[R-P] LA REVOLUCIÓN PAPAYA por Franco Munini

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Jun 13 11:00:11 MDT 2004


[Hay en la nota que sigue muchísimas referencias, voluntarias o no, a 
la Argentina.  En particular me interesa destacar la referida a la 
decepción que produjo en la clase media caraqueña ["¿Cuántos de 
nosotros?", pregunta el autor] "ver frustradas las posibilidades de 
un valiente cambio de rumbo en un Caldera que creíamos dispuesto al 
suicidio político para levantar al país". También  Duhalde, como 
Caldera, está más interesado en su supervivencia política que en 
levantar al país.  ¿Quizás porque se ha ensuciado demasiado a partir 
del menemato, y sabe que no quedaría impune si nos pusiéramos 
completamente de pie?]

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Date sent:      	Fri, 11 Jun 2004 17:29:17 -0400
Subject:        	[redial_s_bolivar] LA REVOLUCIÓN PAPAYA por Franco 
Munini (Redial)

LA REVOLUCION PAPAYA.   Ing. Franco Munini-Caracas, 11 jun. 04

 

Elegir. Ir a los centros de votación a registrar una preferencia 
política en un acto que, omitiendo el tiempo en la fila, duró unos 
cuantos segundos. Eso fue lo que le tomó a muchos venezolanos el 06 
de diciembre de 1998 cambiar el rumbo de la historia, la cadencia 
monótona que cada lustro sustituía una desilusión por otra. Aún para 
la mayoría que en ese momento votó por Hugo Chávez, esos instantes 
eran la aprobación a una propuesta nacionalista que por una parte 
lucía más sensata que el apresurado maquillaje con el que los 
despojos de los partidos tradicionales presentaron al maniquí de 
utilería que les quedaba, por otra parte seguía siendo una promesa, 
una más de tantas que habíamos apoyado en la que acostumbrábamos 
creer era nuestra más sublime participación en el juego democrático: 
el voto. Estábamos inmersos en la patética rutina de sustituir 
decepción ya no por esperanza sino por lo menos malo; a eso nos 
estábamos resignando en el pasado, solo que este chico parecía tener 
algo diferente.

Y lo tenía. Cuántos de nosotros habíamos sufrido la amargura de ver 
frustradas las posibilidades de un valiente cambio de rumbo en un 
Caldera que creíamos dispuesto al suicidio político para levantar al 
país; nos sentíamos tan abochornados por la corrupción e inmoralidad 
de Lusinchi y CAP que no queríamos nada con la política, lo cual 
demuestra el éxito de los medios como fuerza de choque del capital en 
la desarticulación de los partidos, el desmontaje de la ideología en 
su papel de coordinación de los movimientos sociales como pilares del 
estado. Quizás hubiéramos asimilado una traición más. Ciegos como 
estábamos a los clamores populares, podríamos haber asistido con 
cierto desapego a las inevitables represiones a las que el 
puntofijismo nos tenía acostumbrados. Chorros de aguardiente, drogas 
y loterías nos habrían anestesiado los sentidos. Dinero fácil de las 
privatizaciones habrían llenado las calles con lustrosos carros, 
mucho neón y vitrinas con mercancía importada habrían mantenido por 
unos años la fachada que no habíamos aún visto derrumbarse en 
Argentina. Los medios cómplices seguirían inundando nuestros hogares 
de sonrisas e ilusiones en el circo farandulero de bienestar postizo.

Pero Hugo cumplió su palabra. Nos metió de lleno en la revolución. El 
hecho radical de convocar una asamblea constituyente fue el mecanismo 
a través del cual nos enteramos que no éramos espectadores pasivos 
del escenario político. Entendimos paulatinamente el significado real 
de soberanía, de los derechos y deberes de los ciudadanos, 
comprendimos la importancia de la participación para el ejercicio de 
una democracia cada vez más directa. De repente vimos que era posible 
conjugar política y solidaridad social, estado y justicia. Se nos 
iluminó el camino del amor y el bienestar colectivo sobre el cual 
pesaba la sombra del egoísmo y la oscura nube de mal ejemplo de 
oportunismos que ensuciaron nuestra historia.

