[R-P] Agenda de Reflexion189 (incluye articulo de Methol Ferre)

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Jue Jun 10 06:25:27 MDT 2004


Coincido con el Dr Parbst. Las Agendas de Alejandro
Pandra son extraordinarias.
La de hoy, particularmente importante por el recuerdo
de Quijano, pero más aún por el artículo de Methol
Ferre.No dejen de leerlo.

Rolando
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No para dar por pensado, sino para dar en qué pensar 
Agenda de Reflexión Número 189, Año II, Buenos Aires,
jueves 10 de junio de 2004

[Investigación periodística de Carlos Luppi] 

Hoy se cumplen veinte años del fallecimiento, en su
exilio mexicano, del doctor Carlos Quijano, un
uruguayo esencial, de los más preclaros hijos de la
nacionalidad oriental. Maestro de juventudes,
precursor de la reforma universitaria, legislador,
jurista, y economista, alcanzó la cumbre con la
creación del semanario Marcha. La legendaria
publicación, que formó e influyó a varias
generaciones, se editó entre 1939 y 1974, cuando fue
clausurada, pero sus prolongaciones, a través de los
Cuadernos de Marcha, llegaron hasta el 16 de junio de
2001. Ahí escribieron los más importantes
intelectuales uruguayos y latinoamericanos del siglo
XX.

            Quijano nació en 1900 y, tras graduarse de
abogado en Montevideo con medalla de oro, obtuvo una
beca para estudiar economía en La Sorbona. Allí en
París fundó la Asociación General de Estudiantes
Latinoamericanos, de la que fue su primer secretario
general, bajo el liderazgo ideológico de José
Ingenieros y José Vasconcelos (de una generación
anterior) y junto a personalidades como Víctor Raúl
Haya de la Torre, Miguel Angel Asturias, Rómulo
Bentancourt, Carlos Pellicer y David Alfaro Siqueiros.

            Su militancia política se origina en las
filas del Partido Nacional (Blanco), del que se separó
para hacerlo en la izquierda desde 1958. En 1971 fue
uno de los fundadores del Frente Amplio. En 1975, tras
la prohibición definitiva del semanario, viajó al
exilio mexicano donde continuó la lucha y las tareas
académicas y periodísticas. "Blanco irremediable"
(como lo llamaría el gran estadista Wilson Ferreira
Aldunate), Quijano es el padre fundador en la Banda
Oriental de una izquierda nacional con vocación
latinoamericana. Le corresponden íntegramente las
palabras que él mismo acuñó sobre Leandro N. Alem:
"Alem es un ejemplo cabal de que en política las
únicas derrotas irreparables son las de los
principios. Fue vencido siempre en luchas cotidianas y
pasajeras. Pero era siempre el vencedor. Y al correr
de los años, sus fracasos efímeros se trocaron en una
resplandeciente victoria".

            En su homenaje transcribimos dos artículos
de su autoría sobre el más grande de los orientales,
José Gervasio Artigas, y a continuación, a título de
muestra de la calidad de Cuadernos de Marcha como vía
de expresión del pensamiento suramericano, una nota
del pensador uruguayo Alberto Methol Ferré [1929] de
su última edición hace tres años, a modo de despedida
de la publicación con motivo precisamente del
fallecimiento de los editores Mercedes Quijano y
Carlos Vargas, sobre la encrucijada del destino de
nuestro continente: Mercosur o Puerto Rico.

El gran traicionado [fragmentos]

[...] La leyenda negra [artiguista] puede haber
adquirido nuevas formas; la que fue ponzoñosa calumnia
puede haberse convertido en reverente homenaje, pero
una y otro responden al mismo propósito: ocultarnos a
Artigas, despojarnos de él, disimularnos su
significación, ofrecernos una imagen desfigurada del
héroe. La diatriba y la hagiografía conducirían a lo
mismo, y lo que no pudo aquélla, lo lograría ésta. Así
nos parece. Traicionado en vida, Artigas sigue
traicionado en la muerte. ¡Y qué traición!

