[R-P] Bagdad, Año Cero, por Naomi Klein 2 de 3

Julio Fernández Baraibar juliofernandezbaraibar en alternativagratis.com.ar
Vie Sep 10 01:49:27 MDT 2004


(parte 2 de 3)
Se tomaron, sin embargo, algunos pequeños pasos para traer a Iraq a
políticos designados por los EE.UU. Yegor Gaidar, el cerebro maestro del
remate de las privatizaciones rusas a mediados de los '90 que entregaron los
activos del país a los oligarcas reinantes, fue invitado para compartir su
sabiduría a una conferencia en Bagdad. Marek Belka, quien como ministro de
economía supervisó el mismo proceso en Polonia, fue traído también. Los
iraquíes que probaran mayores talentos en repetir las líneas
neoconservadoras fueron seleccionados para actuar como lo que USAID llama
"campeones de la política". Hombres como Ahmad al Mukhtar, que me dijo de
sus compatriotas: "Son haraganes. Los iraquíes por naturaleza son muy
dependientes.Tienen que depender de ellos mismos, es la única manera de
sobrevivir en el mundo de hoy". Aunque no tiene antecedentes económicos y su
último trabajo era leer las noticias en inglés en la televisión, al Mukhtar
fue elegido director de relaciones internacionales en el Ministerio de
Comercio y encabeza la representación de Irak en la Organización Mundial de
Comercio.
Había estado siguiendo el frente económico de la guerra durante casi un año
y decidí ir a Irak. Atendí las exhibiciones comerciales de "Reconstruyendo
Iraq", estudié las leyes impositivas y de inversiones de Bremen, me reuní
con contratistas en sus oficinas centrales en Estados Unidos, entreviste
funcionarios del gobierno en Washington que son los que hacen las políticas.
Pero mientras preparaba el viaje a Iraq en Marzo para ver de cerca este
experimento utópico de libre mercado, me iba quedando crecientemente en
claro que nada estaba yendo de acuerdo al plan. Bremen había estado
trabajando la teoría de que si uno construía una utopía corporativa las
corporaciones vendrían. Pero, ¿dónde estaban? Las multinacionales
norteamericanas eran felices de aceptar los dólares de los contribuyentes
yanquis para reconstruir los sistemas de teléfono o electricidad, pero no
estaban apostando su propio dinero en Iraq. No había, hasta ahora, ningún
McDonald's ni Wal-Mart en Bagdad e, incluso, la venta de fábricas del
estado, anunciadas tan confidencialmente nueve meses atrás, no se habían
materializado.
Algo del retraso tenía que ver con los riesgos físicos que implica hacer
negocios en Iraq. Pero también había otros riesgos más significativos.
Cuando Paul Bremen derogó la constitución baathista de Iraq y la reemplazó
con lo que The Economist saludó aprobatoriamente como "la lista de deseos de
los inversores extranjeros", había un pequeño detalle que faltaba mencionar:
todo era completamente ilegal. El APC derivaba su autoridad legal de la
resolución 1483 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas., aprobado
en mayo del 2003, el cual reconocía a los Estados Unidos y al Reino Unido
como legítimos ocupantes de Iraq. Fue esta resolución que le dio poder a
Bremen para hacer unilateralmente las leyes en Iraq. Pero la resolución
también establecía que los EE.UU. y Gran Bretaña debían "cumplimentar sus
obligaciones según la ley internacional incluyendo en particular las
Convenciones de Ginebra de 1949 y las Regulaciones de La Haya de 1907".
Ambas convenciones nacieron como un intento de recortar la desafortunada
tendencia histórica entre los poderes ocupantes de rescribir las leyes de
modo tal de poder despojar económicamente las naciones que controlaban. Con
esto en la mente, las convenciones estipularon que un ocupante debe
subordinarse a las leyes existentes en el país, a menos de estar
"absolutamente impedido" de hacerlo. También establecen que un ocupante no
es dueño de los "edificios públicos, de los patrimonios reales, bosques y
campos de agricultura" del país que está ocupando, sino que es, más bien, su
administrador y custodia, guardándolos bajo seguro hasta que la soberanía
sea restablecida. Esta era la verdadera amenaza al plan Año Cero: como
EE.UU. no es dueño de los activos de Iraq, no puede legalmente venderlos, lo
cual significa que cuando la ocupación termine, un gobierno iraquí podría
llegar al poder y decidir que quieren mantener las empresas públicas en
manos del Estado, o, como es la norma en la región del Golfo, exceptuar a
las empresas extranjera de tener el 100 por ciento de activos nacionales. Si
esto ocurriera, las inversiones hechas bajo las reglas de Bremen podrían ser
expropiadas, dejando a las empresas sin recurso por sus inversiones habían
violado la ley internacional desde el principio.
