[R-P] Un Papa solitario y absoluto
outabeiron
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Sab Abr 9 15:35:40 MDT 2005
Leonardo Boff comenta la actuación del Papa difunto.
El Periódico, Barcelona - edición impresa Tema del día
LEONARDO BOFF
TEÓLOGO DE LA LIBERACIÓN
El pontificado de Juan Pablo II ha sido largo y complejo. Sólo le haremos
justicia si lo consideramos dentro de un amplio marco de temas que desde
hace mucho tiempo preocupan a la Iglesia. ¿Cuál es la característica
fundamental de este papado? La restauración y el retorno a la disciplina.
Juan Pablo II se caracterizó por la contrarreforma. Representó la tentativa
de detener el aggiornamento de los años 60. De este modo retrasó el ajuste
de cuentas de la Iglesia en relación a dos graves problemas que la
martirizan desde hace cuatro siglos: el surgimiento de otras iglesias como
consecuencia de la reforma protestante del siglo XVI y la modernidad
iluminista, con el surgimiento de la razón, de la tecnociencia, de las
libertades civiles y de la democracia. Esta nueva cultura cuestionaba la
revelación de la cual la Iglesia se siente portadora exclusiva y denunciaba
la forma en que la Iglesia se organiza institucionalmente: como una
monarquía absolutista espiritual en contradicción con la democracia y los
derechos humanos.
En relación a las iglesias evangélicas, la estrategia del Vaticano apuntaba
a la reconversión a fin de restaurar la antigua unidad eclesiástica bajo la
autoridad del papa. Hacia la sociedad moderna, la relación era de crítica y
condena de su proyecto emancipatorio y secularizador, con miras a recrear la
unidad cultural bajo la égida de los valores morales cristianos.
Las dos estrategias fracasaron. Las otras iglesias crecieron y se afirmaron
en todos los continentes. La sociedad moderna, con sus libertades, su
ciencia y su técnica, se convirtió en el paradigma para el mundo entero. La
Iglesia católica se vio transformada en un bastión de conservadurismo
religioso y de autoritarismo político.
EL VATICANO II
Fue obra del buen sentido y de la osadía de un papa, Juan XXIII, la
convocatoria de un Concilio Ecuménico para enfrentar valientemente aquellas
dos cuestiones no resueltas. Efectivamente, el Vaticano II (1962-65) asumió
como lema no el anatema sino la comprensión, no la condena sino el diálogo.
Inauguró el diálogo ecuménico, que presupone la aceptación de la existencia
de otras iglesias. Ante el mundo moderno se planteó una reconciliación con
las esferas del trabajo, la ciencia, la técnica, las libertades y la
tolerancia religiosa. Se reconoció la autonomía de las realidades
terrenales, como expresión de la creación de Dios. La Iglesia define su
lugar dentro del mundo moderno, aprende de este mundo y con él colabora en
la dignificación de todos los ámbitos de la vida. En lugar de marchar a
contramano, la Iglesia se volvía solidaria con las búsquedas y angustias del
hombre contemporáneo.
TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN
Pero aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la
gran mayoría de la humanidad. Fue mérito de la iglesia latinoamericana el
recordar que no existe sólo un mundo moderno desarrollado sino también un
submundo subdesarrollado, que suscita una pregunta incómoda: ¿cómo anunciar
a Dios como Padre en un mundo de miserables? Sólo tiene sentido anunciar a
Dios como Padre si somos capaces de sacar a los pobres de la miseria.
Es precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica,
animados por algunos profetas como Hélder Camara. La consigna era la opción
por los pobres y contra la pobreza. Para ello se crearon las comunidades
eclesiásticas de base y los millares de círculos bíblicos y pastorales
sociales, en favor de los indígenas, de los negros, de las mujeres
marginadas, y así sucesivamente. Éste fue el origen de la Iglesia de la
liberación y de la teología de la liberación.
Juan Pablo II fue elegido papa cuando estaba en curso ese proceso. Su
pontificado se situó desde el comienzo en la contracorriente de estas
tendencias que eran dominantes. Seguramente fueron determinantes en su
postura su origen polaco y los círculos de la curia romana, marginados, pero
no derrotados por el Concilio Vaticano II. El Pontífice era polaco y en su
vida sólo conoció regímenes totalitarios: el nazi y el estalinista. Este
papa surgió de una Iglesia perseguida que convirtió la fe sólida de sus
fieles en una fuerza de resistencia y liberación, más eficaz cuanto más se
identificaba con la tradición. Pero esa estrategia, legítima en Polonia, no
le permitía al Papa evaluar adecuadamente las discusiones internas de la
Iglesia universal en vías de aggiornamento y diálogo con la cultura moderna.
Se estableció así un bloque histórico poderoso papa-curia. La estrategia no
consistió en oponerse frontalmente al Concilio Vaticano II, lo que hubiera
agravado la crisis en la Iglesia, sino de enfocarlo en la perspectiva del
Concilio Vaticano I (1870), que estuvo concentrado en la figura del papa,
infalible y dotado de poderes absolutos. Y comenzó el proceso de
restauración de un orden construido sobre un modelo de Iglesia piramidal, en
cuya cúspide se encuentra el papa, solitario y absoluto; después los
obispos; los sacerdotes, y, por último, los legos. Las condiciones
personales de Juan Pablo II lograron realizar de la mejor manera ese
proyecto gracias a su figura carismática, a su innegable irradiación, a su
habilidad de dramatización mediática.
