[R-P] [La maquila] Lo que espera generar Lavagna (2 de 2)
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Jul 11 19:44:56 MDT 2004
(viene de la primera parte)
En muchos casos, los llamados de atención no son para mejorar el
trabajo, son sólo una forma de insultar y de desvalorizar el trabajo
que hacemos. Las dos frases favoritas que escuché a los chinos fueron
: Esto malo, ¡caballo mucho caballo! y ¡Tener mucha cabeza de pollo,
no entender! Sienten que son las mayores ofensas que te pueden decir.
Este maltrato ha sido un patrón impuesto por el círculo de dirigentes
taiwaneses con más tiempo de residir en el país. Una de las muchachas
me contó que cuando llega un taiwanés nuevo no maltrata así. Te
tratan con respeto, hasta te abren la puerta para que entres, son
gentiles. Después, cambian por la influencia de los demás, que los
fuerzan a ser groseros y al final, si pueden, hasta te dan una
patada. Realmente, no sé si la cultura asiática es violenta, pero
supervisores y supervisoras se salen con mucha facilidad de sus
casillas con expresiones violentamente injustificadas. La mayoría de
las faltas que cometen los empleados en la zona franca no son motivo
para verlos reaccionar tirándole, por ejemplo, un desarmador a un
muchacho. El control no parece ser parte de su racionalidad y con
gran facilidad deciden despedirte aunque no exista motivo alguno.
Esta posibilidad crea un temor increíble entre todos los
trabajadores. Me dijo una compañera: Creo que muchas de estas
muchachas nunca han tenido tanto miedo ni a su padre ni a su madre
juntos, como el que le tienen a éste, a Yu, el supervisor chino. Al
final, los trabajadores escuchan los gritos con naturalidad, y
algunos, aunque se enojen, lo único que saben decir es: ¡Qué jode
este hombre!
Los servicios higiénicos: Un refugio multiusos para las trabajadoras
y trabajadores de la fábrica los servicios higiénicos son el sitio
donde se descargan muchas más necesidades que las fisiológicas. Es el
lugar donde se reúnen a comerse una galleta o un dulce, a fumarse un
cigarro o a concederse un descanso. Es el sitio de las confidencias,
de desahogar el enojo ante los llamados de atención de los
supervisores y hasta de derramar lágrimas de arrechura y de
impotencia por la represión y el castigo que son la atmósfera de todo
el día. Allí encuentran paz, aunque sea por unos momentos, allí el
supervisor no alcanza.
A pesar de carecer de la más mínima condición de salubridad, este
lugar es considerado un refugio. Se acumulan allí los dolores, a la
par de tucos de tela y papeles sucios, en montones casi del tamaño de
los inodoros, en su mayoría descompuestos. Las costras en los
inodoros son gruesas, los fondos de las tazas son oscuros, la humedad
es permanente y las paredes dan la impresión de no haber sido
pintadas desde la construcción de la fábrica. En todas las paredes se
leen mensajes de estilo colegial, desde insultos hasta declaraciones
de amor o confesiones de infidelidad.
Los servicios higiénicos están aseados, o buscan estarlo, solamente
cuando llega a la empresa alguna visita. Entonces los lavan, ponen
rollos de papel higiénico y recipientes de jabón líquido para las
manos, aunque para que dilaten les hacen un orificio tan pequeño, que
es más grande la ampolla que te sale de tanto presionar que la gota
de jabón que le sacas. En esta empresa son tres los servicios
higiénicos, cada uno con nueve inodoros. En los doce días que trabajé
en la fábrica, sólo un día ví que la muchacha de aseo los estaba
lavando. Me sorprendí. Después escuché a unas empleadas: ¡Quién sabe
quién irá a venir! Ese día llegaron unos funcionarios del Ministerio
del Trabajo acompañados ni más ni menos que de Gilberto Wong,
Secretario Ejecutivo de la Corporación de Zonas Francas de Nicaragua,
la máxima autoridad, quien por sus rasgos orientales se confundía con
una humildad única entre los asiáticos, que lo rodeaban con grandes
reverencias.
