[R-P] EL SEDEVACANTISMO Y SU VISIÓN DEL ACTUAL PAPADO.(1 de 2 partes)
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Sab Dic 10 08:20:40 MST 2005
[Yo de esto entiendo poco. Pero me da un poco de miedito.
Seguramente los expertos locales en temas católicos podrán decirme si
mejor me voy preparando para la Inquisición, o no...Firmado:el ruso]
Primera de dos partes
Date sent: Fri, 09 Dec 2005 12:51:43 -0800 (PST)
From: Pedro B <comiban en yahoo.com>
Subject: EL SEDEVACANTISMO Y SU VISIÓN DEL ACTUAL PAPADO.
To: Cesar Cirro <pampeamericano en yahoo.com.ar>,
"A. Padre Miguel Zavala" <paraklito en hotmail.com>
TESTIMONIO Nº 1 - noviembre de 2005 El que sigue en primer lugar es
un importante artículo publicado por EINSICHT. Römisch-katholische
Zeitschrift, Año 35, Nº 4, junio 2005, cuyo director, autor también
de este trabajo, es el Doctor Heller, conocido entre nosotros,
gracias al Dr. Carlos A. Disandro, por su denodada defensa de la Fe y
de la Iglesia de siempre, despiadadamente perseguida por la secta
operante en y desde el Vaticano a partir de la muerte de Pío XII. Fue
él quien nos envió gentilmente una traducción castellana de su
artículo, que cotejamos cuidadosamente con el original alemán y
corregimos en todo lo que nos fue posible para su presentación aquí.
Ediciones Cielos Abiertos se complace en inaugurar esta nueva
publicación con tan valioso aporte.
Nos pareció prudente añadir además la traducción de una breve pero
sugerente nota, salida en el mismo número de la revista alemana,
sobre el lema que la profecía de San Malaquías reserva para el actual
detentador, legítimo o no, de la Sede romana.
(Arnaldo. C. Rossi)
HABEMUS PAPAM?
Cuando el 18 de abril el Colegio Cardenalicio se dirigió a la Capilla
Sixtina, era relativamente claro que, como sucesor de Juan Pablo II,
se elegiría a alguien que tendría que saber cómo devolver perfiles
conceptuales y teológicos a la "Iglesia" conciliar. La permisividad
sentimentaloide y los escándalos de Wojtyla se habían impreso
demasiado en los ánimos vaticanos, apenas suavizad os o sofocados por
sus tan exhibidos padecimientos de enfermo, que muchos habían
interpretado como continuación de la cruz de Cristo.(1) Su
sentimiento permisivo de la religión debería dar lugar otra vez a
formulaciones teológicas claras.
Que ya el 19 de abril, es decir, el segundo día del Cónclave, y en
la cuarta votación, fuera elegido el Cardenal Ratzinger, quien se
asignó el nombre de Benedicto XVI, significó pese a todo para muchos
una sorpresa.
No es que no le correspondiera cierto papel de favorito como
"papabile" -en calidad de cardenal decano había dirigido el funeral
de Juan Pablo II y los preparativos del C ónclave-, pero muchos lo
consideraban también un teórico intransigente.
Con una predicación, dirigida a los cardenales como un programa
electoral, se había recomendado a sí mismo como guardián de la fe:
"Cada día surgen sectas, y sucede exactamente lo que San Pablo dice
sobre 'el engaño de los hombres', sobre la 'astucia que conduce al
error'. Poseer una fe inequívoca, como correspon de a la Confesión de
Fe de la Iglesia, es designado a menudo como fundamentalismo,
mientras que el relativismo, es decir, este ser llevado al acaso por
la disputa de las opiniones, parece ser la única actitud a la altura
de los tiempos. Se establece una dictadura del relativismo que no
reconoce nada como definitivo, y que como criterio último hace valer
sólo el propio yo y su volunta d. Pero nosotros tenemos otro
criterio: el Hijo de Dios, el verdadero Hombre. Él es el criterio
para el verdadero humanismo."(2) Como evidenciaron la indiscreciones
de algunos cardenales, no sólo pudo concentrar sobre sí una mayoría
de dos tercios, es decir, por lo menos 77 votos de los 115
cardenales, sino incluso más del 90%, lo que se vinculaba también con
que sólo de una cabeza t eológica como la suya cabía esperar que
desatara el "nudo gordiano" que Juan Pablo II había dejado tras sí.
