[R-P] Rosario, y la pampa gringa entre 1890 y 1910 =1 de 2=

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mar Sep 14 16:36:16 MDT 2004


1. Del ayer y el hoy, del abajo y del arriba, a modo de 
introducción. 

Sí, toda historia sirve para que el pasado legitime nuestra 
contemporaneidad. Y la historia de la cuestión social en la 
Argentina no es una excepción. El modo de analizar 
determinada problemática está irremediablemente mediado por 
la intencionalidad (conciente o inconsciente) del sujeto. 
Condicionamientos políticos, ideológicos, hacen al 
investigador llegar de determinada manera a su objeto de 
estudio. No se trata de falta de honradez intelectual (que 
también la hay en algunos casos), se trata, que no existe en 
nuestra opinión, “el no lugar” en el que se pueda situar el 
historiador. Siempre estará omnipresente en el análisis su 
propia coyuntura y contexto. 

Aclarada nuestra escéptica postura sobre la posibilidad de 
una asepsia  objetiva en el estudio de la historia, 
expresamos a continuación los autores de este trabajo 
nuestra posición. En principio pensamos que más que 
historia, hay historias. No nos estamos refiriendo solamente 
a la división entre historia política, social, económica, 
cultural, etc. Estamos pensando en algo que está subsumido 
en todas estas categorías. Esto es la historia desde abajo , 
la historia de los actores sin voz, de aquellos que 
paradójicamente no entraron en la historia.

Nuestro trabajo está acotado en lo cronológico a una 
periodización similar a la enunciada desde el título en 
sendas obras de E. Zimmermann   y J.  Suriano  sobre la 
cuestión social: laxamente, desde la consolidación del 
“Régimen falaz y descreído” hasta el traspaso del manejo del 
gobierno a la “Causa Radical”, y más acotadamente, entre las 
algaradas ocurridas junto a las desconchadas tapias del 
Parque de Artillería y los claroscuros de fastos y represión 
del Centenario.

Dado este contexto temporal, en lo espacial abordamos una 
descripción por separado del ámbito rural y del ámbito 
urbano, tratando de mostrar desde la diferenciación, las 
articulaciones  que los relacionan. Desde lo regional 
analizamos la cuestión social en la ciudad de Rosario, en 
especial el modo en que parte de su prensa veía el problema 
de integración y marginalidad, a través de una publicación 
en particular.

Estamos contestes acerca  de determinadas falencias, 
omisiones y recurrencias. Así, priorizamos abordar la 
cuestión social centrada desde lo humano en el elemento 
inmigratorio, antes que en la población nativa preexistente. 
Y dentro de los migrantes buscamos el abajo al que hacíamos 
referencia: el fracasado, el actor individual que no siempre 
puede ver en su drama lo social, aunque lo social esté 
fijando  su sino trágico, al tiempo que su relación 
(dicotómica y a la vez complementaria) con la justicia  y la 
ciudadanía. Y esa búsqueda nos hará seguir como hilo 
conductor narrativo la saga de un antihéroe, personaje 
ficcional semejante a tantos otros de real existencia.

“Los humildes vecinos de mi infancia correntina, tendrían a 
considerar las noticias de los diarios como exageración, 
mentira o fantasía, pero creían a pié juntillas en los 
tremebundos folletines de Carolina Invernizzio, que Don 
Ramón, mi padre, les leía en la vereda, en las noches de 
verano.” 