En noviembre, abogados comerciales comenzaron a aconsejar a sus clientes
corporativos no ir a Iraq todavía, que sería mejor esperar hasta después de
la transición. Las compañías de seguro estaban tan asustadas que ni una de
las grandes firmas aseguraría a los inversores por "riesgos políticos", esa
área de la ley de seguros que protege a las empresas contra gobiernos
extranjeros que se vuelvan nacionalistas o socialistas y expropien las
inversiones.
Incluso los políticos iraquíes sostenidos por EE.UU. hasta ahora tan
obediente, comenzaron a ponerse nerviosos acerca de sus propios futuros
políticos si continuaban con los planes de privatización. El ministro de
Comunicaciones Haider al-Abadi me dijo sobre su primera reunión con Bremen:
"Yo le dije, 'Mire, no tenemos el mandato para vender nada de esto. La
privatización es una gran cosa. Tenemos que esperar hasta que haya un
gobierno iraquí". El ministro de Industria Mohamad Tofiq fue aún más
directo: "No voy a hacer nada que no sea legal. Eso es todo".
Ambos al-Abadi y Tofiq me contaron sobre una reunión, nunca informada a la
prensa, que tuvo lugar a fines de Octubre del 2003. En esta reunión los 25
miembros del Consejo de Gobierno de Iraq, así como los 25 ministros
interinos decidieron unánimemente que no participarían en la privatización
de las empresas estatales de Iraq o de su infraestructura de propiedad
pública.
Pero Bremer no cedió. La ley internacional prohíbe a los ocupantes vender
activos estatales por ellos mismo, pero no dice nada acerca de los gobiernos
títeres que ellos nombran. Originalmente, Bremer había prometido entregar el
poder a un gobierno iraquí elegido por elecciones directas, pero a
principios de noviembre fue a Washington para una reunión privada con el
presidente Bush y volvió con un plan B. El 30 de junio la ocupación
finalizaría oficialmente, pero no realmente. Sería reemplazada por un
gobierno designado, elegido por Washington. Este gobierno no estaría atado
por las leyes internacionales que impiden al ocupante vender activos
estatales, pero estaría atado por una "constitución interina", un documento
que protegería las leyes de inversión y de privatización de Bremer.
El plan era riesgoso. La fecha límite del 30 de junio estaba espantosamente
cerca, y había sido elegida por una razón menor: para que el presidente Bush
pudiera anunciar el fin de la ocupación de Iraq durante la campaña
electoral. Si todo iba de acuerdo con el plan, Bremer tendría éxito en
forzar a un gobierno iraquí "soberano" a aplicar sus ilegales reformas. Pero
si algo salía mal, tendría que seguir adelante con el pase de gobierno del
30 de junio de todas maneras porque, por entonces, Karl Rove, y no Dick
Cheney o Donald Rumsfeld, estaría llamando los disparos. Y si hay que elegir
entre la ideología en Iraq y la elegibilidad de George W. Bush, todos saben
quien gana.
Al principio, el plan B parecía andar correctamente. Bremer persuadió al
Consejo de Gobierno Iraquí de acordar en todo: el nuevo cronograma, el
gobierno interino y la constitución interina. Incluso maniobró para
introducir sigilosamente en la constitución una cláusula completamente
pasada por alto, el Artículo 26. Establecía que durante la duración del
gobierno interino, "Las leyes, regulaciones, órdenes y directivas dictadas
por la APC permanecerían en vigencia" y sólo podrían ser cambiadas después
de una elección general.
Bremer había encontrado este resquicio legal. Habría una ventana -siete
meses- entre que la ocupación estuviera oficialmente derogada y que las
elecciones generales tuviese fecha de realización. Dentro de esta ventana,
las prohibiciones de las Convenciones de Ginebra y La Haya sobre
privatizaciones no tendrían más aplicación, pero las propias leyes de
Bremer, gracias al artículo 26, permanecerían. Durante esos siete meses, los
inversores extranjeros podrían venir a Iraq y firmar contratos por cuarenta
años para comprar los activos iraquíes. Si un futuro gobierno electo iraquí
decidía cambiar las reglas, los inversores podrían exigir compensación.
Pero Bremer tiene un formidable oponente: el gran Ayatolá Ali Al Sistani, el
más alto clérigo shiíta en Iraq. al Sistani trató de bloquear el plan de
Bremer en cada vuelta, llamando a elecciones inmediatas y para que la
constitución fuera escrita después de esas elecciones, no antes. Ambas
demandas, de ser aceptadas, hubieran cerrado la ventana de la privatización
de Bremer. Entonces, el 2 de marzo con los miembros shiítas del Consejo de
Gobierno rehusando firmar la constitución interina, cinco bombas explotaron
en frente de mezquitas en Karbala y Bagdad, matando cerca de 200 feligreses.