El "Cardenal acorazado" Ratzinger -apostrofado por el Frankfurter
Allgemeine Zeitung del 21.04.05 como "prefecto de la protección de la
fe católica, a modo de Gran Inquisidor inapelable a quien la pureza
exangüe de la fe le importa más que los hombres, un católico
arrogante de orientación preconciliar, sin disposición para el
diálogo con otras Iglesias cristianas y religiones, un rea ccionario
teológico"-, tras su elección se presentó como un sucesor de Juan
Pablo II cultivado, teológica y filosóficamente formado, amable y
humilde, a quien los romanos aclamaron espontáneamente en la plaza de
San Pedro. En su primera alocución hasta les pidió que lo ayudaran en
su difícil ministerio.
La festiva asunción del cargo adquirió la forma de una fiesta
tradicional bávara con apoyo internacional.
Roma estaba en manos de montañeses bávaros, que con su fuerte
colorido ofrecían un extraño -y poco frecuente- contraste con los
fríos edificios barrocos de la ciudad de Roma.
Pero no en todas partes se aclamó a Ratzinger. Así T. A. Ash, que da
clases de historia en Oxford y Stanford, se aventuró a comentar que
la descristianización de Europa seguiría adelante, porque era de
prever que Ratzinger no suprimiría el celibato (Süddeutsche Zeitung
del 22.04.05).
Pero en general se supuso que conservaría la herencia católica. Así
pensaba Eberhard Straub en el Jun ge Freiheit del 22.04.05:
"Benedicto XVI será un Papa religioso, un pastor que protege la fe de
los peligros que en unos tiempos enemigos de la Iglesia se volverán
incontrolables." Habemus Papam? Repetir esta pregunta, mostrar dudas
sobre la elección de Benedicto XVI, parece ocioso en vista de la
abrumadora aprobación de la persona y la posición del elegido: ¿como
jefe de la Congrega ción de la Fe, no había retirado la potestad
doctrinal a los teólogos de la liberación Leonardo Boff y Ernesto
Cardenal? ¿A quién debería estar mejor encomendada la dirección de la
Iglesia en aguas turbulentas que al Cardenal Ratzinger, cuyo nombre
elegido -Benedicto XVI- es un símbolo de la recristianización de
Europa (San Benedicto de Nursia, muerto en 547) o de una nueva
pacificac ión (Benedicto XV, muerto en 1922, que en la Primera Guerra
Mundial se esforzó en vano por el fin de las acciones bélicas)? Sin
embargo, repetir esta pregunta puede parecer algo no sólo no
problemático, sino incluso obligado, psicológicamente al menos, en
vista de nuestra propia y muy complicada situación en tanto que
sedevacantistas siempre trasnochados.
Después de todo, muy tranqui lizador sería poder decir: ¡sí, tenemos
un Papa!; podemos volver a entrar en filas, pues nuestra lucha
encontró un final, de cuyo buen término somos también responsables,
porque siempre hemos luchado por la conservación de la fe verdadera,
de cuya custodia futura se ha hecho responsable ahora Benedicto XVI.
Con la cabeza levantada podríamos dedicarnos ahora a las tareas que
nos correspondieron inicialmente.