V. Ayala Gauna  

2. Lo ficcional como símbolo de lo real. 

Marcos Aguinis narra en su cuento “Josesito, el memorioso” , 
la amarga aventura americana de un emigrante judío ruso. No 
hay precisión cronológica pero ciertos indicios nos indican 
que el relato trascurre entre la última década del siglo XIX 
y la primera del siglo XX. El drama comienza en Rusia, donde 
tras un pogrom en el que son asesinados  sus padres, el 
protagonista emigra hacia un futuro incierto con lo que 
queda de su familia (mujer y tres hijas de corta edad). El 
destino o el mal consejo de algunos consejeros de su 
colectividad, lo arrojan a las playas argentinas. Sin apoyo, 
sin vínculos, sin idioma, sobreviven alimentándose de las 
sobras que encuentran en la basura de esa Buenos Aires 
hostil. En uno de sus periplos en busca de desperdicios 
comestibles, nuestro antihéroe conoce –y casi 
inverosímilmente logra hacerse entender-  a un suizo, que 
aparentemente viene a acabar con sus desgracias, al 
ofrecerle trabajo como arrendatario en una colonia agrícola. 
Hacia allí parte esperanzado con su familia... en menos de 
tres años esas esperanzas se transforman en horror. El 
balance es a pura pérdida: las dos hijas menores muertas de 
disentería, su mujer muerta a causa del esfuerzo excesivo, 
despojado de la parcela de tierra por la eficaz conjunción 
de la langosta, el propietario y las policías bravas al 
servicio de este:

“El suizo trajo un comisario con tropas blandiendo sables. 
Dirigió el allanamiento, invadió los ranchos de los 
prófugos, incautó los cueros y la alfalfa que servían de 
lecho, las pocas ropas que encontró, las ollas y los 
cuchillos, sacó a las mujeres tironeándose las trenzas, 
pateó a los niños y a todos metió en carros, expulsándolos 
de la colonia”. 

Solo queda entonces el regreso (una nueva huída) a Buenos 
Aires, donde junto a su hija superviviente –resto del 
despojo de su familia- disputan a los perros callejeros las 
sobras de comidas de los basurales. Y entonces, pese a la 
miseria, a la mugre, padre e hija encuentran un espacio y un 
tiempo para reír juntos. El cuento termina con el 
protagonista también riendo, pero muchos años después, 
memorando desde una posición de holgura y bienestar, ese 
atribulado tiempo inicial. 

Esta es una obra de ficción con caracteres tal vez  
acentuados en demasía para resaltar lo dramático del relato. 
Sin embargo, y más allá del exceso melodramático, millares 
de inmigrantes vivieron peripecias similares, en tiempos 
absolutamente personales que escapan a la periodización 
desde lo general en etapas de prosperidad o crisis.

Los tiempos de los actores individuales suelen diferir de 
los tiempos de los actores sociales. Tal vez debamos 
preguntarnos hasta donde interactúan, hasta donde un actor 
social no es la suma de los actores individuales, y hasta 
donde el contexto general es mediado por las visiones 
particulares de estos actores individuales.

Preguntas que ameritan respuestas con más dudas que 
certezas. Veamos sino la paradoja de nuestro ficcional 
protagonista, sufriendo su atroz historia personal, en el 
mismo tiempo y lugar en que la Argentina alcanza un 
desarrollo, que medido comparativamente a nivel mundial, es 
sorprendente. Es la época de las lugonianas odas a los 
ganados y las mieses . Es el tiempo en que el divino Rubén  
con una voz cada vez más sumisa, canta que:

“¡Hay en la Tierra una Argentina! 
He aquí la región del Dorado, 
He aquí el paraíso terrestre, 
He aquí la ventura esperada, 
He aquí el vellocino de oro...”  

He aquí (remedando casi irrespetuosamente al gran 
nicaragüense) que toda esta laudatoria venturosa al país que 
lo acoge, no morigera el drama individual de nuestro 
protagonista. Está irremediablemente excluido este ser 
literario de los ditirambos que en prosa o en verso 
perpetran los vates y literatos oficiales del Centenario. 

La justicia implícita de las democracias representativas es 
muy exigente... Sus ciudadanos deber ser políticamente 
activos y, por sobre todo, independientes tanto moral como 
materialmente. 

J. Shklar 


3. “La política é porca, dottore”. El ámbito pampeano: del 
ideal igualitario farmer a las desigualdades del mercado.

