[R-P] La España revolucionaria

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Ago 21 22:07:04 MDT 2005


[Interesante artículo de un Marx si bien europeo nada eurocéntrico 
(comparado , por ejemplo, con el Sarmiento que decía que había estado 
"en Europa y en España").  En estas breves líneas periodísticas de un 
señor que se leía el Quijote enterito todos los años se encuentran 
múltiples semillas fecundas que permiten entender el origen de la 
balcanización.]

Carlos Marx
La España revolucionaria
Escrito: En 1854.

Primera edición: New York Daily Tribune, 9 de septiembre de 1854.

Esta Edición: Marxists Internet Archive, noviembre de 2000.

La revolución en España ha adquirido ya el carácter de situación 
permanente hasta el punto de que, como nos informa nuestro 
corresponsal en Londres, las clases adineradas y conservadoras han 
comenzado a emigrar y a buscar seguridad en Francia. Esto no es 
sorprendente; España jamás ha adoptado la moderna moda francesa, tan 
extendida en 1848, consistente en comenzar y realizar una revolución 
en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más 
prolongados. Tres años parecen ser el límite más corto al que se 
atiene, y en ciertos casos su ciclo revolucionario se extiende hasta 
nueve. Así, su primera revolución en el presente siglo se extendió de 
1808 a 1814; la segunda, de 1820 a 1823, y la tercera, de 1834 a 
1843. Cuánto durará la presente, y cuál será su resultado, es 
imposible preverlo incluso para el político más perspicaz, pero no es 
exagerado decir que no hay cosa en Europa, ni siquiera en Turquía, ni 
la guerra en Rusia, que ofrezca al observador reflexivo un interés 
tan profundo como España en el presente momento.

Los levantamientos insurreccionales son tan viejos en España como el 
poderío de favoritos cortesanos contra los cuales han sido, de 
costumbre, dirigidos. Así, a finales del siglo XIV, la aristocracia 
se rebeló contra el rey Juan II y contra su favorito don Álvaro de 
Luna. En el XV se produjeron conmociones más serias contra el rey 
Enrique IV y el jefe de su camarilla, don Juan de Pacheco, marqués de 
Villena.

En el siglo XVII, el pueblo de Lisboa despedazó a Vasconcelos, el 
Sartorius del virrey español en Portugal, lo mismo que hizo el de 
Barcelona con Santa Coloma, favorito de Felipe IV. A finales del 
mismo siglo, bajo el reinado de Carlos II, el pueblo de Madrid se 
levantó contra la camarilla de la reina, compuesta de la condesa de 
Barlipsch y los condes de Oropesa y de Melgar, que habían impuesto un 
arbitrio abusivo sobre todos los comestibles que entraban en la 
capital y cuyo producto se distribuían entre sí. El pueblo se dirigió 
al Palacio Real y obligó al rey a presentarse en el balcón y a 
denunciar él mismo a la camarilla de la reina. Se dirigió después a 
los palacios de los condes de Oropesa y Melgar, saqueándolos, 
incendiándolos, e intentó apoderarse de sus propietarios, los cuales 
tuvieron, sin embargo, la suerte de escapar a costa de un destierro 
perpetuo.

El acontecimiento que provocó el levantamiento insurreccional en el 
siglo XV fue el tratado alevoso que el favorito de Enrique IV, el 
marqués de Villena, había concluido con el rey de Francia, y en 
virtud del cual, Cataluña había de quedar a merced de Luis XI.

Tres siglos más tarde, el tratado de Fontainebleau -concluido el 27 
de octubre de 1807 por el valido de Carlos IV y favorito de la reina, 
don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, con Bonaparte, sobre la 
partición de Portugal y la entrada de los ejércitos franceses en 
España- produjo una insurrección popular en Madrid contra Godoy, la 
abdicación de Carlos IV, la subida al trono de su hijo Fernando VII, 
la entrada del ejército francés en España y la consiguiente guerra de 
independencia. Así, la guerra de independencia española comenzó con 
una insurrección popular contra la camarilla personificada entonces 
por don Manuel Godoy, lo mismo que la guerra civil del siglo XV se 
inició con el levantamiento contra la camarilla personificada por el 
marqués de Villena. Asimismo, la revolución de 1854 ha comenzado con 
el levantamiento contra la camarilla personificada por el conde de 
San Luis.