De hecho poder decir que la Iglesia encontró un nuevo pastor, que
quiere ser servidor de todos los servidores de Dios, que volverá a
sanar las heridas del rostro lacerado de la Iglesia, sería como la
liberación de una situación desastrosa que ya no controlamos, o como
despertar de una pesadilla. ¿No celebró Benedicto XVI en latín las
misas, tanto del funeral de Juan Pablo II como de su asunción al
cargo? ¿No empleó las palabras correctas de la Transubstanciación,
"pro multis", en la fórmula consagratoria del cáliz? ¿Y luego la
letanía de todos los santos cantada varias veces en latín? O su
predicación dominical del 24 de abril, ¿no contenía acaso una
exposición completa del pastor verdadero cuando explicó lo
siguiente?: "El primer signo es el palio, un tejido de lana pura
puesto sobre mis hombros. Este signo antiquísimo, que llevan los
obispos de Roma desde el siglo IV, puede ser primero simplemente una
imagen del yugo de Cristo, que el obispo de esta ciudad, el siervo de
los siervos de Dios, carga sobre sus hombros. El yugo de Dios es la
voluntad de Dios que aceptamos. Y esta voluntad no es para nosotros
una carga externa que nos oprime y priva de libertad. Saber lo que
Dios quiere, saber lo que es el camino de la vida: ésa era la alegría
de Israel, que lo reconoció como una enorme distinción. Ésa es
también nuestra alegría: la voluntad de Dios no nos enajena, sino que
nos purifica -y eso puede doler-, pero de este modo nos conduce a
nosotros mismos, y de este modo lo servimos no sólo a Él, sino a la
salvación de todo el mundo, de toda la historia. Pero el simbolismo
del palio es más concreto: tejido con lana de corderos, quiere
representar también la oveja perdida o la oveja enferma y débil que
el pastor carga sobre sus hombros llevándola a las aguas de la vida.
La parábola de la oveja perdida, que el pastor sale a buscar al
desierto, fue para los padres de la Iglesia una imagen del misterio
de Cristo y de la Iglesia. La humanidad, todos nosotros, somos la
oveja perdida que ya no encuentra el camino en el desierto. El Hijo
de Dios no lo puede sufrir en el cielo, Él no puede dejar al hombre
en tal situación de necesidad. Él mismo se levanta, abandona la
majestad celestial para encontrar a la oveja, y va tras ella hasta la
cruz. La carga sobre los hombros, carga con nuestro ser hombres,
carga con nosotros: Él es el verdadero pastor que por la oveja da su
propia vida." (Libreria Editrice Vaticana).
De hecho puedo entender la decepción de todos los lectores que hasta
ahora han seguido nuestro camino sólo por motivos tradicionalistas -
sin atender a la constante advertencia de que nuestro interés no se
limita en absoluto a esos motivos-, cuando lean las líneas
siguientes.
La pregunta de si con Benedicto XVI tenemos un nuevo Papa no puede
responderse desde el sentimiento. Dos son los criterios decisivos
para ello: 1. Los electores, es decir, los 115 cardenales que el 18
de abril entraron al Cónclave, ¿tenían legitimidad como para elegir
un Papa? 2. El elegido, ¿era elegible como Papa? La pregunta por la
legitimidad del Papa puede responderse constatand o si su
nombramiento fue realmnte legal. Todos los cardenales excepto
Ratzinger fueron nombrados por Juan Pablo II, cuyas disposiciones
siempre juzgamos ilegítimas, porque un hereje no puede ser Papa: ¡un
autor americano ha hecho una lista de más de 100 herejías de Juan
Pablo II! El propio Ratzinger debe su nombramiento en 1977 a Paulo
VI, cuya legitimidad hemos discutido igualmente por el mismo motivo.
Aunque sólo se juzgara si entre los conclavistas hubiera habido una
"pars minor et sanior", es decir, una minoría de cardenales que
quizás aún hubieran obtenido legítimamente su nombramiento
cardenalicio -¡no conozco ninguno!- y conservado su fe a salvo de
posiciones heréticas -cuestión que planteamos ya una vez, con ocasión
de la elección de Juan Pablo II-; esta pregunta sólo puedo volver a
responderla con un "no". No conozco ningún cardenal que con su
disposición personal se hiciera conocer como cristiano católico
rectamente creyente.