Justicia y ciudadanía. Componentes inseparables de un todo. 
Siguiendo la definición de Shklar que encabeza este punto, 
veamos como se aplica la misma a nuestro protagonista. En 
principio se ve en él una doble exclusión: la racial y la 
social, que van delineando un perfil social, cultural y 
económico determinado. Trae de su Rusia o Ucrania natal, el 
estigma de la persecución antisemita. Llega al país 
absolutamente desamparado, con el recuerdo de los cuervos 
haciéndose un festín con la cabeza y las entrañas de su 
padre muerto a golpes por cosacos ebrios. Luego las pocas 
esperanzas que le quedan se desvanecerán junto con la vida 
de su mujer y sus hijas menores. Materialmente nunca ha 
tenido nada. La justicia le ha estado negada de igual manera 
que el derecho a una vida digna. 

Pero este hombre... ¿está en el aire? No es acaso 
contemporáneo a esa corriente inmigratoria judía que 
promovida por el barón Hirsh  se establece de manera 
organizada en el campo argentino.

Sí, es contemporáneo, pero no forma parte de esa corriente, 
al igual muchos judíos de carne y hueso que no encontraron 
cabida en las colonias de la J.C.A . Si como expresa Croce, 
la historia legitima el presente, y hoy la comunidad 
judeoargentina reivindica en la figura de esos pioneros de 
la élite de la colectividad (los pampistas) , es 
conveniente recordar que no todos formaron parte de esa 
élite. Entre ellos nuestro protagonista. Su experiencia es 
común a la de muchos que por múltiples motivos sufrieron la 
exclusión social o parcial. Pérdida esta que incluye entre 
otras carencias la del atributo de ciudadanía. Que se 
percibe antes individual que socialmente. Tal como lo 
expresa Shklar:

“...la ciudadanía se percibe como un atributo del individuo. 
El acento que se pone en los derechos y en el status también 
expresa el individualismo” . 

Este individualismo obra como obstáculo para la solidaridad 
y la cooperación, promoviendo rivalidad entre las víctimas. 
Estas pueden llegar a pensar su infortunio como algo 
inevitable y casi inalterable. Esta formación mental debe 
ser tenida en cuenta cuando se analiza la cuestión social. 
Nuevamente lo individual mediando lo colectivo. Así nuestro 
protagonista, piensa que si ha caído en la miseria más atroz 
al margen de los lazos comunitarios (o de clase), será 
también de manera individual que podrá mejorar su situación.

Asimismo, siguiendo la tesis de Shklar, intuye que la 
ciudadanía plena exige no solo la igualdad política y 
jurídica (que el no la tiene, en tanto inmigrante 
desamparado, inválido de toda protección), sino 
fundamentalmente la ciudadanía debe tener la dignidad del 
trabajo, de un trabajo remunerado:

“Oyó que hay trabajo en el campo, en colonias de 
inmigrantes. Eso, muy bien, allí quería ir. ¿Cómo se llama 
usted? No entendía, que alguien traduzca, lo tradujo un 
suizo. Necesito trabajar, cualquier trabajo. Lo acompañaron, 
sacó a su mujer y a sus hijas del hueco que habían cavado 
con las uñas, como perras. Eran bultos. En las colonias 
faltan brazos, sobra comida; fuerza, arriba” . 

Al campo entonces, a obtener la dignidad mediante el 
trabajo, y la posibilidad de llegar a poseer la tierra que 
trabajará. Pero ese optimismo le oculta la realidad de que 
él nunca será un farmer, sino que se encuadra en lo general 
en la definición que, en lo particular para el espacio 
santafesino, hacen M. Bonaudo y E. Sonzogni. Él también es 
parte de: 

“Todo ese conjunto de actores (que) en su contacto con el 
mercado ha sufrido, en mayor o menor medida, la 
desestructuración de sus formas de organización social y 
cultural previas. Aquel, a partir de las necesidades de la 
demanda, pretendió rearticularlos en función de su propia 
lógica. Ahora bien, el mercado al que estamos haciendo 
referencia, necesita garantizar la existencia de un ejército 
de reserva, pero en su dinámica no lo reclama  
permanentemente por cuanto la producción agraria, que es su 
motor, presenta características cíclicas o estacionales que 
generan amplios períodos de inactividad. A eso se suma el 
bloqueo, avanzados los 90, del acceso a la tierra para el 
productor con escasos recursos” . 

