[R-P] [La maquila] Lo que espera generar Lavagna (1 de 2)

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Jul 11 19:44:52 MDT 2004


[La idea de una "Argentina industrial exportadora" que permita pagar 
la deuda externa, etc., se traduce en el fondo en lo que sigue.]

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Gentileza de carls <carls1974 en yahoo.es>
Publicado en redial_s_bolivar en eListas.net


NICARAGUA : VIAJE AL FONDO DE UNA MAQUILA, CRUEL EXPLOTACIÓN


Esta investigación, hecha en una fábrica de maquila textil,-cuyo 
nombre se omite- nos muestra cómo se trabaja, cómo se vive, qué se 
siente y qué se piensa en las Zonas Francas que se levantan hoy por 
toda Nicaragua mientras se anuncia que 'desarrollarán' a ese país.

Pasé doce días en una empresa maquiladora de Zona Franca ubicada en 
el Parque Industrial Las Mercedes de Managua. Aunque mi estadía fue 
relativamente corta en comparación a los largos meses y años que 
miles de mujeres -también hombres- pasan en estos campos de 
concentración, la experiencia, tan buena como agotadora, me dio la 
oportunidad de conocer por dentro un 'mundo' que caracteriza ya a 
Nicaragua.

En el portón de entrada

La entrada a la Zona Franca es similar a las calles del tumultuoso 
Mercado Oriental de Managua un domingo después de un día de pago. 
Impresiona ver a miles de mujeres y hombres pasar por la entrada 
principal, apenas un callejón estrecho. Diariamente entran y salen 
por aquí unas 20 mil personas. Otras 5 mil ingresan por otra entrada.

A ambos lados de las entradas se instalan pequeños chinamos donde se 
puede encontrar desde un equipo de sonido hasta una panadol. Pequeño 
es el espacio, como el de una cuadra, pero siempre está atiborrado en 
las horas de entrada y de salida. A la hora de entrar, la gente se 
concentra en torno a las vendedoras que vocean café y pan con 
mantequilla o a las que palmean tortillas, vendidas solas o con 
cuajada. Otros prefieren los desayunos fuertes: carne con gallo pinto 
o arroz y frijoles. También están los que sólo tienen para una 
galleta y una taza de café, que compran allí mismo. La gente que va 
con tiempo más holgado come dentro de la empresa, en los comedores o 
en algún otro lugar donde poder sentarse. Otra gente desayuna en el 
camino a la fábrica.

Buscando un empleo

Lunes, martes y miércoles son los días de mayor aglomeración ante los 
portones del complejo industrial. Una multitud llega en busca de 
trabajo. Unas tendrán la suerte de ser seleccionadas a la primera, 
otros pasarán meses llegando, con la ilusión de 'tal vez mañana...' 
El requisito más importante que debe portar el solicitante de empleo 
es su cédula de identidad.

Hacia las siete de la mañana varios microbuses y camionetas están ya 
parqueados a la entrada de la Zona Franca. Servirán para trasladar a 
los seleccionados por los representantes de las diferentes empresas 
que necesitan mano de obra. Las encargadas de ingreso -así les llaman 
a las muchachas que seleccionan personal en la entrada- escogen en 
algunos casos al azar o se inclinan por quienes tienen más en regla 
sus papeles. Yo fui seleccionada por las representantes de una de las 
empresas maquiladoras -en la cual fui inscrita- con otras treinta 
más. De la entrada principal de la Zona Franca hasta la fábrica hay 
dos cuadras grandes con algunas fábricas dispersas.

Una es la fábrica Rocedes, la única que exhibe su nombre en un 
rótulo, a las otras no se les mira el nombre. Ya montadas en los 
vehículos, todas nos miramos con incertidumbre. Aunque yo iba 
recomendada y tenía la seguridad de que me quedaría trabajando, me 
contagié del nerviosismo general.

La camioneta se detuvo ante la gran instalación donde trabajaría. Me 
pareció la estructura de un campo de concentración, como los que he 
visto en las películas. Aunque están instaladas en un complejo grande 
y con seguridad, cada empresa toma sus propias medidas. La que me 
daba trabajo está totalmente enmallada. En la parte superior de la 
malla, rollos de alambre de púas la defienden aún más de ladrones más 
osados. A la entrada principal de la fábrica, hay jardines con grama 
y palmeras enanas que embellecen la instalación. En datos de 2001 
esta fábrica tiene una superficie cubierta de más de 10 mil metros 
cuadrados y absorbe a unas mil 300 trabajadoras y trabajadores.

