[R-P] Acto en Córdoba en Homenaje a Alfredo Terzaga a 30 años de su deceso
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Lun Jul 26 18:57:48 MDT 2004
Un merecido homenaje a un gran argentino y a un
precursor de la Izquierda Nacional.
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Organizado por el IDELAT Instituto de Estudios
Latinoamericanos Alfredo Terzaga y el IDEAR Instituto
de Desarrollo Estratégico de Argentina, con motivo de
cumplirse treinta años del fallecimiento de Alfredo
Terzaga, invitan al acto donde disertarán:
Eduardo Luis Duhalde, Secretario de DDHH de la Nación
Dr.Jorge Torres Roggero
Lic. Alfredo Terzaga (h)
Jorge Eneas Spilimbergo
Lic.Enrique Lacolla
Dr.Roberto A. Ferrero
Se llevará a cabo en el Auditorium de Radio Nacional
sito en Av Gral Paz esq. Santa Rosa, el 28 de Julio a
las 19:00 hs.
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Alfredo Terzaga
PENSADOR DE UNA NACIÓN INCONCLUSA".
por Enrique Lacolla
A 30 años de la
prematura desaparición de Alfredo Terzaga, es
imperativo rendir un homenaje a este cordobés
y argentino excepcional, una de las figuras
intelectuales más ricas que dio la cultura nacional en
el siglo pasado. Su persona es ignorada por el grueso
de sus compatriotas, aunque ciertamente tuvo un
profundo efecto sobre quienes lo conocieron y en la
corriente del pensamiento nacional que lo contó en sus
filas.
En esta injusticia cabe
reconocer la confluencia de dos factores. De un lado,
la distorsión cultural de un país en el cual los focos
de la fama se concentran casi exclusivamente en Buenos
Aires; de otro, la conspiración de silencio
que sofoca, en todo el país, a las corrientes
intelectuales que se apartan de la ortodoxia de la
historia oficial o de un progresismo al
uso no menos ortodoxo y en el fondo igualmente
conformista.
Alfredo Terzaga tenía
una amplitud de miras y una ductilidad intelectual que
en cierta medida evocaban al uomo rinascimentale, al
hombre del Renacimiento, capaz de dominar o de
sentirse cómodo en una variedad de disciplinas.
Pensador, poeta, artista plástico, docente, crítico,
periodista, historiador y siempre escritor eximio, era
todo lo contrario del erudito de gabinete o del
intelectual predispuesto a la interpretación mecánica
de la realidad.
Esto se echa
terriblemente de menos en la Argentina de hoy, donde,
junto a una inundación de bagatelas y frivolidad, hay
una irrupción de seudo intelectuales propensos a la
aplicación de patrones maniqueos y asimismo
superficiales sobre la realidad, cuya inadecuación
para percibir la enorme variedad de matices que dan
vida a esta, resulta en incapacidad para
interpretarla. Es decir, para aferrarla en su compleja
manera de articularse, para actuar en consecuencia.
Esa preciosa cualidad
para observar las cosas en su combinación dialéctica
no faltaba, en cambio, a Terzaga. Es más, era
connatural a su persona. Lo cual quizá en parte
redundó en la dispersión de su producción creadora.
Cosa que de hecho hubiera sido una adición más a su
obra, si hubiese dispuesto de más tiempo que el lapso
-desdichadamente acotado- que la vida le había
concedido.
A quienes lo conocimos
de cerca, la amplitud del espectro de sus inquietudes
nos resultaba enormemente enriquecedora y atractiva. A
veces se traslucía en ella, sin embargo, cierta
angustia, cierta vibración de urgencia: Terzaga
parecía percibir el escaso tiempo de que disponía y
que se agravaba por la falta de desembocaduras para
verter de lleno su impulso creador y su pensamiento
crítico en ebullición.
La Argentina profunda.
Alfredo Terzaga nació en Río Cuarto, en 1920. Su
bisabuelo había sido comandante del departamento
Tercero Abajo en las épocas bravías de la
Confederación; su abuelo fue un destacado político
adepto al mitrismo y en una ocasión intendente de Río
Cuarto, y su padre se caracterizó por un espíritu
atormentado y sensible, cuyas condiciones literarias
fueron apreciadas por Manuel Gálvez, quien lo evocó
cálidamente en sus Memorias.
