[R-P] Alfredo Terzaga

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Jul 23 13:44:06 MDT 2004


[El miembro de la lista Enrique Lacolla nos informó que en La Voz del 
Interior del 22 de julio se publicó una nota, de su autoría, sobre el 
gran intelectual cordobés Alfredo Terzaga.  El artículo, excelente 
como suelen ser todos los de Lacolla, cumple además con un deber de 
amistad y fraternidad militante, en el 30 aniversario del prematuro 
fallecimiento del refinado poeta e insigne historiador]

"PENSADOR DE UNA NACIÓN INCONCLUSA". 



                               A 30 años de la prematura desaparición 
de Alfredo Terzaga, es imperativo rendir un homenaje a este cordobés 
y argentino excepcional, una de las figuras intelectuales más ricas 
que dio la cultura nacional en el siglo pasado. Su persona es 
ignorada por el grueso de sus compatriotas, aunque ciertamente tuvo 
un profundo efecto sobre quienes lo conocieron y en la corriente del 
pensamiento nacional que lo contó en sus filas.

                               En esta injusticia cabe reconocer la 
confluencia de dos factores. De un lado, la distorsión cultural de un 
país en el cual los focos de la fama se concentran casi 
exclusivamente en Buenos Aires; de otro, la conspiración de silencio 
que sofoca, en todo el país, a las corrientes intelectuales que se 
apartan de la ortodoxia de la historia oficial o de un progresismo al 
uso no menos ortodoxo y en el fondo igualmente conformista.

                              Alfredo Terzaga tenía una amplitud de 
miras y una ductilidad intelectual que en cierta medida evocaban al 
uomo rinascimentale, al hombre del Renacimiento, capaz de dominar o 
de sentirse cómodo en una variedad de disciplinas. Pensador, poeta, 
artista plástico, docente, crítico, periodista, historiador y siempre 
escritor eximio, era todo lo contrario del erudito de gabinete o del 
intelectual predispuesto a la interpretación mecánica de la realidad. 

                               Esto se echa terriblemente de menos en 
la Argentina de hoy, donde, junto a una inundación de bagatelas y 
frivolidad, hay una irrupción de seudo intelectuales propensos a la 
aplicación de patrones maniqueos y asimismo superficiales sobre la 
realidad, cuya inadecuación para percibir la enorme variedad de 
matices que dan vida a esta, resulta en incapacidad para 
interpretarla. Es decir, para aferrarla en su compleja manera de 
articularse, para actuar en consecuencia.

                              Esa preciosa cualidad para observar las 
cosas en su combinación dialéctica no faltaba, en cambio, a Terzaga. 
Es más, era connatural a su persona. Lo cual quizá en parte redundó 
en la dispersión de su producción creadora. Cosa que de hecho hubiera 
sido una adición más a su obra, si hubiese dispuesto de más tiempo 
que el lapso -desdichadamente acotado- que la vida le había 
concedido. 

                              A quienes lo conocimos de cerca, la 
amplitud del espectro de sus inquietudes nos resultaba enormemente 
enriquecedora y atractiva. A veces se traslucía en ella, sin embargo, 
cierta angustia, cierta vibración de urgencia: Terzaga parecía 
percibir el escaso tiempo de que disponía y que se agravaba por la 
falta de desembocaduras para verter de lleno su impulso creador y su 
pensamiento crítico en ebullición.

                              La Argentina profunda.
                             Alfredo Terzaga nació en Río Cuarto, en 
1920. Su bisabuelo había sido comandante del departamento Tercero 
Abajo en las épocas bravías de la Confederación; su abuelo fue un 
destacado político adepto al mitrismo y en una ocasión intendente de 
Río Cuarto, y su padre se caracterizó por un espíritu atormentado y 
sensible, cuyas condiciones literarias fueron apreciadas por Manuel 
Gálvez, quien lo evocó cálidamente en sus Memorias.

                              Huérfano a temprana edad, a fines de la 
década del '30 Alfredo Terzaga se trasladó a la capital de la 
provincia, donde su vocación de autodidacta -forzada por una polémica 
pública con el presbítero Pérez Arce, que le valió su expulsión del 
Colegio Nacional de Río Cuarto- se articularía por los diversos pero 
siempre confluentes caminos de las ciencias humanas, del arte y del 
interés por la política y la historia.

