[R-P] El senador Picheto sobre JA Ramos

Julio Fernández Baraibar juliofernandezbaraibar en alternativagratis.com.ar
Dom Oct 10 17:19:06 MDT 2004


Este ha sido el homenaje que le ha rendido el senador peronista, cafierista,
menemista, duhaldista, kirchnerista a Jorge Abelardo Ramos.
"¿Tú también, Bruto...?"

Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en yahoo.com.ar


Discruso del Presidente del Bloque Justicialista de Senadores Miguel Angel
Pichetto, en el homenaje a Jorge Abelardo Ramos en el Congreso de la Nación

Me congratula enormemente que el Congreso de la Nación, a través de la
Cámara de Senadores de la que formo parte, rinda este justiciero homenaje a
un pensador y un político de la talla de don Jorge Abelardo Ramos al
cumplirse una década de su muerte. Creo que al hacerlo estamos mostrando que
el pueblo, así como aquellos a quienes nos toca representarlo, tiene buena
memoria y recuerda y honra a los hombres que dedicaron su vida a sostener
sus derechos, a fortalecer su conciencia colectiva y a sintetizar sus luchas
y sus sueños.

Para las mujeres y los hombres de mi generación los libros de Jorge Abelardo
Ramos fueron una clave indispensable para repensar la historia y la
identidad de nuestra patria y los vínculos tronchados con la gran patria
latinoamericana.

En rigor, en otros rincones de nuestro continente la historia del pueblo y
de la tierra pueden hilvanarse a través de la tradición oral: los abuelos le
cuentan a los nietos narraciones que recibieron de sus propios abuelos y
estos de otros y otros. Pero eso es distinto en la Argentina. Como alguna
vez bromeó García Márquez, los peruanos vienen de los incas, los mexicanos
vienen de los aztecas y los mayas. y los argentinos vienen de los barcos. Se
trata de una exageración, claro: son muchos los argentinos que vienen de la
propia tierra; pero es cierto que la inmigración fue tan numerosa en nuestro
país que a principios de siglo Buenos Aires tenía más inmigrantes que
argentinos nativos. En esas condiciones, la tradición oral no nos encaminaba
hacia el pasado común, sino que nos llevaba a la diáspora de los orígenes.
Los cuentos del abuelo hablaban de Génova o el Friuli, de Santiago de
Compostela o de Dublín, de Cracovia o de Asturias. Varias generaciones de
argentinos tuvimos que descubrir la historia en los libros.

La generación de don Bartolomé Mitre, con él como guía, fue conciente de que
la formación de una nación con esos pasados discursos necesitaba un relato
histórico unificador, símbolos, mitos, valores que permitieran forjar una
identidad nueva a esas masas de inmigrantes y a sus hijos. Así nació lo que
más tarde se designaría como "la historia oficial", divulgada en las
escuelas, en los libros de lectura, en los manuales y reiterada en los
fastos.

Salvo algunas figuras aisladas, algunas excepciones, todas las corrientes
políticas argentinas compartían, con matices, esa visión histórica. Esa
suerte de armonía sobre el pasado se mantuvo sin fisuras evidentes hasta que
el país se vió conmovido por la crisis mundial, que puso en discusión su
lugar en la división internacional del trabajo, sacudió el orden político
argentina con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen y trastornó el optimismo
general sobre esta nación, que la mayoría -particularmente en los grandes
centros urbanos de la pampa húmeda- consideraba tierra de promisión donde
tendían a cumplirse las expectativas de ascenso de generación en generación.

Con el malestar que se despierta en la crisis del 30 comienza a revisarse el
pasado, buscando en él las claves de las dificultades del presente.

Esa búsqueda, ampliada si se quiere, se repetirá después de septiembre de
1955. Nuevas generaciones nacidas en el país, nietos y bisnietos de
inmigrantes, se vieron fuertemente empujados a entender una realidad
contemporánea que proclamaba la democracia pero proscribía a lo que parecía
ser la mayoría del pueblo argentino; que proclamaba la libertad pero
censuraba nombres y símbolos partidarios; que festejaba la civilización pero
fusilaba clandestinamente; que hasta alardeaba de intenciones sociales, pero
intervenía las organizaciones del movimiento obrero.Que no sólo mantenía
exiliado al jefe popular vituperado como "dictador", sino que ni siquiera
toleraba -por el contrario, acosaba, derrocaba y confinaba- a otro
presidente, surgido de elecciones, así fueran viciadas.

