[R-P] Aceite de relajación

Alfredo M. A. Villafañe alfredovillafane en hotmail.com
Lun Ago 22 21:25:28 MDT 2005






Aceite de relajación



A Vulgarcito le hubiera convenido más el Ibarra conocido que el Maccarone 
por conocer.




Tío Plinio querido,

Al final, a Vulgarcito le hubiera convenido quedarse, aquel 25 de mayo, en 
Buenos Aires. Y no disparar, como lo hizo, a Santiago del Estero.

La "gilada", que otros llaman, atinadamente, sociedad, prefirió interpretar 
que Vulgarcito se trasladaba, junto a su comparsa rentablemente progresista, 
por descentralizador.


Aunque el 25 de mayo representara un festejo porteño, originariamente 
municipal.

De últimas, la gilada podía aceptar, en todo caso, que se rajaba a Santiago 
porque prefería no participar, en La Catedral, de la reprimenda severamente 
admonitoria del Cardenal Bergoglio, con su previsible retórica de 
flagelación.

Y en realidad, ambas interpretaciones, tío Plinio querido, la del 
descentralismo y la antibergogliana, eran inteligentemente falsas.

Porque a Vulgarcito, lanzado ya de punta en su cruzada adolescente contra 
Monseñor Basseotto, le importaba un miserable pepino la religión.


Menos aún, tampoco iba a preocuparle la verborragia jesuita, solemnente 
inveterada, del Cardenal Bergoglio.


Téngase en cuenta que sigue, en el fondo, y acaso sin saberlo, la 
despreciablemente altiva concepción de Stalin, que decía:
"El Papa ¿cuántas divisiones?".


La mortaja política de Ibarra

Si Vulgarcito cometió la impertinente osadía de trasladarse, con cierta 
ternura, hacia los brazos inquietantemente protectores de Monseñor 
Maccarone, no fue de ningún modo para desairarlo al cardenal. Ocurre que el 
jesuitismo de Bergoglio le preocupa menos, en definitiva, que el apoyo de 
cualquier opaco intendente del segundo cordón.

Puede asegurarse entonces, tío Plinio querido, que Vulgarcito se fue al 
festival de Santiago por una razón infinitamente más banal.


Fue para no ser fotografiado, en Buenos Aires, junto a la mortaja, aún 
inexplicablemente, respiratoria, de Aníbal Ibarra.

Entonces, si Vulgarcito se mostró, junto a La Vampiresa, rutilantemente 
seducido ante los reporteros, con el impulsivo Monseñor Maccarone, no fue 
para escaparse de aquellas riesgosas oraciones.


Fue por el humus compulsivamente negativo del alcalde Ibarra. El que se 
resiste, sensatamente, a terminar su epopeya política entre las secretarías 
de los Tribunales. Desde las oficinas que nunca, en el fondo, debió haber 
salido.

Trátase de un Ibarra que aquel 25 de Mayo olía, políticamente, a pinos y 
calas.


Y las sublimes encuestas de Artemiópolis, que fueron superadas 
escandalosamente por las más generosamente favorables de Analía del Franco, 
desaconsejaban, entonces, cualquier aproximación de Vulgarcito con Ibarra, 
El Paraguayo.


Aceites de relajación

Sin embargo, para Vulgarcito, al fin y al cabo, hubiera resultado más 
beneficioso aparecer al lado de un mal Ibarra conocido.


Y no de un bueno Maccarone, aún masivamente por conocer.

Puede percibirlo ahora, cuando no puede evitar que se multiplique, por la 
contestataria magia de Internet, su imagen matrimonial, acompañado del cura 
adicto a los pecados.

Trátase de un Obispo, Maccarone, que solía participar, activamente, del 
refinamiento perverso del aceitador.


Del rigor del lascivo epicureano que prefería, a los mancebos, relajados y 
brillantes.

Porque aquel obispo recursivo supo consagrarse, en definitiva, como una 
estrella del video pornográfico.


Con imágenes que avergüenzan a los pocos recatados que resisten, aún, 
semejantes desvaríos del catolicismo victimizado.


Aunque divierten, las imágenes demoledoras, de manera estrafalaria, a sus 
copiosos enemigos.


Por ejemplo los Juárez, o el poderoso empresario de la comarca, Ick.


Agua bendita

Esta historia macabra con video abyecto encierra, tío Plinio querido, una 
moraleja.


Trátase de una simultánea lección moral. Que debió aprender, tardíamente, 
Maccarone, alias la dulce Judith. Una lección que debiera aprender también 
Vulgarcito.

"No se puede pregonar, con ejemplares existencias de agua bendita, cuando se 
cuenta con el ano polvoriento".

Porque, mientras ocultaba su habitualidad de aceitador, parcialmente adicto 
de algún joven alquilado, el obispo vulgarcitista solía arremeter contra la 
corrupción del juarismo.


O deslizaba que los Juárez habían mandado asesinar, incluso, a su antecesor, 
infinitamente más razonable, Monseñor Sueldo.

Lo peor de todo tío Plinio querido, es que el Maccarone, el ser humano, 
incita a cierta solidaridad.


Téngase en cuenta que contaba con su incuestionable derecho íntimo de 
aceitar el lomo de quien se le antojara.


Incluso, hasta de enmantecarlos.


Pero de ningún modo podía encontrarse capacitado para fiscalizar la moral de 
los otros pobres cristianos. Los que debían vivir con culpa por la 
existencia de alguna amante. Por la utilización precaria de un preservativo.


Más aún, Monseñor Maccarone se encontraba en su derecho de ser, inclusive, 
más vulgarcitista que el invariable Trotta. O que el querible Braga 
Menéndez.

Aunque podía haberse dedicado, preferiblemente, al music hall, y no al 
apostolado.


Podría haber consolidado un grupo como, por ejemplo, Caviar. Y armar, acaso 
junto a Monseñor Storni, monólogos fabulosamente teatrales, que serían 
presentados como sermones magníficos, superadores, por supuesto, de los de 
Enrique Pinti.


Y estimular la inversión, con la construcción de un cabaret, ideal para la 
zona rosa de San Telmo, que atrae tantos turismo gay.


Y llamar al cabaret, por ejemplo, Los Píos.





(Fuente: www.jorgeasisdigital.com)






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