[R-P] Entrevista a Boron: «No transformar la impaciencia en un argumento teórico»
INFOR-MET
rmermet en yahoo.com.ar
Lun Jun 14 11:34:57 MDT 2004
Interesante reportaje.
Me parece que Boron logra ver los claroscuros de
Kirchner, bastante mejor que otros políticos de la
izquierda tradicional.
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«No transformar la impaciencia en un argumento
teórico»
Entrevista a Atilio Borón
Atilio Borón, sociólogo argentino y politólogo,
secretario ejecutivo de CLACSO (Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales), ha venido
acompañando numerosos encuentros de la revista América
Libre desde su fundación. Recientemente participó en
Chile del Seminario convocado por el 30 aniversario
del golpe de estado que derrocó a Salvador Allende.
Especialista en los temas latinoamericanos, lo
entrevistamos en esta oportunidad para conocer su
mirada sobre la situación argentina, la coyuntura
actual, y su ubicación en el contexto del continente.
¿Cómo analizás la actual situación argentina y sus
perspectivas?
Yo la veo con una preocupación muy grande, porque creo
que se han despertado enormes expectativas en relación
a la gestión de Néstor Kirchner, y tengo la sensación
de que esas expectativas van a ser defraudadas. Esto
va a generar seguramente una ola de descontento
popular muy grande. Aquí entramos en un terreno en el
que hay interpretaciones de diverso tipo. Hay gente
que dice que la economía en general está
reactivándose, que se está recuperando, y que eso va a
servir como paliativo para los conflictos sociales.
Que va a haber mucho dinero para «aceitar» los
antagonismos sociales. Yo discrepo con esa
interpretación. Creo que la situación económica
argentina es sumamente frágil, vulnerable, y el
gobierno no se ha decidido hasta ahora a cambiar el
rumbo. Creo que lo que sí ha cambiado -de manera muy
significativa- es la retórica gubernamental. Es un
cambio importante, que no hay que subestimar, que es
valioso. Los discursos del presidente, sus
intervenciones públicas en diversos foros, como la que
hizo en Monterrey, en la Cumbre de Presidentes sobre
el ALCA, son piezas magníficas. Pero por ejemplo esa
intervención, no tiene la menor correspondencia con
las políticas que está desarrollando el gobierno. Es
un caso muy llamativo de desfasaje entre una retórica
muy progresista, por momentos de izquierda, muy
antimperialista, muy antimonopolios, por momentos
anticapitalista, y al mismo tiempo una política
económica que sigue transitando por los senderos del
Consenso de Washington. En la medida en que esa
disyunción se mantenga y se profundice, pienso que las
bases de legitimidad que tiene este gobierno, que en
este momento son bastante sólidas, se van a ir
deteriorando rápidamente, y podemos llegar a tener un
año que en algunos momentos sea testigo de picos de
conflictividad social muy marcada.
¿Cómo es la trama en que se inscribe el equipo del
gobierno en las relaciones de poder en la Argentina?
Bueno, la trama se inscribe dentro de lo que ha sido
tradicional de la clase política argentina en los
últimos 20 o 30 años. Es gente muy vinculada a grandes
empresas. Uno de los ministros más importantes, Aníbal
Fernández, fue miembro de la legislatura porteña
entrando en las listas de (Domingo) Cavallo. El
Presidente en su gestión como gobernador, mantuvo
vínculos estrechos con las empresas monopólicas del
sector petrolero y gasífero, también con el sector de
la pesca -sin que esto entrañe necesariamente una
situación dolosa, creo que es importante marcarlo-.
Fue un gobernador que se adaptó a las realidades de la
época. No fue Kirchner un activo oponente de las
políticas de privatización, desregulación,
desmantelamiento del Estado que tuvieron lugar en los
años 90. De manera que cuando uno analiza el elenco
presidencial, ve gente que se ha dado cuenta que
Argentina está en un abismo, que tiene que salir, y
que para salir tiene que ensayar alguna otra cosa.