Llega tarde, física, cultural, étnicamente. Llega tarde 
económica y socialmente. Las exigencias del mercado han 
socavado el paradigma del productor propietario, de que se 
repita sobre el humus pampeano el tipo de sociedad que se 
viene construyendo sobre lo que los geólogos llaman la Gran 
Deriva de Wisconsin: el Medio Oeste yanki. 

Las presiones y exacciones que sufre en su etapa rural, son 
similares a los abusos que comenten empresas colonizadoras 
tales como la Beck y Herzog  (en una etapa anterior) o la 
ya citada J.C.A. , amparadas  en un represivo código rural 
y una estructura estatal que sostiene esa legislación 
punitiva.

Este posicionamiento del Estado, provoca en los menos 
beneficiados, escepticismo por la cosa pública, -“la 
política é porca, dottore”- , le dicen chacareros 
arrendatarios de Arroyo Seco, al candidato a vicegobernador 
radical, en las vísperas de la inaugural elección 
santafesina de 1912 , o como en el caso de nuestro 
protagonista, una suma de desconfianza y fatalismo:

“Los campos tenían dueño, un dueño poderoso. Había recibido 
esas planicies, de horizonte a horizonte, directamente de 
las manos de Dios...” “Los colonos tenían que cumplir con 
los pagos y otras enredadas obligaciones que les hicieron 
firmar, que yo mismo firmé al suizo que me ayudó y que era 
el representante los acalló con tres amenazas, pero cinco 
hombres decidieron arriesgarse hasta la capital de la 
provincia, una ciudad grande y complicada, donde efectuarían 
reclamaciones ante el gobierno; locuras” . 

No es casual que nuestro protagonista sea judío, y que sea 
suizo quién lo contrate para trabajar en las colonias. Toda 
historia es contemporánea en tanto el pasado obra como 
legitimador del presente. En el caso concreto de este 
relato, vemos que su autor es consecuente en la elaboración 
del texto con el contexto, esto es, construir literariamente 
protagonistas cuyas nacionalidades evocan en el imaginario 
colectivo de manera nítida, el proceso de colonización. Una 
épica donde se unen la inicial epopeya helvética, cantada 
por Pedroni: 

“La nostalgia está cantando
en un vapor argentino, 
frente a Santa Fe callada 
canta el dolor detenido. 
Severo Viñas no duerme, 
tiene espinas de fastidio 
“¡Abran de una vez las puertas 
dejen bajar a los gringos!” 

El canto baja por fin, 
demudado, contenido, 
lleva una espiga en la mano, 
le siguen mujer y niño. 

con el elegíaco conjunto de relatos con que A. Gerchunoff 
rinde homenaje al país adoptivo en su primer cumple siglo, 
acometiendo en la “Introducción” a los mismos, el bellísimo 
atrevimiento sincrético de juntar la Torah con Vicente López 
y Planes: 

“...Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, 
cautivos redimidos, arrodillémonos, y bajo sus pliegues 
enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el 
cántico de los cánticos, que comienza así: 

Oíd mortales...”  

visión eglógica que culmina con el “final feliz” del Grito 
de Alcorta, tal como quedó institucionalizado en la versión 
de la hija dilecta del movimiento de 1912, la Federación 
Agraria Argentina, entidad esta que:

“Dirigida por los sectores más acomodados de agricultores de 
la pampa gringa defenderá desde entonces sus intereses 
específicos, marginando tajantemente y con un cerrado 
criterio de clase, a los jornaleros agrícolas...” . 