Van casi seis años desde que el proceso empezó, y a pesar de los 
intentos criminales con los que la reacción ha tratado de detenerlo, 
muchos aún no nos damos cuenta, por lo fácil que resultó el 
principio, cuantos esfuerzos y cuantas vidas se habían dedicado a 
lograr estos resultados, cuanta suerte hemos tenido en evitar el 
derramamiento de sangre que acompaña tradicionalmente estos cambios y 
cuanto trabajo y esfuerzos nos restan aún por hacer para 
cristalizarlos en paz a pesar de las amenazas internas y externas de 
llevarnos a la matanza.

Antes aún de la caída de Pérez Jiménez, y durante las cuatro décadas 
de la democracia representativa que aupaba la depredación de los 
recursos naturales por los capitales trasnacionales por intermedio de 
cómplices apátridas, una multitud de luchadores sociales inspirados 
en el ejemplo de Simón Bolívar enfrentaron la represión, el 
ostracismo y las persecuciones políticas llevando su mensaje en los 
barrios, las universidades, los campos y hasta dentro de las fuerzas 
armadas. Invisibles para un gran sector de la población gracias al 
encubridor silencio de los medios que nos presentaban el espectáculo 
de la Venezuela saudita, ellos fraguaron el movimiento que al fin 
llevaría a Hugo Chávez a la presidencia para iniciar el proceso 
revolucionario: el cambio de la estructura del estado clientelar y de 
las relaciones de producción. Sin embargo ese aparato burocrático e 
ineficiente moldeado con la constitución del '61, que es la fachada a 
través de la cual operan los grandes capitales nacionales e 
internacionales, sigue vivo y oponiéndose a los cambios que un pueblo 
en ejercicio pleno de su derecho a la salud, la educación y el 
bienestar colectivo generaría en los privilegios que cobra por 
entregar nuestros recursos y a los cuales no está dispuesto a 
renunciar. Empleados públicos de anteriores administraciones, muchos 
de ellos superfluos, muchos de ellos amañados y acostumbrados a los 
peores vicios de la corrupción y el amiguismo, vacíos de valores y al 
servicio de la oposición, torpedean las acciones de gobierno a tal 
punto que éste se ve obligado a utilizar caminos alternativos para 
resolver de manera coyuntural problemas que son de carácter 
estructural; he allí las misiones, que deberían ser manejadas desde 
las entrañas de los ministerios de educación y salud, y son en vez  
apoyadas por asignaciones directas de PDVSA y el pueblo, lo cual no 
es en sí malo, pero hace injustificable el pago de salarios a los 
funcionarios antes mencionados, más aún cuando hay tantos 
compatriotas comprometidos con el proceso desempleados.

Acostumbrados a la demagogia populista del pasado, nos encontramos 
con la realidad de un cambio, de una revolución que no es gratuita. 
Chávez no es un mago, y ha bregado duro para darnos una posibilidad 
real de emancipación popular; lo saben muy bien quienes le 
acompañaron en esa larga lucha y quienes siguen trabajando en ello 
aún fuera del gobierno.

Así que ahora a nosotros, los pichones de revolucionarios que hemos 
tenido la dicha de ver los primeros resultados del proceso y entender 
su meta de sustituir tanto al mercado como a la economía por el ser 
humano como principio, centro y fin de las acciones de gobierno, nos 
toca la labor de profundizarlo, expandirlo y defenderlo a como dé 
lugar. Es prioridad que les hagamos entender a los opositores que son 
arrastrados por los medios a odiarnos una verdad inocultable: este 
proceso no puede ser detenido. Ya no es cuestión de seguir poniendo 
la otra mejilla: tratar de revocar a Chávez puede ser el detonante de 
la guerra civil que el imperio propicia para poder tomar el control 
de nuestros recursos; lo ha hecho antes. Chávez es quien contiene el 
desbordamiento de los excluidos y la invasión internacional. Como él, 
muchos nos precedieron, perdiéndolo incluso todo, y lograron que por 
vez primera un proceso revolucionario se alcance por la vía 
electoral. Mantenerlo así y hacerlo progresar para que sirva de motor 
para la liberación de otros países hermanos, como nos obliga el 
ejemplo de Bolívar, va a requerir de mucho más esfuerzo, porque la 
reacción se opondrá con todo el poder de su capital y su armamento. 
El trabajo, la constancia, la organización, la inteligencia y sobre 
todo la convicción profunda son las armas para alcanzar la meta del 
bien común, la justicia social y el amor al prójimo. Honremos a los 
veteranos de la lucha y oigamos sus concejos: ellos sí saben que la 
revolución no es papaya.

ING. FRANCO MUNINI-PLATAFORMA UNITARIA.muninifranco en hotmail.


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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