El horario y los 'Diez Mandamientos'

En los extremos de las dos entradas, en letras grandes, pude leer el 
horario y 'diez mandamientos' de la empresa.

Horario: 7:00 am - 5 :15 pm y 12 :40am - 7 :15 am

1. Observar el tiempo de entrada y salida. No debe de dejar su puesto 
de trabajo sin permiso.
2. Se prohíben estrictamente las faltas de trabajo. Puede ausentarse 
del puesto de trabajo solamente con la autorización de su jefe 
inmediato.
3. Se prohíben estrictamente juegos de azar, ingerir bebidas 
alcohólicas y peleas en la fábrica y sus alrededores.
4. Se prohíbe estrictamente tomar materiales y objetos de la empresa 
sin permiso y dañar propiedad de la empresa.
5. Se prohíbe estrictamente escupir y tirar basura sobre el piso.
6. Se debe mantener la salubridad y limpieza de la fábrica y sus 
alrededores.
7. Deben de presentar constancia del MINSA cuando se solicita permiso 
por atención médica.
8. Se prohíbe llevar armas de fuego y objetos peligrosos en la 
fábrica.
9. Se debe develar con mucha atención la seguridad propia y de sus 
compañeros de trabajo.
10. Sobre el reglamento del trabajo, observamos las disposiciones 
correspondientes de la empresa.

Listas y advertidas

Alrededor de las 7:05 am las trabajadoras y trabajadores ya se 
encontraban en sus puestos y las dos puertas se cerraron. Una de las 
muchachas nos pidió que hiciéramos cinco filas. Hablaba como lo hacen 
quienes llaman por parlantes a los doctores en los hospitales o a los 
pasajeros en los aeropuertos. Hablaba caminando y lo repetía todo sin 
mirarnos.

Habló de los horarios de entrada y de la estricta puntualidad. Habló 
del marcado de la tarjeta y del color de la tarjeta: debíamos marcar 
en la cara azul en los primeros quince días de cada mes y en la cara 
roja los otros quince días. Lo de los dos colores lo repitió varias 
veces, preguntando si entendíamos. Si la tarjeta se pierde, no es 
responsabilidad de la empresa, sino del trabajador. Si viene a 
trabajar y no marca la tarjeta, porque la perdió o no la encontró, el 
día le será descontado, porque no hay ningún registro de si vino o no 
al trabajo, sólo la tarjeta. Y para las tarjetas no hay reposiciones. 
Nos explicó que para guardar las cosas de cada quien había 
casilleros, y quien quisiera uno debía traer su propio candado. Donde 
más recalcó y repitió fue en el respeto a los dos supervisores, uno 
nica y otro taiwanés. Todos los permisos nos los daría cualquiera de 
los dos. Con todas estas advertencias, ya estábamos listas para 
entrar a la fábrica.

Nos hablan a gritos

Ingresamos a la fábrica en fila india. Trabajadoras y trabajadores 
nos observaban con curiosidad. Nos hicieron subir a un segundo piso, 
a un cuarto con viejas máquinas de coser, un ventilador también viejo 
y unos carteles en las paredes con dibujos que explican pruebas de 
destreza. Como si fuera una grabadora, la muchacha nos volvió a 
repetir casi todo lo que ya nos había dicho. Lo único nuevo en su 
explicación fue el tipo de permisos que podríamos pedir.

Existen dos tipos de permisos: para resolver cualquier problema 
personal -va a cuenta de vacaciones- y para ir a una clínica. En este 
caso, si se tarda más de dos horas, se asume como un permiso 
personal. Para conseguir cualquier permiso hay horas de autorización: 
en la mañana antes de las ocho, y en la tarde entre la una y las dos. 
Fuera de esas horas no pueden solicitarse.

