[R-P] Aparece proximamente libro del cordobes Lacolla. Articulo
INFOR-MET
rmermet en yahoo.com.ar
Jue Ago 11 11:34:23 MDT 2005
Ediciones Caminopropio saca a la venta su segundo
título: "El Siglo Violento, una lectura
latinoamericana de nuestro tiempo". Difundimos hoy de
su autor, Enrique Lacolla, este artículo aparecido el
domingo 6 de agosto en "La Voz del Interior" de
Córdoba y que puede ser tomado como "una prolongación
o un eco" del libro próximo a aparecer.
gent. Cesarini
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Los detonadores de la Bomba global
Por Enrique Lacolla
Los dos factores explosivos del presente son el clan
neoconservador de Washington y el terrorismo radical.
Y ambos están complejamente unidos.
El mundo está calificado en este momento por dos
factores negativos que se potencian mutuamente. A
saber: la crisis de las postulaciones revolucionarias
–descalificadas con el adjetivo de "utópicas" y
desvalorizadas por la implosión del "socialismo
real"–, y el callejón sin salida al que se enfrenta el
sistema capitalista en su forma actual, parado como
está sobre la superficie inestable de un proceso de
desarrollo tecnológico y de transformación social que
no parece tener límite, respecto al cual ostenta una
incapacidad supina para regularlo. Pues para hacerlo
tendría que modificarse a sí mismo hasta el punto de
abolirse como tal.
Esta es la morsa en la que la humanidad se encuentra
atrapada al comienzo del nuevo siglo. No es una
situación cómoda, pero visualizar algunos de los
elementos que más significativamente la condicionan,
es fundamental para tratar de escapar a su garra.
Entre los factores que potencian la crisis en este
momento, no pueden soslayarse ni el papel de las
tendencias neoconservadoras que se han encaramado al
poder en Estados Unidos –que exasperan la ya natural
tendencia de esa nación a la hegemonía mundial–, ni la
presencia del factor terrorista, cuyos orígenes quizá
espúreos no suprimen ni el carácter imprevisible de
sus posibles desarrollos, ni su capacidad de
desestabilización psicológica en un mundo ya situado
"al borde del ataque de nervios".
Algo más que un accidente
El grupo que gestiona hoy el poder en Estados Unidos
no es el resultado de una tormenta de verano. Responde
a tendencias que se encuentran muy enraizadas en esa
sociedad. Tanto es así que, si la primera elección de
George W. Bush, hijo, pudo haber sido desbalanceada a
su favor por un fraude electoral en Florida que
benefició al candidato republicano en desmedro del
titular de la fórmula demócrata, el comicio que
consagró su reelección implicó una votación que lo
reconsagró categóricamente y sin sombra de duda. Y eso
aun después de lanzadas las expediciones militares
contra Afganistán e Irak, y reconfirmado el rumbo
agresivo tomado por la política exterior
norteamericana tras los atentados del 11/S.
Este apoyo no tiene por que ser eterno ni no estar
sometido a los vaivenes de la coyuntura; pero es
expresivo de la capacidad que el sistema tiene para
influir a la opinión, a poco que el temor exaspere la
disposición de esta a la reacción pánica contra
cualquier eventual ataque. El "factor Pearl Harbor" es
un elemento a tener en cuenta en cualquier evaluación
de la capacidad reactiva de la opinión norteamericana.
Puesta frente a lo que juzga un ataque injustificado
contra la integridad del país, su capacidad vengativa
está lista para desencadenarse más allá de cualquier
límite, henchida por la noción de la propia fuerza y
bendecida por la buena conciencia que resulta de la
convicción de estar respondiendo a un ataque.
El cine suministra múltiples pistas de esto último: la
justa retribución del abuso es el principal resorte
argumental del filme de acción norteamericano.
Otro elemento que agrega una pimienta por demás
inquietante a esta ecuación, es el que resulta del
espíritu triunfalista que la mentalidad norteamericana
ha introyectado en todos los sectores sociales y que
se deduce de la experiencia de una historia que
registra una expansión sin trabas y siempre
victoriosa.
La combinación de cierto fundamentalismo puritano,
propio de la "mayoría silenciosa", imbuído de la
noción de la retribución bíblica y veteado de un
implícito y a veces explícito racismo, con la
certidumbre de que "Dios está de nuestra parte pues
nuestros logros así lo confirman", es una mezcla
explosiva, pues abona el campo para la arremetida
irresponsable. El tigre cebado no se detiene ante el
peligro, ya que el sabor de las victorias previas
anula la llamada del instinto de conservación.
La teoría de la disuasión por el terror (o MAD, Mutual
Assured Destruction) sólo es válida si los dos
protagonistas de un conflicto están persuadidos de que
la contraparte está decidida a llegar a las últimas
consecuencias. Si esa convicción vacila o está imbuída
de la noción de la propia invulnerabilidad, el
concepto pierde su filo y el probable agresor queda
predispuesto a liberar toda su potencia a la primera
ocasión que se le presente.
