[R-P] BOLIVIA: EL PAIS QUE QUIERE EXISTIR. (Eduardo Galeano)

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Lun Jul 26 06:48:43 MDT 2004


IBEROAMERICA 

BOLIVIA: EL PAIS QUE QUIERE EXISTIR. 

Por Eduardo Galeano

 Una inmensa explosión de gas: eso fue el alzamiento
popular que sacudió a toda Bolivia y culminó con la
renuncia del presidente Sánchez de Lozada, que se fugó
dejando tras sí un tendal de muertos. El gas iba a ser
enviado a California, a precio ruin y a cambio de
mezquinas regalías, a través de tierras chilenas que
en otros tiempos habían sido bolivianas. La salida del
gas por un puerto de Chile echó sal a la herida, en un
país que desde hace más de un siglo viene exigiendo,
en vano, la recuperación del camino hacia el mar que
perdió en 1883, en la guerra que Chile ganó...

El país que quiere existir

Por Eduardo Galeano
Página 12

Pero la ruta del gas no fue el motivo más importante
de la furia que ardió por todas partes. Otra fuente
esencial tuvo la indignación popular, que el gobierno
respondió a balazos, como es costumbre, regando de
muertos las calles y los caminos. La gente se ha
alzado porque se niega a aceptar que ocurra con el gas
lo que antes ocurrió con la plata, el salitre, el
estaño y todo lo demás.
La memoria duele y enseña: los recursos naturales no
renovables se van sin decir adiós, y jamás regresan. 

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Allá por 1870, un diplomático inglés sufrió en Bolivia
un desagradable incidente. El dictador Mariano
Melgarejo le ofreció un vaso de chicha, la bebida
nacional hecha de maíz fermentado, y el diplomático
agradeció pero dijo que prefería chocolate. Melgarejo,
con su habitual delicadeza, lo obligó a beber una
enorme tinaja llena de chocolate y después lo paseó en
un burro, montado al revés, por las calles de la
ciudad de La Paz. Cuando la reina Victoria, en
Londres, se enteró del asunto, mandó traer un mapa,
tachó el país con una cruz de tiza y sentenció:
"Bolivia no existe".
Varias veces escuché esta historia. ¿Habrá ocurrido
así? Puede que sí, puede que no.
Pero la frase ésa, atribuida a la arrogancia imperial,
se puede leer también como una involuntaria síntesis
de la atormentada historia del pueblo boliviano. La
tragedia se repite, girando como una calesita: desde
hace cinco siglos, la fabulosa riqueza de Bolivia
maldice a los bolivianos, que son los pobres más
pobres de América del Sur. "Bolivia no existe": no
existe para sus hijos. 
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Allá en la época colonial, la plata de Potosí fue,
durante más de dos siglos, el principal alimento del
desarrollo capitalista de Europa. "Vale un Potosí", se
decía, para elogiar lo que no tenía precio. A mediados
del siglo dieciséis, la ciudad más poblada, más cara y
más derrochona del mundo brotó y creció al pie de la
montaña que manaba plata. Esa montaña, el llamado
Cerro Rico, tragaba indios. "Estaban los caminos
cubiertos, que parecía que se mudaba el reino",
escribió un rico minero de Potosí: las comunidades se
vaciaban de hombres, que de todas partes marchaban,
prisioneros, rumbo a la boca que conducía a los
socavones. Afuera, temperaturas de hielo. Adentro, el
infierno. De cada diez que entraban, sólo tres salían
vivos. Pero los condenados a la mina, que poco
duraban, generaban la fortuna de los banqueros
flamencos, genoveses y alemanes, acreedores de la
corona española, y eran esos indios quienes hacían
posible la acumulación de capitales que convirtió a
Europa en lo que Europa es.
¿Qué quedó en Bolivia, de todo eso? Una montaña hueca,
una incontable cantidad de indios asesinados por
extenuación y unos cuantos palacios habitados por
fantasmas. 
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En el siglo diecinueve, cuando Bolivia fue derrotada
en la llamada Guerra del Pacífico, no sólo perdió su
salida al mar y quedó acorralada en el corazón de
América del Sur. También perdió su salitre.
La historia oficial, que es historia militar, cuenta
que Chile ganó esa guerra; pero la historia real
comprueba que el vencedor fue el empresario británico
John Thomas North. Sin disparar un tiro ni gastar un
penique, North conquistó territorios que habían sido
de Bolivia y de Perú y se convirtió en el rey del
salitre, que era por entonces el fertilizante
imprescindible para alimentar las cansadas tierras de
Europa. 