Huérfano a temprana
edad, a fines de la década del '30 Alfredo Terzaga se
trasladó a la capital de la provincia, donde su
vocación de autodidacta -forzada por una polémica
pública con el presbítero Pérez Arce, que le valió su
expulsión del Colegio Nacional de Río Cuarto- se
articularía por los diversos pero siempre confluentes
caminos de las ciencias humanas, del arte y del
interés por la política y la historia.
Su descubrimiento del
marxismo y el período sensacional por el que estaba
pasando el mundo, a cuyas secuelas el país no se
sustrajo, lo ayudaron a afirmarse en la percepción
compleja de la realidad.
Un talento polifacético.
Mientras trabajaba en el
Ministerio de Hacienda de la Provincia, allá por los
años '40, Alfredo Terzaga comenzó a publicar. Primero
fueron notas de crítica artística y literaria
significadas por una precisa percepción de la cualidad
estética y del entramado que existe entre esta y una
determinada circunstancia social e histórica. Desde la
poesía de Rainer María Rilke a la pintura de Diego
Rivera, la percepción crítica de Terzaga
se ejercía con una soltura intelectual tan escrupulosa
como atenta. Por otra parte, no era un crítico ajeno
al oficio que examinaba: como ha señalado Roberto
Ferrero, Terzaga desarrollaba "una praxis oculta" de
la poesía, la pintura y el grabado.
Cuando el movimiento
nacional liderado por el primer peronismo irrumpió en
la sociedad argentina, Alfredo Terzaga se contó entre
quienes adhirieron a aquel desde una posición
excéntrica al partido en el poder. Por esos días hubo
una pléyade de talentos que, provenientes de un
manantial que podía ser genéricamente denominado como
de izquierda, supieron distinguir una ruta propia en
un país dividido entre un bando popular proteico, en
ocasiones incluso ideológicamente reaccionaria; y un
bando antipopular, asimismo abigarrado y compuesto por
maridajes a veces antinatura, como el que resultaba de
la colusión del conservadurismo oligárquico con la
progresía de clase media y el esnobismo bien pensante.
Juan José Hernández
Arregui, Enrique Rivera, Arturo Puiggrós y Jorge
Abelardo Ramos confluyeron, entre otros, en la primera
corriente, junto a pensadores nacionales de extracción
radical, como los animadores de Forja, Raúl Scalabrini
Ortiz y Arturo Jauretche.
Alfredo Terzaga encontró
un puesto natural en ese ejército y pronto la
atracción por la política y la historia se le hicieron
absorbentes, aunque su interés por el arte y la
literatura siguieron vigentes en él, estimulados por
su desempeño como profesor de Historia del Arte en la
Escuela Provincial de Bellas Artes José Figueroa
Alcorta, cuya titularidad ejerció hasta su muerte.
Provisto de una
formidable capacidad de trabajo, su currículum incluye
la fundación de la revista Crisis, en la que se
repartió entre la dirección y la crítica literaria y
plástica; las colaboraciones periodísticas en el
diario Orientación, cuya dirección pasó a ejercer a
fines de 1954 y de la que fue desalojado en ocasión
del golpe militar de setiembre de 1955; la jefatura
del departamento de Prensa y Difusión del Banco de la
Provincia de Córdoba, de la que fue también expulsado
en aquella oportunidad, pero a la que volvería años
más tarde; la creación de la colección de poesía La
Campana de Fuego, que dirigió para la Editorial
Assandri y donde hizo aparecer sus brillantes
traducciones y ensayos sobre Novalis, Hölderlin y
Rilke, y su traducción completa de las Iluminaciones,
de Rimbaud.
Esta labor llegaría a
ser conocida y apreciada por la crítica europea,
francesa en particular.
Párrafo aparte merece su
Geografía de Córdoba, un texto inapreciable, todavía
muy demandado, sobre la geografía física y humana de
la provincia, completado con un compendio de su
historia política asimismo invalorable.
La historia de Roca.
La presión de los
tiempos y el compromiso con la realidad del país, así
como la decantación de su propio carácter, empujaron
finalmente a Terzaga a emprender la que debía ser su
opus magna, la Historia de Roca, una biografía del
militar y político tucumano de decisiva influencia en
la organización nacional y figura difícil de reducir a
parámetros maniqueos, cuya complejidad puede servir de
clave para comenzar a discernir la difícil
articulación de la nación argentina tanto en lo
referido a su configuración política como a la
psicología de sus grupos de poder.