                              Su descubrimiento del marxismo y el 
período sensacional por el que estaba pasando el mundo, a cuyas 
secuelas el país no se sustrajo, lo ayudaron a afirmarse en la 
percepción compleja de la realidad.

                              Un talento polifacético. 
                             Mientras trabajaba en el Ministerio de 
Hacienda de la Provincia, allá por los años '40, Alfredo Terzaga 
comenzó a publicar. Primero fueron notas de crítica artística y 
literaria significadas por una precisa percepción de la cualidad 
estética y del entramado que existe entre esta y una determinada 
circunstancia social e histórica. Desde la poesía de Rainer María 
Rilke a la pintura de Diego Rivera, la percepción crítica de Terzaga 
se ejercía con una soltura intelectual tan escrupulosa como atenta. 
Por otra parte, no era un crítico ajeno al oficio que examinaba: como 
ha señalado Roberto Ferrero, Terzaga desarrollaba "una praxis oculta" 
de la poesía, la pintura y el grabado.

                             Cuando el movimiento nacional liderado 
por el primer peronismo irrumpió en la sociedad argentina, Alfredo 
Terzaga se contó entre quienes adhirieron a aquel desde una posición 
excéntrica al partido en el poder. Por esos días hubo una pléyade de 
talentos que, provenientes de un manantial que podía ser 
genéricamente denominado como de izquierda, supieron distinguir una 
ruta propia en un país dividido entre un bando popular proteico, en 
ocasiones incluso ideológicamente reaccionaria; y un bando 
antipopular, asimismo abigarrado y compuesto por maridajes a veces 
antinatura, como el que resultaba de la colusión del conservadurismo 
oligárquico con la progresía de clase media y el esnobismo bien 
pensante.

                             Juan José Hernández Arregui, Enrique 
Rivera, Arturo Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos confluyeron, entre 
otros, en la primera corriente, junto a pensadores nacionales de 
extracción radical, como los animadores de Forja, Raúl Scalabrini 
Ortiz y Arturo Jauretche.

                             Alfredo Terzaga encontró un puesto 
natural en ese ejército y pronto la atracción por la política y la 
historia se le hicieron absorbentes, aunque su interés por el arte y 
la literatura siguieron vigentes en él, estimulados por su desempeño 
como profesor de Historia del Arte en la Escuela Provincial de Bellas 
Artes José Figueroa Alcorta, cuya titularidad ejerció hasta su 
muerte.

                             Provisto de una formidable capacidad de 
trabajo, su currículum incluye la fundación de la revista Crisis, en 
la que se repartió entre la dirección y la crítica literaria y 
plástica; las colaboraciones periodísticas en el diario Orientación, 
cuya dirección pasó a ejercer a fines de 1954 y de la que fue 
desalojado en ocasión del golpe militar de setiembre de 1955; la 
jefatura del departamento de Prensa y Difusión del Banco de la 
Provincia de Córdoba, de la que fue también expulsado en aquella 
oportunidad, pero a la que volvería años más tarde; la creación de la 
colección de poesía La Campana de Fuego, que dirigió para la 
Editorial Assandri y donde hizo aparecer sus brillantes traducciones 
y ensayos sobre Novalis, Hölderlin y Rilke, y su traducción completa 
de las Iluminaciones, de Rimbaud.

                              Esta labor llegaría a ser conocida y 
apreciada por la crítica europea, francesa en particular.

                             Párrafo aparte merece su Geografía de 
Córdoba, un texto inapreciable, todavía muy demandado, sobre la 
geografía física y humana de la provincia, completado con un 
compendio de su historia política asimismo invalorable. 

                              La historia de Roca. 
                              La presión de los tiempos y el 
compromiso con la realidad del país, así como la decantación de su 
propio carácter, empujaron finalmente a Terzaga a emprender la que 
debía ser su opus magna, la Historia de Roca, una biografía del 
militar y político tucumano de decisiva influencia en la organización 
nacional y figura difícil de reducir a parámetros maniqueos, cuya 
complejidad puede servir de clave para comenzar a discernir la 
difícil articulación de la nación argentina tanto en lo referido a su 
configuración política como a la psicología de sus grupos de poder.

