[R-P] Ratzinger: Razón contra Relativismo

edgar smith condornacional en yahoo.com.ar
Jue Abr 21 05:24:55 MDT 2005


Joseph Ratzinger, 

"La fuerza de la razón contra el relativismo", 
Aceprensa, 17.XI.04

>> Las raíces cristianas de Europa, las pretensiones
del laicismo y los desafíos éticos que presentan los
avances biomédicos fueron algunos temas de un coloquio
entre el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, y el
historiador Ernesto Galli della Loggia, catedrático de
la Universidad de Perugia y columnista habitual del
diario "Corriere della Sera". Ofrecemos algunos
pasajes del diálogo, que tuvo lugar el pasado 25 de
octubre, organizado en Roma por el Centro de
Orientación Política. La síntesis que se ofrece ha
sido realizada por Aceprensa partiendo de la amplia
transcripción del diálogo publicada por el diario "Il
Foglio" (27 y 28 de octubre de 2004). 

Joseph Ratzinger:
El pasado mes de enero mantuve un diálogo con
Habermas, el filósofo considerado en el mundo de
lengua alemana como la quintaesencia del laico. Unos
dos años antes había afirmado, ante la sorpresa de sus
admiradores, que para un laico es muy conveniente
estar atento a la sabiduría que se esconde en las
tradiciones religiosas. Para él mismo había sido un
descubrimiento. El mundo se encuentra en una situación
en la que nos conviene movilizar todas las fuerzas
morales para conseguir establecer una convivencia
pacífica. Existen muchas posibilidades positivas,
muchas esperanzas, pero también muchas amenazas y
peligros. 

El poder del hombre ha crecido hasta un límite
inimaginable hace pocos años. Un poder que alcanza
incluso a la posibilidad de la destrucción del propio
planeta y que ha llegado hasta las raíces de nuestro
ser: el hombre es capaz de producir el hombre en un
laboratorio. El hombre no se ve ya como un don de la
naturaleza, de Dios, sino que se convierte en un
producto que se puede fabricar; y cuando se puede
fabricar, se puede también destruir y sustituir con
otras cosas. 

Debemos añadir que con esta capacidad de producir no
ha crecido igualmente nuestra capacidad moral. Esta me
parece que es la fórmula más precisa para expresar el
dilema de nuestro tiempo: el desequilibrio entre poder
técnico (poder de hacer) y la capacidad de actuar con
principios que garanticen la dignidad del hombre y el
respeto de la criatura, del mundo. 


Un vacío de identidad

Ernesto Galli della Loggia:
Me parece que es posible encontrar un hilo conductor
que une muchos aspectos de la situación actual. Se
podría comenzar con la hipótesis de que la
globalización marca un momento de crisis y ruptura de
la secularización. Es decir, del proceso que Europa
vive desde hace doscientos años y que ha visto la
sustitución de la fe religiosa como orientación y guía
para la mayor parte de los habitantes de una sociedad.
Esta identificación religiosa se ha ido erosionando
poco a poco y se ha sustituido por otras dos
identificaciones: la ideológica y la nacional. Hoy,
sin embargo, si no me equivoco, la globalización marca
un proceso de desmoronamiento de estos dos sustitutos.
En nuestras sociedades se está creando un gran vacío
de identidad, y es precisamente el mundo político
democrático el que reacciona con mayor dificultad: la
identidad se siente como algo peligroso, ya que
contrasta con la tensión universalista del pensamiento
democrático. 

Existen muchos aspectos que se pueden reconducir a ese
vacío de identidad. Cito solo uno, porque me parece el
más importante: el rápido y prepotente emerger de la
temática de los derechos humanos como única posible
señal de identidad de los pueblos de Occidente. No es
una coincidencia que la Unión Europea se defina en su
Constitución como un sujeto político que existe
precisamente para sostener los derechos humanos; que
su sustancia ideológica está en los derechos humanos,
no en la democracia. Quizás es preciso preguntarse de
dónde proceden los derechos humanos, pero me parece
que se ha evitado formular esta cuestión porque
existiría el problema, históricamente irrebatible, de
que los derechos humanos nacen en el ámbito de la
cultura y de la civilización judeocristiana. Pero esto
no se puede decir, ya que el judaísmo y el
cristianismo son religiones, y se ha decidido por
mayoría que sería inoportuno . Así, según esta lógica,
los derechos humanos existen prescindiendo de todo
elemento fundante. Se bastan a sí mismos: son, de por
sí, una identidad.