Tras quince horas, estallan todos los dolores
El horario normal es de 7 am a 5:15 pm. Más horas de trabajo son
asumidas por la empresa como horas extra. En temporadas muertas, las
de poca producción, no las hay. Como en el hemisferio norte, destino
de las prendas que elaboran las maquilas nicaragüenses, hay cuatro
cambios de estación, hay mucha variación en la ropa que
confeccionamos. Los encargos cambian mucho y a menudo se multiplican
nuevas faenas, más largas y más pesadas.
La sección de empaque, área que por lo general sale a las 7:15 pm en
horario normal, tiene que dejar las mesas siempre limpias. Sin ni una
sola camisa de plancha. Para el mes de junio, cuando yo estuve allí,
trabajábamos hasta las 10 pm. Otro grupo trabajaba toda la noche. En
ocasiones les dan el día para descansar. Todo está en dependencia del
ritmo de trabajo o de las fechas de entrega del producto. Estas
jornadas de más de quince horas de trabajo (7 am a 10 pm) provocan
desgastes inimaginables en los cuerpos de las trabajadoras. Sólo
tienen 40 minutos de descanso para el almuerzo y otros 40 hacia las 8
pm, hora de la cena. Al caer la noche los dolores se agudizan más y
brotan todo tipo de lamentos. Los dolores de cabeza son masivos,
también los pies hinchados que no resisten el peso del propio cuerpo.
Abundan los dolores de espalda. Quienes tienen problemas de várices
las muestran a punto de reventar. Sobran dolores para todos, sin que
importen edades o sexo. Y en el botiquín de
nuestra área, lo único que había era alka-seltzer y algodón.
La hora de los sueños
Al final de la tarde, los rostros vistos en la mañana frescos y
maquillados ya están apagados y los ánimos caldeados por las riñas,
por las equivocaciones, por los malos gestos. El cansancio genera
susceptibilidad. Tampoco faltan grupos que bromean para no sentir el
tiempo, para matarlo. Entre las mujeres, el tema más común a estas
horas es que se quedarán sin marido, porque llegan tan cansadas a sus
casas que lo único que hacen es tirarse a la cama a dormir.
También es la hora de los reclamos al medio en que nacieron: Si
hubiera nacido en otro mundo no tendría necesidad de trabajar en esto
y estaría bien sentada en mi casa, con mis hijos y con mi marido. O
de expresar sueños tan sencillos como imposibles: ¡Qué no daría por
llegar a mi casa, encontrar comida hecha y caliente, sábanas aseadas
y alguien que me llevara la comida hasta la cama! Otras sueñan con
más ambición: ¡Si pudiera entrar a la universidad y sacar una
profesión!
La realidad es que muchas mujeres y hombres al entrar en la maquila,
llegan con el sueño de buscar su superación en este trabajo. No es
posible. La imagen que venden los propietarios es que aquí se gana
mucho dinero en un trabajo muy accesible. Después, el ansia de
realizar horas extra para obtener mejor salario se vuelve adicción.
Después, mucho después, se entiende que no habrá superación, sino
solamente rutina, estancamiento y un cuerpo casi discapacitado.
Ministerio del trabajo: el aliado de las empresas
Según lo establecido por el Código del Trabajo, sólo pueden
realizarse nueve horas extra a la semana. En el área de empaque,
trabajamos en una semana treinta y seis horas extra. Con un promedio
de quince horas de trabajo diario y sin una alimentación adecuada, es
muy difícil poder resistir este ritmo de trabajo.
El abuso al trabajador y la falta de respeto al Código laboral son
conocidos por el Ministerio del Trabajo (MITRAB), quien debe velar
por los derechos de los trabajadores y regular a los empleadores. Sin
embargo, en el actual modelo económico el MITRAB se ha convertido en
protector y aliado de las empresas y corporaciones de la Zona Franca
haciendo oídos sordos a las demandas de los trabajadores. Es más lo
que te demoras en llegar al Ministerio que lo que dilata la empresa
en darse cuenta. Al regreso a la fábrica, lo que uno encuentra en sus
manos es el despido, sin nada que te ampare. La Zona Franca y el
MITRAB son la misma cosa, me dice una muchacha.