Tanta distancia entre los hechos y las palabras, tanta diferencia entre la
verdad evidente y la palabra oficial horadaron la confianza que aún restaba
en la historia oficial. Las nuevas generaciones querían sentirse nacionales
y buscaron explicaciones sobre el presente y sobre el pasado.

Es en esas circunstancias cuando la obra y la visión de Ramos, que habían
empezado a desplegarse, en rigor, dos décadas antes, paralelas al nacimiento
del movimiento peronista, se encontraron con la necesidad de reflexión y la
apasionada búsqueda de verdad e identidad argentina.

Hay que leer esa prosa de Ramos, afilada como un cuchillo, preñada de humor,
ironía y sarcasmo, rica en la narración y en el idioma y, sobre todo,
sugestiva en el relato, en las ideas y en la interpretación para comprender
por qué tuvo la influencia que tuvo. En las páginas de Revolución y
Contrarrevolución en la Argentina se podía encontrar una historia en la que
el protagonista era el pueblo, en sus distintas manifestaciones históricas
concretas, y en la que los héroes de la historia oficial eran sometidos a un
escrutinio descarnado para perder, a menudo, los blasones que hasta entonces
ostentaban. Los jefes populares -caudillos del siglo XIX y del XX- dejaban
el infierno al que habían sido condenados para convertirse en expresiones de
las luchas y los valores de esas masas. Esa visión lo atravesaba todo:
también a las instituciones militares. En ellas podían encontrarse hombres
de la Nación -Perón, por supuesto, pero también Roca- y hombres del
"Régimen".

Pero a esa mirada perturbadora como una revelación, que les permitía a los
jóvenes descendientes de la inmigración inventarse un enraizamiento en la
tierra en que habían nacido, Ramos agregaba otra, más conmocionante aún:
invitaba a recordar que antes de ser Argentina habíamos sido Provincias
Unidas del Río de la Plata. Y antes aún, una unidad mayor, con capital en
Lima: éramos parte del virreynato del Perú. En rigor, éramos ya, cuando lo
leíamos, esquirlas de algo que había estado unido y que debía reunirse otra
vez. "Somos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Y somos un país
porque no pudimos constituir una Nación. Aquí se encierra todo nuestro drama
y la clave de la revolución que vendrá". Ramos no nos hablaba sólo de lo que
había pasado. Nos proponía un destino continental, nos mostraba la antorcha
de una gran empresa histórica.

Su relato histórico y su propuesta circular de una vuelta moderna a los
orígenes, una especie de milenarismo nacional-continental, tenía además esta
virtud: tendía un puente entre las clases medias que llegaban desde plurales
tradiciones políticas y el peronismo, para el que ese lenguaje en modo
alguno sonaba ajeno. Al fin de cuentas, había sido Perón el que había dado
gas a una organización social continental, el que había propuesta con el ABC
una integración entre Argentina, Brasil y Chile que fuera el embrión de una
unión más extensa y el que pronto reclamaría una Latinoamérica unida para no
ser dominada.

Ese enorme aporte de Ramos a la articulación de tradiciones políticas
diversas para una búsqueda común alcanzaría para justificar  este homenaje
que hoy le rendimos. Sin embargo, hay más. Como justicialista le otorgo a la
lealtad la jerarquía de virtud principal. Y Abelardo Ramos es un ejemplo de
laltad a los trabajadores, al pueblo, a la soberanía popular, a los ideales
de la Nación al movimiento Nacional que el peronismo ha encarnado.
Socialista de la Izquierda Nacional durante casi toda su vida, siempre leal,
decidió irse de este mundo como peronista cuando disolvió en nuestro
movimiento su organización, el Movimiento Patriótico de Liberación, en 1994,
pocas semanas antes de su muerte.

Como decía al principio, me siento orgulloso de participar en este homenaje
del Senado de la Nación a un gran pensador, un político valiente y leal, un
gran argentino.




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