Pero confieso con gusto que no tengo información más cercana sobre
la posición de cada uno de los conclavistas, y entiendo que este tipo
de argumentación resulte extraño a muchos que no estén (mejor)
enterados de nuestras anteriores líneas de argumentación. Por eso me
ceñiré a responder la segunda pregunta, para la que hay criterios
claros por parte de la Iglesia y para cuya aplicaci ón a la posición
de Ratzinger contamos con suficientes testimonios claros de él como
para poder decir si en suma Benedicto XVI era elegible como Papa.
En la bula Cum ex Apostolatus officio del 15 de febrero de 1559,
Paulo IV estableció condiciones claras cuya aplicación y observancia
son relevantes para juzgar si Ratzinger era papabile. El parágrafo 6
informa sobre los presupuestos que se exigen para asumir un cargo
eclesiástico: (a) "Agregamos también que, si en algún tiempo
cualquiera aconteciese que un obispo, incluso en función de
Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal de la Iglesia
Romana, incluso como se ha dicho en función de Legado; y también un
Romano Pontífice, antes de su promoción o antes de la asunción a la
dignidad de Cardenal o de Romano Pontífice, se hubiese desviado de la
Fe Católica, o hubiese caído en alguna herejía o incurrido en cisma,
o los hubiese suscitado o cometido, la pr omoción o la asunción,
incluso si esta hubiera ocurrido en acuerdo y unanimidad de todos los
cardenales, es nula, írrita y sin efecto; y de ningún modo puede
considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación
del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o
cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma
entronización del Romano Pontífic e, o su adoración, o por la
obediencia que todos le han prestado, cualquiera sea el tiempo
transcurrido, después de los supuestos antedichos. Tal asunción no
será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible
considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad en las
cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales
circunstancias, a la dignid ad de obispo, arzobispo, patriarca o
primado, o a los que han asumido la función de Cardenales o de
Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de sus
hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de
fuerza, y no otorgan ninguna validez y ningún derecho a nadie. Y en
consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido
sus funciones , por esa misma razón (eo ipso) y sin necesidad de
hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad,
lugar, honor, título, autoridad, función y poder; y séales lícito a
todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y
asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe ni hubiesen
incurrido en cisma ni lo hubiesen suscitado o cometido (...) sust
raerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción
de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos
como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas."(3) Es
preciso aclarar entonces si Ratzinger cumple con estos criterios.
Joseph Ratzinger, nacido el 16 de abril de 1927 en Marktl del Inn,
estudió de 1946 a 1951 teología y filosofía en Munich y Freising. El
29 de junio de 1951 obtuvo, junto con su hermano Georg, la dignidad
sacerdotal. Luego trabajó como capellán en Munich. Ya en 1952 obtuvo
un puesto docente en el seminario de clérigos de Freising. En 1953 se
doctoró en teología, y en 1957 hizo la habi litación en la asignatura
de Teología Fundamental en la universidad de Munich. Ya con 31 años
obtuvo en 1958 un puesto de profesor de Dogmática y Teología
Fundamental en Freising, y en 1959 resultó profesor ordinario en
Bonn, en 1963 profesor ordinario de Dogmática en la universidad de
Münster, en 1966 profesor ordinario en Tubinga. En 1969 fue llamado a
la universidad de Regensburgo . Allí nuestra agrupación, a través del
antiguo consejero mariológico de Pío XII, el ya fallecido profesor
Tibur Gallus, entabló contacto con Ratzinger, para discutir con él el
Novus Ordo de Paulo VI. Ratzinger admitió que la fórmula para la
consagración del cáliz estaba mal traducida, pero que no contenía
ninguna herejía.