Alfredo Terzaga estaba
mejor provisto que nadie para llevar a cabo esa tarea.
Y en un tour de force notable, mientras seguía
desempeñando sus labores burocráticas y docentes, y
redactaba asimismo numerosos artículos radiofónicos y
para la revista Todo es Historia, en un par de años
escribió los dos primeros tomos de una obra que debía
quedar inconclusa, pues un ataque cerebral masivo lo
derribó a principios de julio en 1974, a causa del
cual moriría el 28 del mismo mes, sin haber recuperado
el conocimiento.
Esos dos tomos, sin
embargo, son un testimonio brillante de la capacidad
de comprensión abarcadora y dialéctica de las cosas
que definían a su autor. Si bien Terzaga pertenecía a
la que se ha denominado corriente revisionista de la
historia argentina, nada más alejado de su
personalidad que los acordes intemperantes y chillones
que a veces irrumpen en las páginas de muchos de sus
cultores.
La propensión a la
diatriba le era ajena. En su lugar había un examen
enérgicamente determinado y demoledor de los lugares
comunes de la historiografía oficial, pero que se
valía de un registro que evadía la calificación
detonante, cara a muchos autores que, tal vez
inconscientemente, intentaron redimir a los parias de
nuestra historia a través de la demonización inversa
de quienes habían sido sus detractores.
Por otra parte, la
naturaleza del biografiado era lo suficientemente
compleja como para obligar a un esfuerzo de
comprensión que inevitablemente iba a influir en el
estilo. Que demuestra no sólo penetración política y
psicológica, sino también una tersura y una riqueza de
resonancias en el texto que confirman a Terzaga como
un escritor cortado en el mejor de los modelos
literarios: el de un romanticismo templado por la
razón, que tuviera a uno de sus más admirados autores
como paradigma: Stendhal.
La biografía de Julio
Argentino Roca se detuvo con la vida de su autor, en
el momento en que su personaje llega al ápice de su
carrera, en el instante en que el guerrero se apresta
a convertirse en político, lanzándose como presidente.
Cosa que determinaría el levantamiento de Buenos
Aires, la derrota por las armas de la sublevación
porteña y la federalización de Buenos Aires,
concluyendo de esa manera el período de la
organización nacional.
En este sentido, el libro
de Terzaga cierra un periplo existencial, no sólo del
personaje sino del país y no puede por lo tanto
considerárselo taxativamente como inconcluso.
Pero si, como dice André
Malraux, sólo la muerte convierte a la vida en
destino, la de Alfredo Terzaga significó una pérdida
que se asimila al desgarramiento de nuestra nación
inconclusa. Pensemos en la fecha en que sobre él se
abatió la guadaña: julio de 1974. Arturo Jauretche
había muerto el 25 de mayo, el general Perón el 1º de
julio y Juan José Hernández Arregui fallecería el 22
de setiembre. Sobre el país ensangrentado por las
discordias intestinas del peronismo y por la
guerrilla, se cernían las sombras del golpe militar
que poco más de un año y medio más tarde daría una
brutal e insensata inflexión a nuestra historia,
aboliendo su trabajoso pero en suma continuo progreso,
para precipitarla por una pendiente que no ha
conseguido remontar todavía.
Esas muertes y ese proceso
fueron una ruptura. Una ruptura que debemos soldar
para seguir viviendo. La recuperación de la memoria y
de la dimensión humana e intelectual de una figura
como Alfredo Terzaga será una forma de hacerlo. En su
capacidad para integrar los planos del pensamiento
universal con los jugos de la sensibilidad nacional,
se resumía el secreto de la madurez de una cultura.
Esa madurez que nos es negada hoy por el torrente de
imbecilidades que se desparraman desde los medios de
comunicación masiva, por el carácter nugatorio (que
burlas esperanzas) de una política reducida a
pirotecnias formales que se aplican a esquivar
cuidadosamente el fondo de los problemas, y por
una desesperanza que procede, en gran medida, de la
ignorancia del pasado.
Si lo conociéramos, como lo
conocía Alfredo Terzaga, comprenderíamos que nada está
perdido y que este país no siempre estuvo poblado de
enanos interesados en medrar como sea, sino por
figuras de enaltecida moral, de férreo compromiso y de
proyectos generosos.- XXX
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