Estando en el cuarto de las máquinas viejas, me pidieron mis 
documentos. Las responsables hablan entre ellas de mejor forma, con 
nosotras es al grito. Mi única reacción era quedarme mirándolas fijo 
a los ojos. La forma de dirigirse a quienes demandan una plaza de 
trabajo es siempre grosera. Nos gritan haciéndonos sentir que somos 
incapaces de entender o de aprender. Nos hablan haciéndonos sentir 
que llegamos a pedir una limosna.

Las preguntas eran similares para todas: ¿Dónde vive? ¿Qué 
experiencia tiene? ¿Por qué salió del trabajo anterior? ¿Tiene 
problemas para llegar tarde a su casa o hacer horas extra? ¿Tiene 
marido? ¿Cuántos hijos tiene? Tuve que mentir para ponerme a la par 
de mis futuras compañeras: Mis estudios no llegan al tercer año 
aprobado de secundaria, soy madre soltera sin ninguna ayuda del padre 
de mi hijo, el niño me lo cuida mi madre, es la primera vez que 
trabajo, no tengo ninguna experiencia en la maquila y si me dan el 
trabajo sería el sustento de mi hogar... Todo eso dije. En el cuarto 
éramos treinta y cuatro jóvenes la mayoría mujeres. Yo era la mayor 
en un grupo con promedio de 18 años.

Los papeles básicos que piden son: cédula de identidad, carnet del 
seguro, partida de nacimiento y dos fotos. Para conseguir los otros -
dos cartas de recomendación, récord de policía, notas y diplomas de 
estudios- te dan un mes más.

Destino: el área de empaque

Después de atender algunos casos, una encargada de ingreso me llamó 
de mala manera y me pidió mis documentos. Se los llevó y llegó al 
rato: Doña Fidelina la llama. Era la Jefa de Recursos Humanos. 
Recorrí un pasillo sin fin entre el ruido de las máquinas de coser. 
Doña Fidelina me preguntó si tenía carnet del seguro o colilla de 
pago. No, porque nunca he trabajado, éste será mi primer trabajo. 
Estamos jodidos, pues. Y lo resolvió así: La única solución es no 
anotarla en la fábrica como asegurada, con el compromiso de que no se 
lo diga a nadie, que se cuide mucho dentro de la fábrica y en el 
camino hasta llegar aquí. Porque si le sucede algo, la empresa no 
asumirá nada y diremos que no sabemos nada y que no pasó nada.

Trabajaría en el área de empaque. Según doña Fidelina, era el de 
menor peligro y el que requería menos experiencia. Ya para entonces 
la cabeza me dolía. Escuchar a estas dos mujeres repitiendo una y 
otra vez la misma cosa, sin decirnos quién se quedaba y quién no era 
admitida, mantenía en gran tensión el ambiente.

Firmé el contrato. Era por un mes, con un salario básico de 960 
córdobas mensuales (poco más de 60 dólares norteamericanos), más el 
pago de horas extra. Recibiría el pago el 15 y 30 de cada mes. De las 
34 seleccionadas, contrataron a 28. Buscaron a las de menos edad y 
menos experiencia. En el grupo de empaque donde quedé éramos seis. 
Cuatro nunca habían trabajado en nada. Las demás fueron ubicadas como 
dobladoras, en lavandería y tres en las diferentes líneas de 
producción.

Salimos de aquel cuarto en fila india. A cada quien la iban dejando 
en su puesto de trabajo. Las demás trabajadoras sólo se quedaban 
mirándonos. No faltaron hombres que nos chiflaron o nos decían cosas 
que ellos consideraban un cumplido. Las seis del grupo de empaque 
tuvimos que recorrer toda la fábrica hasta el fondo. La mayoría de 
las muchachas de esta área dejaron de trabajar y cuchichearon, unas 
nos sonrieron, otras nos hicieron señas con los ojos, otras ni nos 
miraron. Nos presentaron al supervisor nica, un tal Leoncio. Y otra 
vez, nos insistió en algunas de las normas que ya nos habían repetido 
las señoritas de ingreso.