En definitiva, una comprensión del proceso colonizador 
inserto en el paradigma civilizador, en un orden que permite 
un progreso constante de acuerdo a las ideas positivistas 
dominantes y casi hegemónicas, y cuyo punto inicial es la 
normativa igualitaria sancionada en la Constitución. Todo 
ello respondiendo en lo económico a un modelo concreto de 
inserción del país bajo un perfil agro exportador asociado 
subordinadamente al capital financiero de las potencias 
centrales (especialmente en el Reino Unido). 

Esta visión no tiene en cuenta una contradicción básica 
entre los postulados universalistas prescriptos desde lo 
político en la carta magna, y la libertad de mercado en lo 
económico que también postula el andamiaje normativo, 
contradicción esta que se expresa en la desigualdad y 
subordinación que tiñen las prácticas cotidianas del hecho 
social.

En la época que nuestro protagonista llega al país se ha 
acentuado la tensión entre una normativa teóricamente 
universalista integradora y un contexto real restrictivo, lo 
cual:

“...obliga al Estado, entre el fin de siglo y la primera 
guerra mundial, a replantear su rol. Estos diferentes 
actores van generando –a través de sus demandas- la 
necesidad de rediscutir el papel punitivo de este o su 
desempeño sólo como garante del orden en términos de 
legalidad. En esta etapa, se comienza a colocar en el plano 
de la discusión la importancia de reformular sus niveles de 
injerencia operando más ampliamente como regulador y árbitro 
de las relaciones sociales” .

Ese Estado opera sobre una nueva sociedad, donde la cuestión 
social toma importancia como síntoma de las nuevas demandas. 
Su modo de intervenir pasará tanto por la represión como por 
la cooptación. Así el mundo rural verá la persistencia de la 
brutalidad policial al mismo tiempo que se suavizan los 
aspectos más retrógrados de los códigos (tal el caso de la 
retención forzada de trabajadores en el espacio 
azucarero) . Esta aparente contradicción responde a la 
inserción de algunos actores y la persistencia en la 
exclusión de otros. Así, durante la segunda presidencia de 
Roca, el Ejército, brazo armado del Estado, utiliza 
procedimientos coactivos directos sobre la mano de obra 
indígena chaqueña, haciéndose cómplice de la explotación a 
que es sometida en los quebrachales; al tiempo que brinda  
apoyo logístico a un funcionario del Ministerio del 
Interior, a quién le han encargado la creación de un código 
laboral, y cuyo pensamiento está en las antípodas del de 
quienes lo alojan:

“En verdad, no se hace con el indio sino exagerar la 
explotación que se comete con el cristiano, a pesar de su 
habilidad para el trabajo de hacha...” “los indios (tienen) 
un terror pánico al ejército de línea, aquí como en todas 
partes el indio tiene un verdadero horror al látigo, el 
fusil y el sable; que lo traten bien, dice y el indio no 
será malo...” “En San Cristóbal, un oficial de alta 
graduación cree que lo único que hay que hacer es 
exterminarlos, y si queda alguno llevarlo a la Tierra del 
Fuego. ¿Y si a usted le hicieran eso, que diría? –Es que yo 
no soy indio, me contestó” . 

Esta dualidad de coacción y cooptación no será exclusiva del 
espacio rural sino que se hará particularmente evidente en 
el ámbito urbano, a donde nos trasladamos, siguiendo el 
desventurado derrotero de nuestro protagonista. 

De esos gringos andrajosos que salían como pulgas azoradas 
de los barcos. De esos puñados de mugre nostalgiosa. De 
esos. De los alucinados por la Pampa Despensa, por la Pampa 
Madre, por la Pampa Tierra. De la camaza innoble que 
rememoró aldeas remotas en los barracones del Puerto. De los 
gráficos que acumulaban líneas en un idioma que estaban 
aprendiendo. De los artesanos que amamantaron cortas y 
escasas industrias. De los bigotudos esos. De los empachados 
por fiebres solidarias. 

De esos surgió la primera huelga cuando terminaba de 
extinguirse la penúltima montonera. 