El Ministerio como ente regulador de los empleados y empleadores,
debería asumir una postura menos política y más de arbitraje. No
puede seguir convirtiéndose en el soplón de las acciones de los
trabajadores y en el guardián de los intereses de las empresas
maquiladoras. El Ministerio debe hacer énfasis en el salario mínimo y
saber realmente qué tabla salarial existe en el sector maquilero. Los
reclamos y comentarios de los trabajadores, después de recibir lo que
ganan cada quincena, demuestran que no tienen conocimiento de la ley,
que no manejan el por qué de sus salarios o las deducciones que les
hacen del seguro social, cuando en muchos casos ni están inscritos en
el seguro.
Las obligadas horas extra
En esta fábrica, las horas extra no son opcionales, son obligatorias.
Quien no las trabaja, es despedida. No se consultan. A eso de las 2
de la tarde pasan la hoja de las horas extra y lo único que tienes
que hacer es firmar. Para evitar que alguien del área de empaque
salga de la fábrica a la hora del timbre, a las 5:15 pm, el
supervisor mantiene bajo llave las tarjetas de los empleados. Así,
nadie puede salir ni a escondidas. Para no quedarte realizando horas
extra tienes que pedir permiso al supervisor, que en la mayoría de
los casos te dice que no, y si acaso te lo da, la excusa debe de ser
de fuerza mayor y debes convencerlo.
El pago por hora extra trabajada es de 9.92 córdobas (75 centavos de
dólar). Eso, en caso de que te las paguen, porque según las
trabajadoras no les han pagado horas extra de faenas muy duras. Por
comentarios de algunas muchachas que han trabajado en otras empresas,
las horas extra las pagan cuando les da la gana, y en algunas
empresas no entregan los comprobantes de pago, sólo les dan el
dinero, quedándose ellas sin saber cuáles son los ingresos o las
deducciones reales.
La realidad es que no se sabe cómo son reguladas las horas extra ni
cómo son calculadas, ya que hay períodos que se trabajaba la semana
completa, incluyendo sábado y domingo, y la variación en el salario
era de apenas 100 córdobas, debiendo haber sido más por los días y la
gran cantidad de horas extra. Hay trabajadoras y trabajadores que
llegan a sus casas a las 12 de la noche o a la 1 de la madrugada, y
han de estar en pie de nuevo a las 4-5 am. El desgaste es increíble y
son muchos los que a las 10 de la mañana ya empiezan a tomar tabletas
de supertiamina, para poder aguantar el resto del día.
La apresurada hora del almuerzo
Según el reloj de la empresa, el timbre para el almuerzo suena a las
12 meridiano. Es la hora del desorden, del revuelco total. La mayoría
de la gente sale desesperada, corriendo, como si algo adentro las
empujara a huir. La corredera es por llegar primero al bar para
comprar la comida o el refresco que acompañará lo que trajeron
preparado de la casa. Las compras se realizan en dos bares y en unas
mesas donde venden enchiladas, tacos, churritos y frutas. Los bares
no tienen condiciones de higiene. Lo que más abunda son moscas y como
están a orillas de las bodegas, se les suman ratas y ratones. Las
cocineras preparan la comida, la sirven y manejan el dinero sin
lavarse las manos. Casi siempre se vende a crédito, pagando a la
quincena, pero como no resulta muy rentable, muchos trabajadores
optan por traer la comida de sus casas.
Los comedores se llenan de gente que come y conversa. Quienes no
encontraron lugar, se sientan en la grama debajo de las palmeras
enanas de la entrada. Hay que comer en 40 minutos. Al sonar el timbre
para regresar al trabajo, las áreas de la comida quedan totalmente
sucias, con platos, bolsas y restos, como la rotonda de Santo Domingo
después de un 10 de agosto.
Un servicio de comida corriente con refresco cuesta once córdobas. La
ración de tacos, enchiladas, tajadas con queso o maduro con queso
cuesta cinco córdobas. La mayoría se asocia para comprar un litro y
medio de gaseosa. Resulta más rentable que comprar un vaso. Además de
suministrar comida y refrescos, los dos bares venden también toallas
sanitarias, papel higiénico, cigarrillos, caramelos y chiclets.
Cuando toca hacer horas extra, la empresa asume la cena de los
trabajadores. O como dicen todos: Sale de nuestros bolsillos, de las
horas extra que no nos pagan. Entonces, la comida la encargan en uno
de los bares de la empresa. En una de las tantas cenas que hice con
las muchachas que trabajaban conmigo, recibimos la comida en un
empaque. Aquel día nos dieron chancho frito.