Sobre Ratzinger recayó una función teológica especial cuando, de
1962 a 1965, nombrado por el cardenal Frings como su perito, se
perfiló como co-realizador del Concilio Vaticano II, donde el joven
profesor de teología se destacó no sólo por su defensa del
aggiornamiento de Juan XXIII y del ecumenismo que hasta
teológicamente fue consolidado, sino que también confundió a los
padres co nciliares con la defensa de ideas radicales. Más tarde, a
la pregunta del entrevistador Seewald de que en el Concilio se lo
consideró un teólogo progresista, respondió entre otras cosas: "Es
cierto que opino que la teología escolástica, tal como se ha
consolidado, ya no es un instrumento para llevar la fe al lenguaje de
estos tiempos."(4) Yo mismo puedo recordar vagamente que el Südd
eutsche Zeitung comentó por aquel entonces las posiciones defendidas
por Ratzinger en el Concilio más o menos así: si Ratzinger hubiera
sostenido tales puntos de vista antes de su consagración, no habría
sido ordenado sacerdote.(5) Interesa también que el antiguo primado
polaco haya negado el imprimatur a los primeros escritos de
Ratzinger.(6) Así, en la Introducción al cristianismo, defendía la
siguiente tesis: "¿El auténtico hombre sería Dios a causa de que es
hombre auténtico, y Dios sería tal por ser auténtico hombre
justamente?...", posición que el cardenal Siri criticó en Gethsemani
como "monismo cósmico".
En 1977, Paulo VI llamó a Ratzinger a Munich como sucesor de
Döpfner. Hay que advertir que Ratzinger fue "consagrado" el 28 de
mayo de 1977 por el obispo Stangel -con los co-consagrantes Graber y
Tewes- conforme al rito nuevo, es decir, inválido; o sea que como
pretendido obispo de Roma sigue siendo un simple sacerdote. Aquí en
Munich tuvo ocasión, en el ámbito pastoral, de represent ar
prácticamente al ecumenismo, cocelebrando con representantes de la
confesión protestante "ceremonias de consagración" comunes, acciones
que más tarde repetiría con la "obispa" Jepsen en Hamburgo.
En sus tiempos de Munich participa también en la introducción de la
educación sexual en las escuelas, contra cuya introducción habían
luchado vehementemente pedagogos católicos, totalmente burlados con
la "bendición" de Ratzinger. De modo similar recientemente, como
Benedicto XVI, decepcionó a los políticos cristianos cuando opinó que
la nueva constitución europea puede ratificarse t ambién sin
referencia a Dios, una referencia por cuya fijación en la obra legal
los políticos con transfondo religioso-cultural habían luchado en
Europa hasta el último momento, desgraciadamente en vano. (Todavía el
11 de junio de 1965, en su visita a Bonn, Charles de Gaulle había
enfatizado que Europa sólo es pensable en la tradición cristiana:
"Nosotros los europeos somos construct ores de catedrales. Mucho es
lo que eso ha durado.") Aquí corresponde también un episodio
significativo para los actores de ambos lados. El entonces superior
de la Hermandad San Pío X, Klaus Wodsack, uno de mis viejos
compañeros de estudio, creyó poder demostrar al ordinario muniqués la
negación de la presencia real de Cristo en el tabernáculo,
exhibiéndole pasajes de su tratado: La fundamentación sacramental de
la existencia cristiana, cap. IV, donde Ratzinger explica: "La
adoración eucarística o la visita en silencio a una iglesia,
razonablemente no puede ser mera conversación con Dios, pensado como
presente de modo local y circunscripto. Expresiones como 'aquí vive
Dios', o un diálogo así fundamentado con Dios, pensado localmente,
muestran un desconocimiento del misterio cristológico y del concepto
de Dios que necesariamente tiene que repugnar al hombre que piensa y
sabe de la omnipresencia de Dios. Si ir a la Iglesia quiere
fundamentarse con que se tiene que visitar a un Dios sólo presente
ahí, esto sería de hecho una fundamentación sin sentido, que el
hombre moderno tiene con razón que rechazar." Pues bien, pronto vino
la reacción a es ta acometida espontánea que Wodsack sin haber
hablado con su jefe había iniciado, a saber, desenmascarar a
Ratzinger como hereje; del Ordinariado llegó la respuesta de que
Ratzinger cree en la presencia real, aunque el texto citado contenía
lo contrario, y de Ecône vino la rápida deposición de Wodsack, que
había perjudicado sensiblemente la política lefebvrista dirigida a
una eventua l cooperación con Ratzinger.