            Bien pocos, -si los hubo-, tuvieron en la
patria vieja cabal medida de lo que Artigas fue y
representó. La traición y la defección fueron la
infatigable compañía de éste. Sombra y eco de su
soledad. No pensamos al decirlo en la traición de las
oligarquías porteñas, la de los Pueyrredón y los
Tagle; no pensamos tampoco en las astucias alevosas de
los caudillos del Protectorado ni en las de la
diplomacia lusitana, sutil y corruptora. Pensamos en
las que conoció y sufrió en su propia tierra que
revistieron las más diversas formas. Uno de los
episodios menos explorados de nuestra historia es el
de la invasión portuguesa, y aún menos explorado
todavía -hechas las debidas excepciones, Pivel en
primer término- son los años de la Cisplatina que, en
realidad, se extienden desde la ocupación de
Montevideo, del 17 hasta el 25.

            ¿Por qué ese vacío en nuestra historia? La
Cisplatina, sin embargo, es un fruto y al tiempo una
semilla. Anuda el paso de los hechos. Muestra la
continuidad de una lucha que llega a nuestros días y
ha de prolongarse en los futuros. La Cisplatina es el
reclamo, primero, y la gozosa aceptación después, de
la invasión extranjera. Las fuerzas del "orden"
estaban cansadas de la anarquía y los "anarquistas".
De la tumultuaria irrupción de las masas. El héroe
convocaba al sacrificio; el extranjero, ofrecía la
sopa en el collar. Entre la libertad -aventura y
riesgo- y la seguridad -sumisión y prebendas- la
opción de las llamadas clases dirigentes de entonces,
fue la que debía ser.

            [...] Escribir la historia con sinceridad,
nos hará bien a todos. No hay otra manera de conocer,
por nuestro pasado, nuestro destino. Y entonces las
falsas glorias caerán y las auténticas resplandecerán
mejor.
Desde que la invasión se inicia, la traición hasta
entonces soterrada, aparece. Los años que van del 16
al 20, -hasta que Artigas se encierra en el Paraguay-
son años de lucha sin pausa y de cruentas y repetidas
derrotas y también de flaquezas, defecciones y
renuencias.

            El "frente interno" como hoy le llaman,
sobre todo Montevideo, no marcha a compás con la
desesperada y audaz resistencia de las tropas, sin
armas ni cuadros, de Artigas. Mientras esos soldados
instintivos se hacen matar, el procerato ciudadano
conspira, intriga, suplica y acoge complaciente las
proposiciones de la oligarquía porteña y de la Corte
Imperial. Cualquier amo antes que los "anarquistas" de
Artigas.

            Buenos Aires está dispuesto a entregar la
provincia. El procerato montevideano a vender su alma,
para salvar bienes y tranquilidad, al diablo. Pero no
es sólo en la ciudad donde la conspiración se incuba.
También los jefes militares participan en ella.
Portugal, que ha esperado su hora, recoge, entre
bendiciones, los frutos de esta doble y además
estúpida traición.

            Y son muchos los grandes hombres de
nuestra historia, esos que hoy llenan el nomenclador
de la ciudad, los que aparecen confundidos entre las
sombras de la gran conjura.

            En 1816, ya con la invasión en marcha, se
produce la asonada del 3 de septiembre y el arresto de
don Miguel Barreiro. Al frente de ella están, entre
otros, Juan María Pérez y Lucas Obes.

            Pocos meses después, Juan J. Durán y Juan
Francisco Giró, delegados del Cabildo de Montevideo,
ofrecen en bandeja la provincia oriental al gobierno
de Pueyrredón, más que cómplice, fautor de la
invasión. [...] Artigas rechaza la entrega y contesta
a los diputados Durán y Giró, desde el Campo Volante
de Santa Ana, el 26 de diciembre de 1816: "Por
precisos que fuesen los momentos del conflicto, por
plenos que hayan sido los poderes que V. S. revestía
en su diputación, nunca debieron creerse bastantes a
sellar los intereses de tantos pueblos sin su expreso
consentimiento.