Pero la impresión que tengo es que no hay coherencia,
ni hay mayor determinación para pasar del plano
meramente enunciativo. El petróleo, el gas, son
algunos de los recursos que están en el centro de las
disputas actuales del capitalismo en América Latina y
el mundo.
¿Cómo ves el desarrollo de los conflictos que se están
produciendo con otros países, y el lugar de Argentina
en este mapa?
Argentina ha redefinido de una manera muy modesta su
relación con Estados Unidos. Ahora hay una tentativa
de negociar con el FMI -me refiero al Fondo como
representante del capitalismo global-, pero no se ha
avanzado mucho más. Hay una asignatura pendiente que
es decisiva, que es que en Argentina no se ha hecho
absolutamente nada hasta ahora para modificar la
estructura de distribución del ingreso. No se ha hecho
nada tampoco en otro terreno como el de la política
tributaria, que tendría que haber sido uno de los ejes
del programa de gobierno. No se ha atacado la
distribución del ingreso, de la riqueza nacional. No
se han atacado las fuentes tradicionales de
financiamiento del sector público, que siguen siendo
fundamentalmente regresivas, y descansando sobre el
impuesto a los pobres, a los consumidores, a los
trabajadores. En ese sentido, el gobierno se ha atado
las manos. Hay que tener en cuenta que en este país ha
avanzado la desindustrialización desde los años 80 y
90, comenzando con el proyecto de los militares,
continuando con el alfonsinismo, y profundizándose
dramáticamente en los años de Menem. Argentina se ha
convertido en un exportador de productos primarios,
fundamentalmente soja, petróleo, gas, pesca, con un
muy bajo grado de valorización interior. De forma tal
que Argentina, para cumplir con los compromisos, tiene
que garantizar, en el caso de la vinculación con
Chile, que las empresas que están a cargo de la
explotación petrolera, puedan redoblar la extracción
de recursos no renovables como son el gas y el
petróleo. Lo cierto es que Argentina se va a quedar,
dentro de 8 o 9 años, 10 como máximo, sin una gota de
petróleo, y esto parece no haber modificado la actitud
del gobierno. Es una negligencia peligrosísima no
tomar en cuenta esta situación. La Argentina debería
dedicarse fundamentalmente a avanzar en la exploración
de nuevas áreas petrolíferas y gasíferas, de nuevos
recursos no renovables del territorio nacional, y a
partir de ahí elaborar una política económica
internacional que sea coherente con la preservación de
esos recursos, utilizándolos en caso que sea realmente
inevitable. No hay nada de eso. Hay por el contrario
un apuro para obtener un saldo exportable muy grande,
que permita cierta laxitud frente a los compromisos de
la deuda, y que al mismo tiempo permita hacer una
política muy módica, casi imperceptible de carácter
social, mejorando un poco las jubilaciones -que es un
tema que se está hablando ahora-, o aumentando
levemente el presupuesto en algunos rubros como
ciencia e investigación. No hay un combate decidido en
relación a la pobreza. Todo esto complica mucho el
cuadro relacional de la Argentina, que ya de por sí
está complicado por el inmovilismo del gobierno
brasileño, que ha defraudado las expectativas que se
tenían en el pasado.
Para rever la política petrolera o en relación al gas
de Argentina, se tendría que poner en juego la
posibilidad de recuperar los recursos.
Hay una idea que viene alentando el presidente Chávez
hace bastante tiempo que es la de armar una empresa
latinoamericana de petróleo. Ahí Argentina podría
aportar. Yo tengo la impresión que el gobierno tiene
rápidamente que poner este tema al tope de su agenda
de prioridades, y redefinir las relaciones con Repsol.