Toda una serie de comentadores se complace hoy en querer desestimar
estas posiciones teológicas tempranas como "pecados de juventud", ya
que, después de todo, tras su nombramiento como Prefecto de la
Congregación de la Fe, mostró que, a diferencia de antes, en este
ministerio había seguido una línea ortodoxa. Pero Ratzinger insiste
una y otra vez en que siempre se ha mantenido fiel a sí mismo, así
como al Vaticano II, y "sin nostalgia de un ayer irremediablemente
pasado.(7) En la ya citada conversación con Seewald, éste le recuerda
a Ratzinger el siguiente comentario: "Ya en 1975 usted había
profetizado que la herencia del Concilio 'aún no se ha hecho
manifiesta. Espera aún su hora, y ésta vendrá: de eso estoy seguro'."
La respuesta de Ratzinger fue: "En efecto, cada vez se hace más claro
que los textos del Concilio están en perfecta continuidad con la
Fe."(8) [Nota bene: para comprender la monstruosidad de este
enunciado, piénsese en los decretos conciliares Nostra Aetate (NE) o
Lumen gentium (LG), donde se dice, como en NE art. 3: "La Iglesia
contempla también con mucho respeto a los musulmanes, que adoran al
Dios único, el viviente y exi stente por sí, misericordioso y
omnipotente, el creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a
los hombres." Esta posición es precisada en LG, cap. 16: "Pero la
voluntad de salvación comprende también a aquellos que reconocen al
creador, entre ellos especialmente a los musulmanes, que confiesan la
fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios uno." ] Ya Paulo VI había
hecho clara e sta renuncia a reivindicar la Iglesia como absoluta,
cuando en 1970 explicó: "En el conflicto [de Oriente próximo] están
involucradas tres religiones que reconocen todas ellas al Dios
verdadero: el pueblo de los judíos, el pueblo del Islam y, entre
ambos, el pueblo cristiano propagado por todo el mundo. Ellos
proclaman con tres voces el monoteísmo único.
Hablan con la máxima autentic idad, con la máxima veneración, con la
máxima historicidad, con la máxima fecundidad, con el máximo poder de
convicción." De hecho no es posible renunciar ahora a detenerse en el
tema central, en cuya realización Ratzinger ha mostrado desde el
Concilio hasta hoy, también como Benedicto XVI, su máximo interés, y
lo sigue mostrando: la Ecumene en el sentido del Vaticano II, que
siempre se entendió a sí mismo como ecuménico y que también se
denomina así en su subtítulo, es decir, la Ecumene como proceso de
constante crecimiento conjunto de las "Iglesias".
Cuando el 25 de enero de 1959 Juan XXIII anunció la celebración de
un "Concilio ecuménico", despertó en muchos la esperanza en nuevos
esfuerzos por la reunificación de los cristianos separados, o en una
modificación fundamental de la Iglesia católica en relación con las
confesiones de fe separadas de ella.
Junto a la intención de Juan XXIII de adaptar la disciplina de la
Iglesia al mundo -conocida como aggiornamiento-, el pensamiento
ecuménico fue decisivo para el Concilio y el desarrollo posterior. Ya
el 21 de noviembre de 1964 se promulgó el decreto Unitatis
redintegratio inter universos Cristianos (UR) sobre el ecumenismo.
Siguiendo la tendencia revolucionaria de este Concilio, también este
decreto abandona algunos límites hasta entonces teológicamente
establecidos.
Frente a los anteriores esfuerzos de unión -donde se buscaba el
regreso a la Iglesia, es decir, la conversión, el apartamiento del
error, el retorno a la unidad de la Iglesia-, con la UR comienza el
intento de conformar una unidad en la que no se busca el (re-
)hallazgo de la verdad, el regreso a ella, sino configurar una
articulación de Iglesias, en todo lo posible bajo el techo de l a
Iglesia católica. Wolfgang Thönissen, profesor de teología ecuménica
en Paderborn, describe la intención de UR del siguiente modo: "En el
contexto de la historia de los concilios, el decreto presenta una
novedad. Por vez primera se presenta la relación con las Iglesias
separadas de Roma únicamente desde una perspectiva positiva. No hay
allí ni en ningún otro lugar ningún indicio má s de invitación a los
cristianos separados para su retorno a la Iglesia católica, tampoco
se pronuncia ya ninguna condena. El Concilio Vaticano II pone en el
centro lo común, lo que separa no es negado, pero pierde relevancia.