            "Yo mismo no bastaría a realizarlos sin
este requisito, ¿y V. S. con mano serena ha firmado el
acta publicada por ese gobierno en 8 del presente? Es
preciso suponer a V. S. extranjero en la historia de
nuestros sucesos, o creerlo menos interesado en
conservar lo sagrado de nuestros derechos, para
suscribirse a unos pactos que envilecen el mérito de
nuestra justicia, y cubren de ignominia la sangre de
sus defensores.

            [...] "El jefe de los orientales ha
manifestado en todos tiempos que ama demasiado su
patria para sacrificar este rico patrimonio de los
orientales al bajo precio de la necesidad. Por fortuna
la presente no es tan extrema que pueda ligarnos a un
tal compromiso. Tenga V. S. la bondad de repetirlo en
mi nombre a ese gobierno y asegurarle mi poca
satisfacción en la liberalidad de sus ideas, con la
mezquindad de sus sentimientos.

            "En consecuencia V. S. ha cesado de su
comisión, y si le place puede retirarse a Montevideo,
allí podrán efectuarse las justificaciones
competentes, y ojalá que los resultados de su comisión
condigan a los de su conocida honradez".

            En mayo del 17, los jefes y oficiales de
las fuerzas sitiadoras de Montevideo se pronuncian
contra Rivera y exigen que el mando sea conferido a
Thomas García de Zúñiga.

            Algo más tarde Bauzá, entre cuyos
oficiales se cuenta Oribe, abandona el sitio y se va
con armas y bagajes, previo acuerdo con Lecor, a
Buenos Aires.

            Después de la derrota de Tacuarembó,
cuando Artigas marcha a las provincias argentinas que
aún le son fieles, en busca de refuerzos, Rivera
desacata las órdenes de su jefe y licencia sus tropas,
deserta y se rinde a los portugueses. El propio
Eduardo Acevedo acota al comentar la lucha con
Ramírez: "Fue vencido pues Artigas, gracias a la
escuadra, a las armas y a los soldados que el gobierno
de Buenos Aires había puesto a la disposición de
Ramírez en virtud de los convenios secretos del Pilar.
Y fue vencido también, porque las divisiones
orientales que habían escapado del desastre de
Tacuarembó, en vez de cruzar el Uruguay, desacataron
sus órdenes para entrar en transacciones con Lecor. Si
esas fuerzas lo hubieran acompañado a Corrientes, es
probable que la suerte de las armas le hubiese sido
favorable y entonces las Provincias Unidas habrían
decretado la guerra al Brasil, como complemento
obligado del derrumbe de las autoridades que habían
pactado la conquista de la Banda Oriental. De aquí
seguramente la amarga reconvención que el coronel
Cáceres pone en boca de Artigas: 'que Rivera tenía la
culpa del triunfo de los portugueses'".

            Mientras los soldados de Artigas mueren en
los combates que se inician en Santa Ana y se cierran
en Tacuarembó; mientras los jefes planean
pronunciamientos o desertan, el Cabildo de Montevideo,
eximio representante de la contrarrevolución y -¿por
qué no?- de la antipatria, se avillana en zalemas y
genuflexiones ante el invasor. Lo recibe bajo palio y
aprovecha la protección de las armas portuguesas para
denostar a Artigas. [...] A poco, el Cabildo designa a
Larrañaga y a Bianqui diputados ante el rey don Juan
VI, para reclamar y concertar la incorporación.
"Solicitarán -dicen las instrucciones- con el mayor
empeño que S. M. se digne incorporar a sus dominios
del Brasil este territorio de la Banda Oriental del
Río de la Plata". Estas instrucciones, además de los
anteriores cabildantes, las firman el alcalde de
primer voto don Juan José Durán y el defensor de
menores don Juan Francisco Giró, los mismos personajes
que un año antes hablan ido a entregarle la provincia
a Pueyrredón.