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En el siglo veinte, Bolivia fue el principal
abastecedor de estaño en el mercado internacional.
Los envases de hojalata, que dieron fama a Andy
Warlhol, provenían de las minas que producían estaño y
viudas. En la profundidad de los socavones, el
implacable polvo de sílice mataba por asfixia. Los
obreros pudrían sus pulmones para que el mundo pudiera
consumir estaño barato.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Bolivia contribuyó
a la causa aliada vendiendo su mineral a un precio
diez veces más bajo que el bajo precio de siempre. Los
salarios obreros se redujeron a la nada, hubo huelga,
las ametralladoras escupieron fuego. Simón Patiño,
dueño del negocio y amo del país, no tuvo que pagar
indemnizaciones, porque la matanza por metralla no es
accidente de trabajo.
Por entonces, don Simón pagaba cincuenta dólares
anuales de impuesto a la renta, pero pagaba mucho más
al presidente de la nación y a todo su gabinete.
El había sido un muerto de hambre tocado por la varita
mágica de la diosa Fortuna. Sus nietas y nietos
ingresaron a la nobleza europea. Se casaron con
condes, marqueses y parientes de reyes.
Cuando la revolución de 1952 destronó a Patiño y
nacionalizó el estaño, era poco el mineral que
quedaba. No más que los restos de medio siglo de
desaforada explotación al servicio del mercado
mundial. 
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Hace más de cien años, el historiador Gabriel René
Moreno descubrió que el pueblo boliviano era
"celularmente incapaz". El había puesto en la balanza
el cerebro indígena y el cerebro mestizo, y había
comprobado que pesaban entre cinco, siete y diez onzas
menos que el cerebro de raza blanca.
Ha pasado el tiempo, y el país que no existe sigue
enfermo de racismo. Pero el país que quiere existir,
donde la mayoría indígena no tiene vergüenza de ser lo
que es, no escupe al espejo.
Esa Bolivia, harta de vivir en función del progreso
ajeno, es el país de verdad. Su historia, ignorada,
abunda en derrotas y traiciones, pero también en
milagros de esos que son capaces de hacer los
despreciados cuando dejan de despreciarse a sí mismos
y cuando dejan de pelearse entre ellos.
Hechos asombrosos, de mucho brío, están ocurriendo,
sin ir más lejos, en estos tiempos que corren. 

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En el año 2000, un caso único en el mundo: una
pueblada desprivatizó el agua. La llamada "guerra del
agua" ocurrió en Cochabamba. Los campesinos marcharon
desde los valles y bloquearon la ciudad, y también la
ciudad se alzó. Les contestaron con balas y gases, el
gobierno decretó el estado de sitio. Pero la rebelión
colectiva continuó, imparable, hasta que en la
embestida final el agua fue arrancada de manos de la
empresa Bechtel y la gente recuperó el riego de sus
cuerpos y de sus sembradíos. (La empresa Bechtel, con
sede en California, recibe ahora el consuelo del
presidente Bush, que le regala contratos millonarios
en Irak.)
Hace unos meses, otra explosión popular, en toda
Bolivia, venció nada menos que al Fondo Monetario
Internacional. El Fondo vendió cara su derrota, cobró
más de treinta vidas asesinadas por las llamadas
fuerzas del orden, pero el pueblo cumplió su hazaña.
El gobierno no tuvo más remedio que anular el impuesto
a los salarios, que el Fondo había mandado aplicar.
Ahora, es la guerra del gas. Bolivia contiene enormes
reservas de gas natural. Sánchez de Lozada había
llamado capitalización a su privatización mal
disimulada, pero el país que quiere existir acaba de
demostrar que no tiene mala memoria. ¿Otra vez la
vieja historia de la riqueza que se evapora en manos
ajenas? "El gas es nuestro derecho", proclamaban las
pancartas en las manifestaciones. La gente exigía y
seguirá exigiendo que el gas se ponga al servicio de
Bolivia, en lugar de que Bolivia se someta, una vez
más, a la dictadura de su subsuelo. El derecho a la
autodeterminación, que tanto se invoca y tan poco se
respeta, empieza por ahí.
La desobediencia popular ha hecho perder un jugoso
negocio a la corporación Pacific LNG, integrada por
Repsol, British Gas y Panamerican Gas, que supo ser
socia de la empresa Enron, famosa por sus virtuosas
costumbres. Todo indica que la corporación se quedará
con las ganas de ganar, como esperaba, diez dólares
por cada dólar de inversión. Por su parte, el fugitivo
Sánchez de Lozada ha perdido la presidencia.
Seguramente no ha perdido el sueño. Sobre su
conciencia pesa el crimen de más de ochenta
manifestantes, pero ésta no ha sido su primera
carnicería y este abanderado de la modernización no se
atormenta por nada que no sea rentable. Al fin y al
cabo, él piensa y habla en inglés, pero no es el
inglés de Shakespeare: es el de Bush. 





	
	
		
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