Para realizar su designio de restauración se dotó de instrumentos adecuados.
Reescribió el derecho canónico para encuadrar toda la vida de la Iglesia.
Hizo publicar el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y con ello
oficializó el pensamiento único dentro de la Iglesia. Quitó poder de
decisión al Sínodo de Obispos, sometiéndolo totalmente al poder papal, así
como limitó el poder de las conferencias continentales de obispos, de las
conferencias nacionales episcopales, de las conferencias de religiosos en
los niveles nacional e internacional, marginó el poder de participación
decisoria de los legos y negó plena ciudadanía eclesial a las mujeres,
relegadas a funciones secundarias, lejos del altar y del púlpito. La
producción del pensamiento teológico fue sometida a una estricta vigilancia.
En su afán de brindar certidumbres en un mundo de incertidumbres, Juan Pablo
II hizo funcionar una verdadera máquina de producción de discursos, cartas
apostólicas y encíclicas. Proclamó más de 1.300 beatos y canonizó a mas de
500 santos, con el propósito de proporcionar referencias seguras a los
fieles, incluyendo algunas figuras polémicas y hasta escandalosas. Me
refiero a la canonización del papa Pío IX --uno de los más reaccionarios de
la historia del papado-- y del fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer,
vinculado a discutibles y nada evangélicos intereses políticos y económicos.
Es preciso destacar que el Papa tuvo una visión corta y simplista de la
Teología de la Liberación. Hoy sabemos, a partir de las informaciones que le
suministraba la CIA, que la interpretó como un caballo de Troya del marxismo
que él estaba obligado a denunciar, en razón de la experiencia del comunismo
en su Polonia natal. Se convenció de que el peligro en Latinoamérica era el
marxismo, cuando el verdadero peligro siempre ha sido el capitalismo salvaje
y colonialista con sus élites antipopulares y retrógradas.
En Juan Pablo II prevalecía la misión religiosa de la Iglesia y no su misión
social. Si hubiera dicho "vamos a apoyar a los pobres y a comprometer a la
Iglesia con los reformas en nombre del Evangelio y de la tradición
profética", otro hubiera sido el destino político de América Latina.
CONTRADICCIONES
Hubo una gran contradicción entre las actitudes del Papa y sus enseñanzas.
Hacia afuera, se presentaba como un paladín del diálogo, de las libertades,
la tolerancia, la paz y el ecumenismo; pidió perdón en varias ocasiones por
los errores y condenas eclesiásticas en el pasado; se reunió con líderes de
otras religiones para rezar, unidos, por la paz mundial. Pero dentro de la
Iglesia acalló el derecho de expresión, prohibió el diálogo, castigó con
dureza y produjo una teología con fuertes tonos fundamentalistas.
Sus últimos documentos oficiales sostienen que la única religión verdadera
es la católica, resucitando la idea medieval de que fuera de la Iglesia se
corre el peligro de no encontrar la salvación. Las otras iglesias no serían
propiamente tales, sino sólo comunidades con elementos eclesiales. Se arrogó
el derecho de definir la naturaleza y la misión de las mujeres en el mundo.
Proclamó que la incapacidad femenina para el sacerdocio emana de una
inmodificable voluntad divina.
El proyecto político-eclesiástico asumido por el Papa no resolvió los
problemas que se había planteado en relación a la Reforma, la modernidad y
la pobreza. Más bien los agravó. La identidad católica ha sido reforzada a
tal punto que deja la impresión de que lo importante es ser piadoso,
obedecer a los pastores, observar las doctrinas y normas y estar totalmente
integrado en la galaxia eclesial, y que cuenta menos ser solidario,
sensible, compasivo, comprometerse con la justicia de los pobres y cuidar la
naturaleza. Indujo a los cristianos a permanecer seguros en el puerto antes
que invitarlos a adentrarse en el mar, enfrentar con coraje las olas
peligrosas y superarlas.
SANTIDAD PERSONAL
Las limitaciones de su estilo de gobierno de la Iglesia no impidieron que
Juan Pablo II alcanzase la santidad personal en un grado eminente. Así fue,
en el marco de una religión a la antigua. A veces, al orar se transfiguraba
y palidecía, otras veces gemía y vertía lágrimas. Una vez lo sorprendieron
en su capilla particular extendido en el suelo en forma de cruz, como en
éxtasis, a semejanza de los iluminados españoles del siglo XVI.
¿A quién la corresponde la última palabra? A la historia y a Dios. Nosotros
sólo podremos acceder a la historia, que nos dirá cuál fue su real
significado para el cristianismo y para el mundo en esta fase de cambio de
paradigmas y de pasaje de milenio.
Noticia publicada en la página 14 de la edición de 4/9/2005 de El
Periódico - edición impresa.
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