[R-P] “Usted ya votó...”
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Jue Feb 10 15:47:01 MST 2005
Agenda de Reflexión
Número 255, Año III, Buenos Aires, jueves 10 de febrero de 2005
“Usted ya votó...”
El 10 de febrero de 1912 se sancionó la Ley Nacional de Elecciones Nº 8.871
(conocida como “Ley Sáenz Peña”), que desechó el voto calificado y
estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio y el sistema de
lista incompleta (con lo que se daba representación legislativa a la
minoría). Su aplicación resultó una herramienta política fenomenal que llevó
al gobierno en 1916 a Hipólito Yrigoyen y permitió por primera vez el acceso
de las clases populares al poder.
Desde el siglo XIX el fraude electoral fue una práctica habitual en la
Argentina. La Constitución Nacional de 1853 no había fijado el sistema
electoral y esta responsabilidad cayó en la Ley Electoral. Con la llegada
del siglo XX se hizo común también la compra del voto: el presidente Carlos
Pellegrini defendió públicamente esta práctica al afirmar: “no hay voto más
evidentemente libre que el que se vende”. Todas las pautas electorales
estaban diseñadas para que los sectores dominantes se eternizaran en sus
funciones. Los padrones se confeccionaban sin exigir a las personas sus
documentos de identidad. En los comicios las autoridades de mesa no tenían
ninguna posibilidad de identificar al votante. Así fue como se produjeron
todo tipo de irregularidades, y muchos ciudadanos se presentaban ante las
mesas para ser sorprendidos con un lacónico: “Usted ya votó”.
La Ley Joaquín V. González de 1902 (con la que fue electo el primer diputado
socialista de América, Alfredo Palacios) dividía a los distritos en partes
equivalentes a las bancas de legisladores en juego. De esta manera se elegía
uno por cada sección electoral. Esta práctica, llamada voto uninominal por
circunscripciones, se aplicó sólo en los comicios de 1904 y enseguida se
derogó.
En 1890, con el descontento de la población a su favor, la Unión Cívica (UC)
–el primer partido orgánico y moderno argentino- se propuso derrocar al
presidente Miguel Juárez Celman, que había privatizado las empresas del
Estado por considerarlo un mal administrador. La revolución cívico-militar
fracasó [cf. Artículo Nº 91 en www.agendadereflexion.com.ar], pero el
titular del Poder Ejecutivo renunció, y asumió el vicepresidente Carlos
Pellegrini. Al año siguiente la UC se partió en la Unión Cívica Nacional
(UCN) liderada por Bartolomé Mitre y la Unión Cívica Radical (UCR) dirigida
por Leandro N. Alem. El movimiento revolucionario no se había calmado del
todo: Alem quería derrocar también al presidente Luis Sáenz Peña. Los
estallidos fueron contestados con una fuerte represión hasta que en el 95
otra vez el presidente renunció.
En 1905 el líder radical Hipólito Yrigoyen intentó evitar la segunda
presidencia de Julio A. Roca, pero la revolución nuevamente fracasó. Fue
recién Roque Sáenz Peña –al asumir como presidente en 1910-, quien buscó un
acuerdo con Hipólito Irigoyen, jefe de la llamada tendencia abstencionista o
intransigente de la UCR, opuesta a la tendencia concurrencista. A partir de
ahí, la reforma electoral de 1912 adoptó un sistema de lista incompleto que
reconocía a la primera minoría un tercio de los cargos. La Ley Sáenz Peña
también ayudó a amortiguar el fraude electoral al establecer el voto secreto
y obligatorio.
En efecto, se ordenó la confección de un nuevo padrón electoral
sobre la base del registro de enrolamiento del padrón militar (el listado de
las personas que tenían que cumplir el servicio militar obligatorio), tarea
a cargo del Poder Judicial. La identificación del votante se aseguró con las
impresiones digitales y con una foto. Con el uso del padrón militar se hizo
más difícil la adulteración de los registros. Así, la Libreta de
Enrolamiento se convirtió en el principal instrumento de ejercicio cívico.
Sin embargo, el Peludo seguía resistiéndose a participar de los
comicios presidenciales porque consideraba, con razón, que si bien se
aplicaría la Ley Sáenz Peña, el poder real quedaría en manos de los
conservadores que dominaban el Senado, la mayor parte de las gobernaciones y
la Corte Suprema de Justicia de la Nación. El gran caudillo radical pensaba
que para poder realizar su “programa de reparación nacional” se debía llegar
al poder por medio de una revolución que permitiera remover a la totalidad
de la clase dirigente, heredera del patriciado oligárquico. Pero finalmente
la UCR –por presión de dirigentes como Ricardo Caballero y Leopoldo Melo,
que bregaban por levantar la abstención y querían ocupar bancas, ministerios
y cargos en la judicatura- se presentó y ganó los comicios de 1916, aunque,
en efecto, el gobierno radical al principio se vio asediado por el Senado
conservador y por la Corte Suprema presidida por el liberal Antonio Bermejo.
Muchos de los proyectos de reforma social de radicales y socialistas
murieron en los fallos de aquella Corte, formada por grandes juristas, pero
con concepciones técnico-jurídicas ultra-conservadoras y retrógradas.
Suena parecida a la situación actual. Frente a los “representantes” caducos
y venales que se niegan a irse, de lo que se trata es de recuperar el poder
político para el pueblo y que, en un momento decisivo de la historia, el
mismo pueblo (siguiendo la táctica del agua, que siempre pasa, enseñaba un
viejo maestro) sea quien tome en sus manos su destino, sin las mediaciones
ni representaciones que ya han fracasado.
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