Yo no sé si sería prudente la estatización, aunque
fuera parcial, de lo que fue algún día YPF. Porque es
evidente que REPSOL, como toda empresa capitalista,
está interesada en maximizar sus ganancias, y utilizar
las exportaciones del crudo argentino para reforzar su
presencia en el club de las grandes empresas
petroleras mundiales. Hay que tener en cuenta que
Repsol es una empresa de un país como España, que no
tiene ni una gota de petróleo en su territorio. El
único petróleo que tiene Repsol, lo tiene en
Argentina. Eso le está sirviendo para entrar en Medio
Oriente. Vamos a ver ahora qué pasa con la salida de
Aznar del gobierno español, pero esa fue la política
que adoptó Aznar: meterse en el conflicto de Medio
Oriente, sobre todo en Irak, porque la expectativa era
que así Repsol iba a recibir una migaja de ese reparto
imperialista -para llamarlo con esa vieja terminología
que sigue siendo muy descriptiva-. La estrategia de
Repsol, como grupo empresario petrolero, va a ser
potenciar su gravitación en el mercado, acelerando el
agotamiento de los recursos petroleros en un país como
Argentina. Ellos van a hacer con Argentina lo mismo
que hizo Iberia con Aerolíneas Argentinas en su
momento: desguazar la empresa, privarla de sus
recursos, después irse, y que Argentina vaya a
reclamar no sé a quién. Entonces el gobierno tiene que
adoptar una línea muy definida en esa materia.
Estos temas están tensionando también las relaciones
con Chile y Bolivia…
El gobierno de Kirchner ha tenido gestos interesantes.
Cuando fue a Bolivia, por ejemplo, se reunió con Evo
Morales. Pero el tema de este gobierno parecería ser
la falta de continuidad entre los que son sus gestos,
sus retóricas, y sus políticas concretas. No he visto
yo iniciativas muy concretas, por ejemplo, para
establecer un nuevo acuerdo con los bolivianos en
materia de gas que respete las necesidades del pueblo
boliviano y las luchas del pueblo boliviano, que han
sido muy importantes, que tumbaron un gobierno
antipopular como el de Sánchez de Losada, y que ahora
tienen como punto máximo en su agenda la defensa para
el patrimonio nacional, del gas y del petróleo de
Bolivia. El gobierno argentino debería estar al lado
de esos reclamos, hacerlos suyos, porque además son
también nuestros reclamos. En relación al gobierno de
Chile, creo que la Argentina tiene que tener mucho
cuidado, porque el gobierno chileno ha demostrado una
actitud muy economicista en sus vinculaciones con
América Latina. Me parece que habría que tratar de
establecer un acuerdo político hasta donde se pueda
con el gobierno de Lagos, y si este acuerdo no es
posible, atenerse a lo que estipulan las conveniencias
nacionales. Argentina debería redefinir su política de
abastecedora tan importante de gas para un país que no
ha demostrado con Argentina la misma solidaridad en
materia económica. Creo que el empresariado chileno
que está actuando en Argentina, ha sido sumamente
agresivo en sus políticas, despreciativo de los
compromisos que se derivan de las propias leyes
nacionales en más de un terreno. Me parece que sería
cuestión de ajustar esa relación y exigir una cierta
reciprocidad, pero no veo iniciativas en ese sentido.
Los medios de comunicación en Argentina y en América
Latina destacaron el manejo de la negociación de la
deuda externa y del ALCA hechos por el gobierno de
Kirchner, como el de una posición dura en la defensa
de los intereses del país y de América Latina.
Quisiera que me digas cómo analizás estas
negociaciones, y también cómo es hasta ahora el manejo
que los medios hacen en relación con el gobierno.