El general John Abizaid, el comandante en Jefe norteamericano en Iraq,
advirtió que el país esta en el umbral de una guerra civil. Asustado por
esta perspectiva, al Sistani retrocedió y los políticos shiítas firmaron la
constitución interina. Era una historia conocida: el shock de un ataque
violento pavimenta el camino para más terapia de shock.
Cuando llegué a Iraq una semana más tarde, el proyecto económico parecía
estar nuevamente en ruta. Todo lo que le quedaba a Bremer era obtener su
constitución interina ratificada por una resolución del Consejo de
Seguridad. Entonces los nerviosos abogados y los corredores de seguros
podrían relajarse y la liquidación de Iraq podría finalmente comenzar. La
APC, mientras tanto, había lanzado una nueva y gran ofensiva de relaciones
públicas destinada a reasegurar a los inversores que Iraq era ya un seguro y
excitante lugar para hacer negocios. La pieza central de la campaña era la
Exposición Destino Bagdad, una masiva exposición comercial para potenciales
inversores que tendría lugar a principio de abril en el Centro Internacional
de Bagdad. Era el primer evento de esta naturaleza dentro de Iraq y los
organizadores habían denominado a la feria comercial con las siglas "DBX",
como si fuera alguna suerte de carrera de bicicletas auspiciadas por
Mountain Dew. Hablando de deportes extremos, Thomas Foley viajó a Washington
a contar a un montón de ejecutivos que los riesgos en Iraq son comparables a
"los de esquiar o andar en moto, los cuales, para muchos, son riesgos
aceptables".
Pero tres horas después de mi arribo a Bagdad, encontré esos reaseguros
extremadamente difíciles de creer. No había desempacada cuando mi cuarto de
hotel se llenó de escombros y las ventanas de la recepción estallaron. Calle
abajo, el Hotel Monte Líbano había sido bombardeado, en ese momento el más
grande ataque en su tipo desde el final oficial de la guerra. Al día
siguiente, otro hotel fue bombardeado en Basra, y dos hombres de negocios
finlandeses fueron asesinados camino a una reunión en Bagdad. El brigadier
general Mark Kimmitt finalmente admitió que había un diseño en juego: "los
extremistas han comenzado a abandonar los objetivos duros.(y) ahora están
dirigiéndose a objetivos específicamente más blandos".  Al día siguiente, el
Departamento de Estado actualizó su advertencia de viaje: los ciudadanos
norteamericanos estaban "severamente alertados de viajar a Iraq". Los
riesgos físicos de hacer negocios en Iraq parecían haber entrado en una
espiral sin control. Esto, reitero, no era parte del plan original. Cuando
Bremer llegó por primera vez a Bagdad, la resistencia armada era tan escasa
que podía caminar las calles con un mínimo entorno de seguridad. Durante sus
cuatro meses en el cargo, 109 soldados norteamericano fueron muertos y 570
heridos. En los cuatro meses siguientes, cuando la terapia de shock de
Bremer había hecho efecto, el número de bajas norteamericanas casi se
duplicó, con 195 soldados muertos y 1633 heridos. Hay muchos en Iraq que
arguyen que esos eventos están conectados, que las reformas de Bremer fueron
el principal y único factor de crecimiento de la resistencia armada.
Tomen, por ejemplo, las primeras bajas de Bremer. Los soldados y
trabajadores que el echó sin pensiones ni indemnizaciones no desaparecieron
tranquilamente. Muchos de ellos fueron directamente a los "mujadines",
formando la médula de la resistencia armada. "Medio millón de personas están
ahora peor, y allí tienes el grifo que mantiene a la insurgencia activa. Es
un empleo alternativo", dice Hussain Kubba, directivo de un prominente grupo
empresario iraquí, Kubba Consulting. Algunas de las otras víctimas
económicas de Bremer también han evitado irse tranquilamente. Se dice que
muchos de los empresarios cuyas compañías fueron amenazadas por las leyes de
inversión de Bremer han decidido hacer inversiones en ellos mismos, en la
resistencia. Es parcialmente su dinero el que mantiene a luchadores con
Kalashnikovs y RPGs.