A pesar de estas repetidas insurrecciones, no ha habido en España 
hasta el presente siglo una revolución seria, a excepción de la 
guerra de la Junta Santa en los tiempos de Carlos I, o Carlos V, como 
lo llaman los alemanes. El pretexto inmediato, como de costumbre, fue 
suministrado por la camarilla que, bajo los auspicios del virrey, 
cardenal Adriano, un flamenco, exasperó a los castellanos por su 
rapaz insolencia, por la venta de los cargos públicos al mejor postor 
y por el tráfico abierto de las sentencias judiciales. La oposición a 
la camarilla flamenca era la superficie del movimiento, pero en el 
fondo se trataba de la defensa de las libertades de la España 
medieval frente a las ingerencias del absolutismo moderno.

La base material de la monarquía española había sido establecida por 
la unión de Aragón, Castilla y Granada, bajo el reinado de Fernando 
el Católico e Isabel I. Carlos I intentó transformar esa monarquía 
aún feudal en una monarquía absoluta. Atacó simultáneamente los dos 
pilares de la libertad española: las Cortes y los Ayuntamientos. 
Aquéllas eran una modificación de los antiguos concilia góticos, y 
éstos, que se habían conservado casi sin interrupción desde los 
tiempos romanos, presentaban una mezcla del carácter hereditario y 
electivo característico de las municipalidades romanas. Desde el 
punto de vista de la autonomía municipal, las ciudades de Italia, de 
Provenza, del norte de Galia, de Gran Bretaña y de parte de Alemania 
ofrecen una cierta similitud con el estado en que entonces se 
hallaban las ciudades españolas; pero ni los Estados Generales 
franceses, ni el Parlamento inglés de la Edad Media pueden ser 
comparados con las Cortes españolas. Se dieron, en la creación de la 
monarquía española, circunstancias particularmente favorables para la 
limitación del poder real. De un lado, durante los largos combates 
contra los árabes, la península era reconquistada por pequeños 
trozos, que se constituían en reinos separados. Se engendraban leyes 
y costumbres populares durante esos combates. Las conquistas 
sucesivas, efectuadas principalmente por los nobles, otorgaron a 
éstos un poder excesivo, mientras disminuyeron el poder real. De otro 
lado, las ciudades y poblaciones del interior alcanzaron una gran 
importancia debido a la necesidad en que las gentes se encontraban de 
residir en plazas fuertes, como medida de seguridad frente a las 
continuas incursiones de los moros; al mismo tiempo, la configuración 
peninsular del país y el constante intercambio con Provenza y con 
Italia dieron lugar a la creación, en las costas, de ciudades 
comerciales y marítimas de primera categoría.

En fecha tan remota como el siglo XIV, las ciudades constituían ya la 
parte más potente de las Cortes, las cuales estaban compuestas de los 
representantes de aquéllas juntamente con los del clero y de la 
nobleza. También merece ser subrayado el hecho de que la lenta 
reconquista, que fue rescatando el país de la dominación árabe 
mediante una lucha tenaz de cerca de ochocientos años, dio a la 
península, una vez totalmente emancipada, un carácter muy diferente 
del que predominaba en la Europa de aquel tiempo. España se encontró, 
en la época de la resurrección europea, con que prevalecían 
costumbres de los godos y de los vándalos en el norte, y de los 
árabes en el sur.

Cuando Carlos I volvió de Alemania, donde le había sido conferida la 
dignidad imperial, las Cortes se reunieron en Valladolid para recibir 
su juramento a las antiguas leyes y para coronarlo. Carlos se negó a 
comparecer y envió representantes suyos que habían de recibir, según 
sus pretensiones, el juramento de lealtad de parte de las Cortes. Las 
Cortes se negaron a recibir a esos representantes y comunicaron al 
monarca que si no se presentaba ante ellas y juraba las leyes del 
país, no sería reconocido jamás como rey de España. Carlos se 
sometió; se presentó ante las Cortes y prestó juramento, como dicen 
los historiadores, de muy mala gana. Las Cortes con este motivo le 
dijeron: «Habéis de saber, señor, que el rey no es más que un 
servidor retribuido de la nación».