La negociación de la deuda externa, no sé si fue tan
dura como se dijo. Estamos tratando con personajes
siniestros, como la gente del Fondo, como la señora
Anne Krueger, que son delincuentes de cuello blanco,
que hacen uso de todos los mecanismos para presionar
en contra de los pueblos y de los gobiernos de la
región. Yo creo que el gobierno podría haber negociado
bastante mejor, si se hubiera decidido a hacer algo
que no hizo, y que es lamentable que no lo haya hecho,
como es someter el tema de la deuda externa a una
consulta popular. Ahí la negociación hubiera sido
mucho mejor. El resultado le hubiera dado un amplio
margen de maniobra para negarse a la política de
chantaje del gobierno norteamericano y de sus agencias
fundamentales, el Banco Mundial y el FMI. Yo diría
entonces, que fue una negociación dura, dentro de los
límites convencionales de una negociación, pero que no
hubo un replanteo radical de la cuestión de la deuda,
dejando de lado las cuestiones meramente contables,
que son las que han predominado, haciendo un
planteamiento político, filosófico, hasta teológico
-si querés, como alguna gente lo ha hecho-, moral,
social, cultural, medioambiental, y también al final
de carácter contable. Eso no se hizo. La negociación
fue entablada dentro de los paradigmas convencionales
de la discusión de la deuda. De todas formas, ha sido
mejor que la no discusión que ha hecho el gobierno del
PT en Brasil, que es un caso que nos sorprende por su
pusilanimidad. Aún así el caso argentino deja mucho
que desear.
En relación al ALCA, creo que se puede plantear la
misma reflexión. Ha habido una apertura, la
Cancillería ha procurado abrir un poco el juego, con
informaciones que han sido suministradas a las
organizaciones populares. Pero falta algo muy
importante que es una genuina vocación de hacer una
consulta popular sobre el ALCA. La que se hizo, que
hemos motorizado algunos grupos de la sociedad civil,
arrojó un resultado abrumador en contra del ALCA. Creo
que si el gobierno se decidiera a hacer lo mismo,
podría tener un resultado tal vez menos favorable,
pero generaría una enorme legitimidad a una política
de decir no al ALCA, que es una política que nos
condena a ser una colonia desindustrializada, cada vez
más empobrecida, de los Estados Unidos. Creo que hay
un excesivo cuidado, que es absolutamente irrealista.
Esto a veces se disfraza como si fuera realismo, y es
absolutamente lo contrario: creo que es un utopismo
casi quijotesco plantear que si no se plantean
discusiones, EE.UU. va a favorecer las políticas
argentinas. Basta mirar lo que pasó con Menem. Menem
fue el gobierno más servil y obsecuente que hubo en la
década de los 90. Y ante la primera crisis, los
Estados Unidos le dieron la espalda, por una razón muy
simple: que ellos no canjean su apoyo a cambio del
servilismo y la obsecuencia. No lo hacen con
Argentina, no lo hacen con los países europeos o
asiáticos. Es una potencia imperialista que tiene sus
propias políticas. El gobierno argentino, cuando trata
de bajar los decibeles de la crítica al ALCA, lo que
está haciendo torpemente es entrar en las fauces del
lobo, y ser devorado por éste. Yo creo que tendría que
encarar una negociación diferente. Pongo a favor del
gobierno argentino, el hecho de que es muy difícil
para la Argentina sola salir con un planteo
«rupturista» (entre comillas, aunque no es tan así),
que trata de diferenciarse de Estados Unidos, en
condiciones en que Brasil, que es el hermano mayor en
esta película latinoamericana, ha caído en una
obsecuencia imperdonable. Para Argentina una política
anti-ALCA se hace difícil, porque no tiene la compañía
del socio principal de esta política. De todas
maneras, como el ALCA es realmente un proyecto contra
natura, y a la larga está generando una serie de
resistencias muy fuertes, probablemente no vaya a
prosperar. Pero menos por la habilidad de la
negociación argentina, y mucho más por las
dificultades y contradicciones que el ALCA provoca en
general en todos los países e inclusive en los Estados
Unidos.