La principal norma que nos comunicó fue que si no teníamos problema 
de transporte trabajaríamos después del horario normal (5:15 pm). 
Aquí en empaque la salida diaria es hasta las 7:15 pm. En ocasiones 
se quedarán trabajando todavía más tarde. Esto significa dos horas 
extra. Las horas de los sábados y domingos son pago como horas extra. 
Y esta otra advertencia. Una de las recomendaciones principales es 
que no se relacionen con las trabajadoras viejas, que se mantengan 
alejadas de ellas porque tienen muchas mañas. Nos preguntó a todas si 
teníamos hijos y quiénes nos los cuidaban, buscando averiguar si no 
habría después problemas con los permisos. Nos recordó que estaríamos 
un mes a prueba y que sólo siendo bien cumplidas en el trabajo nos 
quedaríamos en la empresa.

Ruido, pelusa y calor

El supervisor nos distribuyó en diferentes lugares. Dos fueron a las 
mesas donde se le ponen las tallas a las camisas: una en la parte 
inferior de la bolsa y otra en el cuello. Son unas calcomanías 
transparentes. En esas mesas también se pegan el precio y la etiqueta 
de marca. Después se embolsan las piezas. A mí me enviaron a Control 
de Calidad con otras tres. Leoncio pidió a una muchacha que nos 
explicara lo que teníamos que hacer. El trabajo consistía en revisar 
chaquetas. Estaban sacando un pedido de la J C Penny. No puede llevar 
hilos colgados, tiene que estar bien planchada, en el forro no puede 
llevar residuos de tiza, deben fijarse bien en la unión de las 
costuras y en que las rayas vayan casadas. La tela de aquellas 
chaquetas era a rayas: tenían que ir en el mismo sentido y 
encontrarse un corte con el otro. Si no, 'no pasaba' y la anotaban 
como pieza fallada. Dependiendo de lo que uno le encontrara mal en la 
plancha, en la lavandería o en lo hecho a máquina, 'no pasaban'. La
 muchacha que nos explicó todo aquel proceso sí fue amable con 
nosotras.

El ruido allí era insoportable y la pelusa que pululaba en el 
ambiente -las chaquetas eran de algodón, forradas de edredón- me 
provocó una alergia inmediata. Frente a Control de Calidad estaba una 
de las líneas de producción. Eran contadas las muchachas que usaban 
máscaras de protección, solamente cuatro. Pregunté si la empresa las 
proporcionaba. ¡Qué va ! -me dijeron-. Si la querés, la tenés que 
comprar.

Para revisar las chaquetas, las teníamos que ir a retirar a los 
planchadores, en unos tubos que tenían rodos. Cada planchador nos 
daba chaquetas de seis en seis. La tarea de planchado la realizan 
dos: el planchador y la dobladora, o la planchadora y el doblador. El 
supervisor iba recogiendo los números de las que nos entregaban para 
así determinar el nivel de producción por empleado. Se trabaja en 
cadena: primero las líneas de producción, después la plancha, luego 
el control de calidad y por fin, el empaque.

Llegar a traer aquella media docena de chaquetas es una tarea 
peligrosa. El espacio por donde pasas es estrecho y puedes resultar 
quemada. El calor es insoportable por el vapor que expulsan las 
planchas y por la concentración de gente. Entre un planchador y otro 
la separación es de sólo cuatro baldosas (1,20 metros) y en esos 
espacios transitamos las de Control de Calidad buscando las piezas 
planchadas, los encargados de llevar piezas sucias a lavandería, los 
encargados de llevar piezas a reparación -'volver a máquina' dicen 
ellos- y los supervisores de área. Llama mucho la atención que en un 
centro fabril con miles de personas y gran cantidad de productos 
químicos y explosivos dentro no existan planes de evacuación en caso 
de terremoto o incendio, ni haya extintores o brigadas de emergencia.

En las mesas de Control de Calidad y de Empaque hay dos empleadas que 
se encuentran al comienzo de la banda de plancha y realizan el 
control de calidad. Tras ellas hay otras dos que son las que 
'pistolean' -ponen el precio a la camisa con una pequeña pistola- y 
otras dos para 'el pegado de letra' -la talla en calcomanía en la 
bolsa y el cuello-. Después, otras dos embolsan según las tallas.

Al final están las que colocan las camisas según la talla en cada 
cajón. La que embolsa tiene que fijarse que la talla sea la que 
corresponde, y la que coloca se tiene que fijar que tanto la bolsa 
como la talla sean correctas. Si no, se devuelve para la corrección. 
Las diferentes trabajadoras acuerdan que si alguna camisa va mala se 
retorna de inmediato, sin esperar que se acumulen más de tres, porque 
si varias salen malas el castigo es perder el incentivo de producción 
y llegar más temprano. Todo lo que no esté correctamente hecho es 
motivo de amonestación y se paga con una deducción del salario.