Habermas ha hablado muchas veces de "patriotismo
constitucional", para contraponerlo al "patriotismo de
los valores", fundado sobre valores de tipo histórico.
Me parece que estamos ante algo que se parece al
"patriotismo constitucional", a una identidad radicada
en los procedimientos. El problema es que los otros
protagonistas de la escena internacional no creen que
los derechos humanos sean "procedimentales". Piensan,
por el contrario, que son fruto de la cultura de
Occidente; con mucha frecuencia, sobre todo en las
sedes internacionales, ven en los derechos humanos un
instrumento del imperialismo ideológico de Occidente. 


La conciencia como pura subjetividad

Joseph Ratzinger:
El puro positivismo de los derechos humanos como tal
no puede ser, en ningún sentido, la última palabra.
Tal vez sea suficiente para una Constitución, pero
para nuestro debate cultural humano, para nuestro
encuentro con las demás culturas, es insuficiente.
Este positivismo es, sin embargo, solo la fachada de
un dilema más profundo. Como no existen ya grandes
inspiraciones para nuestros grandes principios éticos,
para la dignidad humana, se llega al positivismo. De
hecho, también el "patriotismo constitucional" de
Habermas es positivismo. En nuestro debate dijo que la
Constitución de por sí produce moralidad. Pero eso no
es verdad: tiene necesidad de fuerzas que la precedan.
Tenemos que reencontrar y despertar estas fuerzas. 

El relativismo puede aparecer como algo positivo, en
cuanto invita a la tolerancia, facilita la convivencia
entre las culturas, reconocer el valor de los demás,
relativizándose a uno mismo. Pero si se transforma en
un absoluto, se convierte en contradictorio, destruye
el actuar humano y acaba mutilando la razón. Se
considera razonable solo lo que es calculable o
demostrable en el sector de las ciencias, que se
convierten así en la única expresión de racionalidad:
lo demás es subjetivo. Si se dejan a la esfera de la
subjetividad las cuestiones humanas esenciales, las
grandes decisiones sobre la vida, la familia, la
muerte, sobre la libertad compartida, entonces ya no
hay criterios. Todo hombre puede y debe actuar solo
según su conciencia. 

Pero "conciencia", en la modernidad, se ha
transformado en la divinización de la subjetividad,
mientras que para la tradición cristiana es lo
contrario: la convicción de que el hombre es
transparente y puede sentir en sí mismo la voz de la
razón fundante del mundo. Es urgente superar ese
racionalismo unilateral, que amputa y reduce la razón,
y llegar a una concepción más amplia de la razón, que
está creada no solo para poder "hacer" sino para poder
"conocer" las cosas esenciales de la vida humana. 


Con derechos por ser humanos

El profesor Galli della Loggia ha mencionado la
cuestión de si el derecho natural puede ser una
respuesta a este problema. Sabemos bien que el mundo
de hoy está convencido de que no. Para la Iglesia, la
visión de un derecho natural, inscrito en la misma
criatura humana, era el medio para poder dialogar con
cuantos no comparten la fe. Ahora, incluso el concepto
de naturaleza se ha reducido a lo puramente empírico,
a lo que se puede observar con la ciencia. Por tanto,
"naturaleza" no indica ya nada de lo que es
específicamente humano. 

Quizás nos puede ayudar tener presentes dos hechos de
la época moderna con los que el concepto de derecho
natural, que viene de la antigüedad, renació y se
reforzó. El primero fue el descubrimiento de América:
¿estas gentes, que no están bautizadas, tienen
derechos o no? ¿Hay que respetarlos como sujetos de
derecho, o al estar fuera de nuestra esfera no tienen
derechos y podemos hacer lo que queramos? Al final, en
medio de muchas dificultades, venció la postura de
considerar que sí tienen un derecho porque son
personas humanas, y como tales tienen el derecho
inscrito en su ser humano. Esta no era una doctrina
occidental, sino justamente la defensa de los no
occidentales contra Occidente. 