M. Bonasso  

4. El marco urbano: la zonificación de la cuestión social. 
El espacio definiendo inclusiones y desafiliaciones.

Ya está nuestro protagonista (y su hija sobreviviente) 
nuevamente en la ciudad, en peores condiciones que cuando 
esperanzado, salió de ésta: 

“En Buenos Aires buscaron trabajo cada uno por su cuenta y 
riesgo. Otra vez el hambre. Josesito reconoció calles y 
casas de años atrás, cuando su familia constaba de cinco 
personas. Dormía en bancos de plaza. Cada uno aportaba lo 
recogido en cajones de basura o en verdulerías, robado a la 
disparada. Extendían el maloliente botín y recuperaban algo 
de vida” . 

Nuestro protagonista es, en este momento antes que un 
excluido, un desafiliado, siguiendo la tesis de R. Castel, 
según la cual: 

“Hablar de desafiliación, es... retrazar un recorrido... 
Desafiliado, disociado, inválido, descalificado, ¿con 
relación a qué? Este es precisamente el problema” . 

La exclusión implica para el mismo autor, remitirse a 
situaciones caracterizadas por una localización geográfica 
precisa, por formas culturales o sub-culturales y 
determinada base étnica .

Nuestro protagonista ha cortado (o le han cortado) sus lazos 
de pertenencia a su comunidad, ha pasado de la indigencia 
integrada de su gueto natal,

“...en la cual la ausencia de recursos suscita el socorro en 
forma de protección cercana... (donde)... la dimensión 
económica no es por lo tanto el rasgo distintivo esencial, y 
la cuestión planteada no es la pobreza, aunque los rasgos de 
desestabilización pesen más sobre quienes carecen de 
reservas económicas”  de esa forma al fin de integración, a 
la vulnerabilidad y a la inexistencia social .

En ese estadio, sus peregrinajes mendicantes abarcarán 
(conjeturamos) toda la hostil geografía de esa Babel 
inaprensible. Este ser ficcional verá (si no comprenderá en 
toda su complejidad) en sus derroteros de miseria, el 
triunfo de la zonificación de la ciudad: el espacio 
definiendo y dando marco a lo social.

Es este un largo proceso que avanza con el siglo y va 
marcando la relación desde lo espacial, entre los distintos 
actores sociales en cada coyuntura, y donde el papel 
político ordenador del Estado, tendrá importancia 
fundamental.

A fines de nuestro análisis sobre esta problemática, vemos 
que el ascenso al gobierno de Juan Manuel de Rosas en 
Diciembre de 1829, resulta el corolario natural y lógico a 
la autoridad que de modo autoritariamente paternalista venía 
ejerciendo en la campaña. Los dotores urbanos estaban 
derrotados. No habían sabido conciliar sus intereses con los 
de la campaña. Su discurso estaba a contramano de un proceso 
de ruralización de las costumbres (común a gran parte de la 
América Española). Por el contrario, los terratenientes 
cuidaban de expresarse en términos populares, defendiendo 
tanto sus intereses de clan, como –al menos en el marco 
discursivo- a sus clientelas subordinadas. Es un mensaje 
claramente paternalista y demagógico. Pero efectivo.

El rosismo sacará buen rédito político de la dualidad de 
sentimientos para con el pobrerío de la campaña. Por un lado 
se crea todo un ritual participativo, dándoles (al igual que 
al pobrerío urbano) cierta relevancia en la cosa pública. 
Por otro lado, la relación de fuerza en las zonas rurales 
permanece inmutable. Recordemos a modo ilustrativo, que 
durante todo el período rosista se mantuvo en plena vigencia 
la Ley de Vagos, que tanto perjuicio causaba al paisanaje.