Las viejas, las nuevas y el miedo

En la fábrica existen, de hecho, tres grupos de poder: el grupo de 
supervisores extranjeros (taiwaneses), el grupo de supervisores 
nacionales, y el grupo de empleadas, dividido entre las viejas y las 
nuevas. Los conflictos más frecuentes se dan por razones laborales. 
En un segundo lugar, por razones afectivas, principalmente peleas 
entre mujeres por varones. La relación entre las nuevas empleadas y 
las que tienen más tiempo en la empresa es difícil. Llegas a 
conquistar un lugar y las otras no quieren ceder su espacio. Los 
primeros días de las novatas son duros, enfrentadas a las antiguas y 
a los supervisores.

Las 'serruchaderas de piso' son permanentes. En los primeros días, y 
ante los supervisores, la actitud de las antiguas es de ayuda para tu 
aprendizaje, pero en cuanto el supervisor da la vuelta, el trato 
cambia y te ignoran. Cuando deseas involucrarte en el trabajo para 
empezar a hacer lo tuyo, te dicen que te hagas a un lado, porque si 
algo sale mal les van a echar la culpa a ellas. El castigo es 
quitarles el incentivo por producción. Y así, como no te permiten 
hacer nada, lo único que te queda es 'detenerte la quijada'. Poco a 
poco se inicia el proceso del miedo. Enseguida te dicen: No es bueno 
ponerse así porque al chino no le gusta eso y si te ve que no 
trabajás, te correrá rápido, no les gustan las mujeres haraganas, te 
van a azarear.

Te hablan así para que el temor te invada. No se puede negar que 
algunas de las cosas que te dicen son ciertas, pero otras no. Se 
trata de una cadena de mensajes dañinos que inicia en las 
trabajadoras viejas y se transmite a las nuevas, que poco a poco los 
repiten a las que llegan. Se arma así un círculo vicioso de mentiras 
y verdades. Tuve la posibilidad de constatar las mentiras y las 
verdades y también las medias verdades y las medias mentiras. Por lo 
general, el grupo de trabajadoras antiguas se ha especializado en 
maldades y mañas para que las nuevas sean reprendidas, aún más si 
éstas demuestran habilidades para el trabajo.

Ser como todas, ser aceptada

Cuando las muchachas llegan a estas fábricas, tienen que buscar cómo 
sobrevivir y la única vía es ser aceptada por el grupo de predominio. 
Esto las hace cambiar su forma de ser, su forma de tratar a los demás 
y muchas veces hasta su forma de pensar. A menudo, asumen las mañas, 
los gestos y hasta la forma de hablar que predominan, buscando 
comportarse como la mayoría. La moda en el vestir se impone y todas 
quieren andar el mismo modelo de jeans y de blusa, las mismas 
chinelas, las mismas pinturas. Las camisas del mismo estilo se 
compran y venden por docenas, a menudo del mismo color. Todas 
uniformadas.

Las charlas en las mesas de trabajo están en función de los problemas 
del hogar y de los problemas con el novio. Y siempre, algún chisme 
nuevo que surge en la empresa. Acercándose el día de pago, platican 
de cuánto les saldrá, en qué lo invertirán, las deudas que tienen 
pendientes por gastos inesperados en el hogar... En su mayoría, las 
muchachas que trabajan en el área que me tocó son adolescentes de 17-
18 años. Las mayores tienen 25 y llegaron a la fábrica hace seis o 
siete años. La mayoría, por no decir todas, ya tiene 
responsabilidades familiares. Hay muchachas de 22 años con tres y 
cuatro hijos. Y las que llegaron con uno sólo, al rato de estar en la 
fábrica empiezan a salir con un muchacho de la fábrica y al poco 
tiempo quedan embarazadas. Este patrón se repite en la mayoría de las 
empleadas de toda la fábrica.