Cuando una de ellas mordió la carne, el centro estaba verdoso, pero
no le permitieron comprar otra cosa en el bar y se quedó sin comer.
Como uno no sabe la hora real de salida -¿será pronto o será tarde?-
no suele llevar nada preparado de la casa para la cena. No pude saber
si la comida que comerán los empleados la deciden los del bar o los
supervisores, pero casi siempre se están quejando de la mala calidad.
La hora de los olores
A las 5 pm es la hora de los olores. Pases por donde pases, huele a
desodorantes, cremas corporales, pasta dental, perfumes de todas las
fragancias, que se mezclan con los malos olores de todo un día de
trabajo. En los servicios higiénicos las mujeres se aglomeran en los
lavamanos lavándose los dientes, mientras muchas se maquillan.
Impresiona ver cómo el agotamiento no detiene el arreglo personal. El
viernes, sea o no día de pago, hay aún más tiempo para la vanidad. Es
día de cita entre las parejas. Por lo general, los viernes son raras
las horas extra. Dicen que es una política de la empresa, aunque
cuando yo trabajé en la fábrica, no sucedió así.
A las 5:15 pm, cuando suena el timbre de salida para las áreas de
líneas de producción -donde se cosen y arman las camisas- sale de la
fábrica el grueso de las trabajadoras y trabajadores, más de mil.
Todo el mundo previene: ¿Ya cachaste tu tarjeta? Y todo el mundo la
busca antes que suene el timbre para ser primero en las filas.
La revisión rutinaria
Al salir diariamente, no sólo existe el rito del marcado de tarjeta.
También hay que pasar por una revisión corporal. A los varones se las
hace un vigilante. A las mujeres, una mujer de esa misma empresa de
vigilancia y una china de la fábrica. El primer día, como era nueva,
salí a las 5:15 pm con el grueso de las trabajadoras. Marqué mi
tarjeta. No sabía nada de la revisión en el portón de salida. Sólo ví
la fila y que las mujeres salían por la puerta peatonal y los hombres
por la entrada vehicular. Como iba distraída viendo pasar la cantidad
de gente que salía de otras fábricas ubicadas más adentro, no me
fijaba en las compañeras que iban delante.
El susto fue cuando me llegó el turno. La china, una mujer muy
pequeña que ni me llegaba al hombro, empezó a tocarme, pasándome la
mano desde el pubis hasta la parte alta del trasero y luego desde el
pubis hasta la parte alta del vientre. Me invadió una sensación de
asco y la piel se me erizó. Me invadió un violento deseo de golpearla
y de pegar cuatro gritos. Fue una sensación desagradable que no había
experimentado nunca, ni siquiera cuando en la calle me he encontrado
con hombres morbosos y atrevidos que te dicen groserías. Por un
instante pensé que sólo a mí me habían tocado y que sólo yo había
reaccionado así. Pero las compañeras que entraron el mismo día que yo
compartían mi sensación: ¡Uy, qué horrible que me tocó esa china!,
dijo una. Y otra: Yo he trabajado en otras empresas y nunca me habían
tocado así.
Tocarte para imponerse
La forma de tocar de la nica era diferente a la de la china. Entendí
que esa forma de violentar a cada mujer es también una manera de
demostrar que los dueños pueden hacer lo que quieran con las obreras.
Es además una forma de control sin sentido: los jeans que yo llevaba
puestos, los de casi todas, nos quedaban muy ajustados. ¿Cómo me
podría alcanzar dentro de mis pantalones una camisa de manga larga ?
Imposible.
Aunque esta tocadera se vuelve una rutina para las trabajadoras, yo
no me acostumbré en los doce días que estuve en la empresa. Cada vez
que escuchaba el timbre de salida, el estómago me dolía sólo de
pensar por lo que tendría que pasar para poder salir a la calle. Hubo
días en que el asco me quitaba el hambre y no cenaba y llegaba a mi
casa aún con aquella horrible sensación. Me quedó claro que la mayor
violencia se la hacen a las muchachas. A los hombres los revisan,
pero un inspector nicaragüense sólo les palmotea en las piernas.