            La traición iba a consumarse. En tanto
Artigas se hunde para siempre en el Paraguay,
Canelones, Maldonado y San José también se declaran
incorporados a la corona de Portugal y en 1821 se
reúne el Congreso Cisplatino. Forman parte de él los
cabildantes de antes, los desertores de antes y el 18
de julio de 1821, reténgase la fecha, después de
sesudos discursos de Bianqui, Llambí y Larrañaga, se
vota por aclamación la incorporación a Portugal. "De
este modo -acertó a decir Bianqui-, se libra a la
Provincia de la más funesta de todas las esclavitudes
que es la de la anarquía. Viviremos en orden bajo un
poder respetable; seguirá nuestro comercio sostenido
por los progresos de la pastura; los hacendados
recogerán el fruto de los trabajos emprendidos en sus
haciendas, para repararse de los pasados quebrantos y
los hombres díscolos que se preparan a utilizar, el
desorden y satisfacer sus resentimientos en la sangre
de sus compatriotas se aplicarán al trabajo o tendrán
que sufrir el rigor de las leyes; y en cualquier caso
que prepare el tiempo, o el torrente irresistible de
los sucesos, se hallará la provincia rica, despoblada
y en estado de sostener el orden que es la base de la
felicidad pública. De hecho nuestro país está en poder
de las tropas portuguesas".

            [...] Así cerró el drama. El drama de un
hombre solo y de su auténtico e inmaduro pueblo, que
va de pelea en pelea, mientras la intriga de los de
afuera, unida a la fuerza, y la traición y la flaqueza
de los de adentro lo empujan a la muerte.

            Treinta años más había de vivir Artigas,
en su largo viaje, sin quejas, al fondo de la noche.
Treinta años de una grandeza impar. La calumnia no
respetó su callada y, sin duda, angustiosa soledad.

            Después vino tardíamente la hora de la
reparación y en ella todas las voces confluyeron para
ofrecernos la imagen depurada e ideal de un jefe sin
sangre, sin huesos y sin barro, de un tutelar
patriarca colocado más allá del bien y del mal, del
error y de la injusticia. Depurada imagen, vacía de
vida. Depurada imagen que pertenece a la hagiografía.

            Y bien, hay que rescatar hoy y siempre al
auténtico Artigas, de la doble conspiración que es una
sola: la de la calumnia y la del incienso. En lo más
hondo de la tierra las dos corrientes que chocaron en
un terrible remolino durante los años de la patria
vieja, continúan su curso. El personaje tiene un
inaudito valor humano pero además es la encarnación de
la esperanza y el destino nacionales. Fue el suyo el
drama de la soledad, que soportó, como héroe alguno
fue capaz de soportar. Maestro así de vida, porque
todas nuestras desazones e infortunios son ridículos y
mezquinos frente a cuanto él, en obstinado silencio,
padeció.
Encarnó la orientalidad. Mientras aliente un oriental,
Artigas vivirá. Pero fue también y sobre todo, el
heraldo y profeta de la revolución nacional, esa que
aún espera el llamado de los tiempos para realizarse.
Por serlo, los hombres de "orden", lo acosaron, lo
traicionaron, lo calumniaron. Antes que los
"anarquistas" de Artigas, la intervención extranjera.
Antes que la revolución de esos "anarquistas" se
propagara, la entrega al enemigo secular, preparada
"inteligentemente", con gran abundancia de palabras,
por los doctores de chistera y levita, genuflexos y
cobardes, pedantes y miopes.

            Ahora como ayer, ha de volverse hacia el
Artigas auténtico -sangre, nervios, huesos, barro-
para reiniciar la marcha y lanzarse al combate, contra
los herederos del alma de aquellos que consumaron la
gran traición, esa gran traición todavía victoriosa,
que recurre a los mismos métodos, las mismas
prácticas, los mismos argumentos y los mismos apoyos
-cambian sólo las denominaciones- para derrotar otra
vez al artiguismo.

Carlos Quijano, Marcha del 19 de mayo de 1961
Reproducido en Cuadernos de Marcha en noviembre de
1985


El hombre solo

Pasarán todavía muchos años antes de que el mundo
entero, América y el Uruguay, conozcan a Artigas.
Ningún otro personaje en el país, se le compara.
Ningún otro, en todo el ámbito continental.

            El pasado es él; la respuesta que reclama
el presente, está en él; en él está el futuro.