Las relaciones entre empleados y empleadas son lo común, aun más 
cuando la muchacha o el muchacho son nuevos. Y no sólo se dan parejas 
entre obreras y obreros, también entre supervisoras nicas y 
extranjeros. Estos tienen a sus parejas trabajando en la fábrica, 
aunque en áreas diferentes. En la maquila se congregan hermanas, 
primos, cuñadas y todas las variantes de compadrazgo y parentesco. 
Unas son llevadas por otras y recomendadas por los familiares ante 
los jefes. Las maquilas están llenas de familias extensas en busca 
del sustento para hogares cercanos y emparentados.

Vender, comprar y el hambre que aprieta

También se dan entre las empleadas las relaciones basadas en el 
comercio. Dentro de la empresa existe un amplio mercado clandestino: 
se venden y compran galletas, caramelos, bombones, chiclets, prendas 
de oro laminado y medicamentos sencillos -zepol, tiamina, dolofor y 
curitas para las ampollas que provocan en las manos algunas tareas y 
en los pies permanecer paradas tantas horas-. Todos estos productos 
tienen gran demanda y venderlos genera buenas ganancias. Si una 
pastilla de panadol se vende en la pulpería a peso, en la fábrica 
cuesta el doble. Es mercado clandestino, porque según la empresa no 
se puede ingresar a la fábrica ningún alimento y está terminantemente 
prohibido comprar en el bar en horas laborables.

El grueso de los trabajadores llega a la fábrica alrededor de las 
6:30 am, para poderse garantizar el incentivo que pagan por llegar 
por lo menos diez minutos antes que toque el timbre de entrada. Para 
poder llegar tan pronto, tienen que levantarse a las 4 am para 
preparar el alimento que llevan para el día y muchas veces el que 
dejan listo en la casa. Entre las 9 y 10 am, todo el mundo ya está 
loco del hambre, porque desde que uno llega no hay ningún receso 
hasta las 12 am, hora del almuerzo.

La gente ha buscado alternativas al hambre para poder cumplir con el 
horario, muchas veces de quince horas seguidas, e introducen 
hábilmente en la ropa pequeños alimentos azucarados para comer o para 
vender. Tanto comer como vender a escondidas exige mucho cuidado. Si 
los supervisores te ven, estás despedida. Platicando con muchachas 
que ya tenían tiempo en la empresa, les pregunté por qué se escondían 
bajo las mesas para comerse algo. Me contaron un 'caso sonado': A una 
muchacha el supervisor la corrió por dunda. No le había arrancado el 
palo al bombón que se estaba comiendo, la vio y la mandó arriba (la 
dirección y área administrativa). Y cuando una va para arriba, va 
para su casa.

Las testigas mudas de todo lo que se mordisquea con riesgo en la 
fábrica son las mesas. Por debajo de ellas, las trabajadoras se pasan 
desde galletitas hasta tortillas con frito y queso traídos desde la 
casa. Lo más cruel es ver al supervisor tomar café y comer galletas 
en la bodega tres veces al día. Esto pude comprobarlo dos días que me 
tuvieron en la bodega llenando bolsas con ballestas, esas pequeñas 
piezas que ponen duro los picos del cuello de las camisas.

Los supervisores nicas son los que más amonestan a las trabajadoras, 
a pesar de que ellos participan de este mercado clandestino. El 
supervisor de nosotras vendía curitas y zepol, que tiene mucha 
demanda para frotarse las sienes. Constantemente, las mujeres se 
quejan de dolores de cabeza y ya se ha hecho costumbre frotárselas a 
las 10 am y a las 3 pm, cuando llevan ya varias horas trabajando de 
pie.

Gritos, violencia y mucho miedo

Los llamados de atención tienen muchos motivos: ser encontrada fuera 
del puesto de trabajo, estar demorando la meta prevista, llegadas 
tardes injustificadas, falta injustificada de un día de trabajo, 
conversar mucho, ir varias veces al baño, pedir muchos permisos para 
salir de la empresa...

La forma de llamarte la atención de los supervisores nicas y 
extranjeros es similar: Todo es a gritos, para que el llamado de 
atención lo escuche el resto y así se imponga el respeto y el temor. 
En mi impresión, los supervisores nicas son más chinos que los chinos 
en el maltrato a trabajadoras y trabajadores. Y es que los chinos les 
exigen ese trato, si no también los despiden a ellos.

(sigue en la segunda parte)

Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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