Según la dirección, la 'revisión rutinaria' busca evitar que los
trabajadores se lleven piezas de la empresa. En las pláticas que tuve
con las muchachas, contaban que en algunas fábricas quienes siempre
sacan piezas de la fábrica son los hombres, que salen con ellas
puestas como pañales. La mayoría los apoya en estas sustracciones:
Está bueno que roben. De todos modos, ellos lo hacen por nosotras, y
por unas cuantas piezas que saquen no es nada lo que se
pierde. Naturalmente, son robos esporádicos y las piezas se
comercializan entre los mismos trabajadores de las empresas.
Enojos y humillaciones
Los registros son parte de un estilo basado en las humillaciones. Un
día, antes de las 10 pm, todas estábamos desesperadas por salir y el
supervisor tenía las tarjetas guardadas bajo llave. Cuando todas le
rodeamos, cada una en busca de su tarjeta para salir más rápido, él
tomó todo el fajo y las tiró hasta otra mesa con violencia y enojo.
Las tarjetas se desparramaron por el piso y todas nos tuvimos que
tirar al suelo y arrebatárnoslas de las manos, mientras el supervisor
se reía de su hazaña.
¿Será el exceso de trabajo que dicen tener estos señores la causa de
su comportamiento inhumano o éste se deberá a imposiciones de la
administración que les exige este estilo? En su mayoría, quienes
ahora son supervisores, llegaron a la empresa como el resto de todos
los trabajadores. Este fue el caso de una muchacha que entró a
trabajar junto con nosotras en empaque. A los días, ya no aguantaba
el trabajo, le resultaba muy pesado y decidió renunciar. Pero, cuando
llegó a Recursos Humanos a presentar su renuncia, una de las
muchachas encargadas de ingreso le pidió que aguantara unos días más,
porque la tal doña Fidelina andaba buscando una muchacha nueva, con
estudios, para que trabajara como su asistenta. Y la candidata era
ella.
Cómo 'cambiar' de personalidad
Al día siguiente, la muchacha que iba a renunciar no llegó a
trabajar. Pensamos que se había retirado, pero a medio día la vimos
ir a almorzar con la élite de la empresa, las de Recursos Humanos.
Tienen una mesa sólo para ellas y ningún otro empleado se puede
sentar allí. Como para nosotras seguía siendo nuestra compañera de
trabajo, nos alegramos al verla. Ella no. Ya había 'cambiado'. Pasó
al lado de nosotras y secamente sólo nos dijo hola y se fue a la mesa
selecta. Ya se le subieron los humos, comentamos.
Al poco tiempo pude platicar con ella. La pobre mujer me explicó: Me
han prohibido relacionarme con todas ustedes, me dicen que recuerde
que yo tengo un nivel totalmente diferente al de la gente inferior.
Es obvio que los inversionistas asiáticos pretenden crear en las
Zonas Francas una estratificación de clases. ¿Será que en su país
pertenecen a la clase superior que aparentan en Nicaragua o será que
quieren retrocedernos a la época de la esclavitud, menoscabando
nuestros derechos a fuerza de menospreciarnos?
Contratos que no se cumplen
Al firmar el contrato en estas empresas, el puesto donde trabajarás
es un acuerdo mutuo entre empleador-empleado. Una firma el contrato
conforme a su experiencia, en el caso de que la tenga en el área que
ellos estén demandando personal. Muchas de las que llegan a solicitar
trabajo ya llevan una idea del sitio donde quedarán o dicen dónde
quieren ser ubicadas.
Según lo establece el Ministerio del Trabajo, para que un empleado
sea removido de su cargo, aunque sea de forma ocasional, tiene que
existir un arreglo mutuo. Sin embargo, las trabajadoras realizan
actividades no contempladas en los contratos. Te ubican en cualquier
área para que no estés sin hacer nada. A nosotras, las de empaque,
nos tuvieron en otras áreas porque no habían llegado los accesorios
para pegarle a las camisas. Primero, nos metieron toda una mañana en
el área de los comedores armando cajas de cartón para empacar las
camisas Perry Ellis. El cartón tenía señalado por dónde doblar para
hacer la caja y la tapa. A cada una nos dieron cinco cajas. Cada caja
tenía 250 piezas y teníamos que montar 1,250 cajas. A simple vista,
la tarea parecía fácil y de poco desgaste. Sin embargo, a las dos
horas, la espalda hormigueaba y se te hacían heridas en cada mano,
incluso profundas, por el roce con el cartón.