            Sobre nuestras tierras pesa, desde hace
ciento cincuenta años, su derrota. Pero esa su
derrota, es su victoria y será nuestra victoria.

            Durante todos los días y todas las noches
de estos cientos cincuenta años, mientras sus huesos
se convertían en polvo, el sol y las estrellas, los
cielos y los suelos americanos, han visto la pompa
triunfal de quienes lo negaron, de quienes lo
traicionaron, de quienes lo escarnecieron.

            La historia del pasado siglo y medio es,
con parciales y/o transitorias rectificaciones, la
historia del antiartiguismo. Y si alguien, en contadas
épocas, volvió a empuñar algunas de sus banderas,
ninguno tuvo una visión tan armónica y completa de
nuestro quehacer y nuestro destino.
            Cuando desapareció en el silencio, América
entera, desapareció con él.

            La hora llegó de aquellos que no creían a
nuestro pueblos capaces de ser libres y reclamaban
tutores. Cambian los tiempos, la desconfianza que
lleva a la alienación continúa. Ayer, España,
Portugal, Francia, Inglaterra. Hoy Estados Unidos o el
respaldo de otros bloques.

            Independencia es ser lo que somos,
-nuestra vocación y nuestra geografía- sin atarnos a 
nadie, sin sujetarnos a los intereses de nadie.
            La hora llegó de los que asimismo negaban
la posibilidad de organizarnos republicana y
democráticamente. De quienes, lógicos a la tutela
externa, querían agregar, para combatir a los
"anarquistas", la interna tutela de los doctores o de
los déspotas iluminados, fideicomisarios del amo
extraño. Los dictadores de hoy son los herederos de
los monárquicos de ayer.

            La hora llegó de los que balcanizaron a
nuestros pueblos. De los que nos dividieron, por
imposición de los de afuera y para satisfacer sus
ambiciones de mando. Estos ciento cincuenta años de
nuestra América, son ciento cincuenta años de
despedazamiento y fragmentación.

            La hora llegó de las oligarquías rurales y
ciudadanas que crearon las ciudades monstruosas y
vanas, despojaron de las tierras a quienes necesitaban
trabajarlas, entregaron las riquezas al extranjero.

            Artigas es la independencia total y la
república democrática; la nación en la confederación;
la producción frente al intermediario; los frutos de
la tierra para los que sobre ella penan.

            Por eso sus enemigos fueron todos: los
débiles y los déspotas; los escépticos y los
burócratas; los intermediarios y los terratenientes;
los hombres de poca fe y los hombres de orden; los
extranjerizantes, vendida el alma al poderoso ajeno y
también los "patriotas" de campanario atados al
minúsculo solar circuido por el horizonte visible.

            Y está el hombre. El resplandeciente e
impar valor humano. El héroe que no contó con el favor
de los dioses. El combatiente de carne y hueso en un
perdido rincón del mundo, en un perdido rincón de
América, que debió librar una larga batalla, sin
pausa, solo, contra los de fuera y contra los propios.
El héroe limpio de oropel y sin eco, cuyo único
refugio era la fe de los más humildes y más
desamparados, y también su misma fe, nunca
quebrantada, en esos desamparados y humildes.

            ¿Qué otro personaje a lo largo y a lo
ancho de todo el continente sostuvo combate semejante?
¿Qué otro personaje a lo largo y a lo ancho de la
memoria de los hombres, mantiene silencio tan digno,
soporta sufrimiento tan constante y prolongado cuando,
dicho su mensaje y cumplida su jornada, queda solo, ya
definitivamente solo, en diálogo con Dios y a la
espera de la muerte?

            Bienvenida ella si es súbita y más si se
cumple en la euforia de la pelea. Desgraciado de aquel
que padece lento agonizar y mayor su gloria si no cede
a los golpes de las horas, y a las acechanzas del
abandono y a la física decrepitud.