El segundo hecho fue la división de las confesiones en
Europa: había que buscar entre los Estados la paz no
solo jurídica sino también moral. Se comprendió que,
aunque en la fe estábamos divididos, compartimos la
naturaleza humana, que indica comportamientos morales
fundamentales. Pienso que no debería ser tan imposible
comprender que no es una invención católica, sino la
respuesta a los desafíos del ser humano: el
reconocimiento de que el hombre, antes de todas las
constituciones, tiene derechos; que el Derecho debe
conformarse a los derechos y no los derechos a la
Constitución. Me parece de gran importancia esta
constatación con el fin de volver a ganar un concepto
comprensible y aceptable que pueda ser la plataforma
para una visión ética común. 

Llego ahora al problema de si la tradición cristiana
es compatible con el concepto de libertad desarrollado
en la modernidad, en el laicismo. Pienso que es muy
importante superar un malentendido concepto
individualista para el cual solo existe, como portador
de libertad, el sujeto, el individuo. Es un
planteamiento equivocado desde el punto de vista
antropológico porque el hombre es un ser finito, un
ser creado para convivir con los demás. En
consecuencia, su libertad debe ser necesariamente una
libertad compartida, de modo que se garantice para
todos la libertad. Eso supone la renuncia a la
absolutización del "yo" e implica la existencia del
derecho común, de la autoridad. Es un gran error
considerar la autoridad como enfrentada a la libertad.
En realidad, una autoridad bien definida es la
condición de la libertad. 


El discurso público no puede prescindir de la verdad

Ernesto Galli della Loggia:
El cardenal Ratzinger ha citado el antiguo antagonismo
entre iusnaturalismo y positivismo, que está en el
núcleo de la reflexión del liberalismo desde hace dos
siglos. Antes de referirme a ello, quisiera subrayar
por qué hoy existe interés por estas cuestiones,
también por parte de quien tiene la etiqueta de
"laico". Pienso que el vacío de identidad, al que
antes me refería, lleva a considerar el papel
constante que el hecho espiritual ha tenido en la
construcción de la identidad de las culturas y de los
pueblos. Incluso un no creyente no puede dejar de
interrogarse sobre cómo el hecho religioso es un
trámite fundamental en la relación con el pasado, que
es el corazón de la identidad histórica de todo
pueblo. 

También aquí se pone hoy en discusión el papel de la
fe cristiana. Creo que la poca atención a las raíces
cristianas se debe a un hecho histórico importante
ocurrido en los últimos decenios: de todas las
confesiones cristianas, el catolicismo es la única que
ha quedado en pie. Desde el punto de vista teológico y
organizativo, todas las demás prácticamente han
desaparecido como fuerzas políticas activas en la
escena del mundo. Mientras el cristianismo se
presentaba como una articulación de confesiones,
algunas de ellas históricamente muy diversas del
catolicismo (es más, a veces incluso hostiles), esa
misma variedad de posiciones hacía difícil aislarlo y
contrastarlo. Desde que el catolicismo ha asumido el
papel de preeminencia absoluta, con respecto a las
demás confesiones cristianas, han crecido las
manifestaciones de hostilidad hacia él. 

Sobre la contraposición entre iusnaturalismo y
positivismo hay que decir que el liberalismo clásico
era iusnaturalista. Pensaba que los derechos del
hombre, la libertad humana, se fundan sobre un
elemento natural que hace al hombre libre. De finales
del siglo XIX en adelante se ha afirmado que la
libertad es solo un hecho de derecho positivo: si hay
una ley que establece la libertad, ese es el verdadero
origen de la libertad. Personalmente, me adhiero a la
idea del iusnaturalismo porque es evidente el problema
que subyace: si la libertad se apoya sobre el derecho
natural, se apoya sobre algo enormemente más sólido
que la simple decisión de un parlamento, de un poder
que lo mismo que hace una ley puede hacer otra. 


Liberales vs. libertarios

Esta división [entre iusnaturalismo y positivismo]
remite a otra, que hoy es de importancia primaria
dentro del pensamiento liberal y que tiene mucho que
ver con la relación entre pensamiento laico y
religión. En el liberalismo han existido siempre dos
libertades, frecuentemente en contraste: la libertad
de los liberales y la libertad de los libertarios.
Para el liberalismo clásico, la libertad era
limitación del Estado y, sobre todo, libertad frente
al arbitrio. Una protección ante el arbitrio que solo
la ley, instrumento que se aplica a todos, puede
garantizar. La libertad de los libertarios está muy
bien definida por Jeremy Bentham: "Toda ley es un mal
porque toda ley es una violación de la libertad". 