Tal fue el principio de las hostilidades entre Carlos I y las 
ciudades. Como reacción frente a las intrigas reales, estallaron en 
Castilla numerosas insurrecciones, se creó la Junta Santa de Ávila y 
las ciudades unidas convocaron la Asamblea de las Cortes en 
Tordesillas, las cuales, el 20 de octubre de 1520, dirigieron al rey 
una «protesta contra los abusos». Éste respondió privando a todos los 
diputados reunidos en Tordesillas de sus derechos personales. La 
guerra civil se había hecho inevitable. Los comuneros llamaron a las 
armas: sus soldados, mandados por Padilla, se apoderaron de la 
fortaleza de Torrelobatón, pero fueron derrotados finalmente por 
fuerzas superiores en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. 
Las cabezas de los principales «conspiradores» cayeron en el 
patíbulo, y las antiguas libertades de España desaparecieron.

Diversas circunstancias se conjugaron en favor del creciente poder 
del absolutismo. La falta de unión entre las diferentes provincias 
privó a sus esfuerzos del vigor necesario; pero Carlos utilizó sobre 
todo el enconado antagonismo entre la clase de los nobles y la de los 
ciudadanos para debilitar a ambas. Ya hemos mencionado que desde el 
siglo XIV la influencia de las ciudades predominaba en las Cortes, y 
desde el tiempo de Fernando el Católico, la Santa Hermandad había 
demostrado ser un poderoso instrumento en manos de las ciudades 
contra los nobles de Castilla, que acusaban a éstas de intrusiones en 
sus antiguos privilegios y jurisdicciones. Por lo tanto, la nobleza 
estaba deseosa de ayudar a Carlos I en su proyecto de supresión de la 
Junta Santa. Habiendo derrotado la resistencia armada de las 
ciudades, Carlos se dedicó a reducir sus privilegios municipales y 
aquéllas declinaron rápidamente en población, riqueza e importancia; 
y pronto se vieron privadas de su influencia en las Cortes. Carlos se 
volvió entonces contra los nobles, que lo habían ayudado a destruir 
las libertades de las ciudades, pero que conservaban, por su parte, 
una influencia política considerable. Un motín en su ejército por 
falta de paga lo obligó en 1539 a reunir las Cortes para obtener 
fondos de ellas. Pero las Cortes, indignadas por el hecho de que 
subsidios otorgados anteriormente por ellas habían sido malgastados 
en operaciones ajenas a los intereses de España, se negaron a aprobar 
otros nuevos. Carlos las disolvió colérico; a los nobles que 
insistían en su privilegio de ser eximidos de impuestos, les contestó 
que al reclamar tal privilegio, perdían el derecho a figurar en las 
Cortes, y en consecuencia los excluyó de dicha asamblea.

Eso constituyó un golpe mortal para las Cortes, y desde entonces sus 
reuniones se redujeron a la realización de una simple ceremonia 
palaciega. El tercer elemento de la antigua constitución de las 
Cortes, a saber, el clero, alistado desde los tiempos de Fernando el 
Católico bajo la bandera de la Inquisición, había dejado de 
identificar sus intereses con los de la España feudal. Por el 
contrario, mediante la Inquisición, la Iglesia se había transformado 
en el más potente instrumento del absolutismo.

Si después del reinado de Carlos I la decadencia de España, tanto en 
el aspecto político como social, ha exhibido esos síntomas tan 
repulsivos de ignominiosa y lenta putrefacción que presentó el 
Imperio Turco en sus peores tiempos, por lo menos en los de dicho 
emperador las antiguas libertades fueron enterradas en una tumba 
magnífica. En aquellos tiempos Vasco Núñez de Balboa izaba la bandera 
de Castilla en las costas de Darién, Cortés en México y Pizarro en el 
Perú; entonces la influencia española tenía la supremacía en Europa y 
la imaginación meridional de los iberos se hallaba entusiasmada con 
la visión de Eldorados, de aventuras caballerescas y de una monarquía 
universal.

Así la libertad española desapareció en medio del fragor de las 
armas, de cascadas de oro y de las terribles iluminaciones de los 
autos de fe.