Este desarrollo presenta un desafío a la lógica básica de la terapia de
shock: los neoconservadores estaban convencidos que si ellos traían sus
reformas rápida e impiadosamente, los iraquíes quedarían atónitos como para
resistir. Pero el shock parece haber tenido el efecto contrario, en lugar de
la predicha parálisis, puso a muchos iraquíes en acción, mucha de ella
extrema. Haider al-Abadi, ministro de Comunicación de Iraq, lo puso de esta
manera: "Sabemos que hay terroristas en el país, previamente no habían
tenido éxito, estaban aislados. Ahora, porque la totalidad del país esta
descontento y una gran cantidad de gente no tiene trabajo . esos terroristas
están encontrando oídos que escuchan".
Bremer estaba ahora peleado no sólo con los iraquíes que se oponían a sus
planes sino con los comandantes militares de Estados Unidos encargados de
derrotar a la insurgencia que sus políticas estaban alimentando. Comenzaron
a expresarse algunas preguntas heréticas: ¿en lugar de echar gente, qué pasa
si el APC crea nuevos trabajos para los iraquíes? ¿Y si en lugar de vender
apresuradamente las 200 empresas estatales de Iraq, que pasaría si las
pusiéramos nuevamente a trabajar?
Desde el comienzo, la conducción de los neoconservadores no había
manifestado sino desdén por las empresas estatales. De acuerdo con su Año
Cero -regocijo apocalíptico, cuando los saqueadores bajaron a las fábricas
durante la guerra- las fuerzas norteamericanas no hicieron nada. Sabah
Asaad, director gerente de una fábrica de refrigeración fuera de Bagdad, me
dijo que mientras el saqueo se llevaba a cabo, él fue a las cercanías de una
base de la Armada de los EE.UU. y pidió ayuda. "Pedí a uno de los oficiales
que enviara dos soldados y un vehículo para ayudarme a echar a los
saqueadores. Yo estaba llorando. El oficial me dijo: 'Lo siento, no podemos
hacer nada, necesitamos una orden del presidente Bush'". En Washington,
Donald Runsfeld dijo, encogiendo los hombros: "La gente libre es libre de
equivocarse, de cometer crímenes y hacer cosas malas".
Ver los restos de la fábrica de Assad, grande como una cancha de fútbol, es
entender por que Frank Gehry tuvo una crisis artística después del 11 de
Septiembre y fue durante un corto tiempo incapaz de diseñar estructuras que
recordasen los escombros de los edificios modernos.
La fábrica saqueada e incendiada de Asaad se parecía extraordinariamente a
una versión heavy-metal del premio Guggenheim de Gehry en Bilbao, España,
con olas de acero, retorcidas por el fuego, yaciendo en montones dorados
terroríficamente hermosos. Sin embargo, no todo estaba perdido. "Los
saqueadores tenían buenas intenciones,"me dijo uno de los pintores de Asaad,
explicando que dejaron las herramientas y las maquinarias, "para que
pudiéramos trabajar de nuevo". Porque las maquinarias todavía están ahí,
muchos administradores de empresas en Iraq dicen que les costaría poco
volver a la plena producción. Necesitan generados de emergicia para
arreglárselas con los cortes de corriente diarios, y necesitan capital para
insumos y materias primas. Si esto se consigue, tendría tremendas
consecuencias para la reconstrucción de Iraq, porque significaría que muchos
de los materiales claves necesarios para la reconstrucción -cemento y acero,
ladrillos y muebles- podrían ser producidos en el país.
Pero esto no ha sucedido. Inmediatamente después del final nominal de la
guerra, el Congreso se apropió de 2.500 millones de dólares para la
reconstrucción de Iraq, seguido de un adicional de 18 mil 400 millones de
dólares en octubre. Sin embargo, a julio del 2004, las empresas estatales de
Iraq han sido puntillosamente excluidas de los contratos de reconstrucción.
En su lugar, los miles de millones han ido a empresas occidentales, con la
mayor parte de los materiales para la reconstrucción importado a altos
precios del exterior.