Días de lavandería
Aquel día, nos mandaron después de almorzar al área de lavandería. La
tarea era lavar las partes de las camisas que venían señaladas por
tener suciedad o grasa. El pedido que estaba saliendo esos días era
de camisas blancas. Teníamos que blanquearlas con cloro y acetona. En
lavandería pasamos dos días y medio, desde las 7 am hasta las 7 pm,
para continuar hasta las 10 pm en empaque.
Dos días en la lavandería nos dejaron las manos totalmente
agrietadas. La combinación de acetona y cloro, sin ninguna
protección, nos quemaron las manos y nos dejaron hongos en dedos y
uñas. En la lavandería, donde lavábamos sin parar 28 mujeres, el
calor era insoportable. Estábamos al lado de las calderas y el fuego
y el humo se concentraban allí. En la lavandería estaban también los
ruidosísimos sopletes que utilizan para limpiar las piezas que tienen
mucha pelusa.
El pago es por producción y lo menos que debes lavar al día son 700
camisas. Si no lavas esa cantidad, pierdes el derecho al incentivo
por producción. Cada vez que terminas de lavar cierta cantidad, una
encargada anota el número. Pareciera un mecanismo justo, pero también
sucede que si no eres del agrado de la que anota, ésta cambia los
números de tu producción y no puedes hacer nada.
Yo le caía mal, porque cada vez que iba a pedir camisas para lavar,
ella me anotaba menos o no me anotaba nada. Igual les ocurría a otras
compañeras. Por nuestra parte, ripostábamos con mañas para ampliar el
número. Sólo humedecíamos muchas camisas que no estaban sucias, para
hacer la mueca y sumar más. Al caer la tarde, la vida empeora en la
lavandería. La luz natural se va y casi no ves. En invierno, las
mujeres se empapan, porque la parte alta de la lavandería no está
cubierta y la lluvia entra a raudales.
En riesgo desde que tomas el bus
Durante los doce días que duró el estudio que realicé viajé en buses
del transporte urbano colectivo, los que utilizan en un cien por
ciento los trabajadores de la maquila. Levantarse muy temprano
resulta clave para poder cumplir con el horario. Tomaba el bus a las
6:15 am. Iban repletos, la gente colgada de ambas puertas. Son buses
viejos y en condiciones mecánicas deplorables, donde viajar es un
gran riesgo. La aglomeración de pasajeros permite a equipos de
carteristas, mujeres y hombres, operar con éxito. A los hombres les
facilita estar manoseando a las mujeres.
Un día, urgida por el horario de entrada, abordé el primer bus que se
detuvo. Venía abarrotado. Me monté por la parte trasera y sólo pude
encontrar lugar en la primera grada, colgada de la puerta. A las
pocas cuadras, el bus frenó de forma tan brusca que me caí de
espaldas en la cuneta. El cobrador del bus me gritó: ¡Andan como
dundas, ni siquiera se agarran y después nos echan la culpa! No hubo
nadie que me ayudara a levantarme. Mi opción no podía ser retomar
aquel bus, pero ésa es la única opción que tienen las trabajadoras:
sacudirse la ropa y volver a montar en la unidad que las lesionó. En
la fábrica escuché que otras empresas de la Zona Franca Las Mercedes
tienen sus propios buses y realizan recorridos por algunos barrios de
la capital sin ningún costo recogiendo a las trabajadoras. Nunca pude
investigar esto.
¿Nos desarrollarán?
Hasta aquí llega esta narración. No quisiera que de ella se
desprendiera una crítica destructiva. Sólo he querido contar mi
experiencia para que podamos imaginarnos lo que miles y miles de
mujeres, también hombres, viven o vivieron a diario durante semanas,
meses y años en las más de cuarenta fábricas maquiladoras que existen
ya en Nicaragua, industrias de las que se espera el 'desarrollo' de
nuestra patria y de nuestra gente.
* Yanina Turcio Gómez, es Investigadora de Nitatlapán-Uca, equipo
maquila.
http://www.argenpress.info
Néstor Miguel Gorojovsky
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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de
Buenos Aires, 1822
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