Pero, ¿cómo podemos explicar el fenómeno singular de que, después de 
casi tres siglos de dinastía de los Habsburgo, seguida por una 
dinastía borbónica -cualquiera de ellas harto suficiente para 
aplastar a un pueblo-, las libertades municipales de España 
sobrevivan en mayor o menor grado? ¿Cómo podemos explicar que 
precisamente en el país donde la monarquía absoluta se desarrolló en 
su forma más acusada, en comparación con todos los otros Estados 
feudales, la centralización jamás haya conseguido arraigar? La 
respuesta no es difícil. Fue en el siglo XVI cuando se formaron las 
grandes monarquías. Éstas se edificaron en todos los sitios sobre la 
base de la decadencia de las clases feudales en conflicto: la 
aristocracia y las ciudades. Pero en los otros grandes Estados de 
Europa la monarquía absoluta se presenta como un centro civilizador, 
como la iniciadora de la unidad social. Allí era la monarquía 
absoluta el laboratorio en que se mezclaban y amasaban los varios 
elementos de la sociedad, hasta permitir a las ciudades trocar la 
independencia local y la soberanía medieval por el dominio general de 
las clases medias y la común preponderancia de la sociedad civil. En 
España, por el contrario, mientras la aristocracia se hundió en la 
decadencia sin perder sus privilegios más nocivos, las ciudades 
perdieron su poder medieval sin ganar en importancia moderna.

Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades han 
vegetado en un estado de continua decadencia. No podemos examinar 
aquí las circunstancias, políticas o económicas, que han destruido en 
España el comercio, la industria, la navegación y la agricultura.

Para nuestro actual propósito basta con recordar simplemente el 
hecho. A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades 
declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la 
interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos 
frecuente, los medios de comunicación fueron descuidados y las 
grandes carreteras gradualmente abandonadas. Así, la vida local de 
España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la 
diversidad de su configuración social, basada originalmente en la 
configuración física del país y desarrollada históricamente en 
función de las formas diferentes en que las diversas provincias se 
emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades 
independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la 
revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y 
como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su 
misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que 
estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes 
derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad 
de los intercambios internos, única base sobre la que se puede crear 
un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes 
generales. La monarquía absoluta en España, que solo se parece 
superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe 
ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno. 
España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas 
mal administradas con un soberano nominal a su cabeza.

El despotismo cambiaba de carácter en las diferentes provincias según 
la interpretación arbitraria que a las leyes generales daban virreyes 
y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no impidió que 
subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres, 
con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes 
y con sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo 
oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus 
intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de 
dichas instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de 
cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una 
administración regular.

Así ocurrió que Napoleón, que, como todos sus contemporáneos, 
consideraba a España como un cadáver exánime, tuvo una sorpresa fatal 
al descubrir que, si el Estado español estaba muerto, la sociedad 
española estaba llena de vida y repleta, en todas sus partes, de 
fuerza de resistencia.

Mediante el tratado de Fontainebleau había llevado sus tropas a 
Madrid; atrayendo con engaños a la familia real a una entrevista en 
Bayona, había obligado a Carlos IV a anular su abdicación y después a 
transferirle sus poderes; al mismo tiempo había arrancado ya a 
Fernando VII una declaración semejante. Con Carlos IV, su reina y el 
Príncipe de la Paz conducidos a Compiègne, con Fernando VII y sus 
hermanos encerrados en el castillo de Valençay, Bonaparte otorgó el 
trono de España a su hermano José, reunió una Junta española en 
Bayona y le suministró una de sus Constituciones previamente 
preparadas. Al no ver nada vivo en la monarquía española, salvo la 
miserable dinastía que había puesto bajo llaves, se sintió 
completamente seguro de que había confiscado España. Pero pocos días 
después de su golpe de mano recibió la noticia de una insurrección en 
Madrid, Cierto que Murat aplastó el levantamiento matando cerca de 
mil personas; pero cuando se conoció esta matanza, estalló una 
insurrección en Asturias que muy pronto englobó a todo el reino. Debe 
subrayarse que este primer levantamiento espontáneo surgió del 
pueblo, mientras las clases «bien» se habían sometido tranquilamente 
al yugo extranjero.

De esta forma se encontraba España preparada para su reciente 
actuación revolucionaria, y lanzada a las luchas que han marcado su 
desarrollo en el presente siglo. Los hechos e influencias que hemos 
indicado sucintamente actúan aún en la creación de sus destinos y en 
la orientación de los impulsos de su pueblo. Los hemos presentado 
porque son necesarios, no sólo para apreciar la crisis actual, sino 
todo lo que ha hecho y sufrido España desde la usurpación 
napoleónica: un período de cerca de cincuenta años, no carente de 
episodios trágicos y de esfuerzos heroicos, y sin duda uno de los 
capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia 
moderna.

New York Daily Tribune,
9 de septiembre de 1854


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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