Con el decreto sobre el ecumenismo se ha hecho imposible un
ecumenismo-de-retorno que viera su objetivo en una reincorporación de
la cristiandad separada al or ganismo de la Iglesia católica."(9)
Aquí se hace clara una concepción totalmente nueva de la Iglesia. Ya
no rige "Extra Ecclesiam non salus est". La Iglesia ha renunciado a
su pretensión de verdad absoluta y su monopolio de la salvación. No
se trata ya de una unidad en la verdad, realizada únicamente en la
Iglesia católica, sino de conceder que la verdad se ha realizado
también en ot ras "Iglesias". Por eso se dice también: "A eso se
añade que algunos, e incluso muchos y significativos elementos o
bienes a partir de los cuales la Iglesia en total es edificada y
obtiene su vida, también pueden existir fuera de los límites visibles
de la Iglesia católica." (UR 3).
Este tipo de renuncia a la verdad se encuentra en el decreto sobre
la así llamada libertad religiosa, a menudo mal entendido, pero
especialmente en el decreto Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia, pues
los esfuerzos ecuménicos para la unidad con otras Iglesias
(parciales) dependen largamente de decisiones doctrinales de la
Iglesia sobre sí misma. Surge así un sistema doctrinal de prop
osiciones que se sostienen entre sí. Las explicaciones de la
constitución eclesiástica LG enlazan con la comprensión de la Iglesia
como misterio: "La sociedad provista de órganos jerárquicos y el
cuerpo místico de Cristo, la asociación visible y la comunidad
espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia obsequiada con dones
celestiales, no deben considerarse dos dimensiones distintas , sino
que constituyen una única realidad compleja que crece conjuntamente a
partir de un elemento humano y divino. [...] Esta es la única Iglesia
de Cristo, que en el Credo confesamos como una, santa, católica y
apostólica" (LG 8). De esta realidad compleja se dice luego: "Esta
Iglesia, constituida y ordenada como sociedad en este mundo, es
realizada (subsistit) en la Iglesia católi ca, guiada por el sucesor
de Pedro y por los obispos en comunidad con él." Según Thönissen,
este pasaje de LG admite la siguiente interpretación: "El análisis de
este pasaje del texto señala tres perspectivas:
a) La Iglesia una de Jesucristo existe en la concretidad histórica;
encuentra su forma de existencia concreta en la Iglesia católica; la
Iglesia una existe realmente.
b) La Iglesia católica no es absolutamente -indiscerniblemente-
idéntica con la Iglesia una de Cristo, pero existe en relación
fundamental y esencial con ella. El ser de la Iglesia de Jesucristo
es por cierto siempre mayor que la existencia concreta de la Iglesia
católica.
c) Fuera de los límites de la Iglesia católica no hay ningún vacío
eclesial. 'Realidad eclesiástica' hay también fuera de la Iglesia
católica. Aquí subyace pues el entero problema ecuménico."(10)
También fuera del organismo de la Iglesia católica pueden hallarse
entonces "elementos de santificación y de verdad [...] que como dones
propios de la Iglesia de Cristo impulsan hacia la uni dad católica"
(LG 8).
Aunque el Vaticano II siga hablando de la Iglesia católica en la que
está realizada la Iglesia única concebida por Cristo, sin embargo el
subsistit de LG permite en la Iglesia la pluralidad en tanto
comunidad de Iglesias parciales. Thönissen concluye en coherencia con
esta interpretación: "El Concilio ha entendido la unidad como
Communio. De ahí se sigue que la Iglesia de Jesucristo se sostiene en
las Iglesias locales o parciales y a partir de ellas."(11) Por eso
con la "unidad católica del pueblo de Dios" (UR 13) es posible
también la comunidad de Iglesias parciales.