La búsqueda por Estados Unidos de un "escudo espacial"
y la hipertrofia de sus gastos militares –450.000
millones de dólares por año, muchísimo más de lo que
invierte la totalidad de los restantes países del
mundo en el mismo rubro– demuestran que intenta
procurarse esa cuota de intangibilidad que le permita
perseguir sus propios fines sin preocuparse de nada ni
de nadie.
Esto es muy peligroso, aun cuando no exista, entre los
potenciales rivales de la Unión, ninguno que esté
dispuesto a desafiarla deliberadamente. Ya que la
dinámica de los hechos propulsada por una concepción
arrogante de las relaciones mundiales, puede terminar
empujando a quienes la hiperpotencia elige como
enemigos, a un desquite desesperado y asimismo
preventivo, que busque equilibrar la inferioridad con
la sorpresa.
Ese fue el mecanismo que funcionó en Pearl Harbor,
sólo que ahora estaría condicionado por el carácter
aniquilador y finalista que implica la utilización de
las armas de destrucción masiva.
El Golem terrorista
El terrorismo juega o puede jugar un papel importante
en esta dialéctica del estallido. En realidad, puede
erigirse en un factor provisto de peso específico,
capaz de promover un desequilibrio mundial a partir de
la utilización de muy pocos elementos.
Esto representa un salto cualitativo respecto de la
función del factor terrorista en el pasado.
Históricamente el terrorismo fue la expresión de la
desesperación de grupos sociales acorralados, por lo
general animados por ambiciones que excedían a su peso
específico y a sus posibilidades; pero que, encerrados
entre un sistema opresor y una muchedumbre apática,
tendieron a romper ese estancamiento a través de la
violencia individual, el sectarismo y la conspiración.
Su clandestinidad y su situación de aislamiento los
convirtieron a menudo en sujetos ideales para su
manipulación desde el poder, que solió usarlos como
agentes provocadores, con resultados en general
exitosos, aunque en ocasiones logrados a un costo
demasiado alto.
Baste recordar, por ejemplo, la utilización que la
policía zarista hizo de los núcleos terroristas de los
socialrevolucionarios rusos, infiltrados por la Ojrana
hasta poner a un agente propio al frente de la
organización militar del partido. Si bien Evno Azev
cumplió su tarea, la excedió hasta el punto de
proceder a la liquidación de prominentes miembros del
gobierno del Zar que molestaban a su propio punto de
vista.
Ahora, sin embargo, a esta naturaleza de marionetas
provistas de un caudal de imprevisibilidad que las
hace siempre peligrosas y que puede hacer volar a
quien tira de los hilos junto con el muñeco, se suma
su fusión con la complejidad del mundo de las finanzas
y de los servicios de inteligencia actuales. Asimismo,
la suma del radicalismo religioso con las prácticas de
la tecnología y los recursos de la propaganda
transforma al primero hasta reducirlo a una cáscara
que esconde mal la naturaleza moderna de unos
tecnócratas del terror, que tornan la oración por
pasiva, reproduciendo desde abajo los mecanismos
anómimos que mueven a los políticos, a los servicios
secretos y a los organismos financieros del mundo
moderno.
El Golem es un personaje de la mitología judía. Creado
de un trozo de madera para defender al pueblo de
Israel de la persecución antisemita en Praga, un día
se independiza de su amo y se vuelve contra todos. El
terrorismo fundamentalista, nominalmente musulmán, fue
potenciado por la CIA y otros organismos occidentales
para contrabatir la influencia soviética en Afganistán
y para desarticular la presencia rusa en el Asia
central, el Cáucaso y los Balcanes. Hoy, sin embargo,
cualesquiera sean las manipulaciones que los servicios
de inteligencia norteamericanos, británicos o
israelíes puedan efectuar respecto de los núcleos que
operan en Irak y otros puntos del planeta, estos
parecen haberse tornado demasiado imprevisibles en
razón del substrato caótico del que se nutren y que
consiste en la existencia de miles de millones de
humillados y ofendidos, así como de la posibilidad de
acceder, en algún momento, a las armas biológicas o
nucleares que les permitan inferir un daño muchísimo
más grande y abarcador que las eventuales ventajas
tácticas que de ellos podría sacar el orden
establecido.
La conjunción de estos dos fenómenos que se refractan
mutuamente –el extremismo del terrorismo "oficial" que
es propio la estructura del poder de los Estados
Unidos y que se vuelca en el activismo de su política
exterior, y el terrorismo de los núcleos creados al
conjuro de la miseria fomentada por el sistema global
y de su cría por este– configura un cuadro
inquietante. El hombre siempre ha estado en
disposición de hacerse daño, pero nunca, hasta el
último medio siglo, estuvo en capacidad de cometer
suicidio.
Se impone un restablecimiento de la razón. Pero, ¿cuál
puede ser el protagonista social capaz de imponerla?
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