En el ámbito urbano, persisten modos y costumbres que en 
principio parecen mostrar una sempiterna escena doméstica y 
pueblerina, una armónica y paternal “Gran Aldea”. Pero no es 
una sociedad igualitaria. Lo que está yuxtapuesto es el 
espacio, el hábitat de convivencia. Tales proximidades daban 
lugar a promiscuidades y concupiscencias iniciáticas, tales 
los recuerdos de un testigo privilegiado (privilegiado 
social, político, económico y también privilegiado en 
talento narrativo), L. Mansilla,

“... todo concordaba con lo ya mencionado (se refiere al 
mobiliario de su casa paterna), excepto lo que a la 
servidumbre correspondía, cuyas camas eran volantes. Me 
refiero a las mujeres negras y blancas, mulatas o chinas. 
Los hombres dormían en los cuartos de afuera, lo cual no 
impedía que se cumpliera el refrán: Dios los cría y ellos se 
juntan. 

Los niños ven, oyen, y aunque callan y disimulan, no caen 
bien en cuenta al principio. Pero con el tiempo maduran las 
uvas para ellos también. En nuestra América no se respetan 
puertas cerradas. Todos, grandes y chicos, patrones y 
sirvientes empujan, abren sin anunciarse en forma alguna y 
lo que los grandes solo los perturba, a los niños les 
despierta la imaginación . 

Esa sociedad patriarcal, pre-capitalista, inmersa en 
condiciones económicas y sociales, y sobre todo, normativas 
que poco han variado desde el período colonial, se asienta 
en el antiguo damero que con sus extensiones naturales 
permite contener con cierta holgura a los 70.000 hombres que 
a la caída de Rosas, pueblan una, 

“...Buenos Aires en la que existen 106 fábricas, 743 
talleres y 2.088 comercios; en su totalidad modestísimos, y 
sujetos, por lo tanto, a una rudimentaria técnica. El número 
de personas en ellos es reducido, y embrionarios sus 
instrumentos de trabajo. Ambos limitan su capacidad 
productora a proporciones mínimas” . 

Vemos entonces una multiplicidad de unidades productivas o 
distributivas en donde la relación ínfima del número de 
integrantes permite aún modos anacrónicos de interacción 
entre patronos y trabajadores. Modos que aún pasan por el 
clientelismo y en muchos casos, por la indiferenciación de 
tareas entre unos y otros. 

Este panorama, cuasi estático y acotado, cambia a partir de 
Caseros. Los nuevos aires de inserción del país en el 
pujante capitalismo de “La Segunda Revolución Industrial”, y 
el papel agro-exportador dependiente que asume en la 
división internacional del trabajo, hacen necesario la 
puesta en marcha de un proceso modernizador.

Hitos fundamentales de este proceso, son la afluencia de 
capitales, la construcción de una red de transportes y 
comunicaciones que tornen viable y redituable la explotación 
económica primaria, la importación de brazos para sostener 
esa nueva infraestructura, y la consolidación de un estado 
que discipline y controle esos brazos . Entonces,

“Al amparo de instituciones y leyes inmanentes al desarrollo 
histórico, el régimen de producción capitalista se afirmará 
y proyectará con vasto vuelo y extraordinario empuje. Creará 
las condiciones materiales que harán a la existencia de una 
clase asalariada, que, en forma de proletariado, reemplazará 
al viejo artesanado, reminiscencia de la era 
preindustrial” . 

Reminiscencia que desaparecerá ante el doble y relacionado 
embate de la inmigración masiva  y la concentración de la 
población en centros urbanos . Así,

“...Buenos Aires  pasó de 187.100 habitantes en 1869 a 
1.575.000 en 1914... En cierta manera era obvio que un 
crecimiento casi descontrolado y escasamente planificado 
habría de provocar problemas de diversa índole. En este 
sentido, las tempranas usinas de preocupación se 
relacionaban con temas vinculados a la atención médica, el 
hacinamiento, la salubridad o la criminalidad” . 

Esas preocupaciones encuentran un punto de referencia 
ineludible: la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que 
al igual que el cólera de la década anterior, causa estragos 
favorecida por la profilaxis inadecuada de una ciudad que 
superpoblada, se hacina en el antiguo damero colonial. 

[Sigue en parte 2]



Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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