[R-P] 17 DE OCTUBRE Una jornada muy particular - Abel Posse
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Dom Oct 17 17:38:58 MDT 2004
17 DE OCTUBRE Una jornada muy particular
Por Abel Posse
(para La Nación – Octubre 1998)
Días agobiantes de verano húmedo, malsano. Buenos
Aires jadeaba como una bestia desganada y febril.
Victoria Ocampo debió de haber abierto su balcón en
Barrio Parque para refrescar desde la mañana sus
jazmines y rosales.
Eran tiempos de afirmación democrática mundializada.
Todavía humeaban las ruinas de Dresde, de Hamburgo, de
Hiroshima. Los vencedores se repartían el mundo y
escribían la nueva cartilla moral. La Argentina,
gracias al neutralismo de Yrigoyen, de Justo, de Ruiz
Guiñazú y de los militares, emergía económicamente
triunfante. Pero se presentía que estaba terminando un
ciclo de estabilidad y de corrección monetarista y
macroeconómica, que como hoy, en 1998, dejaba un
trasfondo de graves postergaciones sociales, de
olvidos. Como lo había detallado Bunge en su famoso
libro, el 80 por ciento de la riqueza argentina se
concentraba en torno a Buenos Aires, en un irrisorio
radio de 500 kilómetros. Era la increíble Reina del
Plata con su noche incesante, su babilonia racial,
ideológica, moral, y, por el otro lado, el bostezo
infinito de las provincias olvidadas.
Braden, el toro de combate
Desde el Barrio Norte hasta Flores eran días de
fervorosa movilización contra «la amenaza
nazifascista» del coronel Perón. Una mañana después
del generoso riego de geranios, Victoria habló con sus
amigos. Se habían coordinado para enviar un telegrama
al Departamento de Estado, en el que solicitaban el
urgente envío de ese toro de combate que sería el
embajador Spruille Braden. Sólo eso nos podía salvar
de la fundación de un cuarto Reich. (Aparte de la
promotora, lo firmaron Houssay, González Iramain,
Moreau de Justo, Alejandro Ceballos, Juan Antonio
Solari, y una decena más de gente seria y
responsable.) El 19 de septiembre se había producido
la Marcha de la Constitución y de la Libertad. Tal vez
medio millón de porteños se expresó urgiendo el
inmediato paso del gobierno a la Corte Suprema. Aunque
ya había empezado en Berlín la Guerra Fría, Joaquín de
Anchorena y Antonio Santamarina sellaban un caluroso
pacto moscovita con Rodolfo Ghioldi y Ernesto Giúdice,
los líderes del estalinismo local, que habían recibido
desde el Kremlin el diagnóstico del fascismo terminal
de Perón... Durante las jornadas de protesta en la
plaza San Martín, el Comité Insurreccional comunista
organizaba con Anchorena, María Rosa Oliver y Américo
Ghioldi las idas y venidas de la conspiración
democratizadora. El centro de operaciones estaba en la
deliciosa y fenecida cervecería Adam.
Los militares, con su simpleza geométrica de entonces,
pensaron que para mantener en el poder a la revolución
del 43 y negociar con la presión nacional e
internacional era necesario cortar la cabeza de la
revolución: la del coronel Perón. No viene al caso
repetir lo que está brillantemente escrito por Félix
Luna o Ruiz Moreno. Perón fue desposeído de todos sus
cargos y demonizado por los diarios, desde The New
York Times hasta La Prensa. Nadie comprendía entonces
que era pionero de una renovación de signo social que
el mundo legitimaría después, con las
socialdemocracias y hasta con esta temblequeante
"tercera vía", laica, pragmatoide y municipal que hoy
intentan ante la implosión mercantilista. Detuvieron a
Perón, separaron a Evita a los empujones. (Ella estaba
segura de que se lo llevaban para matarlo.)
La chispa y la leña
Antes, él se había despedido en la Secretaría de
Trabajo y Previsión ante setenta mil, empleados,
sindicalistas y obreros, lanzando su bomba secreta:
esas generosas medidas que habían soñado los
socialistas en su estética parlamentaria, después de
aceptar el golpe de Uriburu-Justo y la
institucionalización del fraude "patriótico" contra la
mayoría radical. Aumento inmediato de sueldos, salario
vital móvil, vacaciones pagas, participación obrera en
las ganancias... Un fuego de revuelta y convocatoria
recorrió la Argentina desesperada. Tal vez el capitán
Russo, el coronel Mercante y un grupo de sindicalistas
de izquierda encendieron una hoguera. Fue la chispa,
pero la leña estaba reseca y había un líder...
A las seis de la mañana lo trajeron a Perón de Martín
García en una lancha que se zangoloteaba. El coronel
debe de haber visto en el capitán Mazza el perfil de
carente, porque le preguntó con su humor medio ladino:
"¿Me llevan a mi departamento de Posadas o a
fusilarme?" Quedó detenido, con un piyama celeste, en
el quinto piso del Hospital Militar. Conocemos la
crónica. El levantamiento de los puentes, los camiones
municipales, los tranvías desviados hacia la Plaza de
Mayo.
Perón llamaba continuamente a Eva para tranquilizarla.
Le dijo la verdad: que la política le daba asco y que
ya en dos ocasiones le había pedido al presidente
Farrell el retiro. Estaban perdidamente enamorados.
Pondrían una chacra en Chubut. Era cuestión de
horas... Pero ella no creía que no lo matarían.
Lloraba y esperaba en el departamento de Posadas.
Algo pasa en la calle, Bachi...
A las siete de la tarde, Perón le preguntó al coronel
Pistarini, emisario de los mandos militares: "¿Es
verdad qué hay mucha gente, che?"
Vernengo Lima, el almirante, creyó que todavía había
tiempo para "reprimir", pero ya eran casi cien mil y
seguían viniendo como si cayesen de todas las costuras
invisibles de la Argentina sumergida. Sanmartino los
llamaría "el aluvión zoológico". El calor era
agobiante. Gritaban estribillos pidiendo por Perón y
se refrescaban los pies en las fuentes circulares,
hasta entonces sólo mancilladas por las obesas palomas
municipales, por el novio zambullido en despedidas de
soltero o por el Negro Raúl vestido de almirante, que
la barra de Macoco había tirado al agua.
A las nueve de la noche era un mar nuevo, de cabezas y
torsos nada elegantes para la París del Plata. Pero
era la mayor multitud espontánea que había conocido la
historia argentina.
El coronel llegó a las seis de la tarde, preso y
descompuesto. A las siete de la tarde era el hombre
más poderoso de la Argentina y de nuestra América.
Después de la apoteosis se encontró con Eva, en el
departamento de Posadas. Se abrazaron y partieron para
refugiarse en lo de Subieza, en San Nicolás.
Para quien esto escribe, aquel día tan particular
conlleva todo el recuerdo de ese octubre caliente, con
las interminables tardes que pasaba preparándose para
el ingreso al Nacional de Buenos Aires. La abuela
estaba ya enferma. Era una tucumana orgullosa, de
pocas palabras, como si su verdadera vida quedase para
siempre hasta dos décadas atrás.
Al anochecer, aunque vivíamos a tres cuadras de
Rivadavia, se oían los estribillos de las tandas de
camiones. Mi abuela, cosa rara, abrió el balcón de la
calle. Le pregunté:
-¿Qué pasa, abuela?
-Algo raro pasa en la calle, Bachi- me dijo.
Ella murió diez días después. No pudo enterarse de mi
difícil ingreso al Nacional Central para las torturas
educativas.
Fuente:de blogia mirando al sur de Velazco Alvarado
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