            Otros hubieran querido explicarse y
justificarse. El, en su recóndito ostracismo, no. Ni
se explicó ni se justificó. Después de haber librado
batalla, calló. Ese, su augusto silencio, no tiene
paralelo ni ejemplo. Una crucifixión que duró treinta
años. Cristo a la jineta, él sí. Nuestro Cristo a la
jineta, que, en su inmenso desamparo, luego de
mostrarnos cómo se combate, nos enseñó cómo se espera.
Allí sobre la cruz, pudo preguntarse si su afán había
sido necesario y fecundo. Allí, sobre la cruz pudo, en
un humano momento de flaqueza, también impetrar:

            "Señor, Señor, ¿por qué me has
abandonado?".

            Pero ya despojado de todo orgullo, ya
liberado de toda vanidad, si es que algún día la tuvo,
él, Cristo inmortal a la jineta, desvalido y
miserable, enmudeció y se inclinó.

            Tanto o más que su brioso batallar, es su
transido silencio el que ahora nos golpea, el que nos
golpeará siempre mientras los orientales y aún los
americanos, no seamos lo que él quiso que fuéramos.

            Sí, él, Cristo a la jineta, nuestro Cristo
a la jineta, para redención de nuestros pecados y
salvación de nuestra alma y nuestra tierra. Sí, él,
nuestro Cristo a la jineta, para ayudarnos a vivir y
para ayudarnos a morir.
El mensaje del combatiente podrá -deberá- cumplirse un
día y quedar vacío de virtualidad creadora. La
enseñanza del hombre nunca se agotará.

Carlos Quijano, Marcha del 20 de junio de 1964.
Reproducido en Cuadernos de Marcha en noviembre de
1985


"Se trata de un breve mural de despedida, para que los
árboles no tapen demasiado al bosque, sin lo cual no
hay orientación"

Nuestras tres ebulliciones totalizadoras

Mercosur o muerte, por Alberto Methol Ferré

América Latina tuvo tres grandes ebulliciones
"totalizantes" que la configuraron y la están
configurando.
Digo "totalizantes" porque en sus inmensos espacios,
en este medio milenio último, de golpe, casi
sorpresivamente, toda ella entró en ebullición sólo
tres veces. ¿Podríamos contar las ebulliciones
generales de Europa? Muchas más. Pero espacialmente
era mucho más pequeña y concentrada.
            Ahora estamos en plena "tercera
ebullición" general latinoamericana.

            Nuestras dos ebulliciones generales
anteriores duraron pocas décadas. Luego les siguió una
larga calma, durante la cual esa ebullición se fue
como disgregando, digiriendo, agotándose y recreándose
lentamente como para la nueva sucesiva ebullición
general, mucho tiempo después. Ahora, nuestra "tercera
ebullición" tiene caracteres muy distintos que las
anteriores. Acerquémonos un poco.

Primera ebullición general: El nacimiento de América
Latina

Tras una etapa preparatoria en las Antillas y en
América Central, de 1520 a 1560 aproximadamente, es la
conquista y colonización de lo que comenzará a ser un
pueblo nuevo, mestizo, en la historia: América Latina.
Todas sus partes entran en relación, en conflagración,
luego de milenios de dispersión, de comunicaciones
fragmentarias. En pocas décadas se funda la red de
villas y ciudades esencial de América Latina, que
incluye casi todas las que serán sus capitales.

            Antes de este ciclo (1520-1560) sólo se
habían configurado dos imperios, el Azteca y el Inca,
que al estar hechos "a pie" quedaron muy lejos de
agitar el conjunto de lo que sería luego América
Latina. Se ignoraron. Los dos imperios -como
movimiento de concentración- duraron apenas un siglo,
y fueron arrancados de cuajo por la vorágine
totalizante de la conquista y la colonización, que
tuvieron una velocidad inédita, combinada, del barco 
oceánico y los caballos.

            Esa ebullición general, la primera
"latinoamericana" fue a la vez el primer fruto del
comienzo de la globalización, encabezada desde Europa
por Castilla y Portugal, en los buenos tiempos de la
"Alianza Peninsular".