Ahora, en relación a los medios de comunicación, estos
están cumpliendo un papel que no se sale de lo
acostumbrado en algunos casos. En otros, como en el de
La Nación, hay cambios. La Nación ha asumido una
defensa muy descarada de todo lo que podemos llamar
las políticas neoliberales, y de las políticas de la
derecha económica y política. La defensa de la
dictadura militar, de los militares genocidas. Es una
involución espeluznante, de un periódico que nunca
llegó a ser un periódico de centro, era de centro
derecha, y ahora ha sufrido un proceso de
fascistización muy marcada. Los otros diarios están en
la línea de acomodarse a las relaciones de poder
existentes, son triunfalistas con el kirchnerismo.
Pero en cuanto ven que la opinión pública muda un poco
el carácter -esto se vio claramente con el caso de
Blumberg- los grandes titulares y las editoriales,
empiezan a reacomodarse. De todas maneras creo que los
grandes medios han tratado bastante bien al gobierno
de Kirchner hasta ahora, han bajado la guardia desde
el punto de vista de su capacidad de crítica, han sido
bastante condescendientes con las noticias oficiales,
pero me temo que esta situación va a cambiar. Lo mismo
podría decir en relación a algunos intelectuales que
han hecho una especie de profesión de fe kirchnerista
hace ya un tiempo, a los cuales habría que llamar un
poco a sosiego. Yo personalmente desearía que el
gobierno de Kirchner tuviera éxito, pero también me
gustaría que algunos intelectuales que alguna vez
estuvieron enrolados en las filas del pensamiento
socialista, plantearan ante la población o ante el
mismo presidente, cómo es eso de un «capitalismo serio
y racional». Yo he visto algunas notas en donde se
hace una exaltación de esa idea de un «capitalismo
serio, sin monopolios». Que me muestren cómo es ese
animal, porque en el zoológico que yo conozco no
existe. El «capitalismo serio» es un capitalismo
monopólico, y eso es lo que está pasando en la
Argentina, un país donde la concentración monopólica
ha llegado a extremos casi inusitados para los
estándares latinoamericanos. Sin embargo se da esta
clásica confusión en la cual están muchos de los
intelectuales de este país -con brillantes
excepciones- que los hace ver cosas que no existen, y
ver personajes emancipadores y liberadores, cuando tal
vez estamos ante gobiernos que tienen una modesta
intención de hacer algo diferente, pero nada más. Los
medios recogen mucho eso. Ahora, no olvidemos que los
medios han decretado un impasse. Mi impresión es que
en la medida en que la situación social se deteriore,
y que la situación del crimen y la inseguridad se
deterioren, van a dar rienda suelta a una muy fuerte
propaganda antikirchnerista.
¿Cómo analizás la situación y los desafíos de los
movimientos populares de Argentina, a partir de la
rebelión del 19 y 20 de diciembre del 2001 hasta
ahora?
Yo creo que el 19 y 20 de diciembre fue una situación
muy especial, muy mal leída por una parte de la
izquierda argentina, que creyó que era una emergencia
revolucionaria o prerrevolucionaria, cuando bastaba
con leer los textos clásicos de Lenin, de Gramsci,
para ver que no era así. Era una revuelta popular muy
importante, pero las revueltas populares no
necesariamente son anticapitalistas o
antineoliberales. La prueba está que en la Argentina,
una año después hubo elecciones, y las fórmulas
peronistas -ninguna de las cuales se caracterizaba por
su enconada crítica al neoliberalismo y mucho menos al
capitalismo-, sacaron en conjunto más del 75% de los
votos. Los políticos que habían sido condenados a irse
todos, regresaron todos. Los que no regresaron, fue
porque no se presentaron, porque no tenían ganas,
porque consideraron que ya habían hecho su negocio
medrando con la cosa pública. Yo siempre tuve una
opinión muy cautelosa sobre la vitalidad y la
consistencia de estos movimientos sociales que
encendieron la imaginación de mucha gente. Recuerdo
que a mediados del 2002, cuando las asambleas se
habían prácticamente disuelto, se seguía hablando del
asambleísmo como si fuera una fuerza social
protagónica en la vida argentina. Era una lectura
totalmente voluntarista de intelectuales, y de
dirigencias políticas y sociales, que estaban con muy
buenas razones molestas por la capitulación absoluta
de los partidos políticos -no de todos pero sí de la