El problema es que cuando los liberales pensaban en la
libertad de los individuos, pensaban en la humanidad
europea que tenían delante, que era cristiana. No
imaginaban que el progreso de la ciencia dilataría
enormemente las posibilidades de la subjetividad. 

Esta ampliación de la subjetividad ha llegado hasta el
punto de que el individuo es dueño, o casi, de decidir
las modalidades de la generación humana. Es decir, de
cuanto era ámbito de la eternidad de la naturaleza. El
hecho de que también esto haya entrado en el terreno
de la disponibilidad del sujeto repropone la cuestión
de la protección ante el arbitrio. 

Los viejos liberales conocían únicamente el arbitrio
del poder y del soberano, pero me pregunto si la
voluntad subjetiva no puede presentarse también con un
fuerte carácter arbitrario cuando puede tomar
decisiones como las que permite el progreso
científico. Pienso que no nos podemos limitar a decir:
"este campo es complejo, cada uno tiene su verdad,
todas son aceptables siempre que no hagan mal a nadie,
aceptamos el principio de que no es posible definir
ninguna verdad". 

El discurso público debe estar animado de una tensión
hacia la verdad cuando se trata de las fronteras entre
libertad y arbitrio en ciertos temas. El ideal de una
sociedad justa se apoya sobre la idea de que la verdad
está en la justicia y la mentira en la injusticia. Lo
que me sorprende como laico es que, cuando se habla en
Italia de la ley de fecundación asistida, la posición
predominante por el lado laico suele ser la de decir
que resulta ocioso interrogarse sobre el bien y el
mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre lo verdadero y
lo falso a propósito de esos temas. 


Defensa de la racionalidad

Joseph Ratzinger:
Hay dos cosas que, en mi opinión, debemos defender
como gran herencia europea. La primera es la
racionalidad, que es un don de Europa al mundo,
también querida por el cristianismo. Los Padres de la
Iglesia han visto la prehistoria de la Iglesia no en
las religiones sino en la filosofía. Estaban
convencidos de que "semina verbi" no eran las
religiones sino el movimiento de la razón comenzado
con Sócrates, que no se conformaba con la tradición .

Esa necesidad de salir de la cárcel de una tradición
que ya no es válida abrió las puertas al cristianismo.
Tenemos algo que es comunicable y ante lo cual la
razón, que lo estaba esperando, sale al encuentro. Es
comunicable porque pertenece a nuestra naturaleza
humana común. La racionalidad era, por tanto,
postulado y condición del cristianismo y permanece
como una herencia europea para confrontarnos, de modo
pacífico y positivo, con el islam y con las grandes
religiones asiáticas. 

El segundo punto de la herencia europea es que esta
racionalidad se convierte en peligrosa y destructiva
para la criatura humana si se transforma en
positivista, si reduce los grandes valores de nuestro
ser a la subjetividad. No queremos imponer a nadie una
fe que solo se puede aceptar libremente, pero –como
fuerza vivificadora de la racionalidad de Europa– la
fe pertenece a nuestra identidad. Se ha dicho que no
debemos hablar de Dios en la Constitución europea para
no ofender a los musulmanes y a los fieles de otras
religiones. La verdad es exactamente la contraria: lo
que ofende a los musulmanes y a los fieles de otras
religiones no es hablar de Dios y de nuestras raíces
cristianas, sino más bien el desprecio de Dios o de lo
sagrado. 

Esa actitud nos separa de las demás culturas, impide
una posibilidad de encuentro: expresa la arrogancia de
una razón disminuida, que provoca reacciones
fundamentalistas. Europa debe defender la
racionalidad, y en este punto también los creyentes
debemos agradecer la aportación de los laicos, de la
Ilustración, que ha de permanecer como una espina en
nuestra carne. Pero también los laicos deben aceptar
la espina en su carne: la fuerza fundante de la
religión cristiana en Europa. 




	

	
		
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