            Luego le seguirán, a partir de sus tres
núcleos, México (con América Central y las Antillas),
Perú y Brasil (las partes castellana y portuguesa de
América del Sur), casi 250 años de estabilización
dispersa, comunicándose más que entre sí, con los
centros metropolitanos. América Latina (ibérica o
hispánica en su sentido original) fue como
dividiéndose por paulatina complejización y madurando
un nuevo y vasto "círculo histórico-cultural" que hoy
somos nosotros, desde nuestras raíces. Mestizaje hijo
de la Cristiandad latina en su último gran despliegue
barroco, y primero nuestro. Es la primera ebullición
fundadora de América Latina. Todo se junta con todo, y
luego va particularizándose.

Segunda ebullición general: La Independencia de
América Latina

Siempre hay signos preparatorios. Pero la ebullición
estalla desde 1808 y se prolonga hasta 1830. La
dilatada América española entra toda ella en
efervescencia, se vuelve a interpenetrar con
intensidad inusitada en todos sus fragmentos, y
Bolívar busca culminarla con un gran Congreso, que
fracasa. En la medida en que se independiza América
Latina va separándose en múltiples "estados -ciudad"
que encabezan espacios insólitos para cualquier
europeo. Estados-ciudad como de una Grecia primitiva
gigante. Estados parroquiales, diría Toynbee. Ni
siquiera una "Nación de Repúblicas" confederadas, como
quiso Bolívar. Sólo Brasil, entonces mucho más pequeño
y menos dilatado que la América española, mantuvo la
unidad ¿quién podría controlar la Amazonia entonces,
que descoyuntura toda América del Sur? El espectáculo
final de la segunda efervescencia hizo exclamar a
Bolívar: "¡Hemos perdido todo, menos la
independencia!". Es decir, hemos perdido las
condiciones de la independencia.

            América Latina fue formada por barcos y
jinetes. Entreveros. Lo que volvió desmesurada a
América Latina para los latinoamericanos, que no
pudieron controlar sus espacios. Nuestros marinos no
eran criollos, sino irlandeses, ingleses y
norteamericanos. Los barcos eran ingleses. Y nos
volvimos periferia de la Revolución Industrial inglesa
del siglo XIX. Cada estado parroquial perdió contacto
con su vecindad, salvo en los casos de dos o tres
conflictos vecinales graves, pero localizados. Cada
país se fue volviendo un "en sí" (hoy de 170 a 180
años): su afirmación era la exclusión del vecino y el
éxtasis con los centros metropolitanos transoceánicos.
Primero ingleses y franceses, luego norteamericanos.

Tercera ebullición general: desde el Mercosur

Desde comienzos del siglo XX los medios de
comunicación latinoamericanos empiezan su paulatino
acrecentamiento e intensificación. Por mar, tierra y
aire. Aunque todavía en la Cumbre de Brasilia del
2000, donde los países de América del Sur (Comunidad
Andina y Mercosur) proyectan su unión, se hace énfasis
en la necesidad urgente de ampliar las conexiones
mutuas de "infraestructuras". Es que estamos en plena
ebullición general, que nos exige multiplicar las
intercomunicaciones de personas, bienes y servicios.
La globalización avanza, pero la cercanía vecinal y
latinoamericana también. Está naciendo definitivamente
la "política sudamericana" (que sólo hubo en fugaz
momento de la Independencia). La política
sudamericana, novedad de nuestros días, vino para
quedarse definitivamente, nos guste o no. A nosotros o
a las grandes potencias. Es ya irreversible. Esta es
la diferencia con las dos ebulliciones generales
anteriores.

            La tercera ebullición general ha venido
para quedarse y volverse -en relativamente poco tiempo
más a escala histórica- normalidad. Desde la década
del '90 en adelante, la ebullición general ya es y
será normalidad. No hay más regreso a los "en sí"
imaginarios de las patrias chicas. La conjugación
latinoamericana de América del Sur ya es irreversible,
es destino. ¿Cómo contribuiremos a acuñar ese destino?
¿Cuál será su signo?