gran mayoría-; y de la incapacidad de todos, incluso
de aquellos de los que estamos más cercanos, que
pueden describir el momento actual y elaborar una
buena política, pero que no se corresponden con la
realidad de las cosas. La prueba está en que el
movimiento piquetero se fragmentó en múltiples
sectores, muchos de los cuales han negociado con el
gobierno. Creo que ahí tenemos que tener mucho cuidado
de no caer en una actitud fundamentalista de acusarlos
por negociar, porque es gente que está viviendo con $
150.- al mes, algunos ni siquiera con eso. Yo no
tendría ninguna condición de elaborar un juicio ético
en contra de esa gente. Me parece que si hay
organizaciones populares que están representando a
gente en esas condiciones, tienen todo el derecho del
mundo, y ojalá que les vaya bien, de negociar con el
gobierno para que les haga algunas concesiones. Pero
entonces hay que explicarse políticamente hasta qué
punto esos movimientos pueden ser la vanguardia que
reemplace a los perimidos partidos políticos. Que los
partidos políticos están en una situación de
descomposición muy grande es más que evidente. En el
caso de la izquierda, yo hace tiempo que vengo
seña-lando el enorme hiato que hay entre una izquierda
social en la Argentina, la izquierda de la sociedad
civil, -aunque aclaro que el término «sociedad civil»
no me gusta, me parece un término muy engañoso,
mentiroso, que oculta otras cosas- pero nos referimos
a la izquierda que hay en la sociedad, y la izquierda
que tenemos en el sis-tema político. La izquierda en
el sistema político representa el 3%, mientras en la
sociedad somos el 30%. Acá hay un problema en las
organizaciones políticas de la izquierda, que no han
renovado sus discursos, que siguen siendo en grado
desigual -hay ejemplos que son notorios-
organizaciones absolutamente personalistas,
caudillescas. Si uno se pregunta por qué no se logró
la unidad en la izquierda argentina, no tenemos que ir
a grandes debates teóricos, que no los ha habido. Las
razones han sido de personalismo, el «primadonismo» de
cada uno de los dirigentes, que siente que lo más
importante es prevalecer por encima de otro. Se ven
espectáculos lamentables como las elecciones del 2003
en donde las diferentes fracciones de la izquierda se
sentían satisfechas si una había sacado el 0.5 y otra
el 0.4%, cuando ambas están condenadas absolutamente a
la esterilidad y a la irrelevancia política. Ahí me
parece que corresponde hacer una valorización de los
movimientos sociales es positiva, pero sin caer en el
error simétrico opuesto al anterior; que es que si en
un caso condenamos inexorablemente a los partidos
políticos, adoptemos una actitud de exaltación
unilateral de los movimientos sociales, porque hemos
visto que negocian, hemos visto que los vicios de la
izquierda -personalismo, caudillismo, sectarismo,
dogmatismo, intransigencia, falta de espíritu de
unidad-, se reproducen exactamente igual en esas otras
organizaciones. Creo que tiene que ver con una cultura
muy acendrada en la Argentina. Mi diagnóstico es que
esos movimientos en Argentina no han demostrado tener
gran capacidad de construir.
Creo que la gran lección que da el 19 y 20 de
diciembre, no es que los movimientos fueron capaces de
tumbar a un gobierno impopular como el de De La Rua y
Cavallo. Esa fue una reacción espontánea de la
sociedad civil, y sabemos que no hubo ninguna
organización que estuvo al frente conduciendo. Es más,
las organizaciones vinieron después, y muchas de ellas
se quedaron, pero ninguna de ellas tuvo a su cargo el
derrumbe del gobierno impopular. Sin embargo se armó
una mitología de que fueron esas organizaciones las
que produjeron la caída, cuando en realidad fue la
gente que salió espontáneamente a la calle, motivada
por razones muy distintas: el desempleo, la exclusión,
sí; también hubo sectores medios muy fuertes que le
dieron un carácter masivo a esa protesta, que tenían
mucho que reclamar al gobierno contra el corralito y
las políticas económicas. Cuando Duhalde desactivó esa
bomba de tiempo del corralito, el movimiento quedó
reducido a su expresión más plebeya y popular, y al
mismo tiempo crecientemente aislada del resto de la
sociedad. Entonces, el cuadro es muy complejo. El
gobierno está tratando de cooptar a los movimientos.