Para alcanzar en definitiva una unidad total de las Iglesias
parciales, donde esa unidad debería estar realmente simbolizada por
la Eucaristía, el 25 de mayo de 1995 publicó Juan Pablo II la
encíclica Ut unum sint (UUS) -"Para que todos sean uno", Jn. 17, 21-,
en la que se remite a decisiones del Vaticano II y a sus esfuerzos
ecuménicos: "El Concilio Vaticano II expresa la resolución de la
Iglesia de aceptar la tarea ecuménica en favor de la unidad de los
cristianos, e impulsarla adelante con convencimiento y resolución"
(UUS 8). Pero también concede: "Ahora podemos preguntarnos cuán largo
es el camino que nos separa de aquel día glorioso en que se alcance
la unidad plena en la fe, y podamos celebrar en concordia mutua la
Santa Eucaristía del Señor. [...] El fin último del movimiento
ecuménico es el restablecimiento de la plena unidad visible de todos
los bautizados. Con vistas a este fin todos los resultados alcanzados
hasta ahora son sólo un fragmento del camino, aunque positivo y muy
prometedor." (UUS 77) Ante el extravío de la unidad originaria,
perdida por cisma y herejía, es especialmente llamativo que se diga
"que este santo propósit o de la reconciliación de todos los
cristianos en la unidad de la Iglesia una y única de Cristo,
sobrepasa las fuerzas y las capacidades humanas" (UR 24), frase
repetida en el Nº 822 del nuevo Catecismo de la Iglesia católica de
2003. Ahí se define un objetivo, perdido en verdad por un
comportamiento humano equivocado, pero cuya recuperación se sustrae a
las posibilidades de la Igles ia. Así pues, si es que algo se
consigue, -por ejemplo la "Declaración común sobre la justificación",
celebrada como piedra miliar del ecumenismo-, he allí necesariamente
el "éxito" de Dios, aunque su formulación se aparte de la fe
católica.
Ratzinger estuvo y está involucrado en este proceso del llamado
ecumenismo y comparte activamente su configuración: como teólogo
conciliar, como profesor, como obispo de Munich, como prefecto de la
Congregación de la Fe... y ahora como Benedicto XVI, en cuya calidad
designa como una de sus tareas más importantes la "solicitud
fundamental del ecumenismo" (Alocución del 20 de abril a l os
cardenales, es decir, ¡un día después de su elección!). Pero contra
otros muchos ecumenistas, Ratzinger quiere que estos esfuerzos
ecuménicos se desarrollen como un proceso aproximativo en pasos
metódicos, controlables y controlados. Como enfatiza en sus
entrevistas, no quiere la unidad buscada a partir del mínimo común
denominador, es decir, sobre la base de una concordancia doct rinal
mínima, sino como comunidad de las Iglesias (parciales). En este
sentido habla de "polifonía". Ratzinger tratará pues de seguir
desarrollando la Ecumene como proceso según la "polifonía" que él
dice, es decir, se esforzará por buscar una unidad eclesiástica donde
las llamadas Iglesias parciales puedan conservar su autonomía
respecto de sus conceptos teológicos y su especial com prensión de
las cuestiones litúrgicas. A diferencia de Küng que, discutiendo el
papel de Ratzinger como uno de los teólogos conciliares decisivos,
quiere atribuírselo a sí mismo y se alegra de que se vulneren dogmas
eclesiásticos, como de romper las copas tras un brindis, Ratzinger
introduce tales rupturas con mucha más precaución, y las oculta en
fórmulas que luego expresan un "cons enso diferenciado", palabra
mágica aplicada a la interpretación de la Declaración común sobre la
doctrina de la justificación (DDJ) firmada el 31 de octubre de 1999.
Querían sacar de en medio todas las antiguas condenas doctrinales,
que de acuerdo con la polifonía sólo hubieran estorbado.
La DDJ es el resultado de un diálogo que iniciaron representantes de
la Alianza Mundial Luterana y de la Iglesia Católico-Romana hace más
de treinta años. La cuestión de la justificación siempre estuvo en su
centro.
(sigue en la parte 2 y última)
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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