas. El acuerdo considera que debe abarcar a
la fauna y la flora de la región. El convenio tendría el nefasto precedente
de permitir que Chile interfiera, a título de jurisprudencia, en el uso de
todas las aguas de la Cordillera que limita entre ambos países. Si este que
es el problema más transparente y sencillo de nuestra política exterior,
¿podrá la actual diplomacia resolver el problema macro de nuestro
enclaustramiento? En síntesis, la política exterior de Chile no es una
fortaleza invulnerable. Tiene vacilaciones y contradicciones que la
castrada diplomacia oligárquica de Bolivia no sabe aprovechar.
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