            Una ojeada a sus preparaciones y eclosión.
Es en el siglo XX. Este se abre con la ebullición
general de los intelectuales, su
"latinoamericanización". La generación del 900 con
Rodó, Ugarte, García Calderón, Blanco Fombona,
etcétera. Repone en el horizonte a la "Patria Grande",
retoma la herencia de Bolívar, San Martín, Artigas.
Luego serán los estudiantes universitarios. Luego los
imperativos industrializadores -camino hacia adentro-
de los nacionalpopulismos. Estos, todavía por
separado, se sintetizan en tres consignas:
democratización, industrialización (ciencia y
tecnología), e integración. La primera no es sin la
segunda; la segunda no será plena, eficaz, sin la
tercera. En la tercera, es la vencida. En eso estamos.

            Por eso, Carlos Quijano decía entonces que
al latinoamericanismo no se llega por el
"latinoamericanismo abstracto", sino a través de las
"regionalizaciones" concretas. Y vino la primera
oleada regionalista en los años 60, simbolizada en
Prebisch y Felipe Herrera, en el Mercado Común
Centroamericano, la ALALC (que incluía desmedidamente
a México, Brasil y Argentina), el Mercado Común del
67, el Pacto Andino del 69. Luego el reflujo.

            Desde el 85 la segunda oleada se levanta
desde el ensamble de Brasil y Argentina. América
Latina hacía así su cortocircuito fundamental: la
alianza de Argentina y Brasil. Ya la habían intentado
Perón, Vargas e Ibañez (1951-1954). Ese es el camino
principal y decisivo para América del Sur: "el núcleo
básico de aglutinación", al decir de Perón. Es como la
alianza de Francia y Alemania para Europa. Ese es el
cortocircuito que pone todo en ebullición. Por eso el
Mercosur es lo decisivo de la combustión y unión de
los pueblos de América del Sur. El Mercosur no es una
"regionalización" entre otras, es la "regionalización
fundante" de América del Sur, y por tanto invencible,
aunque por eso mismo amenazado siempre de muerte.

            Nadie más podrá apagar esta ebullición.
Todo otro camino, que no sostenga o se enlace con esta
avenida principal, es enemigo de nuestros pueblos. Son
tiros al aire, apuestas erráticas, antinacionales.
Esto lo iremos aprendiendo rápidamente todos, unos y
otros.

            Hoy América Latina tiende a separar sus
dos regiones básicas. México, América Central y las
Antillas caminan en o hacia el Nafta-Alca. Es
seguramente irreversible, salvo depresión mundial. En
tanto que la gran isla de América del Sur, lo más
importante de América Latina, su escenario
fundamental, se vuelve inexorablemente el centro de
ebullición de sí misma.

            El Mercosur es su avenida principal. Es la
gran batalla de estos años, a todos los niveles.
Anuncian y quieren muchos su muerte y desaparición. Y
les renace al otro día, porque se asienta en lo
principal de América del Sur.

            ¿Cuál es su opuesto? ¿Cuál es la verdad de
las otras propuestas que lo excluyen y pretenden ser
alternativas (no complementos)? Su opuesto, su
contrario tiene un nombre ejemplar: el destino de
Puerto Rico.
¿Cuál es el destino de las "patrias chicas" solas? O
múltiples y pequeños Puerto Rico, o un gigantesco
Puerto Rico latinoamericano, utopía histórica
imposible. No otro es el contenido del fantasma del
ALCA. Y si ésta llegara a ser, sería multiplicador, a
pesar suyo, de la ebullición latinoamericana. Sería la
vía más larga y compleja. Impredecible. Podría hasta
"portorriquizar" a los mismos norteamericanos, por más
murallas eléctricas que levantaran. ¡La historia y sus
ebulliciones no se manejan fácilmente!

            Las "patrias chicas" se salvan en la
Patria Grande latinoamericana de la Unión
Sudamericana, por la difícil y necesaria avenida
principal del Mercosur. Por fe cristiana y convicción,
sabemos que la Vida puede más que la Muerte. Es la
gran apuesta, lo que vale la pena.

            Así me quiero despedir, sin despedirme, de
Mercedes y Carlos, de Cuadernos de Marcha.

Alberto Methol Ferré

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