                             Alfredo Terzaga estaba mejor provisto 
que nadie para llevar a cabo esa tarea. Y en un tour de force 
notable, mientras seguía desempeñando sus labores burocráticas y 
docentes, y redactaba asimismo numerosos artículos radiofónicos y 
para la revista Todo es Historia, en un par de años escribió los dos 
primeros tomos de una obra que debía quedar inconclusa, pues un 
ataque cerebral masivo lo derribó a principios de julio en 1974, a 
causa del cual moriría el 28 del mismo mes, sin haber recuperado el 
conocimiento. 

                            Esos dos tomos, sin embargo, son un 
testimonio brillante de la capacidad de comprensión abarcadora y 
dialéctica de las cosas que definían a su autor. Si bien Terzaga 
pertenecía a la que se ha denominado corriente revisionista de la 
historia argentina, nada más alejado de su personalidad que los 
acordes intemperantes y chillones que a veces irrumpen en las páginas 
de muchos de sus cultores. 

                             La propensión a la diatriba le era 
ajena. En su lugar había un examen enérgicamente determinado y 
demoledor de los lugares comunes de la historiografía oficial, pero 
que se valía de un registro que evadía la calificación detonante, 
cara a muchos autores que, tal vez inconscientemente, intentaron 
redimir a los parias de nuestra historia a través de la demonización 
inversa de quienes habían sido sus detractores.

                             Por otra parte, la naturaleza del 
biografiado era lo suficientemente compleja como para obligar a un 
esfuerzo de comprensión que inevitablemente iba a influir en el 
estilo. Que demuestra no sólo penetración política y psicológica, 
sino también una tersura y una riqueza de resonancias en el texto que 
confirman a Terzaga como un escritor cortado en el mejor de los 
modelos literarios: el de un romanticismo templado por la razón, que 
tuviera a uno de sus más admirados autores como paradigma: Stendhal.

                             La biografía de Julio Argentino Roca se 
detuvo con la vida de su autor, en el momento en que su personaje 
llega al ápice de su carrera, en el instante en que el guerrero se 
apresta a convertirse en político, lanzándose como presidente. Cosa 
que determinaría el levantamiento de Buenos Aires, la derrota por las 
armas de la sublevación porteña y la federalización de Buenos Aires, 
concluyendo de esa manera el período de la organización nacional.

                             En este sentido, el libro de Terzaga 
cierra un periplo existencial, no sólo del personaje sino del país y 
no puede por lo tanto considerárselo taxativamente como inconcluso.

                             Pero si, como dice André Malraux, sólo 
la muerte convierte a la vida en destino, la de Alfredo Terzaga 
significó una pérdida que se asimila al desgarramiento de nuestra 
nación inconclusa. Pensemos en la fecha en que sobre él se abatió la 
guadaña: julio de 1974. Arturo Jauretche había muerto el 25 de mayo, 
el general Perón el 1º de julio y Juan José Hernández Arregui 
fallecería el 22 de setiembre. Sobre el país ensangrentado por las 
discordias intestinas del peronismo y por la guerrilla, se cernían 
las sombras del golpe militar que poco más de un año y medio más 
tarde daría una brutal e insensata inflexión a nuestra historia, 
aboliendo su trabajoso pero en suma continuo progreso, para 
precipitarla por una pendiente que no ha conseguido remontar todavía. 

                            Esas muertes y ese proceso fueron una 
ruptura. Una ruptura que debemos soldar para seguir viviendo. La 
recuperación de la memoria y de la dimensión humana e intelectual de 
una figura como Alfredo Terzaga será una forma de hacerlo. En su 
capacidad para integrar los planos del pensamiento universal con los 
jugos de la sensibilidad nacional, se resumía el secreto de la 
madurez de una cultura. Esa madurez que nos es negada hoy por el 
torrente de imbecilidades que se desparraman desde los medios de 
comunicación masiva, por el carácter nugatorio (que burlas 
esperanzas) de una política reducida a pirotecnias formales que se 
aplican a esquivar cuidadosamente el fondo de los problemas, y por 
una desesperanza que procede, en gran medida, de la ignorancia del 
pasado.

                           Si lo conociéramos, como lo conocía 
Alfredo Terzaga, comprenderíamos que nada está perdido y que este 
país no siempre estuvo poblado de enanos interesados en medrar como 
sea, sino por figuras de enaltecida moral, de férreo compromiso y de 
proyectos generosos.- XXX 

Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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