Creo que el desafío para estas organizaciones es
encontrar recursos del gobierno y no dejarse cooptar.
Pero para que eso sea posible, hace falta una tarea de
educación ideológica de las masas, que lamentablemente
los partidos de izquierda no hacen. Por lo tanto esta
gente está en una situación de inermidad frente al
poder.
¿Cuáles son a tu entender los desafíos de los
intelectuales socialistas en este contexto?
Es un desafío bastante grande. Nosotros no podemos
pretender estar al margen de todo esto, tenemos la
responsabilidad de decir las cosas tal cual las vemos.
No creer que somos dueños de la verdad. Creo que es
muy importante reconocer el aporte que podemos hacer,
desde un lugar en la trinchera que no es el mismo que
el de los otros, que pueden tener cosas muy
importantes para enseñarnos. Pero al mismo tiempo
nuestra responsabilidad es evitar lo que yo llamo el
«populismo político espistemológico». ¿Qué quiere
decir esto? Partir de una autocrítica que es muy
necesaria, pero que llevada a un extremo es
destructiva, que dice: «bueno, en realidad no sabemos
nada, nuestras teorías no sirven, el marxismo es una
teoría que sólo podía dar cuenta de las realidades
europeas en el siglo 19 y parte del 20, y por lo tanto
todo lo debemos aprender de la iniciativa y de la
sabiduría de los sectores populares». Ésa me parece
una actitud absolutamente condenable, que lejos de
favorecer a los sectores populares, hace que si ellos
avanzan por un mal camino, carezcan de interlocutores,
o de compañeros, con quien discutirlos. Además supone
una mala lectura de la sociedad burguesa, porque si
hay algo que sabemos muy bien, es que la sociedad
burguesa es opaca, no es transparente, y que el saber
popular difícilmente pueda tener condiciones de
enfrentar la opacidad del sistema capitalista. Creo
que es una responsabilidad nuestra, plantarnos
críticamente; poder ser críticos de los partidos de
izquierda y también de las organizaciones populares.
La otra gran tarea es dar la batalla ideológica en los
medios de comunicación. Sabemos que estamos a la
defensiva, que tenemos pocos recursos, pero tenemos
que hacernos presentes de alguna manera, y no dejar
que los debates se cierren por causa de nuestra
deserción. Tenemos que estar presentes y mantener una
coherencia. Acá termino con una frase del viejo
Engels, quien en un momento determinado -ya había
muerto Marx-, recomendaba a los compañeros socialistas
del partido alemán, no transformar la impaciencia en
un argumento teórico. Fijate que muchos intelectuales
de izquierda transformaron su impaciencia en
argumentos teóricos, para apoyar infantilmente
posiciones oficialistas, cuando creo que la mejor
manera de favorecer a este gobierno es señalando
implacablemente todos sus errores y todas sus
desviaciones en materia económica, fun-damentalmente,
pero al mismo tiempo diciendo que está muy bien que
hayan adoptado una política de defensa de los derechos
humanos, que está muy bien que el presidente haya
dicho en la Asamblea General de la ONU que es un hijo
de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, que está
muy bien que haya decretado la remoción de toda la
cúpula militar a los inicios de su gobierno, y que
está muy mal que haga las cosas que hace en materia
económica y social. Esa sintonía fina es una
responsabilidad nuestra, y yo no veo muchos
intelectuales embarcado por ahora en esa iniciativa.
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