Con un desempleo del orden del 67 %, los productos importados y los
trabajadores extranjeros fluyendo a través de las fronteras se una vuelto
una fuente de tremendo resentimiento en Iraq y, encima, otro grifo que aviva
la insurgencia. Y los iraquíes no tienen que mirar muy lejos para recordar
esta injusticia; esta expuesta en el más ubicuo símbolo de la ocupación: el
muro antiexplosiones. Las losas de diez pies de alto de concreto reforzado
están en todas partes en Iraq, separando los protegidos -la gente en hoteles
modernos, casas lujosas, bases militares y, por supuesto, la Zona Verde- de
los desprotegidos y expuestos. Si esto no fue suficiente, todos los muros
son importados, del Kurdistan, Turquía o, incluso, más lejos, esto pese al
hecho de que Iraq fue, una vez, uno de los mayores productores de comento, y
podría serlo fácilmente de nuevo. Hay diecisiete fábricas de cemento
estatales a los largo del país, pero la mayoría está inactiva o trabajando a
la mitad de su capacidad. De acuerdo al Ministro de Industria, ninguna de
esas fábricas han recibido un solo contrato para ayudar a la reconstrucción,
aun cuando podrían producir los muros y satisfacer otras necesidades de
cemento a costos notablemente menores. La APC paga hasta $ 1.000 por cada
muro de concreto; los productores locales dicen que podrían hacerlos por $
100.El Ministro Tofiq dice que hay una simple razón por la cual los
norteamericanos se niegan a que las fábricas de cemento de Iraq se pongan
nuevamente en movimiento: entre los que toman las decisiones, "ninguno cree
en el sector público".*
[* Tofiq dijo que varias companies norteamericanas habían expresado un
fuerte interés en comprar las fabricas estatales de cemento. Esto da pie a
una amplia convicción en Iraq acerca de que hay una deliberada estrategia
para descuidr las empresas estatales, una práctica conocida como "hambrea y
luego vende".]
Este tipo de ceguera ideológica ha vuelto a los ocupantes de Iraq en
prisioneros de sus propias políticas, escondidos detrás de muros que, por su
propia existencia , alientan la ira contra la presencia de los EE.UU. y, con
ello, aumentando la necesidad de nuevos muros. En Bagdad las barreras de
cemento han recibido el popular sobrenombre de muros de Bremer.
Mientras la insurgencia crecía, se hizo inmediatamente claro que si Bremer
continuaba con sus de vender las empresas estatales, podría empeorar la
violencia. No había duda de que las privatizaciones requerirían más
despidos: el Ministro de Industria estima que alrededor de 145.000
trabajadores serían despedidos para hacer a las empresas deseables para los
inversores, con cada uno de esos trabajadores sosteniendo en promedio una
familia de cinco miembros. Para los asediados ocupantes de Iraq la pregunta
era: ¿aceptarían estas víctimas de la terapia de shock su destino o se
rebelarían?
La respuesta llegó, de un modo bastante dramático, a una de las más grandes
empresas estatales, la Compañía General de Aceites Vegetales. El complejo de
seis fábricas produce aceite de cocina, jabón de tocador, detergentes para
la ropa, crema de afeitar y shampoo. Al menos esto es lo dicho por un
recepcionista que me dio brillantes folletos y almanaques que alardeaban de
"modernos instrumentos" y " el último y más avanzado desarrollo en el campo
de la industria" Pero cuando me acerqué a la fábrica de jabón, descubrí un
grupo de trabajadores durmiendo fuera de un oscurecido edificio. Nuestro
guía corrió hacia ellos, gritando algo a una mujer con un guardapolvo blanco
de laboratorio, y súbitamente la fábrica se puso en actividad: se prendieron
luces, los motores comenzaron a funcionar y los trabajadores -todavía
parpadeando de sueño- comenzaron a llenar botellas de plástico de dos litros
con un líquido azul pálido.
Le pregunté a Nada Ahmed, la mujer con el guardapolvo blanco, por qué la
fábrica no estaba trabajando unos minutos antes. Me explicó que solo tenían
electricidad y materiales suficientes sólo para poner las máquinas en
funcionamiento un par de horas por día, pero que cuando llegaban las
visitas -posibles inversores, funcionarios ministeriales, periodistas-
tenían que ponerla en marcha.. "Por show", explicó. Detrás de nosotros una
docena de  voluminosas máquinas estaban inactivas, cubiertas por láminas de
plástico grueso y aseguradas con cinta adhesiva.
En un oscuro rincón de la planta cruzamos a un anciano curvado sobre una
bolsa llena de tapas blancas de plástico. Con una fina hoja de metal mojada
en cera, tallaba cuidadosamente los bordes de cada tapa, dejando a sus pies
una pila de virutas. "Como no tenemos la pieza adecuada para el model,
tenemos que cortarlas a mano", nos explicó disculpándose el supervisor. "No
hemos recibido repuestos de Alemania desde que comenzaron las sanciones".
Noté que aún en la línea de montaje que estaba nominalmente funcionando casi
no había mecanización: las botellas eran dispuestas bajo los pitorros de
alimentación a mano porque la cinta transportadora no corría, las tapas que
alguna vez eran puesta a máquina eran puestas a martillazos con una maza de
madera. Incluso el agua para la fábrica se tomaba de un pozo afuera,
recogida a mano y acarreada adentro.
(sigue parte 3 de 3)



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